Siempre fuiste tú (Hermanas Maxwell 4) Chapter 2 #4
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Chapter 2 #4

Pero el paso del tiempo había dejado algunas secuelas.

La pintura de las paredes, en otro tiempo cálida, se había apagado, mostrando pequeñas grietas y el expositor de la barra, donde antes se alineaban dulces recién hechos, ahora se veía vacío, deslucido y casi triste.

Pero tenía claro que podía devolverle la vida.

—Vamos —le dijo a Bryan.

—¿Dónde?

—A hablar con Jeremy, el abogado —le explicó caminando decidida y con fuerzas renovadas.

Unas horas más tarde, Leslie se sentía más satisfecha que en mucho tiempo.

Jeremy le había facilitado dinero suficiente para esos primeros arreglos que quería realizar, a cambio de que ella le enviara las facturas cuando las tuviera, así que volvió decidida a la cafetería para empezar esa transformación que quería hacerle.

Abrió las ventanas y revisó los armarios y la despensa. Al día siguiente haría un inventario detallado de lo que había y de lo que debía comprar para cuando la abriera.

Empezó a limpiar cada rincón. Tendría que comprar pintura para las paredes en tonos suaves y luminosos. Realmente, le hacía ilusión. Era «su» cafetería y estaba deseando abrir la puerta.

Jeff se detuvo cuando llegó frente a la cafetería. Estaba colgado el cartel de cerrado, pero las ventanas estaban abiertas y dentro se veía alguna luz encendida.

No tenía por qué estar allí, se recriminó. Leslie se había ido sin despedirse siquiera. No le había devuelto las llamadas ni los mensajes y había pasado mucho tiempo desde entonces como para pedirle explicaciones, pero algo superior a él le impedía irse.

Caminó hacia la puerta. Siempre podía preguntarle por su hermana, Opal.

Sabía que estaba muy bien y que acababa de irse a vivir con Dave Malone, el policía que la había estado investigando por un delito en el que ella aparecía como principal sospechosa.

Hizo una mueca de fastidio. No necesitaba ninguna excusa para hablar con ella.

Ya eran adultos. Podrían hablar de lo sucedido sin problema.

—¿Leslie? —preguntó al entrar y no verla.

Supuso que estaría en la cocina y que la música que sonaba tan alta le impedía escucharle. Se dirigió hacia allí.

Leslie estaba de espaldas. La luz cálida de la tarde se colaba por la ventana, envolviéndola en un tono dorado.

Llevaba el pelo suelto, cayendo con naturalidad sobre los hombros, y la misma ropa que podía haber llevado cuando era una adolescente, unos sencillos vaqueros y una camiseta blanca que resaltaba su estilizada silueta. Seguía siendo delgada y menuda.

Estaba bailando, moviéndose distraída entre la encimera y el horno, con la escoba en la mano, girando sobre sí misma y una sonrisa relajada y satisfecha.

Jeff se quedó completamente quieto. No quería interrumpirla.

Le recordaba a la chica que recogía cuando acababa el turno en la cafetería para ir al bosque y sentarse con él en el capó de su coche, la que sonreía con facilidad, la que le miraba como si con él todo pudiera ser posible.

La que se largó sin despedirse siquiera. Sintió algo incómodo en el pecho.

Leslie giró sobre sí misma en un pequeño paso, siguiendo el ritmo de la música… y por un segundo estuvo a punto de verle.

Jeff no reaccionó. Apretó la mandíbula. Debería decir algo. Debería moverse. Debería recordar que estaba prometido. Pero no lo hizo. Se quedó allí. Quieto. Mirándola. Como si los años no hubieran pasado.

Entonces, Leslie, se giró y se detuvo en seco al verlo.

—Jeff…

—Eh… hola, pasaba por aquí… y vi luz…  —improvisó—. Veo que estás cambiando cosas, limpiando… ¿Eso es porque te quedas?

—Sí. Lo he estado pensando… Mi abuelo me puso una condición —¿por qué tenía que darle explicaciones?—. Voy a quedarme durante un año.

—¿Un año?

—Sí —dijo echando un último vistazo a su alrededor para asegurarse de que estaba más o menos recogido y podía dejarlo así.

Le urgía irse a casa, o por lo menos, alejarse de él. No le gustaban las mariposas en el estómago, ni su corazón acelerado, ni el calor en sus mejillas. Había pensado en evitarlo y estaba dispuesta a hacerlo.

—Me iba ya a casa.

—Bien, te acompaño.

Leslie se detuvo incómoda. Jeff lo notó.

—Si te parece bien.

Leslie le mantuvo la mirada. Podía perderse en ella, arrojarse en sus brazos o volver a caer rendida a sus pies, pero no iba a hacerlo. Es más, podría ser seca, cortante, no tenía por qué decirle nada agradable… aunque fuera el hermano de Opal.

—Bien —. Era incapaz de hacerlo, se recriminó.

—¿Vas a hacer algún cambio? —le preguntó mirando hacia el mostrador de la cafetería, buscando cualquier conversación.

—Pensaba pintar las paredes.

«No le digas nada. No te ofrezcas».

—Puedo ayudarte—se ofreció pese a las órdenes en contra que se había dado a sí mismo.

—Eh… No hace falta, pero gracias.

Tenía todo el día para hacerlo y pretendía que Bryan le ayudara. Si veía que alguien trabajaba por él, no haría nada y quería que se implicara.

Cerró a su espalda en cuanto salieron.

—¿Qué tal esta Opal?

