Si vuelves a mirarme así Capítulo 36
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Capítulo 36

Un mes después de la muerte de Ignacio, Montealto seguía echándole de menos en cada rincón, aunque poco a poco la casa había empezado a respirar de otra manera.

No era alegría completa, todavía no. Era algo más suave, más frágil, parecido a la luz que entra después de muchos días de lluvia.

Las flores volvieron a colocarse en los jarrones del salón, Irene empezó a cantar bajito mientras amasaba pan, Sonia recuperó sus comentarios disparatados sobre cualquier cosa y Rodolfo dejó de caminar por los pasillos con aquella solemnidad de notario en misa mayor.

Lucía y yo seguíamos llorando algunas noches, claro, porque la ausencia de nuestro padre era una herida reciente, pero también aprendimos a recordarlo sin que el dolor nos partiera en dos cada vez.

Yo ya era una Alcázar de pleno derecho.

Saberlo me provocaba una emoción difícil de explicar. No era orgullo por el dinero ni por la posición, sino por la verdad recuperada. Era mirar mi identidad y sentir que, por fin, alguien había colocado cada pieza en su sitio.

Hugo eligió precisamente una noche de verano para declararse, porque, según él, los hombres inteligentes esperan a que una mujer herede media bodega antes de confesar sentimientos profundos.

Estábamos en el jardín, junto al mismo magnolio bajo el que tantas veces había consolado a Lucía, cuando apareció con dos copas de champán y una expresión demasiado seria para no estar tramando algo.

—Tengo que decirte una cosa —empezó, sentándose a mi lado.

Le miré de reojo.

—Si vas a pedirme un aumento, habla con mi socia.

—¿Tu socia?

—Lucía. La otra jefa. La rubia con cara de no haber roto un plato y haber escondido la vajilla entera.

Hugo soltó una carcajada, pero enseguida volvió a mirarme con una intensidad que me dejó sin ganas de bromear.

—Te quiero, Aitana.

La frase llegó sencilla, sin adornos, sin rodeos innecesarios, y aun así consiguió que el mundo se detuviera durante unos segundos.

No dijo que se había enamorado poco a poco, ni que no podía vivir sin mí, ni ninguna de esas frases que en otro momento quizás me habrían hecho sonreír.

Solo lo dijo mirándome a los ojos, con una calma tan verdadera que se me llenaron los ojos de lágrimas antes de poder responder.

—Claro —murmuré, intentando salvarme con humor—. Ahora me quieres por mi dinero.

Hugo asintió con total seriedad.

—Por supuesto. No podría ser de otra manera. Siempre he tenido debilidad por las mujeres ricas, poderosas y capaces de despedirme si no me comporto.

La risa me salió mezclada con un sollozo.

—Eres idiota.

—Puede ser, pero soy un idiota enamorado.

Le miré, vi en sus ojos todo lo que llevaba meses creciendo entre nosotros sin que ninguno se atreviera a nombrarlo, y comprendí que Hugo nunca había intentado salvarme para hacerse imprescindible, ni retenerme cuando quise marcharme, ni convertirme en una parte cómoda de su vida.

Me había acompañado. Me había visto. Me había esperado.

—Yo también te quiero —le confesé al fin, con la voz temblándome más de lo que me habría gustado.

No me dejó añadir nada más.

Me besó con una ternura que enseguida se volvió risa porque yo choqué la nariz contra la suya y él fingió estar gravemente lesionado.

—Primer beso oficial y ya me agredes.

—Perdona, soy nueva rica, todavía no controlo mi fuerza.

Desde aquel día empezamos a salir, aunque en realidad todo Montealto pareció enterarse antes de que lo dijéramos.

Irene nos pilló besándonos en la despensa y salió fingiendo indignación porque, según ella, una cosa era que fuéramos propietarios y otra que bloqueáramos el acceso al aceite.

Sonia nos vio cogidos de la mano en el patio y gritó que por fin pasaba algo alegre en aquella casa.

Rodolfo, mucho más discreto, me entregó una bandeja con una sonrisa diminuta y murmuró que don Ignacio habría estado muy satisfecho.

Eso fue lo que más me emocionó.

Hugo me besaba a todas horas, como si llevara demasiado tiempo conteniéndose y ahora quisiera recuperar cada segundo perdido.

Me besaba al cruzarnos en el pasillo, al entrar en las bodegas, junto a los caballos, detrás de una puerta cuando Lucía empezaba a protestar porque aquello era empalagoso y en mitad de una reunión cuando yo le susurraba que se estaba pasando de empleado eficiente.

Y por primera vez en mi vida me sentí querida sin miedo, sin escondites, sin la sensación de estar ocupando un lugar que alguien podía arrebatarme.

Montealto también empezó a recuperar la alegría.

No la de antes, porque Ignacio seguía faltando, sino una nueva, construida sobre la verdad y sobre la certeza de que aquella casa ya no pertenecía a quienes imponían miedo, sino a quienes querían cuidarla.

Me involucré en las bodegas con una mezcla de torpeza inicial y entusiasmo absoluto, mientras Hugo ejercía de guía paciente, aunque a veces le amenazara con despedirlo solo para ver su cara de empleado explotado.

