Siempre fuiste tú 1 #3
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—No. Ellos no se lo tomarán bien. Sabes que, después de pedir mi mano, esperan el anillo, la visita formal, la petición normal. Todas esas cosas que tú y yo hemos decidido atropellar con entusiasmo.

—Claro. No hemos hecho la locura suficiente.

Charles la miró con una diversión serena, aunque algo más hondo comenzaba a moverse bajo esa máscara.

—Te compraré el anillo.

—¡No me refería a que lo necesito!

—Lo sé.

—No lo sabes. Ese es precisamente el problema.

Él inclinó un poco la cabeza. La luz de la mañana le encendió el cabello hasta convertirlo en una llama oscura.

—Tranquilízate, Emma. Sé lo que tengo que hacer.

Ella dejó escapar un suspiro que parecía haber guardado.

—En realidad, lo dudo muchísimo.

Charles sonrió. Otra mujer habría leído insolencia en aquella sonrisa. Emma, quizá porque lo conocía demasiado, vio algo parecido a una promesa mal hecha.

—Entonces enséñame.

La frase la tomó desprevenida. Emma alzó la vista.

Por un instante, el mercado entero pareció quedar lejos: los gritos, los carros, las hojas aplastadas, el olor agrio de las coles, la fruta abierta bajo los cuchillos de los vendedores.

Solo quedó Charles, con la cesta de ella en el brazo, la manzana a medio comer y el perfume de otra mujer muriendo lentamente bajo el humo de Londres.

Y quedó Emma, con las mejillas frías, la boca seria y una resistencia que no era rechazo, sino miedo a permitirle la entrada.

—A las nueve —dijo al fin.

—A las nueve será.

Charles se sorprendió al comprender que nunca había visitado su casa.

No de verdad. Emma siempre lo había conducido lejos de aquella dirección: a Bermont, donde entraba con la seguridad de quien pertenece al lugar, aunque la decencia fingiera escandalizarse; al parque, donde compartían helado cuando el calor volvía torpes a los caballos; a alguna velada en la que bailaban lo justo para alimentar rumores y no lo bastante para satisfacerlos.

Habían caminado bajo árboles, discutido junto a fuentes, compartido silencios en galerías de retratos y hasta conspirado en bibliotecas donde el polvo olía a cuero viejo y secretos familiares.

Pero él jamás había cruzado el umbral de su familia.

La idea, por alguna razón, le resultó intolerable.

—¿Debo llevar algo? —preguntó.

Emma parpadeó, como si esa pregunta fuese más peligrosa que todas las anteriores.

—Buenos modales.

—Me pides lo imposible.

—Entonces lleva flores.

—¿Para Mary?

—Para mi madre. A Mary le bastará con que no arruines su cumpleaños.

Charles apoyó una mano sobre el pecho con gravedad teatral.

—Haré cuanto esté en mi poder por no traumatizar a la niña.

—No es una niña.

—Peor aún.

Emma quiso no reír. Fracasó apenas: una vibración le tembló en los labios, discreta, suficiente.

Charles la observó con una atención demasiado fija.

Había visto a mujeres reír por complacerlo, por seducirlo, por fingir que entendían una broma que no habían escuchado.

Emma no reía para nadie. Cuando la risa se le escapaba, era siempre verdadera y por eso, quizá, le perturbaba tanto.

Caminaron hasta el borde del mercado. La mañana se abría con lentitud; la niebla comenzaba a levantar de los adoquines; un coche elegante pasó junto a ellos, salpicando barro cerca de la falda de Emma.

Charles dio un paso instintivo para cubrirla, y ella, al notarlo, lo miró con esa mezcla de sospecha y ternura que él fingía no merecer.

—No tienes que hacerlo —dijo ella.

—¿El qué?

—Actuar como si fueras bueno.

Charles sostuvo la mirada.

—¿Y si no estuviera actuando?

Emma no respondió. Bajó los ojos a la cesta, donde las frambuesas reposaban como pequeñas heridas rojas sobre el papel. Luego extendió la mano y tomó de él la manzana mordida y le dio un bocado.

—Entonces tendría que preocuparme más.

Charles la vio masticar con la compostura perfecta de una dama y la desvergüenza absoluta de una cómplice.

El gesto era pequeño, casi nada: sus dedos sobre la fruta que él había probado, la marca de sus dientes junto a la suya, la humedad de sus labios recogiendo el jugo.

Una tontería. Un escándalo, si alguna de las señoras del mercado hubiese sabido mirar con verdadera atención.

—A las nueve —repitió Emma, devolviéndole la manzana.

—Con flores.

—Y con modales.

—No prometo milagros.

Ella dio media vuelta para marcharse. Charles la siguió dos pasos antes de recordar que, en público, incluso sus imprudencias debían guardar cierta geometría. Emma se detuvo, extendió la mano sin mirar y recuperó por fin su cesta.

—No llegues tarde.

—Nunca llego tarde a una ejecución.

—No tientes a mi familia. Podrían darte la razón.

Y entonces se alejó entre los puestos, con la espalda recta, la cesta contra la cadera y el sombrero verde perdiéndose entre el humo, las flores y los gritos de los vendedores.

Charles permaneció inmóvil unos segundos, la manzana en la mano, el sabor de Emma mezclado con el suyo en la lengua.

A su alrededor, Londres continuó murmurando, pero por primera vez en mucho tiempo, al demonio pelirrojo le importó menos lo que la ciudad decía de él que lo que una familia desconocida pudiera ver cuando llamara a su puerta a las nueve.