Siempre fuiste tú (Hermanas Maxwell 4) Chapter 2 #12
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Chapter 2 #12

Jeff fue incapaz de reaccionar por un momento. ¿Qué le estaba diciendo? Casi podía escuchar los latidos de su propio corazón retumbando en su cabeza.

—¿Qué?

Bryan sostuvo su mirada.

—Yo.

Jeff dio un paso atrás, confundido. ¿Cómo? Eso no era posible. Negó con la cabeza. Se pasó una mano por la cara. Leslie se lo hubiera dicho. Estaban muy enamorados. Su corazón latía con fuerza.

—Espera, espera… —insistió, sacudiendo la cabeza—. ¿Eres mi hijo? Leslie nunca me dij…

Se quedó callado, mientras todo daba vueltas en su mente. Intentó recordar lo sucedido esos últimos días antes de que se fuera de allí.

—Exacto. No te lo dijo. Pero no estuviste. No preguntaste. No estabas cuando tenía miedo, o cuando estaba sola o cuando necesitaba a alguien.

Jeff le mantuvo la mirada. Realmente era como estar discutiendo con él mismo cuando era más joven. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo no lo había sospechado?

—Se largó de aquí. No sabía nada. No había vuelto a verla hasta que llegasteis.

—¿Por qué no fuiste a buscarla?

—¿Dónde? No sé dónde fue. Su abuelo tampoco lo sabía. No dijo nada a nadie.

Jeff apretó los dientes. Casi le faltaba el aire. ¿Se había ido embarazada? ¿Sola? ¿A la ciudad? ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué no le había pedido ayuda?

—¿Se fue porque estaba embarazada? ¿Por qué no vino a decírmelo?

—Tú sabrás —le espetó—. Algo harías, pero ya lleva tiempo trabajando con Opal. ¿Por qué no fuiste a buscarla cuando te enteraste?

Jeff lo miró confuso, abatido, impotente.

—Porque habían pasado muchos años, porque fue ella la que me dejó, la que no quería saber nada de mí.

Estaba hablando en serio. Todavía le dolía el corazón si lo recordaba.

—Y ahora… —Bryan rio sin humor—, ahora apareces y ¿qué? ¿Cómo tengo que actuar?

Jeff levantó la vista para mirar a Bryan, a su hijo. Su hijo.

Bryan respiró hondo, intentando recomponerse, pero sin conseguirlo del todo.

—Esto —dijo con un tono más bajo, casi avergonzado—, esto no es justo.

Jeff asintió.

—Lo sé.

—No lo sabes.

—Claro que sí. Para mí tampoco es justo.

—Algo harías para que mi madre se largara de aquí.

—No hice nada.

—Quizá fue precisamente eso.

Jeff se pasó una mano por su rostro. Lo miró con una mezcla de emociones que no sabía cómo digerir.

—Yo no sabía nada.

Bryan asintió lentamente.

—Ya.

Se dio media vuelta con intención de alejarse.

—Bryan, escúchame— le pidió Jeff—. Tengo que hablar con tu madre. Si esto es verdad…

Bryan soltó una risa corta.

—¿Si es verdad? ¿Todavía lo dudas?

Se señaló a sí mismo.

—Mírame.

Jeff lo hizo. Eran tan parecidos… ¿Era lo que había intentado decirle su madre unos minutos antes? La edad de Bryan coincidía con el tiempo en el que se había ido.

—Dios… —el susurro apenas salió de su garganta. Un hijo. Tenía un hijo. Los ojos se le llenaron de lágrimas

Bryan tragó saliva, expectante.

—Si lo hubiera sabido…

—¿Qué? —lo desafió Bryan.

Jeff apretó la mandíbula. Era su hijo. Lo abrazó con fuerza. Bryan parpadeó asombrado. No se lo esperaba. Intentó deshacerse del abrazo. Jeff tardó en soltarlo y aun así no lo hizo del todo. Le puso las manos en los hombros. Le mantuvo la mirada humedecida por las lágrimas.

