Epílogo
Un año después, la emoción regresó a Montealto con una fuerza arrolladora.
Los rosales volvían a trepar por los viejos muros de piedra, las glicinas caían en cascada sobre los porches blancos y el perfume de los naranjos en flor se mezclaba con el de los viñedos que despertaban bajo el sol andaluz.
La finca había recuperado poco a poco las risas, el bullicio de las visitas y el sonido de las copas brindando al atardecer, como si la propia tierra se hubiera empeñado en demostrar que, por muy duro que hubiera sido el pasado, la vida siempre encontraba el modo de florecer.
Aquella mañana, además, Montealto amaneció especialmente hermoso.
Desde primera hora, jardineros, cocineros, músicos y camareros recorrían los jardines ultimando cada detalle mientras las campanas de la pequeña capilla familiar sonaban sobre las encinas anunciando un día destinado a quedarse para siempre en la memoria de todos.
Porque, por fin, llegaba mi turno.
Nunca soñé con un vestido espectacular ni con una cola interminable.
Mi madre siempre decía que la elegancia no necesitaba exageraciones y, mientras Irene terminaba de colocar el velo sobre mi cabello, comprendí que había acertado.
El vestido abrazaba mi silueta con una sencillez casi perfecta, caía limpio hasta el suelo y dejaba la espalda cubierta únicamente por un delicado encaje que parecía dibujado sobre la piel.
Era exactamente el vestido que ella habría querido verme llevar algún día.
Cuando levanté la vista hacia el espejo, nadie habló.
Irene empezó a llorar.
Sonia la imitó apenas unos segundos después.
Hasta Rodolfo carraspeó varias veces mientras fingía revisar el nudo de su corbata.
—Como sigáis así, llegaré al altar llorando con hipo.
Entonces apareció Lucía.
Se quedó petrificada junto a la puerta.
Me observó unos segundos.
Y terminó echándose a llorar igual que el resto.
Corrimos a abrazarnos.
—Papá estaría tan orgulloso...
Nos abrazamos largo rato hasta que Sonia protestó.
—Como no salgáis ya, Hugo va a desmayarse antes del sí quiero.
La pequeña capilla de Montealto estaba abarrotada.
Las flores blancas cubrían el altar y el aroma del azahar se mezclaba con el incienso que comenzaba a llenar el templo.
Familias enteras, amigos, trabajadores de la finca y medio Jerez ocupaban los bancos mientras un cuarteto de cuerda interpretaba una melodía suave que hacía todavía más difícil contener la emoción.
Hugo esperaba junto al sacerdote.
Nunca le había visto tan nervioso.
Movía una mano dentro del bolsillo de la chaqueta de su frac, una y otra vez, respiraba más deprisa de lo normal y no dejaba de mirar hacia la puerta.
Hasta que se percató de mi presencia.
Nuestros ojos se encontraron.
Y el tiempo dejó de existir.
Vi cómo tragaba saliva.
Vi cómo sonreía.
Y vi también cómo una lágrima escapaba sin permiso por su mejilla.
Cuando llegué hasta él, tomó mis manos con una delicadeza conmovedora.
—Me acabo de enamorar más.
Sonreí.
—Era lo previsible.
Él soltó una pequeña risa.
Y los nervios desaparecieron.
La ceremonia transcurrió envuelta en una emoción constante hasta que el sacerdote nos invitó a dirigir unas palabras.
Respiré profundamente.
Miré el pequeño ramo de azucenas colocado junto al altar.
Allí descansaban dos fotografías discretas.
Mi madre.
Ignacio.
Noté cómo el corazón se aceleraba.
—Siempre soñé con que este día llegaría del brazo de mi padre.
Mi voz comenzó a temblar.
—Y la vida quiso que lo encontrara demasiado tarde.
El silencio era absoluto.
—Pero también quiso regalarme el tiempo suficiente para descubrir quién era realmente, para llamarlo papá y para decirle que lo quería antes de despedirnos.
Las lágrimas corrían ya sin remedio.
—Y a ti, mamá... gracias por enseñarme que la bondad siempre termina encontrando su recompensa. Este vestido era el que soñabas para mí y hoy siento que me acompañas en cada paso que doy.
No pude seguir.
Hugo me apretó la mano.
El aplauso que llenó la capilla consiguió que sonriera entre lágrimas.
La celebración comenzó apenas salimos al jardín.
Mesas interminables decoradas con buganvillas y olivos, guitarras, cajones, palmas y un ejército de cocineros que llenaban el aire de olor a jamón, queso curado, pescaíto frito y vino de nuestras bodegas componían una escena que parecía sacada de un sueño.
Hubo sevillanas.
Hubo risas.
Hubo niños corriendo entre los árboles.
Hasta Rodolfo terminó bailando con Irene mientras Sonia afirmaba que aquello merecía retransmisión nacional.
Hugo no dejó de besarme en toda la tarde.
En la frente.
En la mejilla.
En la mano.
En el pelo.
Cada pocos minutos encontraba una excusa distinta para acercarse.
—¿Piensas dejarme respirar?
Él negó muy serio.
—No entra en mis planes.
—Qué pesado eres.
—Ahora soy tu marido. Tengo licencia oficial.
Caía ya la tarde cuando un pequeño detalle llamó mi atención.
Lucía seguía sosteniendo la misma copa.
Llena.
No había probado ni una gota de vino.
Ella.
La mujer que discutía con los enólogos sobre el mejor fino de la bodega.
Esperé hasta encontrarla sola junto a la fuente.
La tomé del brazo.
—¿Qué pasa contigo?
Me miró fingiendo inocencia.
—¿Conmigo?
Señalé la copa.
—No has bebido nada y siempre me advertiste que te emborracharías como un piojo el día que me casara.
Sus ojos comenzaron a brillar.
Después bajó lentamente la vista hacia su vientre.
Y sonrió.
Sentí que el aire desaparecía.
—No...
Asintió muy despacio.
—Dos meses.
Las dos rompimos a llorar en mitad del jardín.
Nos abrazamos tan fuerte que casi perdimos el equilibrio mientras las guitarras seguían sonando y las palmas acompañaban un cante por alegrías a pocos metros.
—¿Por qué no me lo habías dicho?
Lucía soltó una pequeña risa.
—Porque hoy era tu día.
Apoyé una mano sobre su vientre.
Y volví a abrazarla.
En ese instante, Hugo y Jacobo llegaron hasta nosotras.
Bastó ver nuestras caras para comprender que algo maravilloso acababa de suceder.
Un minuto después los cuatro llorábamos y reíamos al mismo tiempo bajo la sombra de los naranjos.
Al levantar la vista hacia la casa, vi las ventanas abiertas, las flores, las luces encendidas y los viñedos perdiéndose en el horizonte.
Y tuve la certeza de que Ignacio y mi madre, dondequiera que estuvieran, sonreían contemplando aquella escena.
Porque Montealto volvía a estar lleno de amor.
Y porque la siguiente generación ya venía de camino para seguir escribiendo la historia de aquella familia que el destino rompió durante años y que, al final, terminó encontrando el modo más hermoso de volver a unirse.