Siempre fuiste tú 2 #4
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—Eres una amenaza para la paz doméstica.

—Eso también deberías saberlo antes de casarte conmigo.

Charles la tomó de la mano y la condujo al comedor antes de que la conversación volviera a zonas donde no quería entrar. Emma caminó más deprisa, pero la mirada que le lanzó dejó claro que el tema no estaba cerrado. Solo aplazado.

El comedor era un caos encantador.

Todos los niños estaban alrededor de la mesa, con los ojos fijos en el pastel que ocupaba el centro como una joya comestible.

El bizcocho, cubierto con crema y frambuesas, desprendía un aroma dulce, tibio y doméstico.

Había platos desiguales, vasos de cristal sencillo, servilletas dobladas sin excesiva precisión y una jarra de limonada que sudaba frescor sobre el mantel.

Mary estaba junto a la ventana, con el collar sobre el pecho y una expresión de felicidad que iluminaba toda la habitación.

—Pero ¡cuánto tardan! —protestó Marcio, inclinado sobre la mesa hasta casi quedar recostado en ella.

—Marcio —advirtió Carlota—, siéntate como es debido.

—¡Ya quiero pastel!

—Hasta que te sientes.

—¡Siéntate, Marcio! —ordenaron sus hermanos, tirando de él hasta hundirlo en la silla.

Charles no pudo evitar sonreír.

Emma intentó encontrarle un asiento, pero todos estaban ocupados por pequeños dueños de territorio que no parecían dispuestos a ceder ni una pulgada.

—Niños, dejad un lugar a…

—No, señor —interrumpió uno de los pequeños, mirando a Charles con gravedad excesiva—. Él debe ganarse nuestra confianza.

Emma cerró los ojos.

Charles, en cambio, inclinó la cabeza con absoluta seriedad.

—Muy bien. ¿Qué debo hacer?

El niño que parecía dirigir la comisión se irguió.

—¿Sabe tirar con arco y montar?

—Sí.

Los hermanos intercambiaron miradas impresionadas.

—¿Tiene dinero? —preguntó Eliot.

—¡Eliot! —exclamaron Emma y Carlota al mismo tiempo.

Charles levantó una mano conciliadora.

—Sí —respondió—. Tengo.

Eliot asintió, satisfecho.

—Bien. Entonces nos enseñará a tirar con arco mañana, a montar el jueves y me comprará un helado de penique esta noche.

—¡Eliot! —repitieron las mujeres, horrorizadas.

—¡Yo también quiero uno! —gritó Leonora.

—¡Y yo!

—¡No me olvidéis!

Emma sintió que la vergüenza le subía por el cuello como fiebre. Aquello era lo peor que podía haber pasado. Pedir dinero. Pedir regalos. Pedir cualquier cosa a Charles, precisamente a Charles, precisamente esa noche.

—Basta —dijo, poniéndose firme—. ¿Cómo se os ocurre…?

—Trato hecho.

Todos miraron al conde de Longford.

Charles parecía perfectamente complacido.

—¿Qué? —preguntó Emma, incrédula.

—Es evidente que desean una compensación porque me llevaré a su hermana —dijo él—. Son los hombres de la casa y tienen derecho a negociar, ¿no es cierto?

—Charles, en serio, no tienes que…

Él volvió a levantar la mano.

—Estoy dispuesto a cumplir con sus peticiones, siempre que se me conceda un asiento y una porción razonable de pastel.

Carlota se llevó una mano a la boca para ocultar una risa. No lo consiguió del todo.

Los niños deliberaron con una solemnidad absurda y, finalmente, Marcio se bajó de su silla para empujarla hacia Charles.

—Puede sentarse aquí. Pero el arco es mañana.

—Lo recordaré.

—Y el caballo el jueves.

—Sois negociadores despiadados.

Los pequeños parecieron tomar aquello como un elogio.

El pastel se repartió al fin. La crema era suave, las frambuesas ácidas y brillantes, y el bizcocho tenía el sabor de las cocinas donde se mide el azúcar con generosidad y el cansancio con silencio.

Mary recibió primero su porción, luego los regalos hechos por sus hermanos: una tarjeta torcida, una cinta bordada con puntadas irregulares, una flor de papel y un dibujo donde ella aparecía montando un caballo blanco bajo un sol inmenso.

