Siempre fuiste tú 2 #3
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—Gracias —susurró—. Es lo más hermoso que he tenido.

Charles no encontró una broma con la que defenderse. Solo inclinó la cabeza. Emma, después de unos segundos, señaló con un gesto discreto la puerta que llevaba al jardín. Charles entendió. Se despidieron de Mary con la promesa de volver para el pastel, y salieron al pequeño exterior trasero.

El jardín de los Sellers no tenía la amplitud ni la simetría orgullosa de Bermont.

No había estatuas, ni rosales entrenados por jardineros pacientes, ni senderos que parecieran diseñados para que las damas suspiraran sobre ellos.

Había, en cambio, macetas de barro, hierbas aromáticas junto a la pared, flores pequeñas resistiéndose al frío y un banco de madera que necesitaba pintura.

El aire olía a tierra húmeda, a hojas aplastadas y al azúcar que escapaba todavía de la cocina.

Emma caminó unos pasos en silencio.

—No sé qué decir —admitió al fin—. Se veía tan feliz.

—¿Qué tiene tu hermana?

La pregunta cayó entre ellos sin adornos.

Emma bajó la mirada y empezó a frotarse los dedos, como si de pronto hubiera descubierto una imperfección urgente en sus uñas.

—Comenzó a enfermar cuando tenía nueve años —dijo—. Siempre fue delicada. Cada invierno caía con fiebre, y mi madre pasaba noches enteras sentada junto a su cama. Pero a Mary le encantaba montar. Era la más valiente de todos nosotros. Una noche escapó al establo, tomó un caballo y… cayó.

Charles apretó los labios.

—¿Y nunca se recuperó?

Emma negó con la cabeza.

—Los médicos han dicho muchas cosas. Demasiadas, quizá. Que la columna, que los nervios, que el daño, que la debilidad de sus pulmones… Al final, nada de eso cambia el hecho de que Mary no puede caminar y de que las fiebres siguen volviendo cada invierno.

El jardín pareció volverse más frío.

Charles pensó en sus primas. En sus carreras, sus gritos, sus vestidos manchados de barro, su insolente manera de ocupar la vida como si les perteneciera.

No pudo imaginar a una de ellas confinada a una silla junto a la ventana, mirando un jardín que estaba apenas a tres pasos y, sin embargo, parecía tan lejos como Irlanda.

—No sientas lástima por ella, por favor —dijo Emma, mirándolo con súbita firmeza—. Sé que invita a eso, pero no es débil.

Charles la observó. Había algo feroz en su voz.

Una defensa casi desesperada. Él, por desgracia, sabía leer las probabilidades.

Sabía que una joven con fiebres persistentes, el cuerpo debilitado y una lesión que los médicos de moda apenas sabrían nombrar tenía pocas oportunidades de una vida larga y cómoda.

Pero también sabía que decirlo sería una crueldad inútil.

Así que hizo lo único que su cuerpo decidió antes que su inteligencia: la abrazó.

Emma se quedó rígida contra él. Charles sintió el calor de su mejilla cerca del cuello, el olor tenue de harina, vainilla y jabón de lavanda en su cabello.

Por un instante, la sostuvo sin ninguna intención oculta. Sin broma. Sin teatro.

Ella se apartó casi de inmediato.

—No morirá —dijo—. No me abraces como si fuera a morir.

Charles le tomó la barbilla con dos dedos. El gesto fue suave, mucho más que sus palabras.

—Emma.

Ella tragó saliva.

—Lo siento —murmuró, rodando los ojos como si pudiera esconder la emoción detrás de la impaciencia—. El tema de Mary es delicado.

—Lo entiendo.

—No. No lo entiendes.

Charles sostuvo su mirada.

—Tal vez no del todo —aceptó—. Pero quiero intentarlo.

Aquello la desarmó más que cualquier promesa. Emma bajó los ojos y respiró hondo.

—Gracias por el regalo —dijo—. Fue… muy dulce de tu parte hacer algo así por nosotros.

—Temo que no es todo lo que he traído para obsequiar esta noche.

Emma parpadeó.

—¿Qué?

—Me dijiste que tu familia esperaba un anillo.

—Yo no dije eso exactamente.

—Lo recuerdo con bastante claridad. Había una amenaza velada, un poco de pánico y una condena moral hacia mi falta de formalidad.

—Charles…

—Y —añadió él, sacando una caja mucho más pequeña, también de terciopelo azul—, anillo.

Emma lo miró como si no supiera si reír, regañarlo o golpearlo.

Eligió reír. Tomó la caja con cuidado y la abrió.

La joya descansaba sobre el satén como una estrella demasiado segura de su propio valor.

No era ostentosa en el mal sentido, pero sí imposible de ignorar: oro trabajado con delicadeza y una piedra clara que lanzaba destellos al menor movimiento.

Emma la contempló en silencio, luego cerró la caja.

—Es demasiado.

—Lo justo para la mujer que será mi esposa.

—Es muchísimo dinero invertido en mi mano izquierda.

—Qué ingenuo he sido al pensar que el novio podía decidir el tamaño de la joya que deseaba regalar —dijo Charles, con solemnidad burlona—. Soy un completo bobo.

Emma le golpeó el brazo con el puño, pero sonrió mientras sacaba el anillo. Sus dedos temblaron al colocárselo. Cuando la piedra quedó en su mano, se quedó mirándola como si no se perteneciera del todo.

—Es preciosa —admitió.

—Al fin una respuesta que una mujer daría.

