4.
Nadya
Esa noche, la lluvia caía sin piedad. Papá dormitaba frente al televisor, aunque, por alguna razón, no quería acostarse de verdad. Mamá, mientras veía el enésimo episodio de otra telenovela interminable, tejía un jersey que luego me daría vergüenza llevar al colegio.
Les doy las buenas noches y me encierro en mi habitación.
Por fin tengo un teléfono con internet y me urge crearme perfiles en las redes sociales.
Con un poco de suerte, incluso podré llamar la atención de algún chico…
En internet una puede ser quien quiera; allí nadie sabe que, en realidad, soy una marginada con la autoestima por los suelos.
Sin embargo, ni siquiera llego a subir mi foto a la página cuando aparece un mensaje de Demian en la pantalla.
«¿No duermes?», me pregunta.
«No».
«Entonces, ¿puedo pasar?»
Me acerco a la ventana y corro la cortina.
La cortina de lluvia es tan espesa que tengo que apagar la luz para que mis ojos se acostumbren a la oscuridad y consigan distinguir algo.
Por fin diviso una figura alta y oscura, y, a su lado, un puntito de luz que sube y baja.
Al principio creo que es una luciérnaga.
Más tarde comprendo que no, que es un cigarrillo encendido.
Al notar que lo miro, Demian tira la colilla a un lado y, alumbrándose con la pantalla del móvil, lo agita por encima de la cabeza.
El corazón empieza a latirme más deprisa.
Tengo un mal presentimiento. Apostaría a que le ha pasado algo grave, porque, de lo contrario, no vendría hasta aquí bajo el aguacero.
Últimamente, casi no se deja ver. Quisiera creer que es porque las cosas han mejorado en su casa, pero no…
Demian pasa cada vez más tiempo con los chicos, con su manada.
Ahora se queda a dormir con ellos en un piso alquilado.
Y, aunque suene egoísta, me duele que ya no me necesite tanto como antes.
Sin importarme que mis padres todavía estén despiertos, abro la ventana y le hago señas para que entre.
—Hola —susurra Demian mientras salta torpemente por el alféizar.
Quiero decirle que ha perdido agilidad porque hace mucho que no entra así, pero, en el último momento, decido callarme. Es mejor alegrarme de que, al menos esta noche, me haya sorprendido con su presencia.
Al instante, se forma un charco bajo sus pies. Está empapado de pies a cabeza. Solo con mirarlo, me entra frío.
—Mis padres todavía no se han acostado.
—Lo sé, perdona. —Se quita la capucha, que no lo ha protegido en absoluto de la tormenta—. Es solo que necesitaba hablar con alguien.
Solo entonces me doy cuenta de que tiene los ojos rojos e hinchados. Demian ha llorado. Trato de recordar si alguna vez lo había visto así… No. Jamás había derramado una lágrima delante de mí.
Le apoyo la palma de la mano en la mejilla. La tiene helada, pero, en las yemas de mis dedos, noto lágrimas calientes. Así que no me equivocaba.
—¿Qué ha pasado?
Demian aparta la mirada. Le avergüenza mostrar sus emociones, aunque yo siempre le he dicho que es normal hacerlo. Eso de que «los hombres no lloran» me parece repugnante e injusto. Todos somos personas. Todos sentimos y tenemos derecho a expresarlo.
—Mi madre —dice al fin—. Ha caído del todo en las drogas. Hoy la he visto inyectarse en una vena. Esto es el fin, Nadya… Ya no hay manera de sacarla de ese pozo. Por más que lo he intentado… no ha servido de nada. Ya no me quedan fuerzas.
—Dios mío —exclamo, fingiendo sorpresa. En realidad, tanto él como yo sabíamos perfectamente que, tarde o temprano, pasaría. Su madre nunca tuvo fuerza de voluntad. Si no pudo dejar el alcohol, menos aún cumpliría su promesa de abandonar las drogas—. Lo siento mucho…
Abrazo a Demian y lo estrecho con fuerza contra mí.
Mi pijama se empapa al instante, pero no me importa.
Lo único que quiero es aliviar, aunque sea un poco, su dolor.
Al principio intenta apartarse, pero luego me rodea con los brazos y me devuelve el abrazo.
Parece que permanecemos así una eternidad.
