8.
Demian
Mamá ha muerto de una sobredosis. Era previsible, pero eso no hace que duela menos. Lo peor es cuando empiezo a repasar el pasado y llego a la conclusión de que yo también tengo parte de culpa en su muerte prematura. Si no me hubiera ido… Si no la hubiera dejado sola…
Ahora, de pie en el cementerio, rodeado de vecinos indiferentes, comprendo lo cruel que fui. Al salvarme a mí mismo, solo la empujé aún más hacia la perdición.
—Perdóname —murmuro mientras dejo las rosas sobre el ataúd—. Lo siento mucho.
El funeral transcurre en silencio. Nadie llora.
Nadie la echará de menos. Agradezco a los vecinos que, al menos, disimulen su alegría.
Al fin y al cabo, por fin se han librado de una molestia.
Cuando los primeros terrones de tierra caen sobre la tapa del ataúd, todos empiezan a marcharse poco a poco.
Solo queda una persona. Siento su mirada clavada en mi espalda. Ni siquiera necesito darme la vuelta para saber quién es.
—No pensé que nuestro próximo encuentro sería en un cementerio —digo, observando a los sepultureros. Quisiera arrebatarles la pala y cubrir yo mismo la tumba de mi madre. Me parece que trabajan con desprecio. Claro que quizá solo sea cosa de mi imaginación, pero no puedo evitar sentirlo así.
—Yo tampoco pensé que volveríamos a encontrarnos.
La voz de Nadya corta como una cuchilla.
—¿Cómo estás? —pregunto, esforzándome por no mirarla—. He oído que has entrado en la universidad.
—He entrado.
—¿Y por qué no estás allí ahora? Que yo sepa, las clases están en pleno apogeo, y tú no eres de las que faltan.
—La gente cambia.
—Tú no.
Los sepultureros colocan las coronas sobre la tumba, reciben el pago y se marchan entre murmullos de pésame. Solo quedamos Nadya y yo.
Ella se acerca un poco más. Qué extraño… Ha pasado tanto tiempo y todavía recuerdo el aroma de su champú. Aunque quizá solo sean recuerdos que emergen de mi subconsciente. Soñaba con volver a olerlo. Soñaba con dormir una vez más con el rostro hundido en su pelo.
Me avergüenza pensar en eso durante un funeral. Pero no puedo evitarlo. La presencia de Nadya ha liberado todo lo que llevo casi dos años reprimiendo con tanto esfuerzo.
Nadya me toma de la mano y me la aprieta.
—Estoy segura de que ella te quería —dice, señalando la tumba con la mirada—. Y sabía que tú también la querías.
Nos quedamos así unos minutos. Solo entonces me atrevo a mirarla.
Nadya ha cambiado. Se ha cortado el pelo y se lo ha teñido de oscuro. Ahora lleva tacones, se maquilla los ojos de negro y usa un pintalabios del mismo tono que el pañuelo burdeos que lleva enrollado al cuello.
Sin querer, la comparo con mi novia. Quiero convencerme de que Nadya no está a su altura… pero mentirme no sirve de nada.
Ella siempre ha sido y siempre será mejor que las demás.
—¿Quieres tomar un café? —propongo, con la esperanza de alargar nuestra conversación.
Llamar a su puerta es mi forma particular de masoquismo. Después de nuestro último encuentro, pasé medio año escribiéndole y llamándola, pero nunca respondió. Ahora que me siento destrozado, vuelvo a intentarlo, buscando la manera de mantenerla a mi lado. Aunque solo sea por un rato.
Y hoy no puede decirme que no. Gracias, mamá.
—De acuerdo.
Salimos del cementerio. Pulso el botón de la llave y desactivo la alarma del coche. Nadya arquea las cejas, sorprendida.
—Veo que no te va nada mal… —Cada palabra suya está cargada de reproche—. Un coche así a los dieciocho años. Antes solo podías soñar con algo parecido.
—Es solo un medio de transporte —respondo, quitándole importancia mientras le abro la puerta—. Así es más cómodo.
Ella vacila un instante, pero finalmente se sienta. Disimulo una sonrisa.
—Supongo que será mejor que no te pregunte a qué te dedicas, ¿verdad? —dice mientras se abrocha el cinturón.
