Siempre fuiste tú 1
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Siempre fuiste tú

Siempre fuiste tú

Por Sofia Duran

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Charles despertó con un hilo de sol sobre los párpados, con el canto obstinado de los pájaros en alguna cornisa cercana y con la voz, demasiado viva para aquella hora, de una mujer a su lado.

Suspiró antes de abrir los ojos. Nada extraordinario.

Londres amanecía siempre con la misma mezcla de hollín, humedad y pan recién hecho; él, por lo visto, también insistía en amanecer en lugares donde no debía.

Tal vez —solo tal vez— había llegado el momento de abandonar aquellos encuentros furtivos que parecían caerle encima con la naturalidad de la lluvia.

A las mujeres les complacía decir que habían besado al diablo. Muchas aseguraban que él lo era.

Parecido, quizá. Pero Charles Donovan conocía demasiado bien a los hombres para tenerse por criatura sobrenatural.

El pelirrojo apartó con delicadeza, aunque sin ternura, el brazo que dormía sobre su cintura.

La sábana olía a perfume caro, a piel tibia y a champán olvidado en copas de cristal.

Se incorporó en el borde del lecho, desnudo de cintura arriba, y se masajeó las sienes mientras el ventanal le devolvía una luz pálida, casi acusadora.

Había dormido de más. Y dormir de más, en una habitación que pertenecía a la esposa de otro hombre, era una imprudencia capaz de costarle la vida o, peor aún, la reputación de aburrido.

Aunque, pensándolo bien, la reputación de Charles había sobrevivido a cosas mucho menos decorosas.

Miró la habitación con la serenidad de quien calcula una retirada: la falda del vestido de ella derramada junto al biombo; sus propios tirantes enredados bajo una silla; una liga azul, ajena, abandonada sobre la alfombra como una confesión.

Al otro lado de la puerta, la casa respiraba con ese silencio denso de los hogares respetables que todavía duermen mientras los pecados buscan la salida de servicio.

«Debo dejar de hacer esto», se dijo, recogiendo la camisa del suelo.

—Charles… —murmuró la mujer con una voz adormilada—. ¿Te vas?

Él ladeó el rostro. No por crueldad, sino por prisa. Metió los brazos en las mangas, se abrochó dos botones sin mucho cuidado y luego se inclinó para recoger los pantalones.

—Sí. A menos que desees que tu marido nos mate a los dos antes de que llegue el desayuno.

La franqueza pareció herirla menos que divertirla.

La mujer se incorporó hasta donde la sábana le permitió, dejando al descubierto un hombro blanco, pulido por la vida cómoda y por el ocio.

Sonrió con esa clase de sonrisa que, en la noche, había prometido incendio, pero que por la mañana resultaba demasiado consciente de sí misma.

—Sal por la escalera trasera. Frederick rara vez baja antes de las nueve —dijo, acomodándose el cabello con los dedos—. Empiezo a creer que tienes alguna especie de alarma para saber cuándo debes abandonar el lecho de una dama.

—Se llama instinto de supervivencia, querida.

Charles se puso en pie. El espejo del tocador le devolvió una imagen indecorosamente presentable para un hombre que había dormido poco: cabello rojo desordenado, ojos claros, boca tranquila. Demasiada calma, habría dicho cualquiera. Demasiada belleza para tan poca conciencia habría corregido Emma.

La mujer esperaba, sin duda, que él regresara al colchón.

Lo vio en la forma en que inclinó la cabeza, en el modo calculado con que dejó caer la sábana un poco más, en la promesa silenciosa de sus labios entreabiertos.

Charles, en cambio, solo vio el rastro de la almohada en su mejilla, los rizos deshechos como nido de pájaros, la pintura corrida en el rabillo del ojo.

No era repulsión; era lucidez. La noche mentía con velas, música y vino.

La mañana, en cambio, no sabía mentir. Charles detestaba la constancia por una razón muy simple: la constancia engendraba expectativas; las expectativas, ternura; la ternura, cadenas.

Ya había cometido suficientes imprudencias con una sola noche.

No era cierto, por mucho que las lenguas de Londres insistieran en lo contrario, que cambiara de amante con la misma frecuencia con que mudaba de guantes.

La exageración era el pasatiempo favorito de la buena sociedad.

En realidad, llevaba más de cinco meses de una castidad casi ofensiva para su leyenda.

Aquel desliz había quebrado un juramento que ni siquiera recordaba haber pronunciado.

—No seas tan solemne, Charles —dijo ella, observándolo abrocharse el chaleco—. Podría llegar a pensar que te arrepientes.

—Me arrepiento de haberme quedado dormido.

—Qué sentimental.

—Hago lo que puedo.

Ella rio, baja y perezosa. Charles encontró la chaqueta, la sacudió con dos golpes secos y se la puso mientras caminaba hacia la puerta lateral. Antes de salir, miró una vez más hacia el lecho. Una cortesía mínima, casi una reverencia sin cuerpo.

—Buen día, milady.

—Canalla.

—Solo cuando se me permite.

