3
«Si me dieran a elegir entre la oscuridad más honda y la luminosidad más hermosa, escogería la oscuridad sin vacilar.
La luz, por bella que sea, aprende siempre el camino de la retirada; la oscuridad, en cambio, no promete nada y por eso no traiciona.
Quien nace en ella se acostumbra a buscar, con los dedos temblorosos, un atisbo de claridad.
¿Qué es preferible? ¿Conservar una chispa en medio de la noche o vivir temiendo que el día sea devorado? »
— E. M. S., para The People.
Charles caminaba hacia Bermont House con Emma a su lado.
La tarde londinense caía con esa lentitud dorada que hacía brillar el hollín de las fachadas y convertía el aire en una mezcla extraña de humo, humedad y hojas recién lavadas por una llovizna antigua.
Ella venía de entregar sus escritos al editor de la revista; llevaba todavía en los dedos una leve sombra de tinta y en el rostro esa obstinación serena que adoptaba cuando acababa de discutir con un hombre convencido de saber más que ella.
Había decidido visitarlo con una condición muy clara: iba a saludar a la abuela Violet, no a concederle al prometido una tarde entera de compañía.
Si Charles deseaba estar presente, era asunto suyo.
Naturalmente, Charles había elegido estar presente.
Si en esa casa iban a hablar de él, lo mínimo era que lo hicieran delante de su cara.
—En serio, Charles, no es necesario que permanezcas en casa —dijo Emma, sujetándose el sombrero cuando una ráfaga le empujó el velo contra los labios.
El pelirrojo la miró de soslayo. La luz del día le encendía el cabello como si alguien hubiese escondido una brasa bajo cada hebra.
—Prefiero escuchar las mentiras que pueda inventar mi abuela.
—Querrás decir verdades.
—No. Mi abuela no miente exactamente; exagera, borda, mezcla recuerdos ajenos con tragedias propias y al final todos terminamos comprometidos con crímenes que no cometimos.
El otro día juró ante lady Plutarch que William se ponía los vestidos de Katherine, cuando fue Katherine quien se puso la ropa de William.
Emma soltó una risa breve, deliciosa, de esas que parecían querer ocultarse detrás de los dientes.
—Lady Plutarch no escucha nada.
—Demos gracias a Dios por ello. De haber escuchado, la pobre anciana habría muerto de felicidad.
Emma negó con la cabeza, pero no pudo reprimir la sonrisa.
Charles abrió la verja de hierro de Bermont House y la dejó pasar primero.
La mansión se alzaba al fondo, solemne y clara, con los ventanales recogiendo el último resplandor de la tarde.
Los jardines olían a boj húmedo, a rosas cansadas y a tierra removida; un olor demasiado doméstico para una casa tan dispuesta a fingir grandeza.
El mayordomo los recibió con su habitual gesto de estatua ofendida. Emma le dedicó una inclinación ligera y, antes de que el hombre pudiera anunciarla con la ceremonia correspondiente, empujó la puerta del salón por sí misma.
Charles alcanzó a tocar el hombro del viejo sirviente, en una muda petición de paciencia, antes de seguir a su prometida.
La abuela Violet no estaba sola.
El salón de té parecía una estampa cuidadosamente dispuesta: porcelana blanca, plata bruñida, mantel de encaje, el aroma punzante del té con bergamota, bizcochos de mantequilla y el perfume de las damas mezclado con el humo discreto de la chimenea.
Pero sobre aquel decorado de perfecta respetabilidad descansaba el verdadero desorden de los Bermont: sus mujeres.
Annabella se puso de pie en cuanto vio entrar a Emma. Sus rizos castaños, sujetos con más arte que disciplina, temblaron alrededor de su rostro al avanzar con los brazos abiertos.
—¡Qué milagro verte, Emma!
—Lo mismo digo —respondió Emma, dejándose abrazar.
Annabella regresó a su asiento con una sonrisa demasiado inocente para ser honesta.
A su lado, Elizabeth sostenía una taza de té con ambas manos, como si el calor pudiera servirle de armadura; Marinett hojeaba una revista sin leerla, y Katherine, hundida en un sillón, mantenía los brazos cruzados y la expresión de quien había declarado la guerra al universo.
—Eso pasa cuando una se casa y tiene hijos —dijo Annabella, mirando a Katherine con intención—. ¿Cierto, Kathy?
—Sí, sí, lo que digas —murmuró, sin dignarse a levantar los ojos.
Emma saludó a todas y reservó para Violet una reverencia cargada de afecto. La anciana, envuelta en un chal color lavanda, la miraba con una ternura que parecía iluminarle los pliegues del rostro.
—Ven aquí, criatura —pidió Violet.
Emma obedeció, inclinándose para besarle la mejilla. Charles soltó un suspiro resignado y tomó asiento cerca de su prometida, manteniendo esa distancia prudente que la sociedad exigía de una pareja comprometida y que su familia encontró divertidísima.
—¿Qué le ocurre a ella? —preguntó Emma en voz baja, señalando a Katherine con la barbilla.
—Está molesta —contestó Elizabeth, dejando la taza—. Adam se niega a comprar otro semental.
