27. #4
Si tuviera que ilustrar la palabra incomodidad, elegiría una foto de esta fiesta.
Hay muchísima gente. El aire está cargado de humo de cachimba.
La música retumba con tanta fuerza que me zumban los oídos.
La zona de la piscina parece un círculo del infierno: chicas semidesnudas se besan con chicos borrachos; algunos saltan al agua sin soltar el cóctel y, a juzgar por los gritos, diría que alguien está intentando ahogar a otro.
Pero lo que más me duele no es el ambiente, sino pensar que esta es ahora la vida de Demian. Estamos completamente alejados. Vivimos en la misma ciudad, pero parece que habitamos en extremos opuestos del planeta.
—Disculpa… ¡Perdona! —intento detener a alguien que parezca mínimamente cuerdo—. ¿Sabes dónde está Demian?
Un chico disfrazado de superhéroe se para.
—¡Lo he visto! —grita—. Subió al segundo piso hace unos quince minutos.
—Gracias.
Me abro paso entre cuerpos tambaleantes hasta llegar al interior de la casa. El aire es denso y allí hay todavía más gente. Las máscaras me inquietan. Tengo una sensación de peligro. Sé que yo tampoco tengo precisamente un aspecto inocente, pero…
En el segundo piso no está Demian. Al menos, no en el pasillo ni en el balcón.
No me atrevo a mirar dentro de los dormitorios; no quiero encontrarme con algo que me rompa por dentro.
Decido subir un piso más, hasta el ático.
Aunque no lo encuentre, desde arriba podré ver el patio y calcular dónde podría estar.
Empujo una puerta de cristal. No da al ático, como esperaba, sino a un auténtico invernadero lleno de plantas. Es un lugar bonito. Tranquilo.
Y allí, junto a un ventanal panorámico, está Demian, sentado en el suelo. No le veo la cara, pero sé que es él. ¿Quién más acudiría a una fiesta de disfraces con una corona, si no el anfitrión? Aunque hay algo curioso en todo esto… Si es el rey de la noche, ¿por qué se esconde entre las plantas?
Con las piernas temblorosas, me acerco. Solo hablaremos. Le diré lo que he venido a decirle y me marcharé. Serán solo unos minutos.
—Aquí no puedes estar —dice, mirándome desde el suelo.
Su voz suena fría. Su mirada, perdida —no sé si por el alcohol o por la tristeza—, me inquieta.
Ignoro su advertencia y me siento a su lado.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Sonríe con amargura.
—Nada. Todo perfecto. ¿Te gusta la fiesta?
Asiento.
—Perfecto…
Se apoya contra el ventanal. La corona se le cae de la cabeza y rueda por el suelo. Me inclino para recogerla, pero él me detiene.
—Déjala. Al fin y al cabo, nunca he sido un buen rey.
La melancolía de sus palabras me parte el alma. Quiero hacer algo para cambiar su estado de ánimo, conseguir que sonría, devolverle aunque sea una chispa de alegría. Después de todo, hoy es su cumpleaños.
Entiendo que hablarle de su madre en este momento sería totalmente inapropiado. Tampoco puedo revelarle quién soy. ¿Y si se enfada al verme? Fui yo quien lo dejó. Dudo que me considere una invitada bienvenida…
—Puedes hablar conmigo —le digo.
—Mejor ve a divertirte, gatita. Con ese disfraz, no te faltará atención esta noche.
—A mí me basta con tu atención.
Y es verdad. Incluso en estas circunstancias, disfruto de cada instante a su lado. Siento que algo florece dentro de mí. Son tantas las emociones, tan intensas, que temo no poder soportarlas y acabar estallando.
—Bueno… tú lo has querido —dice, sacando una botella de no sé dónde.
Bebe un trago y hace una mueca.
—No era así como quería celebrar mi mayoría de edad. Ni con esta gente.
—Muchos soñarían con una fiesta así.
—¿Con estar rodeado de desconocidos borrachos y drogados?
No lo creo… Esta gente solo ha venido a pasárselo bien.
Les doy igual. Pensé que, organizando algo así, estaría en el centro de todo, que sería importante.
¿Entiendes? Me puse la corona… y al final ni siquiera quiero salir de aquí. Estoy bebiendo solo.
Sí. Ese es mi Demian. A pesar de todo ese brillo superficial, sigue siendo el mismo de siempre.
Y, al comprenderlo, me entran ganas de llorar. Está solo. Todavía me necesita.
Y yo… también lo necesito a él.
—Solo quieres que te quieran —digo en voz baja.
Él inclina la cabeza y me mira. Durante un largo instante, no aparta los ojos de mí. Por un momento, creo que ni la peluca ni la máscara bastan para ocultar mi identidad, que ya sabe quién soy.
—Sí —responde al fin, y vuelve a beber—. Mierda… Solo quiero que me quieran. ¿Tan difícil es eso?
Le quito la botella y bebo un trago también. Antes de que pueda reaccionar ante mi atrevimiento, me siento sobre sus piernas y lo beso.
—Te amo —susurro contra sus labios—. Siempre te he amado. Y siempre te amaré.
Sé que está mal. Que arderé en el infierno. Tengo a Ilia. Lo nuestro todavía no ha terminado del todo. Quizá Demian también tenga novia… alguna de esas bellezas del jardín.
Pero no puedo resistirme. Lo que siento por él es más fuerte que la lógica y la cordura. Ya me arrepentiré después. Ahora solo quiero estar con él. Lo deseo. Con cada respiración. Con cada célula de mi cuerpo.