Siempre fuiste tú (Hermanas Maxwell 4) Chapter 2
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Siempre fuiste tú (Hermanas Maxwell 4)

Siempre fuiste tú (Hermanas Maxwell 4)

Por Annabeth Berkley

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Chapter 2

Siempre fuiste tú

Cerrada. Leslie Falcon jamás pensó que la vería así y mucho menos que le traería recuerdos nostálgicos después de lo mucho que le había dolido que su abuelo la echara de allí. Ahogó un suspiro antes de apretar los labios y permitir que la tristeza encogiera su corazón.

Se había apoyado en el maletero de su viejo coche para observar detenidamente la cafetería donde se mezclaban recuerdos agridulces.

Parecía que estuviera preparada para abrirse al público.

De hecho, el fallecimiento de su abuelo era lo único que la había podido mantener cerrada.

Había sido el motor de su vida. La cafetería.

No ella. A ella la había echado de su pueblo, de su vida, sin miramientos, hacía dieciséis años.

Justo los que tenía ella y los que tenía Bryan en ese mismo momento.

Aún podía recordar la vulnerabilidad que sintió cuando le contó a su abuelo que se había quedado embaraza, la humillación cuando él la echó de casa en mitad de la noche, el dolor que le rasgó el alma cuando fue a decírselo al padre de su hijo y lo encontró besándose apasionadamente con Trixie Bernstein, su eterna enemiga del instituto.

Se encontró vulnerable, sola, embarazada y de madrugada, sin un hombro sobre el que llorar, sin nadie en quien apoyarse y sin un refugio donde sanar su alma.

Y con mucho miedo, una angustiosa impotencia y una terrible ansiedad.

No sabía qué hacer. No sabía dónde ir. Con lo puesto y el poco dinero que tenía en el bolsillo, subió a un autobús y se despidió de Polson, creía que para siempre.

Se fijó en que habían quitado el rótulo con el nombre de Arthur`s . ¿La habría vendido? No sabía nada, pero ¿cómo iba a enterarse? Alguna vez Opal Maxwell, su jefa y amiga, le contaba algo del pueblo cuando hablaba con sus padres, pero como sabía cuánto le dolía, procuraban hablar poco al respecto.

—Mamá, ¿cuándo vamos a movernos? —refunfuñó el adolescente que esperaba impaciente sentado en el lugar del copiloto.

Leslie asintió antes de entrar en el coche.

—Esa era la cafetería de tu bisabuelo —le explicó poniéndolo en marcha.

—¿Ahora es tuya?

—No lo sé —le respondió sincera—. La secretaria del señor Watson no me dijo nada por teléfono, pero ya nos estará esperando en su oficina.

—¿Esperas que te dejara algo? El abuelo te echó de casa. No te quería. No sé qué hacemos aquí.

Leslie lo miró de reojo. La amargura que sentía su hijo junto con la rebeldía propia de la edad y la falta de referente masculino en su vida, estaban presentes cada vez que abría la boca.

Las cosas podrían haber sido muy diferentes si su abuelo hubiera aceptado sus disculpas.

Más que las palabras, le había dolido la decepción en su mirada y su posterior desprecio.

No quería sufrir la humillación pública del embarazo de su nieta.

Había preferido echarla de casa, de noche y sin dinero y decir que se había escapado, haciéndola quedar como víctima de su «descuido» y como verdugo.

De eso se había enterado bastantes años después, cuando se había encontrado en la ciudad con Opal Maxwell, compañera del colegio y tía de Bryan, aunque no lo supiera.

Gracias a haber trabajado en la cafetería, y a que todo el que la conocía sabía que tenía buena mano en la cocina, le había ofrecido trabajar con ella en el catering que pensaba abrir.

Por supuesto que había aceptado. Había estado limpiando casas y oficinas desde que había llegado a la ciudad y necesitaba descansar de ello.

En ese preciso momento, su vida necesitaba otro cambio y se había abierto a las posibilidades.

La secretaria del viejo señor Watson la había llamado un par de días antes para avisarle de que su abuelo había muerto y la había declarado heredera.

El orgullo había luchado por imponerse a la cordura, pero la necesidad urgente de que Bryan saliera de las problemáticas amistades con las que se codeaba había sido mayor.

¿Iba a quedarse en Polson? No lo sabía. Dependería de la herencia de su abuelo. No esperaba mucho de todas formas porque no habían mantenido ningún tipo de contacto desde esa amarga noche.

Quizá debería haber contactado con él en algún momento.

Lo había pensado más de una vez. A fin de cuentas, la habían criado sus abuelos cuando sus padres habían fallecido en accidente de tráfico cuando ella era poco más que un bebé.

Su abuela falleció un mes antes de que ella entrara en el instituto.

Si hubiera estado viva, las cosas hubieran sido diferentes.

Pero así habían sucedido, y de nada servía lamentarse, se dijo aparcando en el primer espacio libre que encontró.

El despacho de abogados estaba en la calle principal, justo entre una farmacia y una tienda de ropa que parecía no haber cambiado en décadas. Desde fuera, el edificio imponía cierto respeto: fachada de ladrillo oscuro, ventanas altas y un letrero sobrio, tal y como recordaba.

Salió del coche y miró a su alrededor. Nada había cambiado allí.

—¿Entras conmigo o me esperas? —preguntó a Bryan.

—¿Cuánto vas a tardar? —le preguntó el malhumorado muchacho.