—He cambiado de trabajo, por si eso te tranquiliza.
—¿Por uno legal?
Ignoro la pregunta. De todos modos, la respuesta no le gustaría.
—Mejor cuéntame cosas de ti. ¿Cómo te va la vida de estudiante? —Cambio de tema por otro más neutral.
—Me gustaba.
—¿En pasado? ¿Ya no te gusta? ¿O te han expulsado?
—Estoy tramitando una suspensión temporal de los estudios.
—¿Para qué?
—Hay motivos.
—¿Son secretos?
Ella vuelve la cara hacia la ventanilla. Estoy demasiado pendiente de la carretera y no me doy cuenta enseguida de que tiene los ojos llenos de lágrimas. Nadya parpadea rápidamente, tratando de ocultarlas.
—Si tienes problemas, siempre puedes acudir a mí —le digo, dándole un codazo suave.
—¿Y qué harías tú?
—Darte dinero. No hay problemas que no puedan resolverse con dinero.
—El mío no se resolverá con dinero —asegura.
Por fin empiezo a comprender de qué se trata.
—Te han roto el corazón —digo en tono burlón—. ¿Quién es ese imbécil? Puedo destrozarlo si eso te hace sentir mejor.
—No hace falta.
—Pero tampoco tienes por qué dejar los estudios. Es tan… impropio de ti. ¡Renunciar a tu sueño por un chico!
—No es por él. No lo entiendes.
—Pues explícamelo, por favor.
Nadya respira hondo.
—Estoy embarazada. Y con un bebé no me dejarán asistir a clase.
Freno en seco y me aparto hacia el arcén.
Durante un minuto, no miro a Nadya. Necesito tiempo para asimilar lo que acaba de decirme.
No, no quiero creerlo. ¿Embarazada? ¡Qué demonios!
Está bien, puedo aceptar que se haya acostado con otro chico, aunque la sola idea me consuma de celos… Pero ¿un hijo?
—¿Embarazada? —repito, como si la situación pudiera haber cambiado en el último minuto.
—Sí.
La observo de arriba abajo.
—Pero… no se te nota.
—Estoy de poco tiempo.
Exhalo lentamente.
—Eso es bueno… Significa que todavía estás a tiempo de interrumpir el embarazo.
Los ojos de Nadya arden con una furia que nunca antes le había visto. Jamás habría imaginado que fuera capaz de mostrar semejante emoción.
—No —responde, indignada—. No voy a matar a mi hijo.
¿Qué clase de estupidez es esa? ¿Es cosa del adoctrinamiento religioso de sus padres?
—¡Eso no es matar! Y ni siquiera es un hijo. Es solo… un embrión. Ni siquiera tiene cerebro todavía. Es…
Nadya levanta la mano para impedirme continuar.
—¡Basta!
—¡No, basta tú! —alzo la voz, aunque sé que no tengo ningún derecho moral a hacerlo—. ¡Tienes que estudiar! Este embarazo va a arruinar tu futuro. Si quieres tener hijos, perfecto, ya los tendrás, pero no ahora. ¡No a los dieciocho años!
—¿Sabes? El padre de este niño dijo exactamente lo mismo. Palabra por palabra.
Se desabrocha el cinturón de seguridad y tira de la manilla de la puerta, pero consigo bloquearla a tiempo.
—¡Déjame salir!
—Te dejaré salir cuando terminemos de hablar.
—Ya hemos terminado…
—¡No! ¡Tienes que escucharme! Nadya, piensa con la cabeza… Todavía es demasiado pronto para ser madre. ¿Qué podrías ofrecerle a ese niño? No tienes nada. ¿De dónde vas a sacar el dinero?
—Para ti, todo se reduce al dinero.
—¡Pues sí, joder! Porque es lo básico. ¡Sin dinero no se puede sobrevivir! ¿Y si nace enfermo? ¿Con qué vas a pagar su tratamiento? Has vivido toda tu vida en la miseria. ¿Y ahora vas a condenar a tu hijo a lo mismo?
—Me las arreglaré.
—Tus padres también pensaron que podrían arreglárselas. ¿Y qué? ¿Les agradeces eso?
—Les agradezco que me dieran la vida.
Se me escapa una risa nerviosa.
