Siempre cerca 7.
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7.

Este día realmente está decidido a convertirse en el mejor de mi vida.

Demian me ha enseñado tantas cosas interesantes y hermosas que mi miedo a la gran ciudad se ha transformado en un sincero asombro.

Hemos paseado por parques, hemos ido hasta el paseo marítimo para ver el desfile de yates, hemos sobrevolado Kiev en la noria panorámica y nos hemos reído…

tanto que, al final, me dolían los labios.

No recuerdo haberme sentido nunca tan feliz.

Me olvido de todo lo demás. De mis padres, de los problemas con mis compañeros de clase, de los deberes pendientes y de los próximos exámenes.

Me sumerjo por completo en el momento, porque de verdad es perfecto…

Y estoy convencida de que no es por todas las cosas divertidas que hemos hecho.

Lo importante es que, por fin, vuelvo a sentirme completa.

Demian ha llenado el vacío de mi corazón que me devoraba desde que se marchó.

Él abrió esa herida y él mismo la ha curado.

—¿Estás cansada? —me pregunta mientras me ofrece un cucurucho de helado de fresa.

—No —respondo, negando con la cabeza, aunque en realidad apenas puedo arrastrar los pies. Veo un banco más adelante y, haciendo acopio de mis últimas fuerzas, acelero el paso para sentarme antes de que alguien me quite el sitio.

—Ajá, ya veo lo poco cansada que estás…

—Solo necesito un par de minutos —me dejo caer en el banco con un suspiro de alivio y apoyo la espalda en el respaldo—. O unas horas…

Demian se sienta a mi lado.

—Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que caminé tanto —dice antes de tumbarse en el banco y apoyar la cabeza en mis rodillas.

Me incomoda un poco tanta cercanía, pero intento que no se me note. En realidad, me gusta que no mantenga las distancias. Es como si el año pasado nunca hubiera existido… Volvemos a estar juntos, solo que somos un poco mayores.

Le acaricio el pelo y él cierra los ojos, satisfecho.

Me gusta tocarlo. Nos hemos abrazado un montón y hemos pasado casi todo el día cogidos de la mano, pero aun así me parece insuficiente.

Me desbordan sentimientos extraños, desconocidos hasta ahora.

Es algo más que amistad, más que un simple enamoramiento…

Comprendo que él es mi persona. Esa pieza perdida del rompecabezas sin la cual la imagen de mi felicidad nunca estaría completa.

En mi memoria reaparece nuestra despedida, sus últimas palabras, aquel torpe beso infantil… Me duele pensar que todavía nos espera otra despedida.

—¿Existe aunque sea una mínima posibilidad de que vuelvas? —No quería preguntárselo. Ni siquiera me doy cuenta de cómo mis pensamientos se me escapan en voz alta.

Demian me toma la mano, se la acerca a los labios y después la apoya sobre su pecho. Siento los latidos de su corazón: parece un pájaro salvaje atrapado en una jaula.

—¿Para qué? Dentro de poco entrarás en la universidad y te mudarás aquí… Podremos estar juntos.

—Suena como un sueño —suspiro.

—¿El sueño de entrar en la universidad o el de estar juntos?

Menos mal que tiene los ojos cerrados y no puede ver cómo me sonrojo.

—Depende de lo que quieras decir con «juntos».

Demian no tarda ni un instante en responder.

—Que seas mi novia.

Bajo la cabeza, abrumada por su valentía al expresar sus sentimientos sin esconderse.

—Eso es precisamente lo que suena como un sueño.

—¿Por qué?

—Tengo miedo de que vuelvas a desaparecer.

—No desapareceré.

—¿Y qué garantías tengo?

—¿Qué garantías necesitas?

—Por ejemplo, quiero que sigamos en contacto… Que, al menos de vez en cuando, me escribas o me llames.

—Creo que ahora eso se puede arreglar. Ya nadie me está buscando, así que…

—¿Así que me escribirás? —pregunto, incapaz de contener la alegría.

—Sí. Todas las noches te desearé dulces sueños.

—No hace falta que lo hagas todos los días.

—Pero yo quiero hacerlo todos los días.

Como la conversación ha derivado hacia los deseos antes de dormir, termino por admitir que estoy increíblemente cansada. A pesar de lo mucho que he disfrutado de todas estas aventuras, no me vendrían mal un poco de silencio y descanso.

—Demian, ¿dónde voy a dormir?

—En la estación —se encoge de hombros—, si no tienes otro sitio donde quedarte.

Me invade el pánico.

—Pero…

—¡Estoy bromeando! En mi casa, por supuesto. No está lejos de aquí —dice, señalando hacia delante sin abrir los ojos.

—Entonces, ¿nos vamos ya?

—¿Y la cena? ¿No quieres ir a algún restaurante? Por aquí cerca hay uno de cocina italiana y otro de cocina asiática.

Ahora sí que me siento realmente incómoda. Nunca he estado en un restaurante y ni siquiera sé cómo comportarme en uno. No quiero estropear la impresión de este día perfecto demostrando que no sé usar el cuchillo y el tenedor. Y mejor ni hablar de los palillos para comer comida asiática.

—Puedo preparar yo la cena —propongo en voz baja.

—¿Para qué?

—Para agradecértelo, al menos un poquito, por todo esto…

—No quiero que te encierres en la cocina.

—Me gusta cocinar. Por favor, ¿sí? Apuesto a que hace mucho que no comes comida casera.