Charles miró el dibujo más tiempo del que habría querido.

Mary lo acarició con los dedos y sonrió como si, por un instante, el papel le concediera aquello que el cuerpo le negaba.

Después del primer entusiasmo, los niños comenzaron a aburrirse. Y como todos los niños aburridos de una casa viva, decidieron que el mejor entretenimiento era incomodar a los adultos.

—¿Es cierto que quieren tener bebés? —preguntó Roger.

Emma escupió un poco de limonada.

Charles, que había visto duquesas desmayarse con menos elegancia, le ofreció una servilleta.

—Sí, por supuesto —respondió él.

Emma lo miró con los ojos entrecerrados.

—Charles.

—¿Qué? ¿No es cierto?

—No les des cuerda.

—Lord Donovan —dijo Leonora, apoyando los codos sobre la mesa—, ¿usted besa a mi hermana?

—Lord Longford, si hemos de ser estrictos —corrigió Charles—. Charles, si hemos de ser amigos.

—Charles —aceptó la niña, impaciente—. ¿La besa?

—Leonora —dijo Emma, completamente roja.

Charles se inclinó sobre la mesa. Rodeó su boca con una mano, como si fuera a revelar un secreto de Estado.

—Ella me besa a mí.

Emma le dio un manotazo en el hombro.

Los niños estallaron en gritos.

—¡Iugh! —exclamó Marcio—. ¿No le da asco?

—¿Asco? —Charles negó con seriedad—. No. En absoluto.

—Por favor, Charles —suplicó Emma—, deja de responder.

Naturalmente, Charles no dejó de responder.

—¿Por qué le gusta Emma? —preguntó una niña desde el otro extremo de la mesa.

La habitación cambió. No mucho. Apenas lo suficiente.

Emma dejó de moverse. Carlota levantó la mirada. Mary, con las manos alrededor de su taza, observó a Charles como si su respuesta pudiera quedar guardada en la memoria de la casa. Incluso los niños se quedaron quietos, ansiosos por el espectáculo.

Charles abrió la boca con una broma preparada. No la dijo. Había preguntas que podían soportar una burla. Esa no.

Miró a Emma. Ella no estaba roja ahora. Tampoco incómoda. Parecía atenta, sí, pero no asustada. Como si supiera que Charles podía mentir al mundo entero por diversión, pero rara vez mentía cuando alguien le preguntaba de frente.

—Emma es… —empezó él, pero se detuvo.

El silencio se volvió suave.

—Emma es mi mejor amiga —dijo al fin—. Me gusta su independencia. Me gusta que tenga la boca demasiado suelta para su propio bien y que aun así casi siempre tenga razón. Me gustan sus boberías incansables, porque me hacen reír incluso cuando estoy decidido a estar de mal humor.

—¿Emma es tonta? —preguntó Marcio.

Charles rio y le tocó la cabeza.

—No. Lo que quiero decir es que sabe hacer que la vida pese menos.

Me gusta su voz, aunque casi siempre venga acompañada de un sermón, una queja o una orden.

Me gusta que confíe en mí incluso cuando no debería.

—Nadie habló. Charles sostuvo la mirada de Emma—.

Me gusta, que sea casa sin parecer jaula.

Emma parpadeó. La emoción no la hizo bajar la cabeza esa vez. Se quedó mirándolo, con los ojos brillantes y una sonrisa. Era una sonrisa de mujer conocida, elegida y, por un instante, comprendida.

—Yo creo que Emma es fea —dijo Roger, arruinando la solemnidad con una convicción absoluta.

—¡Roger! —gritaron varios a la vez.

Charles se recostó en la silla y miró a Emma.

Ella alzó una ceja, desafiante a lo que él simplemente sonrió.

—No lo es —dijo—. Al menos, para mí, es muy hermosa.

Emma apartó la mirada hacia su plato, pero no fue lo bastante rápida para ocultar el rubor y Charles, que había pasado la vida entera burlándose del amor como se burlan los hombres de aquello que temen, sintió de pronto que la casa de los Sellers —con su ruido, su pastel, sus preguntas indecentes y sus sillas mal repartidas— se cerraba a su alrededor con una calidez extraña.

No como una trampa, como un lugar al que quizá podría volver.