Siempre fuiste tú (Hermanas Maxwell 4) Chapter 2 #3
20%

Chapter 2 #3

Estaba exactamente igual que como la había dejado. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Había crecido allí, había sido feliz entre esas cuatro paredes.

Su abuelo había sido un hombre serio, firme y muy recto.

Perder a su esposa había sido un duro golpe para él, que luego ella se quedara embarazada lo había terminado por destrozar.

Podía llegar a entenderlo, pero no por eso dolía menos.

Había ido llorosa a hablar con él después de encontrar a Jeff besándose con Trixie.

Necesitaba consuelo, un abrazo, un hombro sobre el que llorar.

Bryan había sido el fruto de su primera vez, de la noche perfecta de su baile de graduación en el instituto. Habían tenido cuidado, pero estaban nerviosos, emocionados, enamorados y eran demasiado jóvenes e inexpertos. Siguieron juntos tras esa noche. Eran una pareja o ella así se consideraba.

Jeff, por lo visto, no. Cuando descubrió que estaba embarazada fue a decírselo. Llegó a buscarlo a su casa, antes de la hora a la que habían quedado. Lo encontró en el establo de la granja, besándose con Trixie. Creyó morir.

Salió corriendo echa un mar de lágrimas. Después de deambular por el pueblo un buen rato llegó a su casa y se lo contó a su abuelo. No había pensado en cómo reaccionaría. Quizá debería haberlo hecho. No esperaba que la fuera a echar de casa, pero fue lo que hizo.

Incrédula, orgullosa y muy asustada, preparó una pequeña mochila y se largó sin mirar atrás. Cerró la puerta a sus emociones y sentimientos con respecto a su abuelo y a Polson… Hasta ese día que todo parecía haberse revuelto.

Todavía llevaba la carta de su abuelo en el sobre que tenía entre las manos. No estaba segura de querer abrirla. Esperaba que no hubiera recriminaciones. Ya no eran necesarias después de tanto tiempo.

—Esta casa es vieja y no hay wifi —insistió Bryan impaciente.

—Eso da igual, Bryan. Tengo que pensar…

Buscó el sobre con el pulso disparado. Tomó la carta y la abrió conteniendo la respiración.

Era la letra de su abuelo. Sintió un nudo en su pecho.

No era el momento. No sabía qué se encontraría en esas líneas.

¿Una confirmación de la decepción que había sentido su abuelo?

¿Unas últimas voluntades cargadas de orgullo?

¿Un recordatorio de que ya no tenía familia y estaba sola?

Volvió a cerrarla y a guardarla en el sobre con el resto de la documentación que Jeremy le había dado.

No podía lidiar con eso cuando tantos recuerdos la habían asolado por sorpresa y se sentía tan vulnerable.

Tomó aire. Su abuelo le había dejado todo con la condición de que estuviera un año viviendo en su casa, incluso trabajando en la cafetería. Quizá debiera hacerlo. Solo un año. Un paréntesis en su vida.

Un año sin pensar en pagar alquiler, un año con Bryan estudiando en el mismo instituto que ella a un paso de casa, un año trabajando en una cafetería tranquila y estable y no con los picos puntuales de trabajo en el catering de Opal.

No les iba mal, pero distaba mucho de la cómoda rutina que quizá echaba en falta o que quería llevar en ese momento.

Llamaría a Opal para pensar en voz alta y tomar con ella la decisión, aunque casi la tenía tomada.

Y en cuanto a Jeff, no tenía por qué verlo. Probablemente él evitaría el contacto y más aún cuando había sido quien se había cargado la relación que había entre ellos. Si no lo veía podría fingir que no existía. Era una mujer adulta. Ambos lo eran. Podrían dejar el pasado atrás. Justo donde estaba.

—Mamá, me voy a dar una vuelta —le dijo Bryan malhumorado desde la puerta.

—No te alejes mucho —le pidió. No era fácil perderse por allí, pero no conocía el lugar.

Por lo menos, en ese momento no tenía que pensar en sus problemáticas amistades o cuestionables compañías.

Jeff resopló fastidiado por tercera vez desde que había salido muy cargado de la ferretería, y eso que acababa de hacerlo.

No había esperado ver a Leslie y todo se le había revuelto por dentro.

Debía hablar con ella, pedirle explicaciones por lo sucedido tantos años atrás.

Casi diecisiete para ser exactos. Había creído que estaban bien juntos, aunque no llevaran ni un año saliendo.

Eran solo unos adolescentes, sí, pero la había querido tanto, que todavía dolía.

No iba a cambiar el pasado, ni tampoco el presente, pero, por lo menos, se quedaría tranquilo. Necesitaba una respuesta. No sabía qué había hecho mal ni que… ¡¡¡Eh!!!

La puerta de la tienda de licores se abrió de repente y un adolescente salió con prisa llevándoselo por delante.

Tuvo que hacer malabarismos para que no se le cayera la caja que llevaba.

Bernie Steven, el anciano y malhumorado propietario, salió inmediatamente sujetando al chaval del cuello de la camiseta.

—Devuélveme la botella o llamo a la policía ahora mismo.

El chico se removió rebelde. Jeff lo sostuvo como pudo por el brazo. No recordaba haberlo visto antes, pero le resultaba familiar.

