Siempre fuiste tú (Hermanas Maxwell 4) Chapter 2 #2
13%

Chapter 2 #2

—Sí, eso lo he oído. Lo de la condición… Yo tengo mi vida en la ciudad. Trabajo en un catering.

Jeremy asintió.

—Lo sé. Con Opal Maxwel. Él también lo sabía.

«¿Qué quería entonces? ¿Fastidiarme?».

—Dejó una carta para ti —le tendió un sobre cerrado.

—¿Una carta? ¿Qué dice? —. La miró desconfiada mientras aceptaba el sobre.

—No lo sé. La trajo cerrada poco antes de morir para que te la diera.

—¿Sabía que iba a morir? —preguntó con un pellizco en el corazón.

—Más o menos. Suponíamos que no te lo había dicho. No quería molestarte.

Leslie lo miró desconfiada. ¿Que no quería molestarla? Jamás se había puesto en contacto con ella una vez que la echó de casa. Ni se había preocupado por ella o por su hijo.

—Toma, las llaves de la casa —se las dio con el viejo llavero que tan bien recordaba—, y hay una suma considerable de dinero en el banco.

Dentro de un año pasará a tu cuenta, a no ser que quieras hacer reformas en la casa o en la cafetería mientras estés aquí.

Entonces, me darás las facturas y yo ordenaré que las paguen para que no te cueste nada.

—No voy a quedarme —insistió molesta con las llaves en la mano. La había echado a la calle hacía muchos años, obligándola a apañárselas sola. «¿Qué quería ahora? ¿Que lo dejara todo para volver?» No podía jugar con ella a su antojo.

—Quédate unos días por aquí y piénsalo con calma.

Es un establecimiento al que le tenemos cariño en Polson.

Podemos volver a hablar la semana próxima.

Pasado el año, seguro que podrás traspasar la cafetería sin problema.

De hecho, hemos recibido una oferta de una promotora que te he incluido en el sobre que acabo de darte.

—¿Una promotora?

—Sí. La ubicación es buena y han presentado una propuesta interesante. Solo dímelo y te pongo en contacto con ellos.

—¿Quieren construir pisos?

—Creo que oficinas. Polson está creciendo. Es una buena oferta si solo quieres quedarte un año. Piénsalo con calma y...

—No tengo nada que pensar.

—Tienes un hijo, ¿no?

Leslie asintió orgullosa. No se avergonzaba de ello. Consideraba que ya había pagado con creces el estúpido desliz de la noche de su graduación.

—Piensa en él. Podrás enviarlo a la universidad que quieras sin verte en nada.

Leslie dudó por unos instantes. Bryan no parecía tener el más mínimo interés en estudiar en la universidad, pero el dinero podría darle cierto alivio y paz mental.

Llevaba tanto tiempo conformándose con sobrevivir…

Apretó las llaves en sus manos. No pasaría nada si entraba en casa.

Podía hacer las paces con su pasado antes de seguir adelante.

—¿Solo un año por aquí? ¿Esa es la cláusula?

—Sí. Y podrías abrir la cafetería de tu abuelo mientras tanto.

—Lo pensaré —le respondió mientras su cabeza empezaba a fantasear en abrir su propia cafetería, no la de su abuelo.

¿De cuánto dinero estaban hablando? Si pudiera dejar de preocuparse en llegar a final de mes… Opal la había salvado al contratarla, pero aun así, con los gastos cada vez mayores de Bryan, apenas tenía dinero para su ropa y muy poco más.

Salió del despacho indecisa. Quizá debiera pensar un poco en su futuro. Volvería a la casa de sus abuelos… porque ella quería. No porque su abuelo le hubiera puesto una estúpida condición.

¿Por qué se sentía como si llevara una soga al cuello? Jeff Maxwel se pasó una mano por el rostro mientras conducía. Conocía a Trixie de toda la vida, llevaba un año, más o menos, saliendo con ella, eran adultos y era lo lógico… ¿o no?

Lo cierto era que no tenía ninguna necesidad de casarse, pero ella no dejaba de insistirle.

¿Por qué había cedido? ¿Por la edad? ¿Porque no se le ocurría una opción mejor?

Madre mía, ¿se estaba arrepintiendo? No, se dijo con firmeza.

Serían felices, tendrían hijos y… frenó en seco cuando una mujer cruzó sin mirar, casi echándosele encima.

Bajó asustado.

—¿Estás bien? No te he visto —le dijo sujetándola por uno de los brazos para ayudarla a mantener el equilibrio y a recuperarse del susto.

—Ha sido culpa mía. Iba sin mirar.

El mundo se detuvo un instante. Sus corazones también.

—¿Leslie?

Leslie no contestó. Su boca parecía incapaz de articular una palabra.

Sabía que encontrárselo era una posibilidad, por eso pensaba irse en cuanto firmara lo que hiciera falta.

También había pensado que quizá no le impactara tanto volver a verlo, pero se había engañado sabiendo que lo hacía. Y acababa de confirmarlo.

—¿Cuándo has vuelto? —acertó a preguntar.

Jeff sentía su pulso disparado. Probablemente porque había estado a punto de atropellarla, se justificó.

No porque recordara la bonita relación que habían mantenido y con la que tantas ilusiones se había hecho o porque no hubiera podido olvidar esa maravillosa noche con ella, en su graduación, donde había sentido que tocaba el cielo con las manos o porque un par de meses después se hubiera largado sin una mísera explicación, dejándole con el corazón roto y las ilusiones de un futuro con ella destrozadas.

