Siempre cerca 9.
32%

9.

Nuestros días

Nadya

En apenas dos semanas, la noticia del rodaje de la serie se convierte en el tema de conversación número uno de nuestro pueblito.

Todo el mundo habla de ello: las abuelas sentadas en los bancos frente a los edificios, los adolescentes de camino al trabajo y las familias enteras reunidas en el café.

A veces me entran ganas de taparme los oídos para no escuchar ni un solo nombre de actor.

Incluso me apetece gritarle a cualquiera que se atreva a sacar el tema de la serie.

No necesito que nadie me lo recuerde. Ya sé que Demian estará aquí muy pronto.

Y, para colmo, vendrá con su prometida… No me imagino cómo voy a sobrevivir a todo esto.

No consigo quitarme de la cabeza las ganas de hacer las maletas y marcharme lejos con Mark.

¿Pero adónde? ¿Con qué dinero? Además, dudo que el niño me perdonara si lo privara de la oportunidad de respirar el mismo aire que su ídolo.

—Nadya —la voz de la dueña del café me saca de mis pensamientos.

De pronto, me doy cuenta de que llevo veinte minutos frotando el mismo vaso.

—Te vas a caer redonda cuando te cuente la noticia.

Pongo los ojos en blanco.

—Hasta los perros del pueblo están hablando de eso.

Pero parece que no me ha oído.

—¿Ya sabes que han empezado a construir los decorados de Fragmentos?

—Ajá.

—Pues el otro día me acerqué allí y hablé con el administrador del rodaje.

¿Y sabes qué? —Está claro que esperaba una reacción muy distinta por mi parte, pero mi falta de entusiasmo no la desanima lo más mínimo—.

¡He conseguido que seamos nosotros quienes nos encarguemos del cáterin!

Llevaremos comida cinco días a la semana.

¡Vamos a alimentar a todo el equipo! ¡Es un sueño hecho realidad!

Genial. Sencillamente perfecto.

—¿Y por qué nosotros? —gimo casi sin darme cuenta.

—Porque mi café es el único sitio decente de esta ciudad —responde con orgullo.

Y, en eso, tiene razón. Todos los grandes acontecimientos —bodas, aniversarios y funerales— se celebran aquí. Los demás tugurios solo sirven para emborracharse con alcohol barato y acompañarlo con un bocadillo.

—Además, es un buen negocio. En unos meses ganaremos lo que normalmente no ganamos ni en un año.

—¿Ganaremos?

—Bueno… ganaré yo —puntualiza, golpeando la barra con sus uñas postizas—. Pero tú también cobrarás un extra. No puedo prescindir de un camarero. Alguien tendrá que encargarse de repartir la comida.

—No, prefiero quedarme en el café. Que vaya otra persona.

—¿Quién? ¿Karolina? Esa mocosa se queda muda con solo ver a los actores.

—¡Te estoy oyendo! —grita mi compañera.

La verdad es que todavía es muy joven. Empezó a trabajar aquí nada más terminar el instituto. Estoy harta de cubrirle las espaldas, porque, si la jefa se enterara de todos sus retrasos, los pedidos que confunde y los días que falta al trabajo, la habría puesto de patitas en la calle hace tiempo.

—Y no tengo por qué ocultarlo —replica la dueña—. Tengo que proteger la reputación del local. Así que enviaré al rodaje a alguien que esté a la altura.

—Pero a mí no —respondo, cogiendo otro vaso. Lo levanto hacia la luz del sol y lo examino con atención—. Contrate a alguien exclusivamente para eso. Estoy segura de que no faltarán voluntarios.

—¿Y para qué quiero contratar a alguien nuevo si ya te tengo a ti? Confío en ti.

—Se lo agradezco, pero ese trabajo no me interesa.

—¿Ni siquiera si te pago un plus de medio sueldo? Puede que me equivoque, pero… ¿no eras tú la que se quejaba de que tenía que preparar a Mark para el colegio? El niño está creciendo y no hay manera de seguirle el ritmo con la ropa.

Maldición. Sabe dónde apretar.