La escalera de servicio olía a cera rancia, carbón apagado y jabón de lavanda.

Charles descendió sin hacer ruido, cruzó un corredor donde una criada bostezaba sobre un cubo de agua y salió por la puerta trasera hacia un patio todavía frío.

En las piedras húmedas, la mañana le mordió los tobillos.

Londres lo recibió como recibía a todos sus pecadores: con niebla baja, ruedas de carruaje, cascos de caballo y el grito remoto de un vendedor de periódicos que agitaba las noticias del Parlamento como si fueran profecías.

A las ocho y media, Charles caminaba por la ciudad con la altivez intacta de quien no concede explicaciones al mundo.

El aire tenía el color grisáceo del estaño.

Sobre los tejados se levantaban hebras de humo; en los escaparates, las muchachas de las tiendas abrían persianas; y bajo los toldos del mercado, la vida se amontonaba en montañas de coles, nabos, manzanas lustrosas, hierbas mojadas y flores que aún conservaban el frío de la madrugada.

Los carros obstruían las calles. Los vendedores discutían con una violencia casi musical; las ruedas aplastaban hojas verdes contra el barro; el olor dulce de la fruta madura se mezclaba con el aliento agrio de las verduras pasadas y con la presencia inevitable de los caballos.

Charles compró una manzana roja, brillante como una tentación bíblica, y la mordió sin disminuir el paso.

Fue entonces cuando la vio.

Emma Sellers estaba de pie frente a un puesto de verduras, con el cuerpo ligeramente inclinado sobre una cesta de paja y el ceño fruncido con la gravedad de quien decide el destino de una nación al elegir zanahorias.

Llevaba un vestido sencillo de mañana, color crema, menos adornado de lo que una prometida de conde habría debido permitir, y un sombrero sujeto con una cinta verde que le acariciaba la mejilla cada vez que el viento se empeñaba en molestarla.

No había en ella la languidez decorativa de las jóvenes criadas para ser observadas.

Emma miraba, escogía, calculaba; y todo cuanto hacía parecía responder a una voluntad precisa.

Su prometida.

La palabra todavía le resultaba extraña. No desagradable. Extraña, como un guante fino que se ajusta bien pero cuyo tacto uno no ha terminado de aceptar.

Emma levantó la vista antes de que él pudiera decidir si debía evitarla.

Sus ojos claros recorrieron su rostro, descendieron a la corbata mal anudada, se detuvieron un segundo en el cuello de la camisa y, por último, en el olor a perfume ajeno que ninguna brisa de Londres había logrado arrancarle.

Alzó una ceja. Solo una. En otra mujer habría parecido reproche; en Emma era casi una forma de diversión privada.

—Veo que te diviertes —dijo, escogiendo un manojo de puerros y colocándolo en la cesta.

Charles dio otro mordisco a la manzana. El jugo, fresco y ácido, le limpió por un instante el gusto a vino de la lengua.

No respondió de inmediato. Se acercó, le tomó la cesta de las manos con una naturalidad que habría escandalizado menos si no hubiesen sido tan observados, y se quedó a su lado mientras ella continuaba examinando frutas, semillas y hortalizas.

—No más de lo normal.

Emma soltó una risa breve, cálida, de esas que no pedían permiso.

—Eso no me deja mucho con lo que soñar. Demos gracias a Dios de que no soy estúpida.

—No lo eres. Por eso me caso contigo.

Ella le lanzó una mirada de soslayo. Había en sus labios una curva apenas perceptible, un filo dulce que Charles conocía demasiado bien desde la infancia.

Emma había sido amiga íntima de la familia, una presencia constante entre los corredores de Bermont, las meriendas vigiladas por institutrices y los veranos en los que sus primos convertían los jardines en campos de batalla.

Lo había visto mentir, pelear, sangrar por orgullo y pedir perdón sin decir las palabras.

Esa clase de conocimiento volvía inútil muchos de sus encantos.

—Te di dos meses, Charles. Dos meses para hacer lo que se te antoje antes de comportarte como un hombre casado.

—¿Y tú?

La sonrisa de Emma se abrió un poco más.

—También.

Charles bajó la manzana. Algo en su estómago, una risa o una punzada, se movió de manera incómoda.

—Qué generosa.

—Qué conveniente.

Él pagó por las verduras antes de que ella pudiera sacar unas monedas de su guante. Emma frunció los labios; detestaba que la ayudaran cuando no lo pedía, y Charles, precisamente por eso, encontraba cierta satisfacción en hacerlo.

Ella le arrebató la cesta al instante.

—No necesito que pagues mis compras.

—Lo sé.

—Entonces no lo hagas.

—Tampoco necesitabas prometerte conmigo y aquí estamos.

Emma se volvió hacia él con tal rapidez que la cinta del sombrero le rozó la boca. Por un momento, Charles creyó ver algo más que burla en su mirada: una sombra, un cansancio antiguo, una prudencia aprendida a golpes de realidad. Luego desapareció.

—¿Prometerme? —repitió, echando a andar entre los puestos—. Qué palabra tan cómoda para un hombre que prácticamente me rogó.