—¡Ya tienes seis! —intervino Marinett—. Seis, Katherine. No entiendo la obsesión.
Katherine levantó la mirada con indignación teatral.
—Este es negro.
—Mi niña —dijo Violet con la serenidad de quien se ha pasado la vida apagando incendios con una cucharilla de té—, si tu marido considera que no es conveniente, quizá debas obedecerlo con gracia.
—¿Obedecerlo con gracia? ¡Mis guantes! —exclamó Katherine—. Lo compraré yo misma.
Charles sonrió, encantado. No había nada más reconfortante que ver a Katherine rebelarse contra todo principio de domesticidad femenina mientras fingía estar domesticada desde hacía años.
Emma dejó escapar una risa. Observó a aquellas mujeres respetables ante el mundo y pensó que jamás había visto criaturas más espléndidamente indisciplinadas.
Todas tenían hijos, casas, compromisos sociales, maridos con apellidos de peso; y aun así conservaban algo de niñas peligrosas, capaces de correr por los pasillos con las faldas levantadas si se les ocurría que el decoro estorbaba.
—¿Y los niños? —preguntó la rubia.
Katherine volvió la cabeza con rapidez, como si la pregunta le hubiera dado un blanco nuevo.
—Eso deberían decirnos ustedes.
Emma se sonrojó al instante.
—Katherine, Charles y yo aún no estamos casados.
—Pues deberían darse prisa.
—Por Dios, Katherine —la reprendió Elizabeth—. Solo porque estás de mal humor no significa que todos debamos sufrir tu lengua.
Katherine sacó la lengua a su prima. Violet fingió no verlo, aunque la comisura de sus labios la traicionó.
La conversación siguió su curso: niños, institutrices, vestidos para la próxima temporada, un baile en casa de los Marlborough, rumores del Parlamento, la sempiterna cuestión irlandesa que inflamaba las páginas de los periódicos y hacía que ciertos caballeros se pusieran insoportablemente serios después de la segunda copa.
Charles, a los pocos minutos, empezó a creer que moriría de aburrimiento.
Se dedicó a jugar con el botón de su chaqueta y a fingir que escuchaba.
Hasta que oyó algo capaz de arrancarlo de su agonía.
—¡Aún recuerdo la primera vez que la abuela trajo a Emma de visita! —dijo Annabella.
Charles levantó la vista.
—Oh, eras diminuta —añadió Violet, enternecida—. Un mechón rubio con piernas.
—¿Cómo fue eso? —preguntó Charles, ahora sí interesado—. ¿Cómo la trajiste, abuela?
Marinett bajó la revista con una lentitud maliciosa.
—Vaya, vaya. Al parecer, al novio le interesa la novia.
—Cállate, Marinett —intervino Katherine—. Es la primera vez que Charles se interesa por alguien que no sea Charles.
Emma ladeó la cabeza hacia él, con esa mirada risueña que siempre le hacía querer decir una insolencia solo para conservarla en su rostro.
—¿A qué se debe semejante curiosidad?
Charles se encogió de hombros.
—Ayer, al ir a tu casa, me di cuenta de que no recordaba cómo nos conocimos. Tampoco conocía a tu familia. Y eso, considerando que voy a casarme contigo, empieza a parecer un detalle inconveniente.
—Lo de la familia es fácil de resolver —dijo Lizzy—. Siempre estabas de vago. No tenías tiempo de visitar a nadie que no fuese una de tus…
—¡Elizabeth! —la cortó Violet.
—Lo siento —dijo ella, aunque no parecía sentirlo en absoluto.
—Lo que ocurre —intervino Annabella, más compasiva— es que ustedes, los varones, rara vez nos acompañaban en las visitas de rutina. Por eso no recuerdas a la adorable madre de Emma.
Charles abrió la boca para hacer otra pregunta, pero Violet levantó la mano, cortando el hilo de la conversación con la autoridad de una reina en su pequeño reino de encajes.
—Bueno, niñas, ¿es que no les he enseñado nada? Creo que ese tema debe ser contado entre ellos. ¿Por qué no dan una vuelta por el jardín? El aire les hará bien.
—Abuela —dijo Annabella, fingiendo escándalo—, ¿no eres tú quien exige escolta hasta para cruzar un pasillo?
—¡Oh, por todos los cielos! Son adultos bastante maduros para conversar sin que una prima les respire en el cuello.
—La sociedad no opinaría lo mismo —sonrió Lizzy—, pero te apoyo.
Charles se puso de pie antes de que la discusión degenerara en una asamblea familiar.
—Nada me gustaría más que tenerlas lejos, queridísimas primas.
Las mujeres lo miraron con indignación coordinada. Elizabeth incluso le volvió la cara.
—Como si tu compañía nos resultara placentera —dijo Katherine.
—Mejor que la de una furia pelirroja a la que le negaron un caballo.
Katherine apoyó la taza con demasiada fuerza.
—¿Quieres pelear conmigo, pelirrojito?
Katherine ya estaba de pie cuando Violet golpeó el suelo.
—¡Fuera, Charles! Ahora.
Charles sonrió a su familia con una reverencia ridículamente teatral y ofreció el brazo a Emma. Ella lo tomó sin dejar de reír.