Chapter 2 #10
Tercer mensaje. El proveedor del azúcar y los endulzantes. «Incidencia en ruta. Reprogramación de entrega.»
Resopló molesta dándose media vuelta y propiciando que Jeff la siguiera hasta la barra, extrañado.
—¿Va todo bien?
—Vamos a ver… Otro mensaje más.
Leslie resopló molesta. El proveedor de las servilletas. «Error en preparación de pedido. Saldrá en el próximo envío disponible».
Leslie bajó el móvil despacio, tratando de serenar su respiración y la impotencia y la rabia que empezaba a sentir. ¿No tenía suficientes problemas ya?
—Esto es increíble.
Jeff la siguió mientras ella empezaba a murmurar cosas inteligibles.
—¿Qué ocurre?
—Los proveedores. Hoy esperaba pedidos y no van a llegar. Nada. Ninguno. ¿Puedes explicarlo de una manera lógica?
—¿Cómo que no van a llegar?
—Lo que has oído —insistió ella, mirándolo directamente, mostrándole su móvil sin darle tiempo a leer los mensajes—. Como si se hubieran puesto de acuerdo.
Jeff parpadeó extrañado mientras veía a Leslie caminar enfadada entre las mesas. No recordaba esa manía que tenía de pasear acelerada de lado a lado cuando se enfadaba.
—Mi abuelo llevaba trabajando años con estos proveedores. Dudo que le dieran este tipo de problemas. Me parece increíble que fallen todos a la vez.
Jeff la siguió en silencio hasta la puerta del almacén.
—Puede ser una mala coincidencia —dijo él al fin, con tono prudente.
Leslie lo miró entrecerrando los ojos.
—¿De verdad? ¿No te parecen demasiadas coincidencias en un mismo día? ¿Qué hago si no me llega el café? ¿O la leche? Quería abrir en dos días.
—Han dicho que te lo van a traer, ¿no?
Leslie lo miró enfadada. No quería palabras de consuelo. Quería una solución inmediata.
Jeff apoyó una mano en la encimera, mientras asentía lentamente. No recordaba esa mirada encendida y furiosa de Leslie. En ese momento, parecía capaz de enfrentar lo que hiciera falta, sin su ayuda ni la de nadie.
En su interior se sintió orgulloso de ella. Ese coraje que tenía era el que la habría ayudado, sin duda, a sacar adelante a su hijo y a sí misma, en la ciudad.
—Buscaremos alternativas —le sugirió con calma—. Yo puedo llamar a otros proveedores.
Leslie lo miró seria antes de mirar la libreta donde tenía todo apuntado. Algunos le habían aplazado la entrega solo unos pocos días. No era un problema tan grave.
—No es necesario —dijo finalmente, forzando una respiración profunda—. Voy a reorganizar todo. Algo podré hacer con lo que tengo en el almacén.
Jeff la observó unos segundos. Ahí estaba la adolescente que recordaba y nunca se rendía.
Le había costado creer que se hubiera ido de Polson sin despedirse siquiera.
No sabía que quisiera hacerlo. Pero con el paso del tiempo, cuando dejó de dolerle lo que él consideró como una traición, admiró su coraje y tuvo la certeza de que saldría adelante.
—Quizá pueda abrir con esto siempre y cuando no se retrasen mucho los pedidos —murmuró con un mohín—. Tampoco tengo especial urgencia por abrir en dos días. Disculpa si he sido un poco impaciente.
Jeff se encogió de hombros. Pese a haber solucionado ese contratiempo, su mirada parecía triste. Le daba la impresión de que le pasaba algo más que lo que le había contado.
—No recordaba cuánto te enfadabas si las cosas no salían como querías.
Leslie le mantuvo la mirada. ¿Lo recordaba? ¿Alguna vez había pensado en ella? Esa pequeña esperanza que su corazón sentía en ese instante, amenazó con derretirla.
Jeff contuvo la respiración. La sentía tan vulnerable y expuesta en ese momento, que hasta le dolía.
Podría acercarse a ella en dos zancadas, rodearla con sus brazos, convencerla de que todo iba a ir bien.
Incluso, podría besar sus labios, explorar su boca, buscar su lengua…
No. No iba a hacerlo. No quería darle problemas.
Le daba la impresión de que ya tenía suficientes y así se lo tomaría.
Carraspeó incómodo. Le urgía alejarse de ella o corría el riesgo de hacer lo que estaba pensando sin remordimiento alguno.
—Si está todo solucionado, será mejor que vaya a trabajar. Nos vemos luego. Es decir… si te viene bien… o bueno, si a lo mejor nos vemos por la calle —sonrió incómodo—. No sé cómo despedirme.
«No lo hagas» pensó Leslie sin decirle nada. Aunque sospechaba que seguiría viéndolo y más si Bryan iba a buscarle. Que era algo que sospechaba que, más tarde o más temprano, haría.
—Ya nos veremos —le respondió resignada.
Jeff salió de la cafetería, decidido. Tenía que encontrar una manera de relacionarse con ella, sin incomodarla y sin estrangular sus propios deseos.
A última hora de la mañana, Leslie sonrió por costumbre cuando se abrió la puerta de la cafetería, pese a que había un cartel de «cerrado» de tamaño considerable.
El señor Bernstein, el padre de Trixie, entró decidido.
No había tratado nunca con él, pero lo recordaba de los festivales que se celebraban en el colegio.
No parecía que el paso del tiempo lo hubiera tratado mal.
—¿Qué tal todo, Leslie?
—Bien —respondió con cierta desconfianza.
—Me han contado que habías vuelto y que pensabas abrir la cafetería.
