Siempre fuiste tú (Hermanas Maxwell 4) Chapter 2 #13
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Chapter 2 #13

Se mantuvieron la mirada en silencio. La rabia contenida los rodeaba. A ella por la traición. A él por el abandono.

—¿Y decidiste marcharte? —preguntó Jeff casi en un susurro que le rasgaba el alma—. ¿Sin decirme nada? ¿Sin darme la oportunidad de estar ahí?

—No fue difícil tomar la decisión —le confesó con los ojos tristes por los recuerdos —. Mi abuelo me echó de casa esa misma noche.

—¿De noche?

—Sí, en cuanto se lo dije buscando su apoyo. Tenía miedo —admitió volviendo a sentirse vulnerable—. Y también orgullo. ¿Y qué?

—Decidiste por mí… por nosotros…

—Tu ya habías decidido.

—Ya te he dicho que no fue nada.

—Ahora vas a casarte con ella.

—No, ya no. Rompí con ella la otra noche. Los gritos se debieron escuchar en medio pueblo. Pero me dejaste fuera de esto —insistió Jeff—. Me quitaste la oportunidad de conocer a mi hijo. De cuidarlo. De estar ahí.

—Hice lo que pude.

—No —negó él—. Hiciste lo que quisiste.

—Era mi vida, mi hijo —replicó ella—. Porque tú no estabas. ¿No me has oído? No tenía a nadie. Mi abuelo me había echado de casa. ¿Qué iba a hacer? ¿Vagabundear por el pueblo para ver si alguien se apiadaba de mí o me recogía en su casa? Tengo un poco más de dignidad que todo eso.

—De orgullo —le corrigió Jeff.

—Llámalo como quieras. El resultado es el mismo.

Se miraron tensos, con los corazones desbocados.

Jeff fue el primero en romper el silencio.

—No voy a alejarme.

Leslie parpadeó.

—¿Qué?

—No voy a hacerlo. Esta vez, no —repitió con firmeza—. Es mi hijo.

—No puedes aparecer ahora y pretender…

—Sí puedo.

—No.

—Sí.

—No te lo voy a permitir —dijo ella.

—No necesitas permitírmelo. Es más, no te pienso pedir permiso —respondió él, con una seguridad inquebrantable—. Necesitas aceptarlo.

Leslie sintió cómo todo se tambaleaba. La certeza que él le transmitía casi podía sostenerla. Pero no quería, ahogó un gemido.

—Me voy en un año —le recordó, como si pudiera significar algo en ese momento.

Jeff negó lentamente.

—Queda mucho para eso y no quiero que os vayáis.

—Eso no depende de ti.

—Quiero que os quedéis.

Leslie le mantuvo la mirada firme. No. A esas alturas no iba a recibir órdenes de nadie.

—No he podido olvidarte —reconoció Jeff, con una sinceridad que casi dolía.

Leslie fue a replicar pero no encontró las palabras.

—Jeff…

—Creí que sí —continuó él, vulnerable—. Creí que podía seguir adelante como si jamás hubiera habido algo entre nosotros, pero al volver a verte… Descubrí que no puedo. No quiero. No voy a perderos otra vez.

Leslie sintió un nudo en el pecho. ¿Por qué sentía que podía apoyarse en él? No estaba preparada para eso. No quería volver a sufrir.

—No puedes decidir eso tú solo —murmuró.

—Entonces decide conmigo.

La voz de Jeff fue baja, escondiendo un ruego contenido, que le hacía sentirse totalmente expuesto.

Leslie no dijo nada. No podía. Jeff la miró expectante. Dio un paso hacia ella. Leslie no se movió. Lo miró insegura. Parecía que todas las barreras que había erigido a su alrededor, durante tanto tiempo, se estuvieran resquebrajando ante la honestidad de sus palabras.

—No es tan fácil…

—Sí lo es —insistió él, acercándose un paso—. Quédate conmigo. Con nosotros.

