Siempre fuiste tú (Hermanas Maxwell 4) Chapter 2 #14
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Chapter 2 #14

—No lo sé —respondió abriendo el sobre.

Sacó el documento. Leyó la primera línea y su expresión cambió.

—Pero… —susurró.

—¿Qué ocurre? —preguntó Jeff incorporándose.

Leslie levantó el papel, incrédula.

—Una multa.

—¿Por qué?

—«Exceso de ruido en horario nocturno y uso indebido de la terraza fuera del horario permitido» —leyó en voz alta, con el ceño fruncido.

Jeff parpadeó.

—¿Qué?

Leslie soltó una risa seca.

—¿Horario nocturno? Si ni siquiera estamos abiertos por la noche.

—¿Y la terraza? —añadió Jeff—. Apenas hemos sacado las mesas y sillas.

Leslie negó con la cabeza, cada vez más tensa.

—Esto es absurdo.

Volvió a leer, buscando algún error o alguna explicación lógica.

—Dice que hubo quejas de vecinos… varias —añadió, bajando la voz—. Y que se registró actividad fuera del horario permitido.

Jeff cruzó los brazos.

—Eso es imposible.

—Lo sé —respondió ella, con un tono que empezaba a cargarse de rabia—. ¡Lo sé!

Dejó el papel sobre la barra con más fuerza de la necesaria.

—No pienso pagar esto.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a hablar con Jeremy —decidió quitándose el delantal.

Jeff levantó ligeramente las cejas.

—¿Ahora?

—Ahora —repitió ella, firme—. ¿Puedes encargarte un momento de la cafetería?

—Sí, pero preferiría ir contigo.

—No —negó también con la cabeza—. Esto es cosa mía.

—Leslie, no estás sola.

—Por eso te dejo al frente. Acabo de abrir. Alguien tiene que quedarse.

Jeff asintió. Por lo menos lo había tenido en cuenta.

Caminó con paso rápido hasta el despacho de Jeremy y entró con firmeza. Vio a Jeremy entregando unos papeles a su secretaria. Ambos se giraron al oír la puerta.

—Leslie —dijo sorprendido—. No esperaba…

Ella dejó la multa sobre su mesa.

—Explícame esto.

Jeremy miró el documento con calma.

—Vamos al despacho un momento.

Leslie lo siguió en silencio. Él cerró la puerta a su espalda.

—Siéntate —le pidió con voz suave.

—Prefiero quedarme de pie.

Jeremy asintió levemente. Tomó el papel y lo leyó con calma.

—Bueno… parece una sanción administrativa estándar.

Leslie lo miró, incrédula.

—¿Estándar? Jeremy, yo no he hecho nada de eso.

—Lo sé —respondió él con rapidez—. Pero estas cosas pasan.

—¿«Estas cosas pasan»? —repitió ella—. No dejan de pasar cosas.

—¿A qué te refieres?

—No importa —le respondió apretando los labios—. Lo que importa es que esto es falso.

Jeremy apoyó el documento sobre la mesa.

—Podemos recurrirla.

—¿«Podemos»? ¿Cuánto tiempo va a llevar eso?

Jeremy se inclinó ligeramente hacia atrás.

—Depende. Estas cosas pueden alargarse.

—¿Y mientras tanto? —respiró hondo.

—Mientras tanto, deberías ser prudente con la actividad del local.

—¿Prudente? ¿Estás sugiriendo que cierre? Porque ni está abierto por la noche ni he inaugurado la terraza.

—Estoy sugiriendo que evites más problemas —le dijo conciliador.

—No voy a cerrar —dijo con firmeza—. Empieza, por favor, a recurrirla.

Jeremy asintió.

—Enseguida me pongo con ello.

Leslie asintió agradeciéndolo. Salió de su oficina con la rabia aun exudando por sus poros.