—No hagas el tonto, chico. Devuélvesela.

Bryan se vio atrapado y miró enfadado al hombre que le había impedido salir huyendo. ¿Lo conocía de algo? Imposible. El dueño de la licorería le quitó la botella de la mano sin miramientos.

—Lárgate antes de que llame a tus padres o a la policía.

Bryan se había quedado paralizado. Esperaba ese aviso a la policía, esa detención, esa llamada su madre para que fuera a buscarlo y su consecuente mirada triste y gesto de decepción. Vio que el propietario de la tienda regresaba a ella sin más preocupación.

—¿Buscas problemas o qué? —le preguntó Jeff continuando su camino hacia donde estaba su vieja furgoneta.

—¿No va a llamar a la policía?

—¿Quieres que lo haga? —le preguntó mirándole de reojo mientras el chaval le seguía.

—No, claro que no.

—¿Eres nuevo por aquí?

—Sí. No. Estamos de paso, creo.

—¿Y no puedes esperar a meterte en problemas?

Bryan lo miró con una mueca y las manos en los bolsillos.

—Dudo que a tus padres les guste que les llame la policía siendo que estáis solo de paso.

—Mi madre está acostumbrada —comentó desganado viendo cómo dejaba en la parte de atrás de una vieja furgoneta la caja de distintos utensilios que llevaba.

—Pues debería darte vergüenza. A una madre no se le hace eso.

Jeff le vio hacer una mueca. El chico parecía desorientado, incluso aburrido.

—¿Te acerco a algún sitio?

—No hace falta.

—Pero no te metas en líos.

Lo vio alejarse cabizbajo. Qué edad más difícil.

No la echaba en falta. Aunque él no había sido problemático.

Sus tres hermanas lo habían sido más. Polson se les quedaba pequeño, tal y como habían demostrado con el paso del tiempo.

Ahora, Jade, trabajaba en un hospital en Boston, Opal dirigía su propia empresa de catering en Nueva York y Amber viajaba con frecuencia por Europa.

Él era el único que se había quedado en Polson y se encargaba de la granja familiar.

Le gustaba esa vida tranquila. Por eso había pensado que era el momento adecuado para casarse…

hasta que había vuelto a ver a Leslie. Entró en la camioneta y cerró la puerta con más fuerza de la que le hubiera gustado.

No iba a engañarse. No esperaba que verla le hubiera afectado tanto, pero quizá era el momento de hablar con ella, olvidar el pasado y seguir adelante… con Trixie.

Poco después, Leslie estaba frente a la cafetería cerrada con Bryan a su lado.

Había hablado con Opal y llegado a una decisión que, para su sorpresa, le había hecho sentirse muy bien.

Se quedaría allí, solo un año. Después lo vendería todo y volvería a la ciudad, con dinero más que suficiente en su bolsillo para vivir tranquila un tiempo, presumiblemente, largo.

Además, Opal se encargaría de vaciar su apartamento de alquiler y guardarle las cosas hasta que regresara, gesto que la había aliviado bastante.

—¿Qué te parece?

—Una cafetería cerrada.

—Lo es, de momento, pero es nuestra cafetería cerrada. ¿Qué opinas?

—¿De qué?

—Podemos abrirla y llevarla juntos.

Tendría que encargar un nuevo rótulo, se dijo. Aprovecharía el espacio del que siempre había estado allí y que su abuelo habría retirado por algún motivo.

—¿Va en serio? ¿Te quieres quedar aquí? ¿Y mi vida? ¿Y mis amigos?

—Solo un año, Bryan. Después de un año, si queremos, podemos venderla y la casa, también, y con ese dinero volver a la ciudad.

—¿Un año? Solo piensas en ti. ¿Qué voy a hacer yo aquí un año?

—Hay instituto. Y puedes ayudarme en la cafetería cuando salgas. Era lo que yo hacía.

Y tenía muy buenos recuerdos de entonces. Había descubierto cuánto le gustaban los fogones, lo organizada y meticulosa que podía ser y cómo le gustaba estar tras una barra.

—No quiero. Quiero volver a casa.

—Ahora mismo esta es nuestra casa, Bryan.

No iba a contarle a su hijo la necesidad que tenía mental y emocionalmente de estabilizar, por lo menos, la parte económica, después de tanto tiempo en modo supervivencia.

—Espero que me comprendas —continuó conteniendo la respiración.

—No, pero no me va a servir de nada quejarme, ¿verdad?

—No —le dijo rotunda mientras sacaba la llave del bolsillo trasero de su pantalón.

Al cruzar la puerta de la cafetería, Leslie sintió cómo el tiempo volvía a quedar suspendido en el aire, igual que el suave tintineo de las campanillas de la puerta.

El suelo de baldosas desgastadas, la barra de madera oscura que había perdido parte de su brillo, los estantes con tazas desiguales, tarros de cristal con restos de galletas caseras y la vieja máquina de café que parecía haber sobrevivido a varias generaciones.

El aire olía a café y a vainilla. Todo seguía tal y como recordaba.

Las mesas, pequeñas y robustas, estaban colocadas como siempre, sin seguir ninguna lógica estética. En la pared frente a la barra seguía el viejo reloj marcando las horas con un tic-tac sonoro y constante.