—Ya tengo el dinero ahorrado para el colegio —miento, sin saber siquiera por qué.

En realidad, apenas podemos permitirnos un par de cuadernos nuevos. Y me aterra que Mark acabe teniendo el mismo destino que yo, así que quiero darle lo mejor. Aunque tenga que endeudarme para conseguirlo.

—Está bien… ¿Y si te digo que no tienes elección?

—¿Ah, sí? —pregunto mientras empiezo a frotar otro vaso.

—He intentado convencerte por las buenas. Ahora toca hacerlo por las malas. O te encargas de ese maldito cáterin o te liquido y contrato a alguien que no se pase las órdenes de su jefa por el forro.

—¡Usted no me va a despedir!

—Por supuesto que no, porque aceptarás mi propuesta —responde, curvando los labios pintados de rojo carmín en una sonrisa nada amistosa—. ¿Verdad?

Aprieto la copa de champán con tanta fuerza que empieza a crujir entre mis dedos. Finalmente, el cristal se resquebraja y se rompe en mis manos.

—Sí —suspiro, rindiéndome—. Como usted diga.

—¡Así me gusta! Y eso… —señala los pedazos de cristal que tengo en la mano— te lo descontaré de tu nuevo sueldo.

Ya está. Tengo que mentalizarme: a partir de ahora, cada día mi corazón se romperá igual que esa copa.

No estoy preparada.

Por muchos años que pasen, siempre me dolerá tener a Demian cerca.

Me dolerá echarlo tanto de menos. Me dolerá recordar que me escuchó y desapareció de mi vida. Me dolerá saber que mis sueños con él se quedaron en eso: sueños.

Quisiera que el pasado se convirtiera en un simple recuerdo de infancia. Pero no consigo soltarlo. En el pasado estaba todo lo bueno. Allí todavía había esperanza.

Y ahora ya no me queda nada.

Claro, Marko está fascinado con que yo tenga acceso al rodaje.

Casi por primera vez veo orgullo en sus ojos cuando me mira.

No es que antes me haya despreciado… Simplemente, yo misma sé muy bien que no le había dado motivos para sentirse orgulloso de mí.

Todos mis logros se reducen a tener un techo sobre nuestras cabezas, comida en la mesa y ropa en el armario.

Y me duele admitir que estoy repitiendo el destino de mis propios padres.

—¿Crees que los actores ya han llegado? —Marko no deja de hablar ni siquiera mientras mastica—.

¿Dónde van a vivir? ¿En casas o en caravanas especiales?

¿Se podrán visitar esas caravanas? ¿Tú qué crees?

¿Cada uno tendrá la suya o al detective Horovyi y a Alina Vlasenko les darán una compartida porque son pareja?

Yo no veía Fragmentos, pero gracias a Marko sé que Alina Vlasenko es la ayudante de Horovyi y que, en la última temporada de la serie, surgió una trama romántica entre ellos.

Además, es la misma Hanna Svitlytska, actriz de teatro y cine, con quien Demian se comprometió hace poco.

En lo más profundo de mi alma, les deseo felicidad, pero jamás confesaría en voz alta que, para mi tranquilidad, preferiría que fueran felices por separado.

Quiero volverme sorda y ciega el día que aparezcan en internet las fotos de su boda.

Es tan absurdo. Soy una mujer adulta y me comporto como una adolescente. ¡Siento celos de un hombre al que no he visto en nueve años! Estoy segura de que, si tuviera dinero, mis conflictos internos serían una mina de oro para los psicoterapeutas.

—¿Tienes algún otro tema de conversación aparte de la serie? —le pregunto con un tono suplicante.

—Emm… Sí —asiente el niño—. Alaska ha vuelto a intentar saltar por la ventana.

Busco a la gata con la mirada y, en cuanto nota que la estoy mirando, sale huyendo de la cocina, como si se supiera culpable.

—Creo que le está empezando la demencia senil. Antes no hacía estas locuras… Tendremos que comprar una mosquitera y ponerla en las ventanas.

—¡Yo lo hago!

—Lo haremos juntos, porque es peligroso.

—Vale —asiente—. ¿Mañana?

