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Eb Bermont House, la noche había comenzado mucho antes de que Charles saliera de su habitación.
No porque Londres hubiese encendido ya sus faroles ni porque la casa se hubiera vestido de gala —la tarde apenas se deshacía en una neblina azulada sobre los cristales—, sino porque Charles Donovan llevaba casi media hora de pie frente al espejo, con el ceño fruncido y la paciencia reducida a una hebra.
Sobre la cama reposaban tres chalecos, dos levitas, un par de guantes claros y una corbata de seda que, según él, resultaba demasiado seria para una fiesta familiar y demasiado informal para presentarse ante quienes pronto podrían convertirse en sus parientes.
Aquello lo irritaba más de lo conveniente.
Él, que podía entrar en cualquier salón de Londres con una sonrisa y salir de él con la mitad de los secretos de sus anfitriones en el bolsillo, no sabía cómo vestirse para una casa donde habría pastel, niños y una madre que aún no le había concedido formalmente la mano de su hija.
Emma lo había advertido con la suficiente claridad: su familia no se parecía en nada a los Bermont.
Lo había dicho con esa mezcla de orgullo y vergüenza que a Charles le había dejado una incomodidad rara, casi física, debajo del chaleco.
No le importaba la cuna de su prometida.
Nunca le había importado. Pero sí le molestaba la posibilidad de llegar allí como una joya mal puesta: demasiado brillante, demasiado cara, demasiado evidente.
—Oh, mi querido muchacho —dijo la abuela Violet desde el sillón junto al hogar—, uno puede ocultar un broche, un título o una cicatriz, pero jamás la educación con la que fue criado.
Charles la miró por encima del hombro. La anciana estaba envuelta en un chal color marfil, con las manos apoyadas sobre el bastón y una expresión de paciencia deliciosa, como si llevara años esperando verlo derrotado por un simple lazo de corbata.
—No quiero hacerlos sentir incómodos —respondió él, volviéndose de nuevo hacia el espejo—. Es su fiesta. Yo pedí ir. Emma ni siquiera me había invitado.
—Eres su prometido. Es natural que compartan estas cosas.
—Abuela…
—Viste como el hombre que eres, habla como el hombre que eres y compórtate como el lord que, para tu desgracia, también eres.
Charles soltó una risa baja, más vencida que divertida.
—Muchos dirían que no lo parezco.
Violet inclinó la cabeza, y la luz del fuego le dibujó arrugas delicadas alrededor de los ojos.
—En verdad te esfuerzas mucho para que la gente lo crea —dijo, apuntándolo con el bastón—. Pero yo te conozco, Charles. Sé distinguir entre un bribón y un muchacho que se esconde detrás de su propia mala fama.
El pelirrojo la observó unos segundos. La sonrisa que le nació fue pequeña, hermosa y peligrosamente tierna. Después volvió a ocuparse de los gemelos.
—No repitas eso en público. Arruinarías mi reputación.
—Tu reputación se arruina sola cada martes, querido.
Charles soltó una carcajada franca. Terminó de acomodarse el cuello de la camisa, se puso una levita oscura, de líneas sobrias, y eligió un chaleco que no hacía alarde de bordados. Había cierta elegancia en la moderación, o eso quiso creer.
—¿Así? —preguntó, abriendo los brazos con una solemnidad teatral.
Violet lo examinó de arriba abajo. Sus ojos, aunque envejecidos, conservaban la precisión cruel de una dama nacida para mandar sobre criadas, nietos y opiniones ajenas.
—Perfecto —sentenció—. Pareces menos dispuesto a arruinar una familia y más dispuesto a pedir perdón por ello.
—Un progreso, supongo.
—Un milagro.
Charles se acercó a ella y se inclinó para depositarle un beso en la mejilla. La piel de Violet olía a lavanda, a polvo de arroz y a la madera antigua de las habitaciones donde las personas viejas guardaban demasiados recuerdos.
—¿Y tú qué harás esta noche? —preguntó él.
—Elizabeth y Katherine vendrán más tarde. Algo dijeron de unas damas y de un tal whist.
—El whist es el juego, abuela, no un caballero.
—Eso dicen cuando quieren excluir a una de una conversación.
Charles negó con la cabeza, divertido, y se despidió de ella antes de que Violet decidiera inspeccionarle también el alma.
Al salir de la habitación, el rumor de Bermont House lo siguió por el corredor: el crujido de la madera encerada, el murmullo lejano de los criados, el olor a carbón limpio y flores recién cambiadas en los jarrones.
Era una casa hermosa, inmensa, disciplinada.
A veces tan perfecta que daba ganas de cometer un pecado solo para que respirara.
Mientras descendía la escalera, pensó que pronto todo cambiaría. En cuestión de semanas sería un hombre casado.
Se detuvo un instante en el último peldaño.
Hombre casado. La idea seguía pareciéndole una broma privada que el mundo entero se había tomado demasiado en serio.
Ni siquiera sabía si sería capaz de cumplir con lo que se esperaba de un marido: la constancia, la devoción, la respetabilidad.
Tres palabras que, puestas juntas, sonaban como una condena dictada por un juez sin sentido del humor.