—¿Lo has pensado bien, Leslie? —le preguntó su secretaria al verla dirigirse hacia la puerta—. La cafetería te está dando más problemas que alegrías. La luz, los proveedores, la multa…

Leslie la miró extrañada. ¿Cómo se había enterado? En un pueblo pequeño corría enseguida la voz, pero nadie además de Jeff o ella lo sabían.

—No me importa. Voy a sacar adelante la cafetería y voy a quedarme.

—Bueno, solo será un año, y luego podrás dejarlo todo y volver a la ciudad —insistió con una sonrisa comprensiva.

—Ah, no. No creo que me vaya. Creo que me quedaré.

Respondió con coraje, quizá por orgullo, pero no le importó. Sintió que se cargaba de energía y de ilusión. No podía haberse equivocado con esa decisión si se sentía así. Se dirigió hacia la puerta con paso firme, confiada y segura.

—Leslie…

Ella se giró. La mujer la sonreía con cierta incomodidad.

—Supongo que… bienvenida a casa.

La sonrisa en sus labios empezó a dibujarse antes siquiera de que se diera cuenta. Asintió a modo de agradecimiento y salió satisfecha. Realmente sentía que, pese a todo, estaba en su casa, en su refugio, en su hogar.

Leslie se detuvo en la puerta de la cafetería al ver dentro a Bryan y a Jeff juntos detrás de la barra. Ellos no la habían visto.

Bryan estaba intentando, sin demasiado éxito, hacer girar una cucharilla entre los dedos. Entró sintiendo una caricia en su corazón. Parecían lo que realmente eran, un padre y un hijo.

—¿Todo bien? —le preguntó Jeff no tan preocupado al verle la sonrisa en la cara.

—Sí, va a recurrirla. Voy a por el delantal —le dijo entrando a la cocina.

—Te vas a sacar un ojo —le dijo Jeff a Bryan, divertido.

Bryan bufó.

—No es tan difícil.

—Llevas cinco minutos intentándolo.

—Estoy perfeccionando la técnica.

Jeff sonrió.

—Claro. Técnica avanzada de desastre.

Bryan dejó caer la cucharilla con un pequeño golpe.

—Muy gracioso.

Leslie los miraba desde la puerta de acceso a la cocina, con una media sonrisa. Por fin, Bryan sonreía relajado.

—A ver —dijo Jeff, acercándose más a él, rozándose casi el hombro—. Dame eso.

Bryan le pasó la cucharilla.

Jeff la hizo girar con naturalidad, con un movimiento limpio, casi sin mirar.

Bryan alzó las cejas.

—Vale. Eso ha sido suerte.

—Claro.

Jeff repitió el gesto, igual de fluido.

—Otra vez suerte.

Jeff, divertido, le devolvió la cucharilla.

—Es muñeca, no fuerza.

Bryan lo intentó, fallando de nuevo.

—También es práctica —le dijo sujetándole la mano para corregirle el movimiento.

—Así.

Bryan repitió el gesto.

Esa vez, por fin, la cucharilla giró entre sus dedos.

—¿Lo has visto? —exclamó sorprendido.

Jeff sonrió mirando a Leslie orgulloso. Ella le devolvió la sonrisa. Eso era justo lo que quería, una familia.

Bryan volvió a intentarlo. Falló otra vez.

—Vale, ahora ya no sale.

—Sigue intentándolo.

La puerta de la cafetería se abrió de nuevo. Esta vez traían un paquete de dimensiones considerables.

—¿Leslie Falcon?

—Sí, soy yo —respondió extrañada—. ¿Esto que es? Yo no he pedido nada. ¿Bryan, has pedido tú algo?

—¿Yo? No.

Miró el paquete y al hombre que lo traía, esperando una explicación.

—Yo no sé nada. Solo soy el repartidor. Tiene que firmar aquí.

El señor Hansen, que estaba sentado a una de las mesas, se acercó a ellos con una sonrisa incómoda. Carraspeó nervioso.

—Tu abuelo lo dejó encargado y pagado hace unos meses. Esperaba que volvieras.