—No lo sé… Quizá. Mañana saldré antes del trabajo y podré pasar por la tienda a comprar los materiales.

—¿Y si ya no trabajas hasta la noche, podremos ir por fin al parque de atracciones?

—Pero si dijiste que eso era para niños pequeños.

El chico se retuerce las manos, incómodo.

—Lo dije para que no te pusieras triste. Pensé que te daba pena no tener tiempo para divertirte conmigo.

No. Lo que me entristece es no tener dinero para esas diversiones. El tiempo se encuentra mucho más fácilmente.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿El qué?

—No me mientas para proteger mis sentimientos. ¿De acuerdo? Es muy tierno por tu parte, pero la verdad siempre es mejor.

Marko se encoge de hombros.

—Vale. Entonces, ¿iremos? Por favor, ese parque solo está abierto en verano. Y el verano no dura para siempre. En cuanto nos demos cuenta, volverá a empezar el colegio —sus últimas palabras suenan como una sentencia de muerte.

Miro aquellos ojos llenos de esperanza. ¿Cómo voy a negarme? Además, aceptaría cualquier cosa con tal de que no tuviera nada que ver con Horovyi.

—Está bien, iremos —respondo con una sonrisa.

—¡Genial! ¡Todos mis amigos ya han ido y yo soy el único que todavía no!

—Primero tengo que aclararme con mi nuevo horario y después podremos organizarlo. Y ahora… —miro el reloj. Ya es medianoche—, ¡a la cama! ¡Ahora mismo!

La sola mención de dormir hace que la sonrisa desaparezca de la cara de Marko.

—Está bien… —Da unos pasos hacia su habitación y se detiene—. Mamá, dijiste que no debía proteger tus sentimientos…

—¿Y?

Respira hondo y, al soltar el aire, suelta también la confesión:

—En realidad, no solo te mentí sobre el parque.

—¿Sobre qué más?

—Sobre muchas cosas. Pero lo más reciente… lo de la pelea con Yura. Hoy le he dado una paliza.

—¿Y por qué?

—Porque ayer él me pegó a mí. No te lo conté para que no te preocuparas…

Este chico necesita urgentemente un campamento de verano, porque, de puro aburrimiento, siempre acaba metiéndose en problemas.

—¿Sus padres lo saben?

—Sí. Me llamaron delincuente juvenil y dijeron que avisarían al servicio. ¿Qué es ese servicio? ¿Algo de la iglesia, como la que visita la abuela?

—No, no tiene nada que ver con la iglesia. Es… Da igual. Yo hablaré con ellos.

—No hace falta. Ya he hablado yo.

—¿Y qué les dijiste?

—Que no deberían llamarme delincuente, porque tú los demandarás y tendrán responsabilidad penal por difamación.

Y eso, por cierto, se castiga con una multa de hasta cincuenta mínimos no imponibles o con hasta doscientas horas de trabajos correccionales —recita de carrerilla, estirando los hombros con orgullo.

Se me desencaja la mandíbula.

O sea, que para aprender un poema sobre Ucrania no es capaz de memorizar ni cuatro versos, pero se sabe de memoria el Código Penal. ¿Será posible que haya dado a luz a un genio?

—¿Mínimos no imponibles? —repito—. ¿De dónde has sacado eso?

—En un capítulo de Fragmentos había una situación en la que Horovyi…

Maldita sea. Claro. Si uno ve los mismos episodios un millón de veces, acaba aprendiéndose hasta esas cosas.

—Ya entiendo —lo interrumpo—. Muy bien. ¿Tengo que recordarte que pelearse está mal?

—No, eso ya lo sé.

—¿Y volverás a pelearte?

—Sí, si hace falta —responde, encogiéndose de hombros.

—Gracias por decirme la verdad. ¡Y ahora, a dormir!

—Buenas noches.

—Buenas noches, cariño.

Una hora después, me acerco a su cama para arroparlo. En la pared, Demian me observa desde el póster de la serie, como protagonista indiscutible.

—No eduques a mi hijo, ¿me oyes? —le susurro a Horovyi.