20.
Demian
Me zumba la cabeza por culpa de la música y las risas infantiles.
Nunca me han gustado el ruido ni las multitudes, pero ahora ni siquiera les presto atención.
Podría estallar una bomba nuclear a mis espaldas y me daría igual, porque toda mi atención está puesta en Nadya.
La miro a los ojos y veo algo que no estaba ahí hace apenas una semana.
Confianza, calidez… Tenía tanto miedo de que aquel desgraciado de Ilia, con mi inestimable ayuda, por supuesto, hubiera conseguido matar en ella la capacidad de abrirse a otra persona.
Y me halaga tanto que haya decidido hacerlo precisamente conmigo.
Arranca un trocito de algodón de azúcar reseco y, cuando se lo lleva a los labios, una oleada de calor me recorre el cuerpo.
Cada uno de sus gestos me parece sensual.
Cada mirada despierta un volcán en mi interior.
Tengo que hacer un esfuerzo titánico para mantenerme bajo control.
Pero no voy a precipitarme, no con ella. Esperaré lo que haga falta.
—¡Mamá, mira! ¡Puedo colgarme boca abajo! —grita Marko, devolviéndome de golpe a la realidad. No sé cómo consigue hacerse oír por encima de la música—. ¿Me haces una foto?
Nadya saca el móvil.
—¡No, con el mío!
—Y yo que acababa de relajarme… —Deja el café a un lado—. Con este niño no hay un minuto de paz.
—Siéntate, ya se la hago yo.
Me levanto y me acerco al laberinto. Marko está rojo como un tomate y se le podría escurrir el sudor de la camiseta.
—Toma —me pasa el móvil nuevo a través de los huecos de la red de protección—. Pero espera, que vuelvo a subirme a la cuerda. ¡Boca abajo!
Me cuesta contener la risa cuando la camiseta se le sube hasta la cara y deja al descubierto las costillas. Está flaco como un esqueleto. Si no conociera a Nadya, pensaría que este niño no come absolutamente nada.
—Ahora sí… —resopla, todavía más colorado—. ¿Ya está? ¡Date prisa, antes de que me maree!
—¡Listo!
Después se acerca y nos hacemos unos cuantos selfis más. Seguramente, el número mil de hoy. Empiezo a pensar que, con esa obsesión por fotografiarlo todo, en unos días se quedará sin memoria en el móvil.
—¡Gracias! —Se seca el sudor con el codo—. Eres genial, Demian. Como un hermano mayor.
Me lo tomo como un cumplido. Aunque me alegro de que Nadya no lo haya oído.
Difícilmente necesita un hermano mayor para su hijo.
Lo que le haría falta es un padrastro en condiciones…
Pero ¿qué clase de padrastro podría ser yo?
No estoy a la altura. Para tener derecho a educar a un niño hay que ser una figura de autoridad.
O, al menos, haber estado ahí desde su nacimiento, en lugar de aparecer cuando todo está hecho.
—Yo también siempre quise tener un hermano mayor —añado. Esta vez no miento. De niño eché mucho de menos a alguien que pudiera defenderme.
—Pues yo sí soy hermano mayor —suelta Marko de pronto.
Un pinchazo me atraviesa el corazón.
¿Cómo?
—¿Cómo que eres hermano mayor?
—Tengo una hermana pequeña, Polina. Solo tiene dos años. Nació en la nueva familia de mi padre. Eso me lo contó la abuela.
Uf.
—¿Cuál de tus abuelas?
—La madre de papá. Ya no hablamos con ella. No sé por qué no quiere hablar con nosotros… Pero una vez nos encontramos en la tienda y me habló de Polina.
Claro. ¿Cómo no se me había ocurrido que los padres de Ilia debían de vivir cerca?
El número que me había dado la agente inmobiliaria ya no estaba operativo.
Tampoco había rastro de ese cabrón en las redes sociales.
Max se había negado a ayudarme porque seguía ofendido.
Ya estaba pensando en contratar a un detective o sobornar a algún policía local.
Y resulta que la solución era mucho más sencilla.
—¿Dónde vive tu abuela?
—Cerca de aquí, enfrente de la escuela. Tiene una puerta azul que se cierra con llave.
¡Este niño es un tesoro!