—¡Eso lo dices ahora! Pero antes los juzgabas. Y no me digas que no.
Nadya se lleva las manos al vientre, como si quisiera proteger al niño de mí. A ese niño al que ya detesto de antemano.
—Tengo que irme —suplica—. Por favor, déjame salir.
—¿Quién es el padre? ¿Lo conozco?
—¿Qué más da? Ya no estamos juntos.
—Solo necesito saberlo.
Nadya alza la mirada hacia el cielo.
—Oye, Demian. ¿No se te ha ocurrido pensar que no tienes derecho a decidir nada? Tú tienes tu vida y yo tengo la mía. Nuestros caminos se separaron hace mucho tiempo.
—Porque me dejaste —respondo sin poder contenerme. Sí, todavía me duele. No puedo evitarlo.
—Porque te metiste en el mundo del crimen —me corrige—. Tú lo elegiste a él, no a mí.
—Y todavía me siento culpable por lo que te ha pasado.
Si hubiera estado contigo, no habrías acabado en esta situación.
Nadya, déjame arreglarlo. Esta vez estaré a tu lado.
Te ayudaré a superar todo esto… Volverás a la universidad, podrás disfrutar de tu juventud.
No destruyas tu vida por un hijo que ni siquiera querías.
—¿Y si fuera tu hijo? ¿Dirías lo mismo?
—Si hubieras estado conmigo en vez de con ese imbécil, no te habrías quedado embarazada. Yo habría tenido la sensatez de ponerme un preservativo.
Sé que mis palabras suenan brutales, así que suavizo un poco el tono.
—Perdona. Es que me da tanta pena verte así… No entiendes en qué te estás metiendo.
Ella endereza los hombros.
—No me tengas lástima —dice, negando con la cabeza—. Cada uno debe hacerse responsable de sus actos.
—¿Ese es tu plan? ¿Tener un hijo y criarlo como penitencia por un error? Nadie necesita que te sacrifiques. ¡Es absurdo! Pensaba que eras inteligente…
—Y yo pensaba que eras sensible. Pero resulta que ya no te queda ni un gramo de bondad.
—Claro que tengo sentimientos. Por ti. Pero no esperes que los tenga hacia un ser que va a destrozarte la vida.
—¿Ya has terminado?
—Sí.
—Entonces, suéltame.
Me rindo. Desbloqueo la puerta y la dejo salir. Me destroza la certeza de que estoy perdiéndola otra vez. Y tan deprisa…
—¡Nadya! —Me inclino sobre el asiento del copiloto y consigo agarrarla por el abrigo—. Por favor, piensa en lo que te he dicho. Apunta mi número, por si acaso…
—No necesito tu número. No necesito nada de ti. Y, de hecho… —Me arranca el abrigo de las manos—, espero que no volvamos a vernos nunca. Y si el destino vuelve a cruzar nuestros caminos, te lo ruego, hazme un favor: finge que no me conoces. Desde hoy somos dos desconocidos.
No tengo derecho a entrometerme en la vida de Nadya, pero tampoco puedo quedarme al margen.
Aunque ahora me condene y me considere su enemigo, haré todo lo posible para evitar que se convierta en madre soltera.
Mi infancia es el ejemplo más claro de lo que puede pasarle a una mujer que se queda sola con un hijo en brazos. ¿Acaso ya lo ha olvidado?
Actúo como si estuviera envuelto en una niebla.
No sé si hago bien o mal. Simplemente actúo, porque no puedo quedarme de brazos cruzados.
A través de unos conocidos, consigo información sobre su novio.
Resulta que ese imbécil es de aquí, me lleva tres años y trabaja en un taller de neumáticos.
Lo recuerdo vagamente de la escuela… Ilia Maslienko: un chico corriente, que nunca destacó ni por su inteligencia ni por su físico.
No practicaba ningún deporte ni sobresalía en nada.
De esos a los que las chicas rara vez prestan atención.
Entonces, ¿por qué lo eligió Nadya? ¿Acaso no encontró a nadie mejor?
Siempre tuvo una autoestima absurdamente baja. Y aquí está el resultado…
Llego a los garajes y me paso un rato observando a los trabajadores, buscando precisamente a ese tipo. Al final, lo veo.