—¿Puedo quedarme contigo? —pregunta al cabo de un rato.
—Nunca te lo he prohibido. Lo sabes.
—Lo sé —responde con una débil sonrisa.
—Quítate la ropa. La pondremos sobre el radiador para que se seque antes de la mañana.
Demian se sonroja y no entiendo por qué.
—No me digas que te da vergüenza —pongo los ojos en blanco—. Ni loca me lo creo.
—No.
—Entonces, ¿qué pasa?
—Nada, olvídalo.
Se quita la cazadora vaquera. La cojo y la escurro sobre una maceta. De uno de los bolsillos se le caen unas monedas, pero consigo poner el pie a tiempo para evitar que hagan ruido al chocar contra el suelo.
Luego se quita la camiseta. De pronto, me invade el pánico. Tiene el pecho cubierto de moretones del tamaño de una manzana y, en el abdomen, una herida tapada con una gasa doblada varias veces y sujeta con cinta adhesiva. Veo manchas de sangre que han traspasado la tela y siento ganas de gritar.
—¡Tranquila! —susurra Demian, con un ruego en la voz—. Solo es un rasguño. No es muy profundo.
Coge la manta de mi cama y se envuelve en ella, ocultándome la herida.
—¿De dónde ha salido? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
—Mi piso se ha convertido en un antro. Y allí no les gustan los críos engreídos que hacen ruido y echan a los invitados.
—¿Fue Yaroslav?
—No. Unos amigos suyos… —Demian me toma de la mano—. Eh, tranquila, no pasa nada. Yo les di más fuerte.
—¡Tienes una puñalada! ¿Cómo que no pasa nada?
—Fue un tenedor.
—¿Qué?
—No fue con un cuchillo —explica—. Me hicieron la herida con un tenedor.
—¿Y eso debería tranquilizarme?
—¿No lo consigue? —Se ríe sin motivo aparente.
—¡No! Tienes que ir al hospital. A la policía… Hay que… —digo, incapaz de quedarme quieta por la angustia—. Alguien tiene que protegerte. Se lo diré a mis padres. Ellos te ayudarán.
Demian sacude la cabeza.
—No se lo dirás a nadie. Si no, me mandarán a un centro de menores. No quiero perder mi libertad.
—¿Y prefieres perder la vida?
—No exageres —dice mientras se quita los vaqueros y los deja sobre el radiador—. Ya tengo un plan.
—Me da miedo preguntar cuál.
—Entonces no preguntes —se encoge de hombros—. Eh, ¿y mi saco de dormir? ¿Lo guardaste?
—No te acostarás hasta que te curemos esa herida. No quiero que se te infecte. Vete a saber qué bichos había en ese tenedor…
Por su expresión, noto que está a punto de discutir. Por suerte, al final cambia de idea.
—Está bien —suspira—. Si eso te tranquiliza.
—Espera aquí. Iré a por el botiquín.
Entro de puntillas en la cocina y abro el cajón donde guardamos las medicinas.
—¿Te encuentras mal? —La voz de mamá me hace dar un respingo.
Lentamente, como una delincuente atrapada in fraganti, me doy la vuelta para enfrentarme a ella. Ya lleva puesto el camisón, y me alegro en silencio de que pronto, por fin, ella y papá se vayan a dormir.
—Pues… me duele un poco la garganta —improviso al instante y toso para que resulte más creíble—. ¿Tenemos de esos caramelos para la garganta?
—Debe de haber alguno. —Mamá pasa a mi lado y guarda en la nevera la olla con las gachas que había preparado para mañana—. ¿Quieres que te prepare un té?
—¿Sabes qué? Sí, por favor —asiento—. Pero… ¿puedo tomármelo en mi habitación?
—Por supuesto.
Mamá prepara una taza de té de menta y le añade miel y limón: nuestro remedio casero para todos los males.
—¿No tienes fiebre? —Me apoya los labios en la frente con ternura—. Parece que estás bien.
—No te preocupes. Seguro que he forzado la voz en educación física. He animado demasiado al equipo de fútbol.
Mamá sonríe.
—Aun así, si mañana te encuentras mal, será mejor que no vayas al colegio.
—Está bien, gracias.
—Dulces sueños, cariño.
