Siempre fuiste tú (Hermanas Maxwell 4) Chapter 2 #15
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Chapter 2 #15

—De acuerdo —sonrió Leslie mientras Bryan salía con las sobras para la cena en un recipiente.

—Venga, vamos a casa —les dijo adelantándose.

Jeff la besó con inesperada rapidez antes de seguir a Bryan. Leslie lo miró con cariño. Jeff la tomó de la mano y empezaron a caminar los tres hacia casa.

Leslie abrió la puerta, satisfecha. Se sentía bien.

—Mientras poneis la mesa, voy a subir un momento al dormitorio.

Jeff y Bryan, asintieron despreocupados. Leslie se giró para mirarlos antes de subir las escaleras. Era una escena tan real, y tan bonita de ambos haciendo algo juntos. El corazón le dio un pequeño pellizco. Se podía ser feliz, pensó antes de empezar a subir las escaleras.

Jamás hubiera pensado que su vida podía cambiar tanto. Entró en su dormitorio y buscó la carta que le había dejado escrita su abuelo. Era el momento de abrirla, se dijo con el pulso acelerado.

Cuando acabó de leerla rompió a llorar. Arrepentimiento, culpabilidad, angustia y soledad como producto de su orgullo. O del orgullo de ambos, se lamentó.

Ella no pensó en lo que podía sentir su abuelo ante su embarazo: su frustración personal, la culpabilidad asumida por la educación que le había dado y que no había impedido que se quedara embarazada, la rabia por su imprudencia…

No había esperado que fuera capaz de marcharse de casa, y lo que era peor, no volver.

Quedaban tan lejos esos momentos, se justificó al bucear entre sus recuerdos. Ella estaba asustada, con el corazón roto, con la impotencia y la soledad recorriéndole el cuerpo. Su orgullo era lo que la había mantenido a flote, con rabia y energía para salir adelante, por ella y por su hijo.

Quizá su abuelo había intentado contactar con ella alguna vez según ponía en la carta.

Pero a ella la rabia le había durado mucho tiempo.

La había acompañado cuando le había tocado dormir en los bancos del parque, o incluso robar comida cuando no tenía trabajo.

Lo había pasado tan mal que apenas recordaba nada más que su instinto de supervivencia.

Se había centrado en eso y no en pedir perdón, ni aceptarlo, ni mucho menos buscarlo.

No era momento de lamentaciones, se dijo secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

Muy a su pesar, no podía volver atrás ni reencontrarse con su abuelo para que ambos se abrazaran y pudieran hacer las paces.

Gracias a lo ocurrido, era más fuerte, más cautelosa y estaba allí, de nuevo en casa.

Tenía que centrarse en el presente y mirar hacia el futuro.

Un presente familiar e inesperado y un futuro abierto e inspirador, se animó.

Cuando volvió a reunirse con Jeff se refugió en sus brazos, sin mediar palabra. Necesitaba sentirlo, sentir que había vuelto a casa, a su hogar.

Jeff la besó sin preguntas. Sintió que podía tocar el cielo con las manos. La abrazó contra él. ¿Se podía ser más feliz? Sabía que no.

Leslie colgó el teléfono con seguridad. Ya no era la misma que cuando había llegado. En ese momento no tenía ninguna duda de que iba a quedarse en su cafetería, por lo menos hasta que cumpliera el año estipulado y, probablemente, más. Quizá toda la vida.

Sonrió al darse cuenta de que no se sentía mal por ello, ni se agobiaba, ni le faltaba el aire. Solo sentía ganas de sonreír.

—¿Buenas noticias? —le preguntó el señor Hansen al otro lado de la barra bebiendo tranquilamente su café.

—Me llamaba la secretaria de Jeremy para darme una oferta de un promotor para comprar la cafetería. Me ofrecía bastante dinero. Le he dicho que no.

—Esa mujer puede llegar a ser muy insistente.

—Pero yo lo tengo claro.

—Estuvo detrás de tu abuelo no sé cuánto tiempo, empeñada en que vendiera. Se atrevió a alegar que tú no querrías volver. Tu abuelo se mantuvo firme. Me extrañaba que no hubieras recibido ninguna oferta.

—No hasta ahora. Solo el señor Bernstein, me hizo una oferta que no acepté.

—Eso es lógico. Trixie iba a casarse con Jeff y doy por hecho que ya no va a ser así.

—No —sonrió enamorada, segura de Jeff.

—Volviendo a esa mujer —se incorporó hacia adelante—. No me gusta nada. Tu abuelo tuvo que dejarle una vez una llave de la cafetería y la perdió.

—Bueno, a veces…

—Tonterías. Luego empezaron a fallar cosas de repente, o a desaparecer cosas importantes. El azúcar, por ejemplo. ¿Cómo va a abrir una cafetería sin poder ofrecer azúcar?

Leslie lo miró perpleja. ¿Tendría eso que ver con los contratiempos que había tenido? Le parecía bastante lógico.

—¿Qué hizo mi abuelo?

—Ya sabes cómo son las cosas en los lugares pequeños.

No puedes acusar a nadie y menos a alguien que trabaja con un abogado, vive aquí desde siempre y tiene aspecto de buena persona.