—Creo que Polina tiene suerte de tener un hermano como tú —le digo para animarlo.
—¿Tú crees? —Su expresión se ensombrece—. Me da miedo que, cuando crezca, me guarde rencor.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Por qué se enfadan todos? —Alza las manos—. Papá, los abuelos…
—No están enfadados contigo.
—¿Entonces con quién?
—Consigo mismos. Se dan cuenta de que han sido pésimos familiares y de que ya no pueden cambiarlo. Así son las cosas.
—Aunque sea así, duele igualmente.
—Lo entiendo. Soy un experto en familiares de mierda. Mi madre era alcohólica, no sé nada de mi padre, el hombre que se suponía que debía ocupar su lugar me pegaba continuamente y mi tío pasó casi toda su vida en la cárcel. El pack completo.
—Vaya… Al menos mi madre sí que es normal.
—Tu madre es la mejor, créeme.
Quiero cortar la conversación antes de estropearle el ánimo.
—Creo que ya va siendo hora de salir del laberinto. Todavía tenemos que ir al tiro al blanco y a los coches de choque.
—Y comprar un helado… —susurra.
Qué pillo.
—¡Gracias por recordármelo!
Llamo a Nadya y vamos juntos a comprar helados.
—Digamos que hoy celebramos tu cumpleaños por adelantado —le dice a su hijo cuando este elige el cucurucho más grande.
Y hace bien. Si algo he aprendido de mi infancia es que hay que aprovechar las oportunidades. Y tener a mano a un tipo con dinero que está hasta las orejas enamorado de tu madre es la mejor oportunidad que uno podría imaginar.
—No es verdad —lo tranquilizo—. Cuando llegue tu cumpleaños, haremos algo todavía más interesante.
—Pero tú ya no estarás aquí… —suspira Marko.
—Quién sabe —dice Nadya, cogiéndome del brazo—. La vida es muy impredecible.
Oh, no… Esta vez, no.
Yo ya lo he previsto todo. Y, pase lo que pase, estaremos juntos.
De camino a casa hablamos en susurros, porque Marko se queda dormido en cuanto se sienta en el coche.
No quiero que este día termine. No quiero despedirme de ellos limitándome a acompañarlos hasta la puerta.
Si por mí fuera, me invitaría a pasar la noche.
Podría dormir en el suelo, incluso sin saco de dormir…
El problema es que ya me espera un buen montón de mierda por haberme largado del rodaje. Tengo que volver y aguantar que los de producción me canten las cuarenta y me echen en cara lo irresponsable que soy.
—¿Seguro que no puedes quedarte a dormir en nuestra casa? —pregunta Nadya, como si me leyera la mente.
Me alegra infinitamente que nuestros deseos coincidan.
—Hoy no —suspiro—. Tengo rodaje nocturno. Vamos a correr por un campo en busca del cadáver de otra víctima.
—Entiendo.
Me olvido de la prudencia y aparco justo delante del edificio. No quiero que Marko, medio dormido, tenga que caminar.
—Pero mañana volveremos a vernos —le aseguro mientras me desabrocho el cinturón.
—Sí, lo sé… Es solo que… —Empieza a retorcer el borde de la camisa, señal de que está nerviosa—. Me estoy acostumbrando a tenerte cerca. Y esos encuentros fugaces a la hora del almuerzo ya no me bastan. Allí estamos rodeados de gente y ni siquiera podemos tocarnos.
Miro hacia el asiento trasero para asegurarme de que el niño sigue dormido.
—Puedes tocarme ahora mismo.
¿Por qué ha sonado tan idiota? En mi cabeza, la frase parecía de lo más normal.
Nadya extiende la mano y me apoya la palma en la mejilla.
No dice nada; se limita a sonreír ligeramente mientras me mira a los ojos.
Pero, lo juro, es el momento más íntimo que recuerdo.
¿Por qué con otras mujeres podía acostarme una hora después de conocerlas y con ella casi me tiemblan las rodillas por una simple mirada?
O estoy cambiando o… o ella vale más que todas mis ex juntas.
Beso la punta de sus dedos y luego me inclino hacia ella hasta que apenas quedan unos centímetros entre nuestros labios.
—¿No te parece que a los dieciséis éramos más decididos? —susurro.
