5.
Demian
La almohada es blanda y la ropa de cama huele a detergente.
En cambio, la manta es vieja y áspera, pero debajo hace calor, y no necesito nada más.
Estoy agotado. En otras circunstancias, ya me habría quedado dormido, pero esta noche no consigo conciliar el sueño.
Es la última noche que puedo acostarme junto a Nadya y escuchar su respiración. La última noche antes de despedirnos.
—¿Por qué no duermes? —pregunta al notar que la estoy mirando.
Ni siquiera sé cuánto tiempo llevo observándola. Seguramente no es muy educado, pero no puedo evitarlo. Quiero grabar en mi memoria a esta chica como lo más bello y luminoso que he conocido.
—Tengo que decirte algo… —Me incorporo y me apoyo contra la pared. La herida del abdomen empieza a dolerme más, pero intento ignorarla—. Quería esperar hasta mañana, pero entonces te enfadarías aún más.
Ella se frota los ojos para despejarse.
—Dime.
Tengo que reunir todo mi valor para pronunciarlo en voz alta. Nadya me observa con paciencia, esperando.
—Voy a huir de casa —suelto por fin, de una sola vez.
—Si siempre te escapas —se ríe—. ¿Qué tiene de especial la próxima vez?
—Que ya no volveré.
Ella se incorpora sobre los codos.
—¿Cómo que no volverás?
—Me iré a otra ciudad. Lejos de aquí… Ya no soporto seguir en este lugar. Estoy harto. Odio mi vida.
—¿Y adónde irás?
—No puedo decírtelo. Te presionarán cuando en el colegio denuncien mi desaparición, así que es mejor que no lo sepas.
—¡No se lo diré! ¿O es que no confías en mí?
—En ti sí confío. Pero no en los adultos. Créeme, es mejor así.
—Pero, Demian… —Me toca la mano—. Aquí, al menos, puedes venir a verme. ¿Y allí? ¿Dónde vivirás? ¿De qué vivirás? ¿Acaso piensas convertirte en un vagabundo? Es un pésimo plan.
—Tengo conocidos que me ayudarán a encontrar trabajo.
Nadya suspira, con una seriedad impropia de su edad.
—Ya sé qué clase de conocidos son los tuyos… Te meterán en algo malo.
—Todo saldrá bien —la tranquilizo, aunque, en el fondo, sé que a los quince años es casi imposible ganarse la vida legalmente—. No me perderé.
—¿Y si te pierdes? —Su voz tiembla—. Me da miedo. Sería mejor hablar con tus padres… Ellos pueden ayudarte.
—¿Y cómo? ¿Adoptándome o haciéndose cargo de mí?
Si vosotros sois más pobres que las ratas de iglesia.
Pasaste todo el otoño con las zapatillas rotas porque no podíais comprarte unas nuevas.
¿Y de repente vais a tener dinero para alimentar una boca más?
—Noto que mis palabras le duelen, así que cambio de tema—.
Para mí será una oportunidad de empezar de cero.
En una ciudad donde nadie me conozca, ni a mí ni a mi familia.
—En una ciudad donde no estaré yo…
Asiento.
—Y eso es lo único que hace que huir me resulte doloroso.
Durante un rato, Nadya se queda mirando al frente en silencio. Sabe que no podrá convencerme de que me quede, así que deja de discutir. Lo más probable es que esté intentando resignarse a la idea de que nuestra amistad se romperá de una forma tan inesperada.
Yo no quiero dejarla. Si pudiera, me la llevaría conmigo. Pero ¿adónde? Ella merece algo mejor que una vida nómada, con una mochila al hombro.
—¿Me abrazas? —susurra, conteniendo las lágrimas.
Quiere parecer fuerte, así que finjo no darme cuenta de que está llorando. Quizá esté mal hacerlo… En realidad, estoy perdido: ya no sé qué está bien y qué está mal en esta vida. Los límites entre ambas cosas se han vuelto demasiado difusos.
Ella se da la vuelta y se acerca más a mí. Aparto mi manta y me meto bajo la suya. Así, incluso hace más calor. La abrazo con fuerza y hundo la nariz en su cabello… Debo admitir que llevaba tiempo deseando hacerlo. Es tan suave, tan delicado, y huele de una manera… familiar.
—Te echaré de menos —confieso—. No echaré de menos nada de esta ciudad de mierda, pero a ti sí.
Nadya me aprieta la mano.
—¿Vendrás a despedirte?
—Sí. Mañana, después de clase, te esperaré detrás del colegio.
—Está bien.
Cerramos los ojos, pero ninguno de los dos consigue dormir hasta el amanecer. Cada uno se sumerge en sus propios pensamientos mientras observa cómo pasa el tiempo…
Solo tengo quince años. Sé que todavía me esperan muchas noches: noches de aventuras, de peligros y, con suerte, también de amor y pasión. Habrá noches acogedoras y noches solitarias. Habrá de todo. Pero esta… Esta será la única que recordaré para siempre.
No necesito muchas cosas. En realidad, no tengo nada que llevarme, así que hago la maleta en apenas unos minutos.
Me gustaría despedirme de mi madre, pero está en tal estado que no entendería nada. No quiero que mis últimos recuerdos de ella sean desagradables, así que cojo a Alaska en brazos, la escondo bajo la sudadera y salgo rumbo al colegio.