En ocasiones, me cruzaba con Jaime por esas mismas bodegas.

Apenas se paraba, tan solo ladeaba ligeramente la cabeza a modo de saludo y seguía su camino.

Ya no me importaba, había dejado de doler.

Hugo supo curar mis heridas. Ni Lucía ni yo quisimos perjudicarle.

Al fin y al cabo, durante mucho tiempo llevó en gran medida las riendas del negocio familiar junto con Ignacio y su experiencia nos valía.

La gran fiesta llegó a finales de verano.

Lucía anunció su compromiso con Jacobo en Montealto, durante una celebración aristocrática y preciosa que llenó los jardines de luces, música, flores blancas y ese murmullo elegante de familias antiguas que saben pronunciar apellidos compuestos sin despeinarse.

Ella apareció con un vestido largo color champán, radiante, feliz, agarrada del brazo de Jacobo, que la miraba como si acabara de descubrir el único lugar del mundo donde quería quedarse.

Cuando levantaron las copas para brindar, Lucía me buscó entre los invitados.

Yo estaba junto a Hugo, con su mano apoyada en mi cintura y el corazón lleno de una felicidad tranquila.

Mi hermana sonrió.

Y en aquella sonrisa entendí que, pese a todo lo perdido, Montealto seguía teniendo futuro.

Uno nuestro.

Uno limpio.

Uno lleno de risas, de amor y de recuerdos nuevos.

Hugo se inclinó hacia mi oído mientras todos aplaudían.

—¿Crees que tu socia me concederá el honor para bailar contigo?

Sonreí sin apartar la vista de Lucía.

—Dependerá de tu rendimiento.

Él me besó la sien.

—Entonces pienso esforzarme muchísimo.

Y mientras la música comenzaba a sonar bajo las luces del jardín, supe que Ignacio habría sonreído al vernos allí, juntos, cuidando por fin de la casa que siempre soñó dejar en buenas manos.

La fiesta se fue apagando poco a poco, como esas noches felices que nadie quiere terminar y que, sin embargo, el tiempo acaba envolviendo en un silencio dulce.

Los últimos invitados abandonaban los jardines de Montealto mientras las guirnaldas seguían iluminando los caminos y el perfume de los jazmines permanecía suspendido en el aire.

Hugo tomó mi mano sin decir una palabra.

Bastó aquel gesto para que comprendiera que también necesitaba un instante de calma después de tantas emociones compartidas.

Subimos despacio la gran escalera de la casa, dejando atrás las últimas risas que todavía llegaban desde la terraza. Al cruzar la puerta del dormitorio, todo quedó en silencio. Solo se escuchaba el rumor lejano de la fuente del patio y el canto de algún grillo perdido entre los árboles.

Me giré para mirarlo.

Él seguía observándome con una intensidad tranquila, casi emocionada, como si aún no terminara de creer que la vida hubiera decidido cruzar nuestros caminos precisamente cuando ambos más lo necesitábamos.

—Estás preciosa —susurró.

Sonreí bajando la mirada hacia el vestido.

—Eso dices porque has bebido dos copas de vino.

Negó divertido.

—Precisamente por eso sé distinguir la belleza cuando la tengo delante.

La risa escapó de mis labios y, antes de que pudiera responder, se acercó despacio para apartar con infinita delicadeza un mechón de cabello que había escapado del recogido.

Sus dedos rozaron apenas mi mejilla y el corazón volvió a latirme con esa fuerza que tantas veces había sentido durante las últimas semanas.

No había prisa.

La noche parecía pertenecer únicamente a los dos.

Me abrazó con suavidad y permanecimos así unos instantes, escuchando el silencio de Montealto, respirando al mismo ritmo y dejando que todas las heridas de los meses anteriores fueran perdiendo importancia entre aquella calma inesperada.

Cuando sus labios encontraron los míos, el beso fue lento, lleno de ternura y de promesas silenciosas.

No hablaba solo del presente, sino también de todos los días que estaban por llegar, de las mañanas compartidas, de las discusiones absurdas por el café, de las vendimias futuras y de las noches de verano sentados en el porche viendo apagarse el sol sobre los viñedos.

Apoyé la frente contra la suya y cerré los ojos.

Nunca me había sentido tan segura.

Tan querida.

Tan en paz.

Él sonrió al verme emocionada.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto?

Negué despacio.

—Que ya puedo gritar a los cuatro vientos que te amo.

—Pues no grites tanto o despertarás a la finca entera.

Miré alrededor, hacia aquel dormitorio (uno de los principales de la casa), que ya comenzábamos a sentir como nuestro refugio íntimo, y pensé en todo lo que había cambiado en tan poco tiempo.

Perdí a un padre justo cuando lo encontré, descubrí una hermana, una familia y un apellido, pero también hallé algo que jamás imaginé que llegaría a mi vida: un amor tranquilo, limpio y paciente, de esos que no necesitan anunciarse para demostrar que han venido a quedarse.

Fuera, la luna seguía iluminando Montealto.

Dentro, abrazados el uno al otro, sentimos que el futuro dejaba por fin de dar miedo.