Epílogo
Marko
Hoy, la casa de la abuela parece una floristería.
¡Hay flores hasta en el techo! Creo que Demian ya se ha arrepentido un poco de haber dejado que Max organizara la boda porque, como dice mamá, a ese tipo le falta un tornillo.
Aunque… su idea de la fuente de chocolate y los malabaristas me gustaba. Lástima que no la llevaran a cabo.
Cuando nadie me ve, cojo un bocadillo y me lo meto en la boca. La ceremonia no empieza nunca y yo ya tengo hambre. A este paso, cuando se casen, habré muerto de inanición. ¡Pobre criatura desnutrida, y ellos todavía sin firmar los papeles!
Me sacudo las migas de la camisa y salgo en busca de los culpables de semejante retraso. ¡Hay que meterles prisa!
Voy revisando las habitaciones una por una. La que más me gusta es la nueva cocina de la abuela… Y no solo porque los frigoríficos están llenos de postres. Es que todo parece de juguete: blanco, limpio, reluciente… Me da miedo imaginar cómo va a freír allí un pollo o cocinar un pescado apestoso.
Me escabullo de las amigas de la abuela, que quieren llenarme la cara de besos y marcas de pintalabios. No tengo tiempo para aguantar sus muestras de cariño. ¡Los novios han desaparecido!
Mi habitación… el salón… Nada.
¡Ah, claro! ¡Están en el cuarto de mamá!
Me olvido de llamar antes de entrar y, en cuanto me doy cuenta de mi error, cierro los ojos de golpe. Tengo una regla muy clara: nunca entres sin avisar si no quieres encontrártelos besuqueándose. ¡Qué asco!
—¿Van a casarse o no? —pregunto, comprobando que no está pasando nada indecente—. Todo el mundo está harto de esperar.
—Ya vamos —responde mamá con una sonrisa.
Parece un hada. Lleva un vestido blanco, mangas transparentes con brillos y una corona de perlas auténticas. Mamá siempre ha sido guapa, pero hoy se ha superado.
—¿Y eso qué es? —pregunto, señalando el sobre que Demian tiene en la mano—. ¿De quién es la carta?
—Del laboratorio —contesta él, visiblemente nervioso.
No para de abrocharse y desabrocharse el botón del cuello. Qué raro. Siendo actor, ya ha interpretado a varios novios en el cine. Debería estar acostumbrado al papel.
—¿Recuerdas que te tomaron una muestra de ADN? Pues aquí están los resultados.
—¿Me analizaron la saliva? —Me río. Todavía no entiendo qué podían querer encontrar ahí. ¿Microbios? ¡Ni hablar! Me cepillo los dientes dos veces al día.
Bueno, hoy no debería mentir. No siempre lo hago dos veces.
¡Pero no tengo microbios en la boca, lo juro!
—Sí, la analizaron.
—¿Y qué dice? ¿Por qué no lo abrimos de una vez?
—Porque, en realidad, no importa —dice Demian, sacando un mechero del bolsillo.
Prende fuego al sobre y lo sostiene entre los dedos.
¡Qué payaso! Solo faltaría que la casa volviera a incendiarse.
—¿Qué haces…? —Mamá se queda sin palabras—. ¡Demian!
—Esa prueba no cambiará nada —dice él.
Ahora que sostiene el sobre en llamas, ya no parece nervioso.
—Tú y Marko sois mi familia. Os quiero. Y os querré, pase lo que pase.
Ay, qué bonito.
Pero tanto drama por un análisis de saliva… ¿De verdad hacía falta?
Mamá está llorando.
Son raros… Muy raros.
—No seremos una familia si no os casáis de una vez —les recuerdo.
—Tienes razón… —Mamá se levanta, apoyándose en el sillón.
Todavía le cuesta caminar, así que la acompañaré hasta el altar.
—¿Estás seguro? —le pregunta a Demian.
¡Pues claro que lo está! Con semejante novia, ¿quién iba a dudar?
—Sí. Yo… —Se sacude las manos para quitarse las cenizas—. Creo que iré saliendo al jardín. Quiero convertirme en tu marido cuanto antes.
Le da un beso a mamá en la mejilla, me revuelve el pelo con cariño y se dirige a la puerta. Pero, de pronto, se detiene.
—Tengo un deseo un poco tonto —dice—. ¿Puedo salir una última vez por tu ventana?
No entiendo qué tiene de gracioso, pero mamá se echa a reír. Siempre se ríe con los chistes de Demian porque está enamorada de él. Y los enamorados… Bueno, están todos un poco locos.
Nosotros salimos por la puerta.
Demian, por la ventana.
Y, por fin, nos dirigimos al altar.