Es tu palabra contra la suya. Ya le dije que lo mejor era cambiar la cerradura.

Y no volver a dejarle la llave a nadie. Creo que no llegó a hacerlo. No le dio tiempo.

Leslie asintió.

—Pero si no se detiene a esa mujer, va a seguir comportándose así conmigo o con cualquier otro.

—Bah, no merece la pena. Es una pobre infeliz. Supongo que le ofrecieron una sustanciosa comisión. Probablemente denunciarla y probar sus fechorías daría más problemas que alegrías. En la vida hay que saber elegir qué batallas pelear.

Leslie sopesó las posibles consecuencias. Quizá tuviera razón. Ella no la conocía tanto y no se quería enemistar con nadie. Quería estar tranquila y disfrutar de esa nueva vida que había empezado.

Debía empezar por decirle a Jeff que contactara con un cerrajero de confianza.

Tres días más tarde, Leslie parpadeó sorprendida cuando vio entrar por la puerta de la cafetería a Opal, su amiga y jefa, con sus dos hermanas.

Sonreían con complicidad y cariño y miraban a su alrededor, curiosas.

Había hablado con ella, pero con sus hermanas no tenía la misma confianza, así que, que fueran a verla, fue una bonita sorpresa.

—Madre mía, parece que no haya pasado el tiempo —comentó Opal, con su impecable melena oscura recogida en la coronilla y sus ojos brillantes—. Tú, como siempre tras el mostrador, nosotras en la mesa de la ventana —señaló la mesa vacía—. Y Jeff a punto de entrar por la puerta para buscarte.

Leslie salió de detrás de la barra, emocionada, para recibirlas con un cálido abrazo.

—¿Qué hacéis por aquí? ¿Estáis de vacaciones? ¿Las tres a la vez?

—No, claro que no —respondió Jade, con cariño—. Pero tenemos una cuñada a la que saludar y un sobrino al que conocer. Pedí permiso en el hospital. Parker está de gira presentando su novela. Mañana puede que aparezca por aquí. ¡Bienvenida a la familia!

Leslie sintió un pellizco en el corazón ante esas bonitas palabras.

—¿Y tú has venido desde París? —le preguntó a Amber, sorprendida.

—Hubiera venido desde cualquier lugar del mundo —le confirmó con una sonrisa ilusionada—. Teníamos que darte la bienvenida a la familia, a ti y a nuestro sobrino. Jeff nos dijo que ibais a vivir juntos.

Leslie asintió orgullosa. Dos noches antes habían decidido no perder más tiempo, y ya que no se podía recuperar el perdido, comenzarían cuanto antes esa vida en común que querían.

Esa vida llena de amor, abrazos y sonrisas cuando todo fuera bien y compañerismo, paciencia y comprensión cuando las dificultades los pusieran a prueba.

—¿Dónde está Bryan? —preguntó Opal mirando hacia la puerta de la cocina—. Yo ya lo conozco, pero no le he dado un abrazo de tía. No nos dejaste consentirlo cuando era pequeño. ¿Dónde está?

—Ha ido con Jeff a por... ahí vienen.

Las tres jóvenes se giraron con una sonrisa para ver a su hermano acompañado de un adolescente muy parecido a él. Opal fue directa a abrazar a Bryan.

—No sé cómo no me di cuenta del parecido —le abrazó como tantas veces había hecho antes de ese momento—. Me alegro de que seas mi sobrino. No podría tener uno mejor.

Bryan sonrió ligeramente intimidado ante la joven que conocía desde que recordaba. Era su tía. Había pasado de tener solo a su madre a tener un padre, abuelos y tres tías que hablaban, divertidas y sonrientes, a la vez.

Jeff se acercó a la espalda de Leslie, para rodearla con sus brazos por la cintura.

Le dio un beso en la mejilla. Sus miradas se cruzaron llenas de complicidad y cariño.

No podía pedir más. Tenía todo lo que siempre había soñado, un sentido para levantarse por las mañanas, un hijo y una mujer, pero no cualquier mujer.

Siempre había sido ella. Leslie, el amor de su vida.

Y esta vez, iba a hacerlo bien. La amaría y la colmaría de razones por las que quedarse, por las que amarlo, por las que vivir juntos toda la vida.

Leslie sintió su amor y miró a su hijo, sonriente, divertido, dichoso, hablando con sus tías. Quizá era eso lo que siempre había necesitado: una familia que lo aceptara y sostuviera con amor. Se le veía tranquilo y relajado y eso le acariciaba el alma.

Su corazón, pleno y satisfecho, vibró de emoción.

Estaban allí, en la cafetería de su abuelo, en el lugar que había sido su hogar y su refugio durante su infancia y adolescencia y al que había vuelto, sin pretenderlo, para crear lo mismo para su hijo y para ella.

Ahogó un suspiro cargado de gratitud. Lo había conseguido. Los dos lo habían hecho.

Miró a Jeff. Se perdió en su mirada. Él le sonrió con cariño. Ambos sellaron con un beso, la promesa de que, esa vez, su amor sería para siempre. Y así fue.