1 #2
Charles se tocó la barbilla con aire pensativo y miró hacia el cielo empañado, donde un rayo de sol intentaba atravesar la niebla.
—No lo recuerdo así.
—Tu memoria siempre ha sido selectiva cuando te conviene.
—Mi memoria es exquisita.
—Tu vanidad también.
Caminaron juntos bajo la vigilancia feroz de Londres.
No hacía falta mirar para saber que los observaban.
Bastaba con el súbito silencio de dos señoras junto al puesto de flores, con el carraspeo de un caballero que fingía leer el periódico, con el susurro de una muchacha que apretó el brazo de su acompañante al reconocer al conde de Bermont junto a Emma Sellers.
La ciudad podía ser inmensa, sucia, desbordada de pobres, comerciantes, aristócratas y mendigos; pero cuando se trataba de un escándalo, Londres era apenas una sala estrecha donde todos oían respirar a todos.
Y todos sabían, o creían saber, dónde había pasado Charles la noche anterior. También sabían que Emma lo sabía.
—¿Y cómo vamos hoy? —preguntó él, con una elocuencia perezosa, mientras pagaba un cucurucho de almendras que ella había elegido.
—Las apuestas dicen que durarás un mes.
Emma rio con ganas, y el sonido llamó la atención de una dama mayor, que la examinó como si una mujer que reía en público fuera una herejía portátil.
—Son idiotas —añadió Emma, agitando una mano enguantada—. Yo habría apostado mucho menos.
—Veo cuánta confianza me tiene mi prometida. Empiezo a preguntarme por qué continúo con esto.
Ella recuperó la cesta y la apoyó contra su cadera derecha.
El peso la obligó a inclinar apenas el cuerpo hacia el lado contrario.
Charles lo notó antes que ella: la tensión en sus dedos, la rigidez en la muñeca, la respiración más honda que se escondía bajo el corsé.
No dijo nada. Emma aborrecía la compasión más que las habladurías.
Lo miró de arriba abajo, como si evaluara un caballo en subasta.
—Digamos que nos hacemos un doble favor. Tú me das un nombre, una casa bonita y seguridad. Yo te doy una esposa linda, sensata y con un vientre convenientemente preparado para tus hijos.
Charles soltó una carcajada tan franca que varias cabezas se volvieron. Una florista sonrió; dos damas fruncieron la boca; un muchacho dejó caer una pera. Emma no se ruborizó. Ese era, tal vez, uno de sus delitos favoritos.
—Hablas como si traer mis hijos al mundo fuese una empresa indispensable. Te recuerdo que cualquier mujer puede hacerlo.
Emma se encogió de hombros.
—Sí. Pero no cualquier mujer aceptaría tus desplantes como lo hago yo. O, al menos, no aceptaría casarse contigo después de leer tu reputación en cada esquina.
—Eso es un buen punto.
Charles volvió a quitarle la cesta, esta vez con más firmeza, y ella lo dejó solo porque discutir en medio de los puestos habría atraído todavía más miradas.
—Aunque a las mujeres les gusta el dinero —añadió él—, y eso, querida Emma, a mí me sobra.
—Entonces ya sabes a qué tipo de mujer acudir. Yo te ofrecía amistad en medio de todo este desastre, pero si prefieres una cazafortunas, Lady Trilionne continúa disponible.
—No, gracias. Mi compromiso contigo me agrada.
—Bien. Entonces deja de quejarte —le tendió la mano—. Y dame esa bendita cesta.
Charles la apartó de su alcance.
—Está pesada. La llevaré por ti.
Emma ladeó la cabeza. Intentó descifrar la trampa, porque con Charles siempre había una. Podía esconderse, en una palabra, en una pausa, en un gesto demasiado amable. Lo conocía lo suficiente para no confiar en su inocencia, pero quizá no lo bastante para comprender sus inesperadas delicadezas.
—Vale —cedió al fin—. Cárgala si te hace sentir heroico.
—Me hace sentir útil. Es diferente.
—No abuses de la novedad.
Emma dio media vuelta y continuó comprando lo necesario para Dios sabía qué empresa culinaria.
