Siempre fuiste tú (Hermanas Maxwell 4) Chapter 2 #11
73%

Chapter 2 #11

Jeff se había acercado hasta ella sin dejar de mirar al desconocido y su actitud tan poco amistosa la había llegado a alarmar. ¿Quién era ese señor?

El hombre mostró una identificación.

—Inspección sanitaria municipal.

—¿Inspección? —repitió Leslie, extrañada.

El inspector asintió con calma entrenada, distante y profesional.

—Hemos recibido una denuncia anónima. Necesito realizar una revisión del local.

Leslie sintió cómo algo frío le recorría la espalda. Jeff lo miraba serio.

—¿Una denuncia? —dijo ella—. Pero si aún no he abierto.

El inspector levantó la mano, cortando la explicación de Leslie con educación firme.

—Procedamos, por favor. Enséñeme la cocina.

—¿Quién me ha denunciado? Es imposible que…

—¿Tiene algo que ocultar?

—No, claro que no.

—Entonces, no tiene de qué preocuparse.

Leslie le acompañó seguida de Jeff, mientras el inspector recorría la cocina, abría armarios, revisaba temperaturas y comprobaba superficies.

Todo estaba limpio y organizado. O eso creía ella.

Jeff no decía nada, pero su mandíbula estaba tensa. Observaba cada movimiento del inspector con atención.

—Aquí —dijo el inspector de repente.

Leslie se acercó con rapidez.

—¿Qué ocurre?

El hombre señaló una zona de almacenamiento.

—Algunos productos no están etiquetados correctamente con fecha de recepción.

Leslie frunció el ceño.

—Eso no es posible. Yo lo revisé todo.

Jeff miró la estantería. El inspector tenía razón, pero ¿quién sabía que eso estaba allí?

El inspector siguió anotando.

—Y aquí —abrió un armario— hay una separación insuficiente entre productos alimentarios y productos de limpieza.

Leslie abrió los ojos, asombrada.

—No. No. Eso estaba perfectamente separado.

Se giró hacia Jeff.

—Yo misma lo organicé.

Jeff no respondió. Su mirada estaba fija en el inspector.

Él continuó con calma, casi mecánicamente.

—Son irregularidades menores, pero acumuladas no permiten emitir el certificado definitivo en este momento.

Leslie sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.

—¿Cómo que no permiten? —preguntó ella, más alto de lo que pretendía—. ¿Me está diciendo que no puedo abrir?

El inspector cerró la carpeta.

—Exacto. No podrá abrir este fin de semana como parecía que pretendía hacer. Necesita subsanar todo antes de una nueva revisión.

—¿Una nueva revisión? Puedo recolocarlo todo ya mismo —exclamó—. Es más, puedo colocarlo como lo tenía ayer, antes de que alguien viniera y cambiara de sitio las cosas.

—¿Me está acusando de algo, señorita?

—No, claro que no —se adelantó Jeff, impidiéndola hablar—. Solo quiere decirle que la solución es rápida.

—Muy bien. Ya veremos si yo lo soy tanto.

Leslie miró boquiabierta a Jeff, antes de volver a centrarse en el hombre que le dejaba una copia de su informe sobre el mostrador. Sin apenas mirarla, prepotente y altivo, dio media vuelta y salió por la puerta.

Leslie se quedó de pie en medio del local, sin moverse. ¿Qué había pasado? ¿Quién había enviado a ese hombre? ¿Alguien la había denunciado? ¿Quién? Miró hacia la cocina. Ella no había ordenado así las cosas o eso era capaz de jurar.

Jeff fue el primero en hablar.

—Por lo menos ha sido rápido y solo eran dos tonterías —dijo en voz baja.

Ella soltó una media sonrisa que no sentía, abatida. Tomó el informe para leerlo.

—No. No tiene sentido —repitió—. Nada de esto lo tiene.

Caminó hacia la cocina. Abrió un armario. Revisó una etiqueta. Luego otra. Cierta rabia, incredulidad e impotencia empezaron a apoderarse de ella.

—Yo revisé esto —dijo—. Lo hice todo bien.

Jeff se acercó despacio.

—Te creo.

Leslie lo miró.

—Entonces dime qué está pasando.

Jeff no respondió de inmediato. No tenía una respuesta lógica. ¿Qué podía decirle? ¿Que alguien no quería que abriera? Eso parecía, pero ¿quién?

Leslie dejó caer sobre la encimera el documento que le había dado el inspector.

—Bueno, está claro que no voy a abrir el fin de semana —dijo en voz baja.

Jeff asintió lentamente.

—Pero eso no significa que no puedas abrir otro día.

—Sí, claro, qué remedio me queda que aceptarlo.

Lo miró de reojo. ¿Por qué era siempre tan tranquilo y conciliador?

—Tienes mala cara. Vete a casa a descansar. Hoy ya no vas a hacer nada. Además, no tienes mayor prisa por abrir.

—Sí tengo prisa. Quiero… quiero rutina, tranquilidad… —dejó de hablar. Quizá se estaba preocupando demasiado sin necesidad—. Supongo que tienes razón.

Resignada, se quitó el delantal que se ponía por costumbre y empezó a apagar las luces.

—Bryan estaba fuera.

—¿Bryan? ¿Te dijo algo?

—No. ¿Por qué?

Leslie se encogió de hombros. No quería pensar en nada, ni mucho menos explicarle lo que fuera.

—Estoy cansada. Necesito una ducha y dormir.

—No te olvides de cenar algo.

—Comer es lo que menos me apetece —le dijo llegando a la puerta.

—Pues corres el riesgo de que te invite a cenar.