Una mutua ayuda, había dicho Emma y, por alguna razón, aquella frase le resultaba más soportable que amor, deber o destino.
Afuera lo aguardaba un coche. Londres tenía ese tono sucio y dorado de las tardes en que el humo se mezcla con la humedad y las ventanas arden como monedas bajo el último sol.
En el trayecto, Charles miró las calles sin verlas del todo: los faroles de gas encendidos antes de tiempo, los vendedores recogiendo sus puestos, una vendedora de violetas con las manos enrojecidas por el frío, el olor de la lluvia vieja atrapado entre la piedra y el estiércol.
En los quioscos, los periódicos seguían murmurando sobre Irlanda, sobre Parnell, sobre Home Rule y sobre esa clase de asuntos que los caballeros comentaban con aire de gravedad antes de volver a llenar sus copas.
Charles llevaba un título irlandés en boca inglesa y una vida entera aprendida en salones donde la política era a veces una conversación y a veces un arma.
No pensó demasiado en ello. Esa noche, el campo de batalla era otro: una casa sencilla, una familia numerosa y una prometida que lo había mirado como si su presencia allí pudiera desordenarlo todo.
Llegó a la casa de los Sellers pasadas las nueve, quizá diez minutos tarde.
No fue una tardanza escandalosa, pero sí suficiente para que cualquier dama educada pudiera alzar una ceja.
La vivienda, aunque amplia, carecía de pretensiones.
No había columnas, ni lámparas monumentales, ni un mayordomo que abriera la puerta con el tedio profesional de quien ha visto llegar a demasiados condes.
Había, en cambio, cortinas limpias, macetas en los alféizares y una luz cálida filtrándose por debajo de la puerta.
Charles llamó dos veces. Al otro lado se oyó una carrera breve, un tropiezo y varios susurros sofocados. Luego, la puerta comenzó a abrirse con una lentitud casi dramática.
No la abrió un criado. Tampoco un adulto.
Una niña de no más de cinco años había encajado sus manitas entre la hoja y el marco, y tiraba de la madera con toda la solemnidad de quien estaba permitiendo la entrada a un rey o a un ladrón.
Tenía los ojos verdes, el cabello rubio y la expresión temeraria de los niños que aún no han aprendido a temer a los extraños.
—¿Quién es usted? —preguntó, con una dicción bastante clara.
Charles se quitó el sombrero.
—Charles Donovan, señorita.
La pequeña frunció el ceño. Miró hacia el interior de la casa, donde otras cabecitas se amontonaban en la penumbra del recibidor, disputándose el privilegio de ver primero al intruso.
—¿Es usted un príncipe? —susurró.
Charles sonrió, después, con naturalidad que habría escandalizado a más de una duquesa, se acuclilló hasta quedar a su altura.
—Me temo que no. Soy, más bien, todo lo contrario.
—Pero viste como príncipe —insistió la niña—. Y es guapo.
—Las apariencias, querida mía, son animales muy mentirosos.
La niña ladeó la cabeza, sin decidir si aquello era una respuesta o un conjuro. Charles suavizó la sonrisa.
—Para ser príncipe no basta con parecerlo. Hay que tener un reino, una corona y, sobre todo, una paciencia inmensa. Yo no tengo ninguna de esas tres cosas.
—Entonces, ¿qué es?
—El prometido de Emma.
La niña abrió los ojos como si él acabara de anunciar que venía del centro de la tierra.
—¡El novio de Emma es un príncipe! —gritó al interior de la casa.
El efecto fue inmediato.
Un enjambre de niños apareció en la entrada, todos rubios, todos de ojos claros, todos con la misma curiosidad descarada. Eran como versiones pequeñas, desordenadas y más ruidosas de Emma. Charles apenas tuvo tiempo de incorporarse antes de que el coro estallara.
—¡Emma tiene novio! ¡Emma tiene novio!
La canción, si podía llamarse así a semejante atentado musical, llenó el recibidor, rebotó contra las paredes y pareció perseguir a Emma incluso antes de que ella apareciera.
—¡Niños! —exclamó desde algún punto de la casa—. ¿Qué hacéis todos en la puerta?
—¡Emma tiene novio! —repitió un niño, y los demás lo siguieron con entusiasmo asesino.
Emma apareció al fin, con el cabello recogido a medias, un mechón rebelde junto a la mejilla y las manos todavía cubiertas de harina. Al ver a Charles en la entrada, rodeado por sus hermanos, se llevó una mano a la frente.
—Basta. Por amor de Dios, basta.
Nadie le hizo caso.
Los niños comenzaron a bailar alrededor de Charles, cantando con más fuerza. Uno de ellos dio una vuelta torpe, otro pisó el pie de su hermana y la niña de la puerta intentó colgarse del brazo del invitado como si ya le perteneciera.
Charles, lejos de sentirse ultrajado, recordó de pronto a sus propias primas entonando esa misma cancioncilla años atrás, cuando su hermano salía a encontrarse con Clare. El recuerdo le arrancó una risa breve, inesperadamente limpia.
Entonces una voz femenina, dulce y firme, llamó desde la cocina.
—¡Niños!
La palabra bastó.