Siempre fuiste tú 2 #2
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El tumulto se disolvió como una bandada. Los pequeños corrieron hacia una puerta cercana, se empujaron, tropezaron y desaparecieron de la vista con la obediencia caótica de los cachorros.

Charles volvió los ojos hacia Emma.

Ella intentaba alisarse el vestido, acomodarse el cabello y recuperar, todo al mismo tiempo, una dignidad que sus hermanos acababan de sacrificar en el altar del entretenimiento familiar.

Estaba nerviosa. Un poco sofocada. Un poco desastrosa.

Y, aun así, preciosa. Sus ojos verdes, muy claros, parecían más grandes bajo la sombra de las pestañas; la boca, en forma de corazón, apretada por la vergüenza; las mejillas teñidas de un rosa que ninguna modista de Londres habría podido imitar en seda.

—Lo siento —dijo ella—. Mis hermanos…

—¿Son todos tus hermanos?

—Sí —respondió, mirándolo como si la pregunta fuera absurda—. Mi familia es numerosa.

—Empiezo a notarlo.

Charles había contado al menos seis cabezas rubias, aunque sospechaba que algunas se habían movido tan rápido que quizá las había contado dos veces.

No le molestaban las familias numerosas.

La suya no lo era en el sentido estricto, pero en Bermont los primos habían ocupado el espacio de los hermanos con la ferocidad de un ejército invasor.

Había ruido, pleitos, carreras, risas. Había vida.

Mucha más de la que la casa parecía tener ahora que todos se habían casado o marchado.

—Charles, querido.

La mujer que apareció desde la cocina tenía las mejillas encendidas por el calor del horno y los brazos abiertos con una confianza que lo dejó, por primera vez en la noche, sin estrategia.

Era bonita de una manera madura y luminosa: el cuerpo ya redondeado por los años, las manos fuertes, el cabello recogido sin demasiada severidad.

Olía a mantequilla, azúcar tostada, hierbas frescas y a un perfume floral que se había rendido ante los aromas de la cocina.

Charles tuvo el impulso absurdo de retroceder.

No lo hizo. Carlota Sellers lo abrazó y lo abrazó de verdad.

Sin medida inglesa, sin distancia correcta, sin esa cortesía seca con que las damas de su mundo rozaban mejillas como si temieran contagiarse de humanidad.

Sus brazos, aunque delgados, eran firmes y cálidos.

Charles permaneció inmóvil un segundo, sorprendido por aquella ternura franca, y después levantó una mano con torpeza para corresponder.

—Mira nada más qué alto eres —dijo ella, separándose para tomarlo de los brazos como si revisara a un niño—. Y qué guapo.

—¡Mamá! —protestó Emma, roja hasta las orejas.

Carlota la miró, inocente.

—¿Qué? ¿Te avergüenzo?

Charles observó a aquella mujer de ojos suaves y expresión imbatible. Había en ella algo desarmante, una calidez tan limpia que parecía casi indecente para el mundo en que él se movía.

—Creo que avergonzar no es la palabra, señora Sellers —dijo él, recuperando su sonrisa más peligrosa—. Incomodar quizá se acerca.

Carlota se quedó seria. Un segundo. Dos. Después soltó una carcajada tan alegre, tan redonda y sin filtros, que Charles no pudo evitar reír con ella. Su risa llenó la entrada como una vela encendida.

—Llámame Carlota —dijo—. Pronto seremos familia, ¿no?

Charles inclinó la cabeza.

—Por supuesto.

La mujer sonrió como si esa respuesta le bastara, abrió la puerta de la cocina y desapareció tras ella sin añadir nada más.

Cuando Charles volvió a mirar a Emma, la encontró con la cabeza baja y una mano cubriéndole parte del rostro. Su postura era una mezcla de desesperación, ternura y resignación absoluta.

—Siento lo de mi madre —murmuró, recomponiéndose con dificultad—. Es… cariñosa. Y mis hermanos son cada día más ruidosos. De hecho, me disculpo por todo lo que ha pasado y pasará.

—Hablas como si me hubieras invitado a un funeral.

—Peor. Te he invitado a mi casa.

—Tu familia es cálida.

Emma soltó un «ja» seco, breve y burlón.

—Loca es una palabra más precisa.

Charles pensó en Kathe robándole botas de montar, en Anabella trepada a una barandilla con un pastel de chocolate entre las manos y en Lizzy defendiendo una mentira con la solemnidad de un obispo. Los Bermont no tenían derecho moral a juzgar la locura ajena.

—Cálida —repitió él.

Emma lo miró con suspicacia, como si sospechara que estaba siendo amable por pura crueldad.

—¿Y dónde está la cumpleañera? —preguntó—. Le he traído algo.

Emma se quedó quieta. La sorpresa le cambió el rostro.

Primero abrió un poco los labios; luego la mirada se le ablandó con una gratitud tan desnuda que Charles sintió un extraño golpe en el pecho.

No entendió bien por qué una simple frase podía afectarla de esa manera, y decidió no preguntarlo.

Había aprendido que, cuando las emociones de una mujer asomaban, hacer preguntas era como abrir una ventana durante una tormenta.

—Gracias —dijo ella en voz baja—. Ella… estará muy feliz.

Él no era idiota. Algo pasaba con Mary.

Emma lo condujo por un pasillo estrecho donde las paredes estaban cubiertas de pequeños marcos, dibujos infantiles y una cruz de madera oscura.