—Desde cuando lo sabes —le preguntó orgulloso.

—Ayer vi la foto.

—¿Qué te dijo tu madre?

—Nada. No la dejé hablar.

Jeff asintió preocupado.

—Yo tampoco sabía nada.

¿Por eso se había ido de casa? ¿Por qué no se lo había dicho a él? ¿Por qué había huido? Eran muy jóvenes, pero se querían. Hubieran salido adelante.

Jeff, nervioso, miró hacia la granja.

—Tengo que hablar con tu madre —le dijo—, pero primero vamos con tus abuelos.

—Yo no…

—Vamos con tus abuelos —insistió pasándole, orgulloso, un brazo por los hombros—. Y luego iré a hablar con tu madre.

Bryan lo miró de reojo. ¿Estaba sonriendo? Se dejó llevar, con una mezcla de emociones anudando su garganta y el corazón palpitando con fuerza.

Bryan observaba el lugar con curiosidad: la casa de piedra y madera, el porche amplio, los campos extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, el sonido lejano de animales...

—Es… grande.

Jeff soltó una pequeña risa.

—Ya verás cuando la recorras.

Su madre apareció por la puerta del establo. Titubeó unos momentos antes de acercarse a ellos, extrañada. Su padre apareció detrás, caminando más despacio, con una sonrisa similar.

—Mamá, papá, quiero que conozcáis a alguien.

Bryan los miró con cierta timidez. Jeff apoyó una mano en su hombro.

—Es Bryan, mi hijo.

Los ojos de Judy brillaron antes que su sonrisa. Thomas asintió satisfecho.

—Hola, cariño…

Bryan la miró, un poco abrumado. No esperaba esa naturalidad.

—Hola.

Judy no pudo esperar más. Lo abrazó sin pedir permiso, con ternura y cariño.  Bryan se quedó rígido al principio, pero poco a poco se relajó. Thomas la imitó después, más contenido, con los ojos brillantes. Le dio una palmada suave en el hombro a Jeff.

—Te ha costado darte cuenta. ¿Dónde está Leslie?

—Voy a hablar con ella —les dijo.

—Tenemos que celebrarlo —decidió Judy, sin soltar a Bryan—. ¡Thomas, hay que preparar algo! Este chico tiene que comer.

Bryan esbozó una pequeña sonrisa.

—No hace falta…

—Claro que hace falta —insistió Judy—. Estás en casa ahora.

Miró a Bryan con cariño.

—¿Te quedas aquí un rato? —le preguntó Thomas.

Bryan asintió, inseguro.

—Claro que se queda —decidió Judy tomándolo por el brazo—. Vamos a enseñarle la granja. Le van a encantar los caballos.

—Y el establo —añadió Thomas—. Y el tractor.

—Bien —aceptó Bryan un poco sorprendido, por tanto entusiasmo.

—No tardaré —les aseguró Jeff alejándose de ellos y caminando decidido hacia la cafetería.

La cabeza no paraba de darle vueltas. Necesitaba encontrar respuestas. ¿Por qué Leslie no le había dicho nada? ¿Por qué había huido? ¿Por qué lo había mantenido en secreto?

Por una parte se sentía satisfecho. Sorprendido, muy sorprendido, pero satisfecho. Por otra, triste. Se había perdido muchos momentos únicos con su hijo, incluso con Leslie, y no se merecía eso, desde luego.

El tintineo suave de la campanilla sobre la puerta rompió el silencio de esa hora tan temprana de la mañana.

Leslie se quedó unos segundos en el umbral, con la llave aún entre los dedos, respirando hondo.

Sentía un puñado de mariposas revoloteando en su estómago.

El aroma a repostería recién hecha y a café recién molido, aunque todavía no hubiera preparado ese día ni una cosa ni la otra, la envolvió como un abrazo inesperado. Lo necesitaba.

Bryan no había querido hablar con ella y no sabía cómo afrontarlo. Suponía que necesitaba tiempo. No le quedaba más remedio que dárselo.

