Si vuelves a mirarme así Capítulo 35
95%

Capítulo 35

La madrugada llegó envuelta en un silencio extraño.

No era el silencio habitual de Montealto cuando todos dormían y apenas se escuchaba el viento moviendo las hojas de los olivos o algún perro ladrando a lo lejos.

Era un silencio mucho más profundo, casi solemne, como si la propia finca supiera que estaba a punto de despedirse del hombre que le había dedicado toda una vida.

Ignacio llevaba horas sin abrir apenas los ojos.

La respiración se volvió lenta, irregular, y cada inspiración parecía exigirle un esfuerzo enorme.

Los médicos nos explicaron que aquel momento llegaría pronto y recomendaron mantener la habitación tranquila, sin demasiada gente entrando y saliendo, pero ninguno de nosotros fue capaz de apartarse de su lado.

Lucía permanecía sentada a su derecha.

Yo ocupaba la izquierda.

Y Hugo permanecía junto al cabecero de la cama, de pie, sosteniendo una de las manos de ese hombre al que también consideraba su padre mientras intentaba aparentar una fortaleza que hacía tiempo había dejado de sentir.

La luz del amanecer comenzaba a filtrarse entre las cortinas cuando Ignacio abrió lentamente los ojos.

Nos miró a los tres.

Durante unos segundos no dijo nada.

Solo sonrió.

Una sonrisa cansada.

Pero inmensamente feliz.

Movió ligeramente los dedos y comprendimos que quería que nos acercáramos todavía más.

Lucía rompió a llorar antes incluso de inclinarse sobre la cama.

Yo también.

Hugo tragó saliva y acercó una silla hasta quedar prácticamente pegado al colchón.

Ignacio reunió las pocas fuerzas que le quedaban.

Primero buscó la mano de Lucía.

Después la mía.

Finalmente extendió la otra hacia Hugo.

Nos unió a los tres sobre las sábanas blancas.

Y así permanecimos unos instantes.

Como una familia.

La familia que siempre debió existir.

Su voz apenas era un susurro.

—Cuidaos mucho.

Las lágrimas corrían sin descanso por nuestras mejillas.

Lucía negaba una y otra vez.

—No te vayas, papá.

Ignacio le acarició la mano con infinita dulzura.

Después giró despacio la cabeza hacia mí.

Nuestros ojos se encontraron.

No hicieron falta más explicaciones.

Todo estaba dicho.

Todo estaba perdonado.

Todo estaba comprendido.

Sonrió una última vez.

—Hija...

Aquella palabra terminó de romperme.

Me incliné sobre él y besé su frente mientras las lágrimas caían sobre las sábanas.

—Te quiero.

Lucía me imitó.

Él cerró los ojos.

Muy despacio.

Después volvió la cabeza hacia Hugo.

Le sostuvo la mirada apenas unos segundos.

Y asintió.

Fue un gesto pequeño.

Pero lleno de significado.

Como si estuviera entregándole Montealto, su familia y todo aquello que había construido durante tantos años.

Hugo apenas pudo responder.

Solo consiguió inclinar la cabeza mientras las lágrimas resbalaban en silencio por su rostro.

Nadie habló durante los siguientes minutos.

La respiración de Ignacio fue haciéndose cada vez más pausada.

Más débil.

Más lejana.

Hasta que, sencillamente, dejó de escucharse.

El tiempo pareció detenerse.

Lucía rompió en un llanto desgarrador y se abrazó a su padre.

Yo apoyé la frente sobre el colchón, incapaz de asumir que acababa de marcharse.

Hugo permaneció inmóvil unos instantes.

Después cerró con delicadeza los ojos de Ignacio y apoyó una mano sobre su pecho.

Nadie pronunció una palabra.

Solo lloramos.

Los tres juntos.

Agarrados unos a otros.

Como si el dolor compartido pudiera hacerse un poco más pequeño.

Un rato después, cuando conseguimos serenarnos lo suficiente para levantarnos, Hugo respiró profundamente y salió del dormitorio.

Bajó la gran escalera de Montealto con paso lento mientras el resto de la casa seguía ignorando que acababa de perder a quien había sido su alma durante tantos años.

El servicio comenzaba la jornada.

Irene preparaba café.

Rodolfo revisaba unas facturas.

Sonia colocaba flores en el salón.

Al verlo aparecer, comprendieron inmediatamente que algo había ocurrido.

Nadie necesitó preguntar.

Hugo permaneció unos segundos en silencio antes de hablar.

La emoción apenas le permitió mantener la voz firme.

—Don Ignacio... ha fallecido.

Las lágrimas aparecieron de inmediato.

Irene dejó caer la bandeja que llevaba entre las manos.

Rodolfo se quitó las gafas mientras intentaba disimular que estaba llorando.

Sonia rompió a sollozar abrazándose a Germán.

Durante unos minutos Montealto entero lloró a su dueño.

Pero también al hombre bueno que conocía el nombre de todos los trabajadores, el que preguntaba por sus familias, el que ayudó a medio pueblo cuando las cosas iban mal y que nunca dejó de sentirse uno más entre quienes habían compartido con él toda una vida.

Las horas siguientes transcurrieron envueltas en una actividad frenética.

Hugo asumió cada decisión con una serenidad admirable. Habló con el sacerdote, con la funeraria y con las autoridades necesarias mientras Rodolfo coordinaba discretamente todos los preparativos.

Ignacio sería velado en Montealto.

Como él había querido.

El gran salón principal fue transformándose poco a poco en un lugar de recogimiento.

Grandes centros de flores blancas comenzaron a llegar desde todos los rincones de Andalucía, los candelabros fueron encendidos, las cortinas permanecieron abiertas para dejar entrar la luz de la tarde y el piano permaneció cerrado bajo un enorme ramo de azucenas.

La noticia de su fallecimiento corrió por toda la provincia en cuestión de horas, como si de pólvora se tratase.

Empresarios, bodegueros, alcaldes, antiguos trabajadores, amigos de juventud y familias enteras comenzaron a acercarse a la finca para despedirse de quien muchos consideraban uno de los grandes referentes de la zona.

No solo acudían a despedir al empresario.

Acudían a despedir al hombre.

Lucía y yo nos vestimos completamente de negro.

Dos vestidos sencillos.

Sin una sola joya.

El cabello recogido.

Los ojos hinchados de tanto llorar.

Permanecimos juntas junto a la entrada del gran salón recibiendo uno a uno a quienes llegaban para presentar sus respetos. Jacobo no se separaba de su lado.

Nuestras manos permanecían entrelazadas.

A veces era ella quien me sostenía.

Otras veces era yo quien impedía que se derrumbara.

Y, unos pasos por detrás, Hugo recibía también a los asistentes con una dignidad que ocultaba a duras penas el inmenso vacío que acababa de instalarse para siempre en Montealto.

La casa estaba llena de flores, de abrazos y de silencios respetuosos.

Pero, por encima de todo, estaba llena del recuerdo de Ignacio Alcázar.

Jaime apareció, tímido y solo, y su hermano le acogió entre sus brazos cuando se derrumbó, en un gesto que le honraba. Luego se acercó a nosotras y nos transmitió sus condolencias. A continuación, se marchó.

Y mientras las primeras campanas de la pequeña capilla familiar comenzaban a sonar anunciando la misa que tendría lugar al día siguiente antes de su descanso definitivo en el panteón donde reposaban sus antepasados, comprendimos que había hombres cuya ausencia no dejaba solo un hueco en una familia.

Dejaba un vacío imposible de llenar en toda una tierra.