—Así es. Espero poder abrirla en un par de días.
—Estaba pensando en hacerte una oferta por esto —miró a su alrededor con una expresión impasible—. Ya veo que has hecho alguna mejora, pero si me la vendes, podrás irte de aquí con dinero en el bolsillo. Después de todo no tiene que ser agradable estar en un sitio al que no querías volver.
Leslie parpadeó incrédula ante su incierta y desafortunada suposición.
—Muchas gracias por su preocupación, señor Bernstein, pero no llevo idea de vender la cafetería, de momento.
—Conozco la cláusula que te obliga a quedarte un año para cobrar tu herencia. ¿Piensas quedarte?
—La verdad es que de momento, sí.
—¿Qué necesidad tienes de hacer nervios y pasarlo mal para sacar adelante esta cochambrosa cafetería de pueblo?
—No hago nervios —replicó enfadada. ¿Cómo se había atrevido a decir que era cochambrosa cuando estaba quedando tan bonita? ¿Y por qué suponía que lo estaba pasando mal? ¿Sabía lo que le estaba ocurriendo?
—Había oído que estabas cocinando en la ciudad con una de las Maxwell.
—Sí, con Opal.
—¿No os iba bien el negocio? No es lo que dicen sus padres, aunque tengo oído que estuvo involucrada en algún asunto policial y no lo sé por ellos.
—Opal era inocente.
¿Cuánto sabía ese hombre?
—Creo que Trixie te pidió que hicieras la tarta de su boda, ¿no?
—Sí, pero me negué a ello —no iba a andarse con rodeos.
—Y aun sabiendo que se casa con Jeff, ¿vas a quedarte?
—¿Qué tiene que ver?
—Bueno, Jeff te visita demasiado. Luego, cuando se case, las cosas cambiarán. Lo sabes ¿verdad?
—Lo supongo.
—Bien. Porque no me gustaría tener que... no sé… recordarte que podrías largarte otra vez como lo hiciste hace dieciséis años. Los mismos que tiene tu hijo, ¿no? Es una casualidad muy desafortunada.
Leslie le miró seria. ¿Eso era una amenaza? ¿Le estaba diciendo que le diría a todos que Bryan era hijo de Jeff? La persona que más le importaba que lo supiera acababa de descubrirlo. El resto, le daba igual. No se molestó en contestarle. El señor Bernstein sonrió victorioso.
—Piénsalo bien. Te irías con dinero mañana mismo y volverías a la ciudad a ese catering de tu amiga.
—Gracias, señor Bernstein. No creo que cambie de idea, pero dentro de un año puedo avisarle si decido irme por si todavía está interesado en la cafetería.
—Tú sabrás. Siempre has sido tan orgullosa como tu abuelo. Mi oferta sigue en pie, aunque no sé por cuánto tiempo.
Leslie lo vio salir antes de seguir limpiando el mostrador. No le había gustado esa visita. Estaba claro que quería que se fuera. Probablemente así, Trixie estaría más relajada con Jeff. Si ya estaban prometidos, ¿qué miedo había?
A última hora de la tarde, Jeff caminaba por la calle con las manos en los bolsillos.
Se sentía como un león enjaulado. No se quitaba a Leslie de la cabeza.
Tenía que aprender a convivir con ella en el mismo pueblo, porque no era normal querer ir a verla todos los días o no dejar de pensar en ella cuando no estaba a su lado.
Vio a Bryan, cabizbajo, caminar por delante y aceleró el paso para alcanzarle.
Bryan levantó la vista de inmediato en cuanto sintió a alguien a su lado.
—¿Vas a la cafetería? —le preguntó Jeff, amigable.
Bryan titubeó por unos instantes. Apretó la mandíbula.
—Sí.
—¿Va todo bien? —le preguntó con curiosidad.
—¿Tú qué crees?
Jeff lo miró extrañado por el tono de la respuesta.
—Creo que algo te ocurre.
Bryan se detuvo poniendo los brazos en jarras con una mueca.
—Vaya. Qué observador.
El sarcasmo era evidente. Jeff no se defendió.
—Si he hecho algo…
Bryan resopló, rabioso.
—No. Tranquilo. Tú no has hecho nada.
—¿Entonces?
Bryan lo miró fijamente.
—¿Tú sabías algo? ¿No tenías ni una mínima sospecha?
Jeff parpadeó.
—¿Sobre qué?
Bryan lo miró rabioso. No parecía que supiera nada. Y tampoco sabía si estaba preparado para decirle algo.
Jeff esperaba una respuesta cuando vio a un hombre de mediana edad con una carpeta bajo el brazo entrando decidido en la cafetería.
—Un momento… —le pidió a Bryan antes de cruzar.
Conocía al señor Fox. Ese hombre podía ser muy desagradable aun sin proponérselo.
Leslie estaba revisando la vitrina de la repostería por tercera vez. Le gustaba cómo había quedado.
—Todavía está cerrado —dijo con una amplia sonrisa cuando escuchó el tintineo de la nueva campana que había colgado en la puerta.
—La puerta estaba abierta —le replicó el desconocido mirando alrededor con curiosidad.
—Hay un cartel bien grande a la altura de los ojos que dice «cerrado» —replicó Leslie extrañada por su actitud arrogante.
Jeff entró tras él con paso firme.
El señor Fox se giró al oír la puerta a su espalda.
—La cafetería está cerrada —le indicó—. ¿O no ha visto el cartel?
—Leslie es mi amiga. Venía a traerle… Habíamos quedado.
—¿Leslie Falcon? —preguntó mirando a Leslie e ignorando a Jeff con toda la intención.
—Sí. Soy yo —respondió ella, desconcertada.