Charles la siguió con la cesta colgada del antebrazo, preguntándose cuándo, exactamente, aquella muchacha rubia que antes se dejaba engañar por cualquier sonrisa había aprendido a sostener el mundo con los dientes.
Había en ella una fuerza nueva, o tal vez no nueva, sino por fin visible: una decisión que le endurecía la barbilla cuando negociaba el precio de los huevos; una independencia que se le escapaba en el modo de caminar, sin esperar aprobación ni escolta; una reserva que convertía cada secreto en una puerta cerrada.
Emma Sellers trabajaba.
Aquello era un secreto. Uno pequeño, si se comparaba con los pecados habituales de la aristocracia; enorme, si se colocaba bajo la lámpara cruel de los salones.
Una señorita podía bordar, cantar en voz baja, leer novelas con la cubierta disimulada y visitar a los pobres si una dama mayor la acompañaba.
Ganar dinero, en cambio, pertenecía a otro orden de cosas: a las viudas discretas, a las institutrices sin fortuna, a las muchachas que la sociedad fingía no ver hasta que necesitaba de sus manos.
Charles lo sabía. Y, peor aún, era cómplice.
—¿Qué celebramos hoy? —preguntó, observando cómo ella elegía frambuesas con una minuciosidad casi tierna.
La cesta ya guardaba harina, mantequilla envuelta en papel, huevos, azúcar morena, algunas almendras y varios ingredientes que Charles habría sido incapaz de nombrar, aunque de ello dependiera su herencia.
Reconoció, sin embargo, la intención: una tarta.
Una de frambuesas, por el color de las frutas y el cuidado con que Emma las protegía del peso de las demás compras.
—Es el cumpleaños de Mary —respondió, tomando media docena de huevos y examinándolos contra la luz—. Es su pastel favorito.
—Ah, Mary…
Charles buscó el nombre en su memoria. Recorrió cenas, bailes, tardes en Bermont, visitas de Emma acompañada por tías severas o primas ruidosas, cartas dejadas en bandejas de plata, paseos por Hyde Park, helados compartidos bajo la vigilancia de una institutriz cada vez más resignada. Nada. Ninguna Mary.
La certeza llegó con una lentitud desagradable.
—No conozco a tu familia —dijo.
Emma dejó de moverse. Fue apenas un segundo, pero Charles lo vio: el modo en que sus dedos se cerraron alrededor de un huevo, la tensión súbita en la comisura de sus labios, la mirada que bajó hacia la cesta como si entre las frambuesas pudiera encontrar una evasiva.
Emma, que rara vez temía a una conversación, parecía de pronto renuente. Nerviosa. Casi avergonzada.
Aquello lo incomodó más de lo que habría querido admitir.
—No creo que sea necesario…
—No quieres que los conozca.
—¡No! —respondió demasiado rápido. Luego cerró los ojos un instante, tomó aire y bajó la voz—. Bueno, sí. Pero no por ti.
—Ah. Qué alivio tan confuso.
Emma pagó los huevos. Sus manos, normalmente firmes, tardaron un poco más de lo habitual en contar las monedas.
—Mi familia no se parece en nada a la tuya.
—Gracias a Dios.
Ella lo miró, y la respuesta que tenía preparada se le deshizo en los ojos. Había dolor allí. Un dolor breve, viejo, quizá muy usado.
—No es tan positivo como crees. Ellos… no saben comportarse en sociedad. Y, lo que es peor para todos los demás, no les interesa.
—Son tu familia.
—Lo sé.
La frase le salió suave. Emma apartó una hoja de perejil que se había pegado al guante y sonrió sin alegría.
—Y los amo. Solo…
No terminó. Al otro lado de la calle, un vendedor de periódicos gritaba algo sobre Irlanda, la cuestión de la autonomía y otra disputa en Westminster.
Un caballo resopló; el vapor de su aliento se perdió en la mañana.
Charles pensó, de manera absurda, que Emma se parecía a Londres en ese instante: orgullosa, húmeda de secretos, hecha de ruido por fuera y de habitaciones cerradas por dentro.
—Iré a la fiesta de esta noche —dijo.
Emma apretó los labios y negó con la cabeza.