—¿Mi abuelo? —preguntó extrañada mientras el repartidor se iba y su corazón palpitaba con fuerza. Los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Era una señal de paz?

Miró el voluminoso paquete. Jeff lo apoyó con cuidado sobre una de las mesas, apartando un par de tazas para hacerle sitio.

Leslie, durante unos segundos, se quedó mirando el paquete, con las manos apoyadas en sus caderas antes de empezar a rasgar el papel con cuidado.

Primero apareció el borde de madera. Luego, poco a poco, fue retirando el resto del embalaje hasta que el rótulo quedó completamente al descubierto.

Se le escapó el aire en una pequeña risa sorprendida. Era precioso. El fondo era de un blanco suave, ligeramente envejecido. Sobre él, en letras elegantes y delicadas, y parecía que escritas a mano, se leía: Leslie’s. Las letras tenían un tono dorado apagado que brillaba sutilmente.

Alrededor del nombre, un fino marco en madera clara, pulida con mimo, le daba ese aire acogedor que tanto había querido para su cafetería. Y en una esquina, casi como un susurro, había dibujada una pequeña margarita, sencilla, delicada y perfecta.

Leslie pasó los dedos por encima de las letras, despacio, como si necesitara asegurarse de que era real.

Su nombre. Su lugar. Su sueño.

Se llevó una mano al corazón, incapaz de hablar y dejó escapar un suspiro.

—Esperaba que te gustara —le dijo el señor Hansen sonriente—. Paso casi una semana eligiendo el diseño. No tenía otro tema de conversación.

Leslie no tenía palabras. Su nombre en el nuevo letrero significaba mucho más de lo que cualquiera podría imaginar. Su abuelo la amaba, la había perdonado. Quizá hubieran podido hacer las paces, quizá hubieran podido darse un último abrazo, pero no había marcha atrás.

Sus ojos se llenaron de lágrimas de dolor, de tiempo perdido y de arrepentimiento.

Recordó la carta que Jeremy le había dado junto con el testamento. Estaba deseando abrirla en cuanto llegara a casa.

La cafetería estaba en silencio cuando cerraron. El día había sido muy largo. Muchos curiosos se habían acercado. También muchos conocidos y viejos amigos.

Bryan estaba recogiendo las últimas cosas detrás de la barra. Jeff terminaba de barrer el suelo.

Leslie los observaba, desde la puerta de acceso a la cocina. ¿Podría ser así todos los días?

Bryan dejó un paño sobre la encimera.

—Creo que ya está.

Jeff asintió.

—Sí.

Se hizo un pequeño silencio. Ambos buscaron a Leslie con la mirada.

—¿Nos vamos? —preguntó Bryan.

—Sí. He guardado las sobras, podemos cenarlas en casa. No es nada especial, pero supongo que será lo que hagamos a partir de ahora.

Jeff dejó la escoba tras la puerta.

—Os acompañaré hasta casa.

Bryan miró a su madre, expectante.

—¿No vas a quedarte a cenar? —le preguntó Leslie.

No quería más pérdidas de tiempo, ni orgullosos silencios, ni palabras no pronunciadas ardiendo en su garganta.

Jeff le mantuvo la mirada antes de acercarse a ella con una media sonrisa atractiva.

La notaba sensible, vulnerable, pero también fuerte y poderosa.

Había conseguido abrir la cafetería, empezar de nuevo en un lugar que no esperaba, se había adaptado a los imprevistos y a tantas sorpresas. Quería a esa mujer a su lado. La amaba.

—Estaba a punto de autoinvitarme. Te iba a dar de plazo hasta que llegaras a casa.

—¿Y si yo no hubiera dicho nada?

—Lo hubiera dicho yo. A partir de ahora no voy a dejar que me cierres la puerta de tu corazón. Lo hiciste una vez. No va a repetirse. Estoy dispuesto a recorrer el mundo entero en tu busca si vuelves a huir.

—No pensaba hacerlo.

—Te lo recordaré dentro de un año. Aunque para entonces confío en que ni siquiera te lo plantees.