Siempre fuiste tú (Hermanas Maxwell 4) Chapter 2 #6
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Chapter 2 #6

—Tu abuelo era orgulloso —reconoció el señor Hansen como si hubiera leído sus pensamientos—, pero te quería mucho.

Quería mantener la cafetería perfecta para ti.

Ya sabrás que una promotora quería comprarla.

Él se negaba. Decía que era tu futuro y tú decidirías qué hacer con ella cuando llegara el momento.

Leslie asintió incómoda. ¿Su abuelo ya no estaba tan enfadado con ella? Había pasado mucho tiempo desde aquella discusión. ¿Por qué no la había llamado? Por orgullo, se respondió. El mismo que ella había tenido.

Apretó los labios negándose a sentir. Aun le costaba dormir recordando la sobrecogedora angustia y el paralizante miedo que había pasado los primeros días sola en la ciudad, durmiendo en la calle y comiendo sobras de cualquier sitio.

Sin un techo, sin un trabajo, sin ninguna ilusión, solo con un hijo en su vientre que había sido lo que le había dado aliento para seguir adelante.

Cuando el señor Hansen se marchó poco después se sentía tan incómoda, tan desagradecida, tan enfadada y confundida que decidió hornear unas galletas de chocolate. Cocinar siempre la calmaba.

Tendría que pedir oficialmente la licencia de apertura a Jeremy, así que podría llevarle unas galletas a su secretaria. Ya que estaba decidida a quedarse, esperaba que pudiera empezar pronto a trabajar. Seguro que podían agilizar los trámites, se dijo animada.

—Vamos a comprobar que el horno funciona —le comentó a Bryan pasando por su lado—. ¿Te apetecen unas galletas de chocolate?

Bryan se limitó a mirarla con los cascos puestos. Leslie suspiró resignada. «Sí, mamá. Me encantan tus galletas» se respondió a sí misma con ironía. No había nada que el chocolate no pudiera arreglar, decidió entrando en la cocina.

A primera hora de la tarde, el sonido del martillo golpeando suavemente contra la madera rompía el silencio del local.

—No, así no —murmuró Bryan, frunciendo el ceño mientras intentaba encajar una de las tablas de la estantería—. Esto está torcido.

Leslie, subida en una pequeña escalera, colocaba unas tazas recién lavadas en el estante superior de una alacena. Se detuvo un segundo para observarlo, con una media sonrisa.

—Eso es porque lo estás haciendo con prisa.

—O porque este mueble tiene cientos de años.

—Ese mueble hace su papel. No voy a cambiarlo.

Antes de que Bryan pudiera responder, la campanilla de la puerta tintineó. Ambos se giraron.

Jeff entró despacio, quitándose la gorra con un gesto automático. Durante un segundo, se quedó quieto, observando el lugar y luego a ellos.

—Vaya —dijo con una leve sonrisa—. Esto ya está en marcha.

Leslie sintió cómo algo se tensaba en su pecho.

Se había prometido que no volvería a caer entre sus brazos, pero en cuanto lo veía, era lo único que quería hacer.

¿Cómo podía ser tan inconsciente? No, se dijo seria.

El que hubieran pasado los años, el que las cosas pudieran ser diferentes no le garantizaba que no pudiera sufrir de nuevo cuando volviera a la ciudad.

No iba a ser un entretenimiento para él mientras estuviera allí.

—Aún no está abierta —respondió, bajando con cuidado de la escalera. Debía empapelar los cristales para que nadie curioseara, se repitió. Incluso cerrar la puerta —. Estamos en proceso.

—Ya veo.

Los ojos de Jeff se desviaron hacia Bryan. El chico lo miró de arriba abajo, sin disimulo. Jeff se acercó a él, observando la pieza, mal encajada.

Jeff le quitó el martillo con naturalidad. Durante unos segundos, ambos se miraron fijamente, como si estuvieran midiendo fuerzas sin decirlo en voz alta.

Leslie los observaba desde unos pasos atrás, con el corazón acelerado. Eran tan parecidos. ¿Para qué habría ido Jeff? Ahí estaba frente a su hijo como si fuera lo más normal del mundo. Que en otras circunstancias, lo habría sido, pero no en esas.

Jeff ajustó la tabla con un pequeño giro y la encajó sin esfuerzo.

—Ya está.

Bryan tiró ligeramente de la tabla. Esa vez no se movió.

—Perfecto —exclamó satisfecho.

Jeff sonrió antes de mirar a Leslie.

—¿Necesitas ayuda?

—No, gracias —respondió con rapidez—. Ya he solicitado la licencia de apertura esta mañana y Jeremy ha dicho que no tardará mucho, pero tengo, tenemos, tiempo de sobra para hacer todo lo que hay que hacer.

—Mis padres te invitan a cenar. Dicen que estarás cansada como para tener que llegar a casa y prepararte la cena.

Leslie le mantuvo la mirada, incómoda. No podía acostumbrarse a cenas preparadas, ni a ir a casa de Jeff como si nada hubiera sucedido. Corría el riesgo de volver a enamorarse de él y, después, alejarse por decisión propia cuando pudiera venderlo todo, dolería más.

Se acercó al mostrador. Colocó en una bandeja unas pocas galletas de las que le quedaban después de haber llevado a la oficina de Jeremy y las cubrió con film transparente.

—Dales las gracias y llévales esto, pero no puedo ir. Otro día, sí.