—Sobre todo yo —responde, riéndose con más ganas.
—La verdad es que hasta me da vergüenza recordar aquel día.
—¿Por qué? No lo hiciste tan mal.
—Pero ahora soy mejor.
—Tendré que creerte.
—Oh, no, Nadya. No te fíes tanto. Cuando llegue el momento, será mejor que lo compruebes por ti misma.
A estas alturas debería haberse sonrojado. Pero no. En cambio, me pregunta:
—¿Y cuándo llegará ese momento?
Me deja sin palabras. Vamos, mi paciencia tampoco es infinita.
—Ya llegará.
Le cubro los labios con los míos antes de que la conversación termine de sacarme de quicio.
Nos despedimos. Despertamos a Marko y, cargados de globos, peluches sacados de la máquina y un montón de cachivaches luminosos de plástico barato, entramos en el portal.
—Gracias por el buen rato —digo yo primero.
—Si quieres repetir, yo siempre estoy listo… —murmura el niño, frotándose los ojos—. Solo tienes que avisarme.
—Trato hecho.
Nadya vuelve a abrazarme. Esta vez, con más fuerza.
—Hasta mañana —susurra, dándome un beso furtivo en el cuello.
—Hasta mañana —respondo.
Me quedo en la calle, siguiéndolos con la mirada. Dios, cuánto deseo que esos dos se conviertan en mi familia. Que les den a todos los demás; yo solo quiero quedarme con ellos.
Soñar es gratis, pero antes tengo que ocuparme de los parientes que ya forman parte de sus vidas. Aunque, en realidad, solo me interesa uno: el padre.
Sin perder tiempo, me pongo a buscarlo. Encuentro la escuela y empiezo a examinar los patios de las casas particulares que hay enfrente. En la oscuridad no es fácil distinguir cuál de los portones es azul, así que avanzo a paso de tortuga, iluminando cada entrada con los faros.
Aquí es.
Bajo de la furgoneta. No tengo ni idea de qué decirles a sus padres. Ya siento por ellos el mismo odio que por el propio Ilia. Pero tengo que tragármelo y poner en práctica mis habilidades profesionales. De lo contrario, no conseguiré que colaboren.
Tengo suerte: ni siquiera necesito llamar al timbre. Hay un hombre en el patio —seguramente, su padre— que sale al ver la furgoneta aparcada.
—¡Buenas noches! —le grito—. ¿Vive aquí Ilia Maslienko? ¡Traigo materiales de construcción!
—¿Qué? —Mira con desconfianza el rótulo del vehículo—. ¿Qué materiales? Nosotros no hemos pedido nada.
Saco el móvil y finjo consultar un albarán digital.
—Aquí pone que el cliente es Ilia Maslienko. ¿Es usted?
—¡No! —empieza a ponerse nervioso—. ¡Ilia no vive aquí desde hace años! ¡Se habrá equivocado de dirección!
—¿Ah, sí? Humm… Seguramente quedó registrada su dirección antigua. Estas cosas pasan. ¿Y dónde puedo encontrarlo? Tengo que descargar las estructuras metálicas.
—Pues… se mudó a otra ciudad.
—¡Joder! ¿Y ahora qué hago? ¿Devuelvo el pedido?
—No sé… Puedo llamarlo y que hablen ustedes… —Se rasca la cabeza, indeciso.
Me encantaría soltarle unas cuantas verdades a Ilia, pero, si lo hago ahora, corro el riesgo de ponerlo sobre aviso.
—No, mejor déjeme sus datos de contacto. Así, desde atención al cliente podrán localizarlo. ¡Un segundo!
Vuelvo corriendo a la furgoneta y rebusco en la guantera.
¡Bingo! Un cuaderno con un bolígrafo atado con una cuerda.
—Aquí… Apunte su teléfono y su dirección.
El hombre obedece sin rechistar.
—Gracias. Y disculpe las molestias —digo, llevándome una mano al pecho—. Si algún día necesita encargar estructuras metálicas, le haremos un descuento.
Me pongo al volante y me largo de inmediato.
Ahora sí, cabrón. No escaparás.
Me da igual a qué ciudad hayas huido. Te encontraré dondequiera que estés.
Solo tengo que pedir permiso en el trabajo…