Por fin se va a su dormitorio y cierra la puerta. Siento un gran alivio… Por un momento, he pensado que nos descubriría. Ni siquiera quiero imaginar cómo reaccionarían mis padres si llegaran a ver a un chico prácticamente desnudo en mi habitación.
Me guardo en los bolsillos algodón, vendas y antisépticos. Cojo el té y vuelvo con Demian.
—Casi me había quedado dormido —murmura, frotándose los ojos.
—Perdona, mamá me ha entretenido. Por cierto… —Le tiendo la taza humeante—. Es para ti.
—Guau, genial.
Rodea la taza con ambas manos para calentárselas. Me siento frente a él y no consigo apartar la mirada de su herida. Imágenes horribles de lo que pudo haber pasado me invaden la cabeza. Y lo peor es que no es la primera vez…
—Ya está bien —digo, incapaz de aguantar más—. Tengo que ver lo profunda que es la herida.
Demian se levanta con gesto resignado. Todavía lleva la manta sobre los hombros y, con el pelo largo y mojado, parece un guerrero de alguna tribu salvaje.
Me tiemblan las manos de los nervios. Con cuidado, temiendo hacerle daño, le despego la cinta adhesiva.
—El material de papelería no sirve de mucho para curar heridas —comento cuando, junto con la cinta, le arranco también algunos pelos de la piel.
—Lo tendré en cuenta para la próxima vez.
—Espero que no haya una próxima vez… —Aparto la gasa. Ahora se ve claramente que no ha sido un simple pinchazo con un tenedor: se lo clavaron y lo arrastraron hacia abajo, desgarrándole la piel—. Uf… ¿Te acuerdas de cuando me atacó aquel perro del vecino?
—Ajá.
—Me rompió los pantalones… El agujero tenía el mismo aspecto que tu herida.
—Genial —pone los ojos en blanco—. ¿Tan mal está?
—Ajá… Voy a desinfectarla, pero, de todos modos, deberías ir al médico. Prométeme que mañana irás.
—De acuerdo —responde, aunque no le creo en absoluto. Para que Demian fuera al médico por voluntad propia tendría que ocurrir un milagro.
Empapo un algodón en alcohol y lo aplico sobre la piel. Sé que le duele muchísimo. Incluso yo siento el dolor como si la herida fuera mía.
—Aguanta un poco más —le suplico, conteniendo las lágrimas—. Ya casi he terminado…
—Nadya.
Dejo a un lado el algodón ensangrentado y empiezo a cortar la venda. Las malditas lágrimas no dejan de caer. Me da tanta lástima… Sería capaz de destrozar con mis propias manos a cualquiera que le hiciera daño a Demian. Y la primera sería su madre. Ella es la fuente de todo el mal.
—¡Nadya! —repite.
Levanto la vista.
—¿Qué?
—No llores. No me estoy muriendo.
—Pero siento como si me muriera cada vez que alguien te hace daño.
Él intenta responder. Abre la boca, pero al final se lo piensa mejor y se limita a apretarme la mano. A veces, eso dice más que mil palabras.
—Listo —le anuncio después de vendarle la herida con esmero. Puede que me haya pasado y haya usado dos rollos enteros, pero me gusta cómo ha quedado—. ¿Te he contado que sueño con estudiar Medicina?
—Solo un millón de veces.
—Pues felicidades: eres mi primer paciente. ¿Qué tal la experiencia?
—Ninguna queja. Solo un consejo… Aprende a no llorar cuando cures a otras personas. Si no, no te quedarán lágrimas para todos.
—Trato hecho. Las guardaré solo para ti.
Demian mira a su alrededor.
—Bueno, ¿y dónde está mi saco de dormir? —pregunta.
—Pues… —Me pongo nerviosa y empiezo a recoger la mesa—. Hacía tanto que no venías… que pensé que ya no lo querrías.
—Solo intentaba no darte más molestias.
—Tú no me molestas. Para nada —le aseguro—. Y ¿sabes qué? No quiero que duermas en el suelo. Mi sofá es amplio. Cabemos los dos. Yo usaré otra manta.
Me arden las mejillas. Rezo para que Demian no se burle de mi propuesta.
Pero él se limita a encogerse de hombros.
—Está bien, si así te sientes más cómoda.
Uf…