Había contado con mantener una conversación normal. Pensaba que hablaríamos de la situación y llegaríamos a un acuerdo… Pero ahora la rabia me quema por dentro. Estoy a punto de arrancarle la llave inglesa de las manos y molerlo a golpes.
—¿Podemos ayudarte en algo? —pregunta uno de los trabajadores, inclinándose hacia mi ventanilla.
—Sí. Necesito hablar con ese tipo —digo, señalando a Maslienko.
—¡Illyuj, te buscan!
Salgo del coche. En el último momento, decido sacar una navaja plegable de la guantera. Aprieto el frío acero en la mano. Hace mucho que no recurro a métodos de intimidación como este. Hasta me resulta desagradable recordarlos… Me guardo la navaja en el bolsillo. Mejor tenerla a mano, por si acaso.
—Buenos días —me saluda Ilia con un gesto de cabeza y me tiende la mano.
Ignoro abiertamente su gesto.
—¿Problemas con el coche?
—No. He venido a hablar contigo sobre Nadya.
El chico pone los ojos en blanco. Parece harto de oír su nombre.
—¿Y tú quién eres para ella? ¿Su hermano?
Ya no.
—Un amigo. Muy cercano.
—Pues nunca había oído hablar de un amigo tan cercano —frunce el ceño—. Bueno, da igual. Vamos a hablar aparte.
Nos dirigimos a la parte trasera de los garajes, lejos de miradas indiscretas. No consigo quitarme de la cabeza que este es el lugar perfecto para reventarle la cara a ese imbécil.
—Bueno, ¿qué quieres, amigo?
—Quiero saber por qué la has dejado sola.
—Si sois tan amigos, debería haberte contado que no estamos de acuerdo sobre qué hacer con el embarazo. Yo todavía no…
—¡No es solo su embarazo! —lo interrumpo—. ¡Es de los dos! ¡Es un problema de los dos!
—Bueno, yo le propuse una solución. No le gusta.
—¡Pues busca otra!
—¿Cuál, por ejemplo? ¿Me la vas a decir tú, que eres tan listo? Porque yo no conozco ninguna forma de obligarla a abortar.
—No la obligarás.
—¿Lo ves? Tú mismo lo entiendes —se encoge de hombros—. Ella ha decidido ser madre. Quiere un muñeco, pues perfecto. Si me reclama una pensión de alimentos, la pagaré. ¿Qué más quieres?
Doy un paso hacia él para que escuche con claridad cada palabra.
—Con la pensión no bastará. No la dejarás sola con el niño en brazos. Te casarás con ella. Cuidarás de ella.
No quiero que empiecen a correr rumores sobre Nadya por toda la ciudad. No quiero que digan que se ha buscado un bastardo. Sé que eso la destrozaría… No sabe enfrentarse a la opinión de los demás. La hundiría.
—No, tío. No pienso casarme.
—¡Pues lo harás! ¡Porque así es como se comportan los hombres de verdad! —Lo agarro de la camiseta y lo estampo contra la pared de un tirón—. Y si no eres un hombre de verdad, tendremos que hablar de otra manera.
—¡Suéltame! —chilla.
Puedo sentir su miedo, y eso significa que pronto aceptará hacer todo lo que le diga. No tendrá más remedio que aceptar.
—Hoy mismo. Pedirás el día libre en el trabajo. Le comprarás las flores más caras y un anillo. Después irás a su casa y le pedirás matrimonio. Si te rechaza, volverás a intentarlo.
—¿Y si no lo hago?
—Tendrás que dejar este trabajo de mierda, porque sin dedos no podrás reparar coches —le advierto mientras clavo la navaja a un milímetro de su muñeca—.
Y eso será solo el principio. Te encontraré, basura.
Convertiré tu vida en un infierno. Haré que supliques que te mate.
Así que elige: o te conviertes en un marido y un padre feliz, o acabas desangrándote en una zanja a las afueras de la ciudad.
—Iré a la policía.
—No llegarás a hacerlo. Tengo ojos en todas partes, y mis hombres también. Te vigilaré hasta el último día de tu miserable vida.
La garganta le tiembla bajo mi mano. Está completamente a mi merced. Se resiste únicamente para salvar los restos de su dignidad. Aprieto con