—Ni siquiera comía comida casera cuando vivía en casa —se ríe Demian—. Bueno, de acuerdo, si tanto te apetece. Primero pasamos por el supermercado y después vamos al piso.

—¡Trato hecho!

En el supermercado, vuelvo a sorprenderme pensando en lo muchísimo que gasta Demian.

Ni siquiera intenta ahorrar; al contrario, elige adrede los productos más caros.

Aunque solo lo haga para impresionarme… ¿de dónde saca tanto dinero?

Tengo que hacer un gran esfuerzo para no volver a interrogarlo.

Me gustaría creer que ha conseguido un buen trabajo, pero…

—¿Todo bien? —me pregunta al notar mi expresión preocupada—. Estás un poco tensa.

—Es que estoy cansada. ¡Han sido demasiadas emociones para un solo día! —Recojo de la caja una bolsa llena de compras.

Demian me la quita enseguida, sin darme tiempo a cargar con ella. Siempre hacía lo mismo antes, cuando iba al colegio cargada con una mochila llena de libros.

—¿Lo ves? Estás cansada y aun así quieres cocinar. Habría sido mejor ir a un restaurante.

—Cocinar cuando tienes un montón de ingredientes es un placer. Lo difícil es inventarse un plato con dos cebollas y un puñado de pasta, como suele pasar en mi casa.

—Pero recuerdo que de vuestra cocina siempre salía un olor delicioso.

—Nunca he dicho que la comida no estuviera rica. Se puede preparar una buena cena con cualquier cosa; solo que, a veces, hace falta echarle más imaginación. Mi madre tiene un cuaderno donde apunta sus recetas: postres, sopas, platos principales… Pero todas tienen algo en común.

—¿Qué?

—Que sus nombres suenan a cosas como «Tarta para pobres» o «Ensalada por tres céntimos». Como si cualquier cosa que no fuera barata estuviera fuera de nuestro alcance. Esa es la esencia de mi familia.

Demian se echa a reír.

—Algún día tu madre publicará su propio libro de recetas y ganará un montón de dinero.

—No lo ganará…

—¿Por qué no?

—Porque los pobres, que serían quienes cocinarían esas recetas, no tienen dinero para comprar libros.

Demian vuelve a doblarse de risa.

—Por cierto… —dice, deteniéndose ante una puerta con cerradura electrónica—. Ya hemos llegado.

El piso de Demian está en la decimoséptima planta. Hago todo lo posible por disimular mi miedo a subir tan alto. Dentro del ascensor, siento como si me hubieran lanzado al espacio en un cohete. Solo cuando salimos al pasillo consigo tranquilizarme un poco. ¡Qué vergüenza!

—Pasa, siéntete como en casa —dice Demian mientras abre la puerta y me deja entrar primero.

Miro a mi alrededor. Es un piso de tres habitaciones, amplio y espacioso, con una buena reforma. Está un poco desordenado, pero, teniendo en cuenta que aquí viven varios chicos, era de esperar.

—Esto es una especie de residencia —me explica Demian—. Duermen dos personas en cada habitación.

—¿Y has echado a cinco personas para que yo pueda quedarme a dormir? Me parece… incómodo.

—No. Solo le he pedido a mi compañero de habitación que no venga. Los demás no duermen aquí porque están de misión.

Me aferro a ese hilo finísimo, casi invisible, como una telaraña, que podría ayudarme a desentrañar el misterio de sus ingresos. Ojalá pudiera averiguar algo, aunque fuera un pequeño detalle, para quedarme tranquila de una vez.

—¿De misión? —repito.

—En el trabajo —se corrige enseguida—. Están de… turno de noche.

Veo que se empeña en esquivar el tema. Así que no insisto y cambio de conversación.

—Aun así… no está bien echar a tu compañero de piso.

—Vamos, Nadya. Es lo más normal en una residencia. Si uno lleva a una chica, el otro se busca dónde pasar la noche.

—¿Por qué?

Demian pone los ojos en blanco.

—¿De verdad crees que es cómodo tener sexo cuando hay otro chico durmiendo en la cama de al lado?

Ahora sí que me muero de vergüenza.

—Ah… Ya… —Quisiera que la tierra me tragara para que no se diera cuenta de que tengo las mejillas rojas como tomates.

Demian suspira.

—Soy un idiota —murmura, revolviéndose el pelo—. No tengas miedo. No te he traído aquí para eso. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza contigo.

Curiosamente, sus palabras no me producen alivio, sino decepción.

—¿De verdad?

—Bueno… No es que nunca lo haya pensado… Es solo que… —Esta vez, el que se sonroja es él.

—¿Te parezco atractiva?

—Sí —responde sin vacilar.

—Y estuviste enamorado de mí…

—¿Qué significa eso de «estuviste»? No he dejado de sentir lo que siento por ti.

Un calor dulce se extiende por todo mi cuerpo.

—Entonces, ¿por qué… por qué no pensaste que podríamos…?

—¡Está bien! —suspira—. Claro que me encantaría ser el primero para ti. Pero no te he invitado aquí por eso. Ni siquiera he intentado besarte, ¿te has dado cuenta?

—Sí, me he dado cuenta.

—Es que no quiero estropearlo. Eres demasiado importante para mí.

—No lo estropearás —le aseguro.

—¿Estás segura?

—Sí.

Nos quedamos de pie, mirándonos a los ojos. Y entonces, como si alguien nos diera la señal, nos lanzamos el uno hacia el otro y nos fundimos en un beso.