—Bien —le respondió saliendo de la cafetería. ¿De verdad iba a acompañarla a casa? ¿Cómo si no hubiera pasado nada entre ellos? Bueno, eran adultos. El pasado había quedado atrás, trató de convencerse.

—Me sorprendió cuando nos dijo que trabajabas con ella.

—Sí, me la encontré un día, me compartió su idea de catering, una cosa llevó a otra… y empezamos a trabajar juntas.

—La vida te ha tratado bien —le estaba costando mucho no decirle lo guapa que estaba o lo que había significado para él que se fuera sin despedirse.

—Eso es relativo —le confesó—, pero sí. Estoy muy bien trabajando con Opal.

—Pero vas a quedarte aquí un año.

—Es la condición que puso mi abuelo para cobrar la herencia. Un año viviendo en la casa.

Leslie lo miró de reojo. Siempre conseguía que se abriera con él. Notaba cierta incomodidad entre ellos, pero no estaba preparada para preguntarle nada sobre esa última noche. Todavía le dolía la herida, pese a que había pasado tanto tiempo.

Jeff la acompañó hasta su casa como tantas veces había hecho. Podía llegar a sentir, muy a su pesar, que el tiempo no había pasado por ellos.

—Quizá debería callarme —le dijo al llegar hasta la puerta de la casa—, pero más tarde o más temprano, saldrá el tema y fingir que no pasó nada entre nosotros no creo que ayude,

Leslie lo miró incómoda. Podía tener razón, pero no quería dársela.

—Me dolió mucho que te fueras sin despedirte —comentó serio.

Leslie apretó los labios. ¿La culpaba a ella?

«Estaba embarazada», «mi abuelo me echó de casa» o «a mí me dolió más verte besándote con Trixie, cuando fui a contártelo» eran las respuestas que pugnaban por salir de su boca.

Se limitó a asentir. Estaba dispuesta a defenderse, pero en ese momento requería energía que no sentía. Tendría tiempo de decírselo.

—Será mejor que me vaya a dormir.

—¿Así sin más? —preguntó sorprendido.

Leslie asintió antes de girarse y cerrar la puerta a su espalda.

Jeff cerró los labios, poco conforme con esa actitud esquiva que jamás hubiera imaginado de ella.

Tuvo que respirar profundo varias veces para calmar la rabia que lo invadió.

Muy a su pesar, no podía hacer nada al respecto.

Retrocedió unos pasos y tras darse la vuelta, se alejó con paso firme, enfadado.

Quizá estar comprometido era lo mejor que podía haberle pasado.

Así podría dejar de pensar en ella de una vez por todas.

Al día siguiente, Leslie se detuvo frente a una verja de madera blanca, ligeramente desgastada por el paso del tiempo.

Lo mejor era afrontar las cosas de cara, se había dicho, así que había decidido ir a visitar a los padres de Opal, esperando que Jeff estuviera tan ocupado en la granja que no reparara en ella.

Aun no tenía ánimos para enfrentar a Jeff, pero con sus padres, era diferente. Más tarde o más temprano irían a saludarla, conocerían a Bryan y quizá echaran cuentas, observaran el parecido y descubrieran que era hijo de Jeff.

Tal vez si ella se adelantaba y actuaba con normalidad, pudiera seguir su vida allí como si no hubiera ocurrido nada.

Además, había pasado demasiado tiempo como para, de repente, decirle a Bryan que tenía abuelos o un padre que no sabía de su existencia.

—¿Es aquí donde se crio Opal? —preguntó Bryan con curiosidad, pensando en la amiga y jefa de su madre, a la que tan bien conocía.

Leslie sonrió apenas, observando la casa de la granja. Seguía igual. Tal vez un poco más envejecida.

—Sí… es aquí.

—¡Hay un perro!

—Sí, siempre han tenido uno u otro.

Leslie cerró los ojos un segundo, respiró hondo y finalmente abrió la puerta. Cuando cruzó la verja, Bryan estaba sonriendo mientras el perro, viejo, pero entusiasta, saltaba a su alrededor.

La puerta principal se abrió en ese momento.

—¿Hola? —la voz era cálida y sorprendida.

La señora Maxwel apareció en el umbral, llevándose una mano al pecho.

—Dios mío… —sus ojos se iluminaron—. Leslie, ¿eres tú?

Leslie sintió un nudo en la garganta, pero avanzó con una sonrisa sincera.

La había conocido más como novia de Jeff que como amiga de sus hijas.

Tampoco se había despedido de ella. Quizá ella y su marido la hubieran podido ayudar, pero Jeff parecía estar más que entretenido con otra chica…

¿Cómo pedirles ayuda? Hubiera sido demasiado humillante.

—Hola, señora Maxwel.

No hubo más palabras antes de que la mujer bajara los escalones y la envolviera en un abrazo fuerte.

—Cuánto tiempo… mírate… —la sostuvo a distancia, observándola con cariño—. Estás preciosa.

—Gracias —respondió Leslie con suavidad.

El señor Maxwel apareció detrás, más lento, pero con una sonrisa igual de amplia.

—Sabía que algún día volverías por aquí.

Bryan se acercó entonces, curioso, mientras el perro seguía a su lado.

—Hola.

La señora Maxwel lo miró extrañada.

—Hola, cielo. ¿Y tú eres…?

—Es mi hijo. Bryan.

Hubo un breve silencio. No fue incómodo, pero lo suficiente para que Leslie se tensara. Bryan era muy parecido a su padre. Quizá ella, la abuela del adolescente, se diera cuenta de que era hijo de su hijo.