—No creo que mucho. Dudo que me haya dejado algo. Lo más probable es que lo donara a la iglesia.

—Te espero aquí.

Leslie asintió resignada. Cada vez lo notaba más distante con ella. Ahogando un respiró dirigió sus pasos hacia el despacho del abogado.

—¡Leslie Falcon! —exclamó una voz femenina a su derecha.

Leslie se sobresaltó antes de girarse.

—¿Señora Barret?

Miró sorprendida a una de sus profesoras del colegio. No parecía que el tiempo hubiera pasado por ella. Solo algunas canas, pero la misma sonrisa amigable.

La entrañable mujer la abrazó sin esperar a que ella reaccionara.

—¿Cómo estás? Cuanto tiempo sin verte. Siento lo de tu abuelo. Te esperábamos en su entierro, pero supusimos que no pudiste venir. Te lo dirían los Maxwell. Sabemos que trabajas con Opal en su empresa de catering.

—Sí.

Había sido hacía poco tiempo, pero era una época tan complicada con la segunda detención policial de Bryan…

Le había sobrepasado tanto que la noticia del fallecimiento de su abuelo y el dolor que le había causado recordar su desprecio habían pasado a un segundo plano, sintiéndose incapaz de acudir a su funeral.

—Siempre fuiste muy buena cocinera. Aún recuerdo los bizcochos que hacías para la cafetería. ¡Ah! ¿Y las galletas de chocolate que llevaste a la rifa en el último curso? No he probado nada igual.

Leslie agradeció el cumplido con una sonrisa.

—¿Venías a ver a Jeremy?

—Eh… ¿Jeremy? No. Al señor Watson.

—Será a Jeremy. Iba dos cursos por delante de ti. Blake se jubiló hace unos meses y se mudó a la costa con Margaret. El despacho de abogados ahora es suyo.

Leslie asintió sorprendida. Le parecía casi imposible imaginarse a Jeremy, uno de los miembros del equipo de rugby del instituto, ejerciendo como abogado.

—Entonces, sí que voy a ver a Jeremy —le sonrió con amabilidad a modo de despedida.

—¿Vas a quedarte, Leslie?

—¿Cómo?

—¿Abrirás la cafetería de nuevo? Tu abuelo la tuvo abierta casi hasta su último día. Seguro que le encantaría que volvieras a abrirla. Era parte importante de la comunidad.

«Dudo que le gustara» pensó Leslie fingiendo interés antes de despedirse. Era algo que no había pensado. De momento no sabía siquiera si se la había dejado a ella o la había vendido. No encontraba otra razón por la que hubiera quitado el rótulo.

Al entrar al despacho, la claridad del espacio le sorprendió. No tenía nada que ver el exterior oscuro y duro con el interior amplio y luminoso. Quizá Jeremy había actualizado el despacho al heredarlo.

Solo una de las paredes estaba cubierta de estanterías repletas de libros legales de lomos desgastados. El resto se cubría con armarios bajos y sobre ellos, enmarcados, varios títulos universitarios y diplomas que colgaban perfectamente alineados.

Tras la recepción se encontraba una mujer a la que apenas recordaba, con enormes gafas con una llamativa montura roja, que miró su agenda nada más verla entrar.

—¿Tenía una cita? No la tengo anotada.

—Tenía un aviso en el móvil de que se me esperaba aquí. No he podido venir antes. Soy Leslie Falcon.

La mujer se ajustó las gafas antes de volver a mirarla. Parpadeó sorprendida y salió tras la mesa para darle un abrazo para el que no pidió permiso.

—Cómo siento lo de tu abuelo. No te dio tiempo ni de venir, pobrecita. Fue tan de repente…. ¿Qué tal estás? Aún recuerdo las galletas de chocolate que llevaste a la rifa del instituto. ¿Sigues cocinando?

—Eh… Sí —le respondió extrañada. ¿Tanto habían gustado? Hacía mucho tiempo que no las preparaba.

—Habrá sido muy doloroso para ti volver y recordar tantos momentos desagradables con tu abuelo. Que te fueras de esa manera y no volvieras nunca… Algo hubo…

Leslie se tensó, molesta. No habían sido tantos momentos desagradables, solo el último… Esa última conversación. Suficiente para irse de allí y no volver ¿o no? Desde luego, no se lo iba a contar a ella.

—Voy a avisar a Jeremy. Te esperábamos en cualquier momento.

Regresó a la mesa y llamó con el interfono al que había sido compañero de instituto.

Instantes después, Jeremy salió de su despacho y le sonrió nada más verla. Estaba tal y como lo recordaba. Su cara de aspecto aniñado, su cuerpo esbelto y deportista con un traje a medida, y su sonrisa de bienvenida le dieron la curiosa sensación de que el tiempo no había pasado por ellos.

La saludó afectuoso antes de invitarla a pasar y sentarse en la silla frente a la suya con un robusto escritorio de madera maciza entre medio de los dos.

—Siento lo de tu abuelo. Era un pilar importante de la comunidad. Lo apreciábamos mucho.

—Eh… sí —respondió con una sonrisa triste, fingida. Todavía le dolía su desprecio.

—Te quería mucho —continuó abriendo el sobre que tenía frente a él—. Aquí tienes el testamento. Te lo ha dejado todo con la condición de que te quedes un año viviendo aquí.

—¿Cómo dices?

—Que te lo ha dejado todo.