Leslie se detuvo incómoda. Jeff la acariciaba con la mirada. Lo tenía demasiado cerca. Casi podían rozarse. Su corazón empezó a palpitar con fuerza. Lo que menos necesitaba en ese momento era que Bryan los viera juntos o llegara a confundirse. Además, él estaba con Trixie.

—Es un riesgo demasiado grande —le respondió sincera, con una sonrisa agotada—. Pero me iré ya a casa.

—Vamos.

—No necesito que me acompañes.

—Lo sé, pero voy a hacerlo.

Jeff se metió las manos en los bolsillos.

Darle la mano era una tentación en la que estaba a punto de caer, y no quería hacerlo.

No hasta que… Tenía que hablar otra vez con Trixie.

Asegurarse de que todo estaba claro. No quería hacerle daño.

La vida le había dado la oportunidad de estar con Leslie, aunque solo fuera un año.

No iba a desaprovecharla y si tenía que convencerla de que la vida juntos podía ser lo mejor que podía pasarles, haría lo que fuera necesario para que lo considerara o lo descubriera por ella misma.

A la mañana siguiente, Jeff entró en la cocina de su casa para tomarse un café rápido.

Lo necesitaba después de la noche tan terrible que había pasado.

Después de acompañar a Leslie a su casa, había quedado con Trixie y habían tenido una sonora discusión.

Trixie se había mostrado intensa, inflexible y testaruda.

Le había acusado de aprovecharse de ella y de no sabía cuántas cosas más.

Podía comprender su frustración, pero no podía hacer nada al respecto. La decisión estaba tomada, y si solo podía estar un año con Leslie, así sería. Crearía recuerdos para el resto de su vida.

Quizá nunca debería haberse comprometido con ella, estando enamorado de otra mujer a la que no había podido olvidar, pero ¿quién iba a pensar que Leslie volvería?

Sus padres estaban junto a la cafetera, compartiendo susurros, arrumacos y sonrisas enamoradas. Los miró con una sonrisa abierta. Le gustaba la relación que tenían después de tantos años juntos.

—¿Vas a salir tan temprano? —le preguntó su padre antes de dar un sorbo a su café recién preparado.

—Sí. Voy a ver a Leslie.

Thomas y Judy cruzaron la mirada antes de volver a mirar a su hijo.

—¿Has hablado con ella?

—Todos los días.

Judy apoyó la cadera en la encimera.

—¿Y con Trixie?

Jeff ahogó un suspiro.

—Los gritos que seguro que escuchasteis ayer, eran de ella. No se tomó bien que rompiéramos.

—¿Lo has pensado bien? Leslie va a quedarse solo un año —le recordó su padre.

—No debí comprometerme con Trixie. Empezó a decirme que si la edad, que si la costumbre, que si estábamos bien… Mal no estábamos, pero…

—Llegó Leslie —concluyó Judy.

Jeff asintió. No podía negar lo que sentía.

—Aunque solo esté un año, o aunque me diga que no una y mil veces, habrá merecido la pena.

—¿Habéis hablado de Bryan? —le preguntó Thomas preocupado.

—¿Sobre qué?

—¿Cuántos años tiene?

—Dieciséis, creo.

Thomas y Judy se miraron entre sí. Jeff los miró extrañado.

—¿Cuántos años hace que se fue de aquí? —le preguntó Judy mirándole detenidamente.

—Poco más… Se quedaría embarazada al poco de irse.

Thomas y Judy contuvieron la respiración antes de actuar como si no hubieran dicho nada.

—Abrirá pronto la cafetería, ¿no?

—Supongo que sí. Está teniendo algún inconveniente, pero no creo que tarde mucho.

Thomas y Judy asintieron, apurando sus cafés.

—Será mejor que empecemos a trabajar.

Jeff asintió y los siguió hasta la puerta. Después, encaminó sus pasos hacia la cafetería. Podría convertirse en una costumbre el ir a tomar un café allí por las mañanas.

—Eh.

Una voz conocida a su espalda lo detuvo.

A unos metros, estaba Bryan dirigiéndose hacia él. Recordó que la tarde anterior casi lo había dejado con la palabra en la boca, cuando vio al inspector entrar en la cafetería.

—No esperaba verte por aquí —le respondió Jeff, esperando que llegara hasta él.

—Ya.

Jeff frunció ligeramente el ceño.

—¿Todo bien?

Bryan soltó aire por la nariz, impaciente.

—¿De verdad vas a empezar por ahí?

El tono hizo que Jeff se pusiera en alerta.

—¿Cómo dices?

Bryan llegó hasta él, deteniéndose delante para que no pudiera irse sin tener que evitarle de manera intencionada.

—Ayer encontré algo —le dijo directo.

Jeff no apartó la mirada, extrañado ante su actitud rebelde y desafiante.

—¿El qué?

Bryan metió la mano en el bolsillo trasero. Sacó la vieja foto y la sostuvo entre dos dedos.

—Esto.

Jeff la miró. La reconoció con cierta nostalgia. Había sido una noche tan bonita…

—Hace mucho tiempo.

Bryan dio un paso más.

—Sí.

Señaló la imagen de nuevo.

Jeff lo miró sin comprender. Sus ojos pasaron de la foto a Bryan.

—Salí con tu madre. Creí que lo sabías.

—¿Que salisteis? Es fácil de adivinar. Veo cómo la miras, además de que vas mucho a verla.

—¿Y te molesta? —preguntó Jeff preocupado.

—Mira bien la foto. Lo que me molesta es que actúes como si yo no existiera.

—¿A qué te refieres? No pretendo que sientas eso en ningún momento.

—Yo pensaba que lo sabías, que simplemente la habías abandonado, pero mi madre me dijo que no, que no te lo había dicho.

Jeff negó extrañado. No entendía qué le estaba reclamando.

—¿El qué?

Bryan lo miró fijamente.

—Que tienes un hijo.