Jeff se acercó a ella y le mantuvo la mirada, desafiante.

—¿Es por el beso?

Leslie, ruborizada, miró a Bryan para asegurarse de que no los hubiera oído. No parecía que lo hubiera hecho. Seguía concentrado con la estantería.

—No debió pasar —susurró.

—No me arrepiento de ello —reconoció Jeff—. Y, sabes tan bien como yo, que tarde o temprano volverá a suceder.

Leslie le mantuvo la mirada. ¿Era tan evidente lo que sentía por él? Le había roto el corazón una vez, no iba a permitir que volviera a suceder, pese a que él se mostrara firme y determinado. No podía volver a enamorarse de Jeff, se recordó.

—Llévales las galletas —le repitió dando un paso atrás—. Vamos a seguir haciendo cosas…

—Ya me voy, pero las cosas no pueden quedarse así.

Leslie apretó los labios. Deberían quedarse así. No quería nada más con él, aunque todo su ser reaccionara de manera contraria a ese pensamiento en cuanto lo tenía delante. Era absurdo, inútil e innecesario. Se iría en un año, se recordó. Y esta vez lo vendería todo para no volver.

Jeff, muy a su pesar, se alejó de Leslie.

Se despidió de Bryan con un gesto de cabeza, y, con las galletas en la mano, salió por la puerta.

Esa mujer había vuelto su mundo del revés con su presencia, sin pretenderlo.

Sonó su teléfono móvil en el bolsillo trasero del pantalón.

Sería Trixie… Debía hablar con ella aun sabiendo que no le gustaría nada lo que le pensaba decir.

—Podíamos haber ido a cenar —le comentó Bryan a su madre, siguiendo a Jeff con la mirada—. Me estoy muriendo de hambre.

—Exagerado —le respondió Leslie con una sonrisa burlona—. Termina lo que estés haciendo y seguiremos mañana. Ahora prepararé algo rápido en casa.

Bryan asintió antes de echar un último vistazo a la estantería. Satisfecho, apoyó el martillo en un estante.

—Por mí ya está. Me comeré una de las pocas galletas que quedan.

Leslie asintió. No hacía falta insistir mucho para que Bryan dejara de trabajar, pero por lo menos, de momento, parecía haberse implicado. Eso le había causado cierto alivio. Sonrió relajada. Cada vez estaba más convencida de que había hecho bien en quedarse.

Dos días más tarde, Leslie volvió a la oficina de Jeremy. Quería confirmar que ya estuviera tramitado el expediente, pese a que no había recibido ninguna notificación al respecto.

—No sé qué puede haber pasado, Leslie —le respondió la secretaria, azorada, poco después—. Recuerdo que lo trajiste junto con unas galletas deliciosas. Jeremy no está ahora, pero no te preocupes, que se lo comentaré y lo dejaré sobre su mesa para que sea lo primero que vea.

Resignada, Leslie volvió a la cafetería. Todavía había cosas que hacer, pero le hacía ilusión que las cosas se fueran resolviendo y el permiso de apertura era, casi, el primer paso.

En la cafetería, sustituyó el viejo expositor por uno más actual, de líneas sencillas y cristal limpio, donde ya se imaginaba cómo expondría tartas, muffins y dulces. Colocó pequeñas plantas y al día siguiente colocaría luces cálidas que caerían con suavidad sobre las mesas.

Había empapelado el cristal de la puerta para que nadie pudiera curiosear lo que estaban haciendo y, realmente, trabajaban más tranquilos, sin tantas interrupciones.

Tenía que encargar un nuevo letrero para sustituir el que su abuelo había quitado y podría empezar a contactar con los proveedores. Esperaba poder abrir a final de semana. Para entonces, debería tener hechos algunos dulces.

Se dispuso a preparar alguno con los ingredientes que tenía, aunque fueran para Bryan y ella. Así se aseguraría de que el horno funcionaba. También generaría interés en los que pasaran por la puerta. Sabía que su abuelo tenía clientela fija, pero podrían incorporarse más clientes, se animó.

Miró pensativa el horno. Quizá debería haber pedido una revisión eléctrica, pero si su abuelo había estado trabajando hasta el último día, probablemente no fuera necesario.

La cafetería no tardó en empezar a oler a la repostería recién hecha, haciéndola sonreír. Un año cocinando en su propia cafetería le serviría para descansar mentalmente y llenarse de nuevo de energía. Después, podría volver a la ciudad y abrir otra allí, como alguna vez había planeado.

Sacó los muffins del horno. Se veían deliciosos. Mientras se enfriaban llamó al listado de proveedores. Le aseguraron que en un par de días, ya que era un encargo grande, le podrían llevar los pedidos y luego se organizaría para hacer uno a la semana.

—¿Ya está abierto? —preguntó una joven de cabello largo y ondulado y con los labios pintados de un llamativo color rojo entrando en la cafetería, con paso firme. El sonido de sus tacones retumbaba en el local. Miraba a su alrededor con curiosidad.

—Hola, no —respondió Leslie sorprendida—. De hecho, están los cristales del escaparate cubiertos porque aún estamos en obras.

—Pero huele muy bien —replicó sin intención aparente de irse.

—Quería probar el horno. En unos días abriremos.

—¿Ya has conseguido los permisos?

Leslie dejó lo que estaba haciendo para mirarla con desconfianza.

—Jeremy los está tramitando.