Ella levantó la vista entonces. Jeff apretó los labios. Leyó el miedo en sus ojos. Tanto tiempo estando sola la había hecho desconfiada y cautelosa.

La tomó con suavidad por los brazos, como si temiera que fuera a desaparecer, y tiró de ella hacia sí. Leslie no se resistió. Solo se quedó ahí, sintiendo su contacto, su cercanía…

—No quiero que te vayas otra vez —murmuró él, apoyando la frente contra la suya—. No después de haber vuelto.

—Me hiciste mucho daño.

—Supongo que sí, pero no fue mi intención. Siempre fuiste tú, Leslie. Jamás he amado a otra como te amé a ti. Quédate —susurró él contra su cabello.

Ella apenas se movió. El nudo en la garganta le impedía hablar. Solo levantó la mirada para perderse en la suya. Jeff la besó. Despacio al principio. Más profundo después. Leslie sintió cómo sus defensas se tambaleaban. Cómo el pasado y el presente se mezclaban para bailar a la vez.

Cuando se separaron, apenas unos centímetros, sus respiraciones se entrelazaron.

—No te pido que olvides nada —murmuró Jeff—. Solo que me dejes demostrarte que esta vez puedo quedarme o que puedes quedarte tú.

Leslie lo miró a punto de rendirse. Quería creer en él. Quería creer que podían vivir una vida juntos, pero dolía demasiado pensar que podía no ser cierto.

–No lo sé.

—Bien. Eso ya no es una negativa. ¿Qué te parece si vamos viendo sobre la marcha? —le sonrió, tomándole de las manos con cariño.

Leslie asintió, con las emociones a flor de fiel.

—¿Que vas a hacer ahora?  —le preguntó Jeff mirando a su alrededor por si había algo pendiente.

—Ir a la oficina de Jeremy a por el permiso. No sé dónde estará Bryan.

—En mi casa, con mis padres.

—Ya se lo has dicho.

—Creo que ya lo intuían. ¿Opal lo sabía?

—No. Hablaré con ella. Debo decírselo.

Jeff sonrió satisfecho. Miró a Leslie con ternura. Se ganaría de nuevo su confianza, su cariño.

—¿Mamá?

La voz de Bryan entrando en la cafetería fue suave, casi cautelosa, pero lo suficientemente alta como para sacar a Leslie de su ensoñación.

Jeff ya se había marchado, dándole tiempo a barajar en su cabeza varias posibilidades para su futuro.

Quedarse con o sin Jeff, volver a la ciudad arrastrando a Bryan con ella, porque le daba la impresión de que podría querer quedarse con él…

No sabía qué hacer. Parecía que todo estuviera en el aire.

Leslie lo miró insegura.

—Dime.

—¿Estás bien?

—Yo sí. ¿Y tú?

Bryan la miró unos segundos.

—He estado con los padres de Opal… de Jeff…

—Tus abuelos.

—Sí, mis abuelos.

—¿Y qué tal?

—Creo que te debo una disculpa —bajó la vista, avergonzado.

—No estaría mal —aceptó sintiendo cómo se le erizaba la piel.

—Lo siento.

—Nunca quise hacerte daño —le confesó Leslie.

—Lo sé.

—Tenía tus años. Estaba sola. Mi abuelo, tu bisabuelo, no llevó muy bien la pérdida de su mujer, de mi abuela.

Supongo que se le hizo cuesta arriba —. No quería echarle toda la culpa de lo ocurrido.

Su propio orgullo, su miedo, también habían tenido mucho que ver—.

Me echó de casa. Tampoco le di opción a arrepentirse.

Me fui a la ciudad y bueno, ya sabes el resto.

—Pero ahora estamos aquí, con la familia.

Leslie lo miró en silencio. Familia. Era una palabra tan grande…

No estaba segura de querer quedarse una vez finalizado el plazo de un año.

Quizá ya no fuera tan compatible con Jeff, o las cosas no fueran tan idílicas como podían parecer.