—Ahora mismo —respondió Leslie con las mejillas ruborizadas.

Estaba aún más guapo de lo que recordaba. El paso de los años le había sentado muy bien. Aún parecía más responsable, más noble, más cálido. Su cabello claro despeinado, sus ojos oscuros… era como estar viendo a Bryan dentro de unos años.

—Siento lo de tu abuelo. Supongo que has vuelto por eso.

No tenía ningunas ganas de alejarse de ella. Sabía que trabajaba con Opal, pero las pocas veces que había ido a verla a la ciudad, no habían coincidido.

—Sí, tengo que irme —lo esquivó deseando llegar a su coche.

—¿Vas a quedarte unos días?

—No lo sé todavía —le respondió intranquila. Creía que después de tanto tiempo sin verle habría olvidado lo que sentía por él, pero se había equivocado—. Tengo prisa. Ya nos veremos. Da recuerdos a tus padres.

Leslie volvió a paso rápido al coche donde Bryan esperaba impaciente.

—¿Nos vamos ya?

—Sí. No —respondió con los nervios a flor de piel—. Vamos a pasar por casa del abuelo.

Debía serenarse para pensar con calma, se recriminó. Y pensar en Jeff era algo que no necesitaba hacer ni debía permitirse. Tenía que evaluar quedarse allí. Eso era en lo que debía centrarse.

Quizá Bryan encontrase allí mejores amigos que los que tenía en la ciudad.

Económicamente no le vendría mal. Si le contaba su dilema a Opal, era probable que le reservara su puesto de trabajo, y si, por circunstancias no pudiera, seguro que encontraba algún trabajo de limpieza a la vuelta.

No le asustaba trabajar duro, pero llevaba tanto tiempo haciéndolo…

Se presentó frente a la puerta de la casa con el corazón en un puño.

El jardín, que de niña le parecía perfecto, estaba descuidado, con la hierba crecida y salpicado de flores silvestres.

La pintura blanca de la fachada se había agrietado con el tiempo, y las contraventanas de madera permanecían abiertas como si alguien la estuviera esperando.

Sacó la llave que le habían dado en el despacho y la introdujo en la cerradura. Se quedó quieta unos segundos antes de abrir la puerta. Parecía que había sido el día anterior cuando había salido por ella para no volver.

El pasado la envolvió. Todo seguía tal y como recordaba. Durante un instante, tuvo la absurda sensación de que su abuelo iba a aparecer desde la cocina con su voz grave, preguntándole por qué había tardado tanto.

Pero no había nadie. Solo silencio. Entró con un nudo en la garganta.

El suelo de madera crujió bajo sus pies, igual que recordaba. Las paredes seguían cubiertas con los mismos cuadros y las mismas fotografías de las que apartó la mirada.

El salón parecía más pequeño. El sofá, más viejo. Una ligera capa de polvo acumulado cubría los muebles. Todo estaba igual y, al mismo tiempo, distinto, suspiró.

La cocina fue lo que más le costó. La puerta seguía chirriando al abrirse. Los armarios, de madera clara, conservaban ese tono cálido que tanto le gustaba de niña. Sobre la encimera, en un rincón, aún quedaba un viejo tarro de cristal vacío.

Ahí guardaba las galletas. Leslie cerró los ojos un segundo con las emociones a flor de piel.

Pudo verse a sí misma, sentada en esa misma mesa, con sus abuelos, balanceando las piernas, riendo, sintiéndose segura. Antes de que todo se hiciera añicos, antes de que faltara su abuela, antes de que su abuelo la echara de casa.

Bryan le seguía los pasos, impaciente.

—¿Cuándo nos vamos? Aquí no hay wifi.

—Vamos a ver la casa, Bryan. Tu abuelo nos la dejó junto con la cafetería, pero debemos vivir un año aquí, según me dijo Jeremy… el abogado.

—¿Un año aquí? No habíamos venido antes. Yo ni sabía que tenía un abuelo, o un bisabuelo, y ahora ¿aparece de repente?

—Bueno… La vida a veces te sorprende —le respondió mientras subían al piso de arriba.

La puerta de su antigua habitación estaba al final del pasillo. Leslie dudó antes de abrirla. Empujó suavemente, mientras su pulso se aceleraba y los recuerdos amenazaban con invadirla. La puerta cedió con un leve crujido.

—Esta es mi habitación —le mostró abriendo la puerta.

El tiempo volvió a detenerse. Las paredes seguían pintadas en ese tono crema suave que ella misma había elegido de adolescente, aunque ahora el color estaba apagado.

Sobre ellas aún colgaban algunos restos de lo que fue su mundo: un par de fotografías sujetas con chinchetas de colores y un recorte de revista medio despegado que le hizo sonreír.

No había entrado en ese restaurante tan caro de Nueva York, pero había pasado por su puerta varias veces.

La cama seguía en el mismo sitio, junto a la ventana. La colcha, de flores pequeñas en tonos pastel, estaba perfectamente estirada. Leslie se acercó despacio y pasó la mano por encima.

El escritorio, junto al armario, estaba cubierto por una fina capa de polvo. Giró la cabeza hacia la ventana. Desde allí se veía el mismo árbol de siempre.