Entró y miró la hora en el reloj. Era demasiado pronto para que la oficina de Jeremy estuviera abierta. Iría a por la licencia. No iba a esperar a que llegara. Quería empezar a sentir que tomaba las riendas de su vida, se dijo anudándose el delantal a la cintura.

Últimamente sentía que la vida la iba llevando de problema en problema y no hacía más que dar bandazos.

Mientras se encaminaba a la cafetería, Jeff dio mil vueltas a la última vez que había visto a Leslie. No recordaba que hubieran discutido, ni que hubiera pasado nada grave.

Y también había pensado en la locura que había sido que una adolescente de dieciséis años se fuera de casa, embarazada. ¿Dónde había estado? ¿Qué había hecho? Le podía haber pasado cualquier cosa, a ella y al niño que llevaba en su vientre. Eso hizo que se fuera enfadando por momentos.

La campanilla de la puerta sonó con un tintineo seco cuando Jeff entró en la cafetería. Leslie fue a saludarle, pero apenas pudo abrir la boca cuando se fijó en su expresión.

—Tenemos que hablar —dijo él, sin rodeos.

Ella lo miró desconfiada.

—Tengo que ir a la oficina de Jeremy para ver si tengo ya los permisos.

—No me importa —le respondió con dureza.

—Pues a mí sí. Así que…

—Es mi hijo.

Leslie sintió cómo el corazón le daba un vuelco. Se ruborizó mientras el pulso se le aceleraba como nunca.

—No sé de qué estás hablando.

Jeff soltó una risa breve, cargada de incredulidad, acercándose a ella.

—No hagas eso conmigo. No soy idiota. Él mismo me lo ha dicho.

Ella apretó los labios. ¿Cómo se le había ocurrido? Ya no había marcha atrás, se lamentó.

—¿Y qué? —respondió finalmente, fría—. ¿Qué quieres que te diga?

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque no tenía por qué hacerlo.

—Claro que sí.

—No.

Jeff se posicionó frente a ella con los brazos en jarras.

—Es mi hijo —insistió Jeff, con rabia contenida—. Tenía derecho a saberlo.

—¿Derecho? —repitió ella, alzando la voz, con el corazón en un puño—. ¿Y mis derechos? ¿Sabes lo que es enterarte de que estás embarazada y no tener a nadie?

—Me tenías a mí.

—No —negó con fuerza antes de cruzarse de brazos—. No te tenía.

Jeff frunció el ceño.

—Por supuesto que sí —. Hubiera hecho cualquier cosa por ella.

—Fui a decírtelo —continuó Leslie.

Eso lo descolocó.

—¿Qué?

—Fui a verte —repitió ella, con voz temblorosa. Todavía le dolían los recuerdos—. Esa misma noche. En cuanto me enteré.

Jeff la miraba, sin comprender.

—¿Y?

Leslie soltó una risa amarga.

—Y te vi.

Jeff intentó recordar la última vez que la había visto hacía dieciséis años.

—No rec…

—Con Trixie —le interrumpió—. Besándote con ella.

Jeff parpadeó, tratando de recordar.

—Eso no es…

—Lo es —lo interrumpió—. No me lo tienes que explicar. Lo vi.

—Leslie…

—Así que no —añadió, más firme—. No te tenía. Por lo menos, no era la única que te tenía y no iba a pasar por eso.

Jeff negó, pasándose una mano por la cara. Apenas recordaba, pero sí. Trixie había ido a buscarlo a casa, recordó.

—Ella había bebido —le explicó—. Se me lanzó. Yo no…—. Se detuvo frustrado—. La aparté.

Leslie lo miró. Parecía sincero. Por un instante dudó, pero solo fue un instante. Se recordó el dolor de la traición, la frustración, el miedo y la deriva en la que cayo esos días.

—No recuerdo que lo hicieras, que la apartaras —respondió clavando las palabras.

—Porque llegaste en el peor momento —replicó él, con rabia—. Pero no significaba nada.

—Para mí sí.