Nadya sabe dónde voy a esperarla. Tenemos nuestro propio escondite: el patio trasero, detrás de la caldera.
Nunca va nadie allí, así que podemos estar seguros de que nadie nos verá.
Empezamos a utilizarlo en quinto curso, cuando Nadya suspendió educación física y yo le cambié la nota por un doce, añadiendo además: «¡Sigue así!
». Parece que fue hace cien años. Ojalá nuestros problemas siguieran siendo solo aquellos…
Todavía falta mucho para que salga el tren, así que no tengo prisa.
Saco a la gata de debajo de la ropa y le propongo dar un paseo entre las hojas caídas, pero la idea no le gusta nada.
Clava las garras en mi camiseta y maúlla como si alguien estuviera intentando ahogarla.
Al final, abandono la absurda esperanza de presentarle el mundo exterior y saco el móvil. Le escribo un mensaje rápido a Nadya:
«Ya estoy en el lugar de siempre. Ven cuando puedas».
Sorprendentemente, la respuesta llega de inmediato:
«Ya voy corriendo».
Miro el reloj. Qué raro, si la última clase apenas acaba de empezar… ¿De verdad habrá decidido saltarse la clase de Biología? Nunca lo había hecho. Nadya no es de las que rompen las reglas.
Sin embargo, unos minutos después oigo sus pasos.
Estoy seguro de que son los suyos; esas cosas no se confunden.
Entre miles de personas, reconocería su forma de andar, su respiración e incluso su olor.
A veces me parece que, con los años, se ha convertido en parte de mí. Y eso hasta me asusta un poco…
—Hola —dice, forzando una sonrisa, aunque tiene los ojos tristes.
—¿Han cancelado la clase?
—No. —Aparta la mirada—. Hoy no he ido a ninguna clase. Les he dicho a mis padres que me encontraba mal.
—¿Así que por fin has aprendido a mentir?
—No. De verdad me encuentro mal… pero no tiene nada que ver con mi salud.
Entiendo a qué se refiere. Yo me siento igual. Es como si algo me desgarrara por dentro.
—Perdóname —suspiro—. No quiero dejarte sola. Es solo que…
Nadya levanta una mano para detenerme.
—No te justifiques. Lo entiendo todo. —Después, su mirada se posa en la cola blanca de Alaska, que asoma por debajo de mi sudadera—. ¿También te la llevas?
—No… —Le aparto las garras de la piel—. En realidad, quería pedirte un favor. ¿Podrías quedarte con Alaska?
Los ojos de Nadya se abren de par en par.
—¿Yo? Pero…
—No quiero dejarla con esos drogadictos. Y de ti sí me fío. Quiero que viva contigo. —Le entrego a la gata antes de que empiece a darme mil razones por las que sus padres nunca lo aceptarían—. Por favor. Considéralo mi regalo de despedida. Quiero que te recuerde a mí.
—Como si necesitara una gata para recordarte… —Acaricia torpemente la cabeza de Alaska—. Está bien. Ya me las arreglaré.
—Gracias.
Después nos quedamos quietos, mirándonos. Es difícil encontrar las palabras adecuadas. O, mejor dicho, las palabras sobran. Al fin y al cabo, no podrían expresar lo que sentimos.
—¿Volveremos a vernos? —pregunta Nadya al cabo de un rato—. ¿Hay alguna posibilidad?
—Por supuesto que volveremos a vernos. Y, de hecho, estaré pendiente de ti.
—¿Cómo?
—He hablado con algunas personas. Si alguna vez tienes problemas, te ayudarán.
—¿Y por qué no te ayudaron a ti? —suspira.
—Porque mis problemas son de otra categoría. —Le aprieto el hombro—. No estés triste. Te prometo que no será la última vez que nos veamos.
Por un instante, Nadya parece animarse un poco.
—Lo tomaré como una promesa —asiente, abrazando a Alaska con más fuerza.
Vuelvo a mirar el reloj.
—Creo que ha llegado la hora… —miento.
En realidad, todavía me queda una hora. Pero, si alargo esta despedida, acabaré dudando y quizá no me atreva a marcharme.
Nadya rompe a sollozar. Ha aguantado demasiado tiempo sin llorar.
—Cuídate.
—Lo intentaré. Y tú también. Y recuerda que eres la mejor.
—¿Mejor que quién?
—Que todos…
Ella extiende un brazo para abrazarme; necesita el otro para sujetar a mi gata. Yo respondo estrechándolas a las dos con fuerza contra mí.
Un minuto más y tendré que soltarlas.
Nadya se marcha con la cabeza gacha. No se vuelve, aunque apostaría a que se muere de ganas de hacerlo.
Y entonces comprendo que siempre me arrepentiré si no digo lo que estoy a punto de decir. Tengo que hacerlo. Quiero que sea la primera en escuchar algo así de mis labios.
—¡Nadya! —la llamo.
Ella se detiene.
—¿Qué pasa, Demian?
—Te quiero. Desde hace mucho tiempo.
Nadya por fin se vuelve, corre hacia mí y me besa. Todo sucede tan deprisa que apenas tengo tiempo de sentir nada. Es como si una mariposa rozara mis labios durante un instante.
—Y yo a ti —susurra antes de salir corriendo.