La casa olía a bizcocho recién hecho, cera, ropa limpia y leña.

Era una mezcla humilde y deliciosa; nada que ver con el perfume disciplinado de Bermont House.

Al llegar al umbral de una habitación que daba al jardín, Charles se detuvo.

Mary estaba sentada en una silla de ruedas junto a la ventana.

La primera impresión fue de una delicadeza casi dolorosa.

Tenía el rostro pálido, demasiado pálido, como si el invierno se hubiera instalado bajo su piel.

Unas sombras tenues le rodeaban los ojos, y el cabello rubio, lacio, caía sobre sus hombros con un brillo apagado.

Miraba hacia el jardín con una quietud que no parecía serenidad, sino costumbre.

Como si hubiese aprendido a desear el mundo desde una distancia prudente.

Charles sintió que algo se le tensaba por dentro.

—Mary —dijo Emma con una dulzura distinta, casi maternal—, mira quién ha venido.

La joven volvió la cabeza despacio, como si el movimiento le costara más de lo que quería admitir. Primero miró a su hermana. Luego, cuando Charles carraspeó con discreción para hacerse notar, sus ojos se posaron en él.

La transformación fue inmediata. Mary sonrió. Y aquella sonrisa, luminosa y limpia, le devolvió al rostro una juventud que la enfermedad parecía empeñada en quitarle. Sus mejillas se encendieron apenas, los ojos se le agrandaron, y las manos, apoyadas sobre el regazo, temblaron de emoción.

—¡Eres Charles Donovan! —exclamó.

—Culpable.

—¡No lo puedo creer! ¡Eres un Bermont!

Charles miró a Emma con evidente desconcierto.

—A Mary le gusta leer las revistas —explicó ella—. Los Bermont aparecen más de lo recomendable.

—¡Sí! —dijo Mary, encantada—. A usted le dicen el demonio rojo.

Charles soltó una carcajada.

—Eso no es en absoluto halagador.

—¿Es verdad que se casará con mi hermana? ¿De verdad?

—Sí —respondió él—. Me casaré con ella.

Mary lo miró con una fe desarmante.

—Entonces la ama.

El silencio que siguió fue pequeño, pero exacto. Emma volvió los ojos hacia Charles. No dijo nada. No hizo falta. En sus pupilas verdes había una súplica diminuta, un ruego destinado únicamente a él. No era una mentira para el mundo. Era un regalo para Mary.

Charles la entendió.

—Sí —dijo, con una suavidad lo sorprendió—. La amo.

Mary juntó las manos, feliz, y luego tomó una de las de Emma con una fuerza temblorosa.

—Emma… qué felicidad.

Emma sonrió. Pero no fue su sonrisa habitual, esa que usaba para desarmarlo o provocarlo. Fue una sonrisa silenciosa, agradecida, casi frágil. Una de esas sonrisas que no pedían nada y, por eso mismo, parecían recibirlo todo.

El corazón de Charles, ese órgano al que él solía acusar de estar muerto por comodidad narrativa, dio un golpe torpe.

—Mary —dijo Emma—, Charles te ha traído algo.

La joven giró la cabeza hacia él con incredulidad.

—¿En serio, señor Charles?

—En serio. Pero si vamos a ser familia, debes dejar de llamarme señor. Me hace sentir más viejo de lo que mi abuela asegura que soy.

Mary rio, una risa breve y clara.

Charles acercó una silla y se sentó frente a ella. No recurrió a la arrogancia con que seducía en salones ni a esa sonrisa de pecado con la que tantas damas habían decidido olvidarse de la prudencia. Con Mary fue distinto. Se volvió gentil. Casi reverente.

—Pensé —dijo, sacando del bolsillo interior de la levita una caja alargada de terciopelo azul— que una mujer tan bella como tú debía tener algo que se lo recordara incluso en los días en que el espejo se atreviera a decir tonterías.

Mary abrió la boca.

—¿Qué es? ¿Qué es?

—Ábrelo.

La muchacha tomó la caja con dedos temblorosos. Al levantar la tapa, los ojos se le llenaron de un asombro tan puro que Charles comprendió, con una punzada incómoda, que quizá nunca nadie le había puesto algo hermoso en las manos solo porque sí.

Dentro reposaba un collar de oro delicado, con un dije en forma de margarita. Los pétalos estaban hechos de una piedra rosada, discreta y dulce, y el centro guardaba un pequeño diamante que capturó la luz de la ventana como una gota de sol.

Emma se inclinó para mirar y contuvo el aliento.

—Charles…

—No puedo aceptarlo —susurró Mary, mirándolo como si acabara de cometer una bondad excesiva.

—Sí puedes —respondió él—. De hecho, debes. Lo traje para ti, y sería una grosería terrible obligarme a llevármelo de vuelta.

—Pero es demasiado.

—Las mujeres de esta casa parecen tener una relación muy conflictiva con la palabra regalo.

Emma le lanzó una mirada de advertencia. Charles fingió no verla.

—Ven —añadió, poniéndose en pie—. Déjame ayudarte.

Tomó el collar con cuidado y se inclinó para colocarlo alrededor del cuello de Mary. La joven se ruborizó hasta la raíz del cabello y miró a Emma como pidiendo permiso por permitir semejante cercanía. Emma, conmovida, se encogió apenas de hombros y sonrió.

Cuando el broche quedó cerrado, Mary bajó la mirada hacia la flor apoyada sobre su pecho.