—No abuses.

Pero no se lo quitó.

Emma deslizó la mano por el brazo de Charles, imponiéndole la obligación de escoltarla por el sendero breve del jardín.

Él aceptó con una inclinación de cabeza exagerada.

Caminaron despacio, entre macetas de romero y pequeñas flores blancas que se inclinaban bajo la humedad.

Estar con Emma era fácil, esa era la parte más peligrosa.

Era su mejor amiga desde hacía años, la cómplice de sus peores fechorías, la guardiana de secretos que ninguna mujer respetable habría escuchado sin santiguarse.

Con ella había corrido por pasillos ajenos, falsificado excusas, escondido botellas y escapado de conversaciones insoportables.

Emma medía sus palabras cuando él se empeñaba en afilarlas demasiado; se reía de sus excesos, pero también sabía cuándo tirarle de la oreja sin pedir permiso.

No imaginaba una vida sin ella y ahora no tendría que hacerlo.

Se casaría con su mejor amiga.

¿Era aquello sensato o profundamente egoísta? ¿Era refugio o condena? ¿Podía atarse a una mujer que lo conocía de pies a cabeza y, aun así, no temía mirarlo de frente?

—¿En qué piensas? —preguntó Emma, con una sonrisa ladina.

Charles volvió a ella.

—En nuestra boda.

—¿Arrepentido?

La pregunta fue ligera, pero sus ojos no lo fueron.

Charles miró su rostro: las pecas apenas visibles sobre las mejillas, la nariz respingada, la boca que tantas veces había soltado verdades impertinentes.

¿Merecía Emma que él la usara de aquel modo?

¿Que la convirtiera en muralla contra el escándalo, en compañía contra la soledad, en esposa de un hombre que no sabía si podía amarla como ella merecía?

—No —dijo.

No estaba seguro de que fuera una verdad completa.

Pero ya no había marcha atrás.

—¡Emma! —gritaron desde la casa—. ¡Es hora del pastel!

Emma le tomó la mano y lo arrastró hacia adentro.

Charles volvió a sorprenderse de no haber estado nunca allí.

Si Emma era su amiga desde siempre, alguna vez debería haber cruzado esa puerta, haber conocido a su madre, a sus hermanos, a Mary.

Sin embargo, la historia de ambos parecía haber comenzado en Bermont House, como si un día Emma hubiera aparecido entre sus primas, corriendo de un lado al otro, y nadie hubiese preguntado de dónde venía.

Ella, en cambio, conocía demasiado de él.

Sus manías. Sus silencios. Sus escapatorias. Excepto una cosa.

—En serio, Charles —dijo Emma, deteniéndose antes de entrar al comedor—, espero que no te muestres impactado.

—Emma, no hay nada que pueda impresionarme más que ver a Katherine, Anabella y Elizabeth correr en ropa interior con un pastel de chocolate entre las manos.

Emma abrió mucho los ojos.

—¿Cuándo hicieron eso?

—Creo que en el cumpleaños de Marinette. No lo recuerdo con claridad. Había demasiado chocolate en las cortinas.

—Vaya. Hubiera querido verlo.

—Habrías querido verlas limpiarlo. Fue la verdadera obra maestra.

Emma sonrió, y en esa sonrisa hubo memoria compartida.

Charles siempre estaba peleándose con alguna de sus primas, sobre todo con Katherine.

La realidad era que las chicas encontraban maneras extraordinarias de sacarlo de quicio: desde contradecirlo en una opinión trivial hasta robarle la ropa para obligarlo a no salir de la casa.

—¿Echas de menos el ruido? En Bermont, quiero decir.

Charles miró hacia el techo, como si allí pudiera encontrar una respuesta menos honesta.

—No lo sé. Estaba acostumbrado a ellos. Luego, de pronto, todos empezaron a marcharse y me quedé solo en la casa.

—Entonces sí los extrañas.

Él la miró.

—Por supuesto.

Emma suavizó la expresión. Eso era algo que siempre le reconocía a Charles: rara vez negaba lo que sentía cuando lograba ponerle nombre.

No era de esos hombres que confundían la frialdad con la fuerza.

Charles podía ser cínico, irresponsable y desesperante, pero no tenía la cobardía de mentirse cuando la verdad lo alcanzaba.

—Ahora tengo una pregunta para ti —dijo ella.

—¿No acabas de hacerla?

—Otra.

—Dime.

—¿Por qué nunca vas a tu casa? Ya sabes… con Gregory y tus padres.

La sombra cruzó el rostro de Charles tan rápido que otra persona no la habría visto. Emma sí.

—Es complicado —respondió él, apretándole la punta de la nariz con dos dedos—. Y no es importante.

—Sí lo es —dijo ella—. No es normal.

—Tu madre y tus hermanos nos esperan.

—Me cuentas todo —insistió, apartándole la mano—. Desde el caballo que quieres comprar hasta la mujer que planeas conquistar cuando estás de humor insoportable.

—Emma…

—¿Por qué siempre evades este tema?

—Porque es complicado —dijo él, ya sin sonrisa—. Y detesto las cosas complicadas.

Emma mordió la respuesta que le subía a la lengua. La mordió, la sostuvo, y aun así habló.

—¿Los odias? ¿Tienes problemas con ellos? ¿No eres hijo legítimo?

Charles la miró con indignación genuina.

—No, no y… ¿qué demonios te sucede?

Ella se encogió de hombros.

—Había que eliminar opciones.