O, quizá, quisiera salir huyendo otra vez. Podía doler demasiado.

—Vayamos poco a poco.

Bryan asintió metiéndose las manos en los bolsillos. Leslie notó su incomodidad, acompañada del cariño que tanto le costaba compartir. Lo agradeció en silencio. Un poco de calma era lo que necesitaba en ese momento.

—Mira —le enseñó un documento oficial—. ¿Qué tengo aquí?

—¿El permiso? ¿Podemos abrir?

—Sí, así que mañana le daremos el último repaso y pasado mañana, abriremos.

Bryan sonrió satisfecho. Leslie contuvo la respiración. Hacía demasiado tiempo que no lo veía tan relajado y feliz.

Ilusión, nervios, expectativas y confianza, se combinaban en Leslie desde que había amanecido. El día de la apertura había llegado.

—Vamos, mamá —la apremió impaciente Bryan a su espalda en cuanto abrió la puerta de la cafetería.

—Sí —murmuró, más para sí misma que para nadie mientras entraban.

—¿De verdad crees que esto saldrá bien? —preguntó mirando a su alrededor con cierta desconfianza.

Leslie sonrió de lado.

—Claro que sí. Esta cafetería siempre ha sido de la familia, nos ha alimentado a todos. No tiene por qué no seguir haciéndolo.

La primera luz de la mañana entraba a través de los ventanales, suave y dorada, dibujando sombras tranquilas sobre las mesas vacías.

—Empecemos —le animó, girándose hacia su hijo—. Tenemos los delantales en la cocina. Enciende la cafetera. Es lo primero que hay que hacer.

Bryan asintió conforme. Dio la vuelta al mostrador y se acercó a la cafetera para encenderla.

—¿Estás nerviosa?

Ella soltó una pequeña risa.

—Sí, un poco —reconoció—. Los primeros días vendrá mucha gente por curiosidad, y tenemos que conseguir que quieran regresar —lo miró con cariño. Esperaba que ese lugar fuera para él tan importante como lo había sido para ella—. Gracias por estar aquí conmigo.

—¿Dónde iba a estar si no? —respondió él, encogiéndose de hombros.

Leslie lo miró de reojo. Quizá a él le costaba confiar, tanto como a ella. No sabía que pasaría en un año, pero, de momento, había que abrir.

Entró en la cocina, ilusionada. Se puso su delantal y le tendió el suyo a Bryan mientras el horno se calentaba. El primer bizcocho de limón no tardaría en inaugurar el mostrador.

—Vamos a abrir —le indicó a Bryan poco después.

Caminó hacia la puerta. Giró el cartelito que anunciaba que estaba abierto, y, tal y como esperaba, Jeff fue el primeo en entrar. Sabía que iba a estar allí. Le gustaba la sensación, pero a la vez le daba miedo.

—Hubiera venido antes, pero supuse que te gustaría vivir este momento con Bryan. Te deseo lo mejor —le dijo ofreciéndole un ramo enorme de margaritas blancas.

Leslie lo aceptó con el corazón latiendo emocionado. ¿Recordaba que eran sus favoritas? Desvió la mirada. No quería que leyera en ella la vulnerabilidad que sentía al estar con él. Todavía le daba miedo soñar con lo que pudiera suceder entre ambos.

Dos días más tarde, el tintinear de las tazas contra los platillos, los cubiertos sobre los platos y las conversaciones compartidas llenaban el local con una normalidad que, por fin, era real.

Leslie estaba detrás de la barra, sirviendo dos cafés para llevar, cuando el cartero apareció en la puerta con un sobre oficial en la mano.

—Para Leslie Falcon.

—Soy yo.

Alzó la vista, se secó las manos en el delantal y lo tomó. El sello del ayuntamiento figuraba en una esquina. Otro trámite más, firmó con paciencia.

—¿Qué es? —le preguntó Jeff sentado casi frente a ella.