7. #2
Ya no es como aquella primera vez. Este beso lleva consigo el peso del tiempo. Lo hemos soñado y ensayado mil veces en nuestra imaginación. Es ardiente, húmedo, profundo. Un beso adulto.
Hemos crecido, y nuestros deseos han crecido con nosotros.
—Yo también quiero que seas el primero para mí —confieso, separándome apenas de sus labios—. Y quiero que sea hoy.
Demian
Antes, mi vida era una oscuridad absoluta. Sentía que me había perdido en unas tinieblas impenetrables y que nunca lograría encontrar la salida hacia la luz. ¿Ha cambiado algo en un año? Sin duda. Ahora ya no le temo a la oscuridad, porque se ha convertido en parte de mí.
Dudé mucho antes de invitar a Nadya a Kiev.
Pensaba que dar semejante paso era el colmo del egoísmo.
No estaba seguro de que ella todavía me necesitara, pero yo…
yo la necesitaba con una desesperación terrible.
¿Suena ridículo? Aferrarse tanto a un amor de la infancia…
¿Y qué podía hacer? No conseguía sacármela de la cabeza.
Justificaba mi manera de ganarme la vida diciéndome que no solo intentaba asegurar mi sustento, sino también ahorrar para su futuro.
Ayudaría a Nadya incluso si apareciera otro chico en su vida, incluso si ella se olvidara de mí.
Pero no me había olvidado.
Cuando me vio, sus ojos brillaban. Y era precisamente ese calor, esa luz, lo que tanto anhelaba. Lo juro: nadie tiene tanto poder sobre mí como esa muchacha. Pase un mes, un año o incluso diez… da igual. Seguiré volando hacia el resplandor de su luz como una maldita polilla.
—Demian… —Su voz me llega entre sueños.
Me da miedo abrir los ojos y empezar un nuevo día, porque hoy se irá… Ojalá tuviera una máquina del tiempo para retroceder y vivir una y otra vez el día de ayer. Fue el mejor día de los últimos… Bueno, me atrevo a decirlo: el mejor de toda mi vida.
—¡Demian! —Me sacude con fuerza por el hombro.
Me incorporo de golpe.
—¿Qué? —Miro a Nadya y mis labios se curvan en una sonrisa involuntaria.
Es tan hermosa… No necesita maquillaje, ni un corte de pelo moderno, ni joyas. Ni siquiera recién levantada, con el pelo recogido en una sencilla coleta y mi vieja camiseta puesta, deja de parecer un ángel caído del cielo.
Un ángel caído del cielo que sostiene mi móvil entre las manos.
La sonrisa desaparece de mi rostro.
—¿Me lo explicas? —pregunta, volviendo la pantalla hacia mí.
No quiero mirar. Ya sé lo que hay ahí. Me levanto de la cama y empiezo a vestirme. Tengo los brazos y las piernas como de algodón. La ansiedad me revuelve el estómago.
—¿Por qué has cogido mi teléfono? —contraataco, porque la mejor defensa es el ataque—. ¿No sabes que es algo personal…?
—Solo quería hacerte unas fotos para tener un recuerdo…
Pero, al borrar una que había salido mal, entré en la galería y vi…
—Respira hondo—. ¡Dios mío! ¿Por qué estoy justificándome yo, si eres tú quien debería dar explicaciones?
¡Dime de una vez a qué te dedicas! ¿Por qué tienes tantas fotos de gente hecha polvo?
—No están hechos polvo —me apresuro a aclarar—. Solo… están golpeados.
Nadya deja caer el teléfono y retrocede hasta la pared, como si de pronto temiera por su seguridad.
—Está bien… —suspiro—. Querías saber en qué trabajo, ¿no? Pues ya lo sabes. Esas fotos demuestran que he cumplido una misión. Se las envío a mi jefe y él me paga. Y paga bien.
—¿Ganas dinero pegando a la gente? ¿Todos vosotros os ganáis la vida así? ¿Sois… una banda?
—Bueno… En cierto modo —admito con un gesto de asentimiento—. No nos limitamos a pelear. Muchas veces nos encargan otras cosas: vigilar a alguien, intimidar, conseguir algo… En resumen, nos ocupamos de que los clientes no tengan que ensuciarse las manos.
Las lágrimas empiezan a resbalar por sus mejillas. No… Lo único que no quiero es verla llorar. Y menos por mi culpa.
—¿Por qué, Demian? —Su voz está llena de decepción—. ¿Por qué has aceptado algo así? ¿De verdad no había otro trabajo?
—Dime tú qué trabajo puede conseguir un menor al que busca la policía y que le permita alquilar un piso, comer y tener todo lo necesario.
—¡Es mejor pedir limosna que meterse en el mundo del crimen! El dinero no vale tanto. ¡No lo es todo!
—Eso lo dice la misma persona que se avergüenza de su propia madre porque es pobre, cuando debería estar orgullosa de ella.
—Yo no me avergüenzo…
—¡No me mientas!
—Tu dinero está manchado de sangre.
Me da la espalda. Se quita mi camiseta y se pone su ropa. Deja adrede el vestido que le regalé sobre el sofá.
—Tienes que dejarlo y volver a casa. Iremos al colegio, hablaremos con el director y él…
—No.
—Entonces iremos a ver a mis padres. A la iglesia…
—¡Basta! No voy a cambiar de vida, porque me gusta tal como es.
—¡Pero a mí no me gusta! Por favor… —Me tiende la mano—. Tienes que salvarte. Ven conmigo… Aquí no tienes nada que te obligue a quedarte.
—¿Y allí?
—Allí estaré yo.
—¡Pero pronto tú también estarás aquí! ¡Habíamos quedado en eso!
—Ese acuerdo era de antes de que descubriera que te habías convertido en un delincuente.
—¡No me llames así!
—Está bien. —Coge su mochila—. No volveré a hacerlo. Pero tampoco voy a quedarme a tu lado mientras destruyes tu vida y la de otras personas.
—La tuya no la destruiré, te lo prometo. No será para siempre. Solo necesito ahorrar lo suficiente para poder salir adelante…
—Para entonces estarás tan metido en esto que ya no podrás salir.
Nadya se dirige hacia la puerta, pero se detiene al pasar junto a mí.
—Te lo ruego… Déjalo.
—No puedo.
—¿Ni siquiera por mí?
Su última pregunta me atraviesa el corazón como un cuchillo. ¿Acaso no entiende que no es tan sencillo? No depende solo de mí.
—Nadya, nunca voy a renunciar a ti —murmuro.
—Pero tampoco vas a renunciar a tu trabajo… —suspira—. Yo no puedo vivir así. Lo siento. Estoy dispuesta a apoyarte en todo, lo sabes. Pero esto… Esto es demasiado para mí.
Sale al pasillo y se mete en el ascensor.
—¡Nadya! ¡NADYA! —grito mientras corro tras ella.
Bajo las escaleras con la esperanza de alcanzarla, pero, unos pisos más abajo, me detengo. Es inútil. Ninguna súplica conseguirá que cambie de opinión.
Ella es demasiado buena para mí.
Siempre lo ha sido.
Quizá, en realidad, lo mejor para ella sea mantenerse alejada de mí.