Capítulo 34
Los días comenzaron a perder nombre.
Ya no importaba si era lunes o jueves, si amanecía soleado o caía una fina lluvia primaveral sobre los viñedos de Montealto, porque toda la casa parecía girar alrededor de una única habitación donde el tiempo avanzaba mucho más deprisa que en el resto del mundo.
Ignacio apenas abandonaba la cama. Los médicos insistían en ingresarlo para controlar mejor el dolor, pero él se negaba una y otra vez con una serenidad imposible de discutir, afirmando que había nacido entre aquellas paredes y que también quería despedirse de la vida mirando los mismos jardines que contempló desde su niñez.
Nadie volvió a insistir.
Todos comprendimos que aquella era su última voluntad.
Lucía y yo terminamos organizándonos sin necesidad de hablarlo demasiado.
Una le subía la bandeja del desayuno mientras la otra permanecía a su lado; después intercambiábamos los papeles, leíamos junto a él, abríamos las ventanas para que entrara el aire de la mañana o simplemente permanecíamos sentadas a ambos lados de la cama, sujetándole una mano mientras él dormitaba unos minutos con esa respiración lenta que cada día parecía hacerse un poco más débil.
A veces despertaba de repente y nos encontraba allí.
Entonces sonreía.
Y aquella sonrisa, aunque cada vez resultaba más cansada, seguía teniendo la capacidad de iluminar toda la habitación.
—Parece que tengo dos carceleras.
Lucía siempre respondía igual.
—Más bien dos guardaespaldas.
Yo añadía:
—Y bastante pesadas.
Él soltaba una risa baja que terminaba convirtiéndose en tos, obligándonos a acercarle el vaso de agua mientras nos regañaba porque, según decía, nos preocupábamos demasiado por un viejo testarudo.
Sin embargo, las dos sabíamos que el deterioro avanzaba deprisa.
Cada mañana le costaba un poco más incorporarse, cada paseo hasta el ventanal requería más esfuerzo y las conversaciones largas terminaban agotándolo hasta el punto de quedarse dormido a mitad de una frase.
Aun así, nunca perdió la elegancia ni esa forma tranquila de afrontar la vida que siempre había transmitido seguridad a cuantos lo rodeaban.
Intentábamos que se riera siempre que podíamos.
Lucía recuperó viejas fotografías familiares y pasó una tarde entera burlándose de los peinados imposibles que había llevado durante la adolescencia mientras Ignacio afirmaba que aquello no era una hija, sino un castigo divino.
Yo encontré una imagen en la que él aparecía montando a caballo con unos pantalones acampanados impensables y pasamos casi diez minutos asegurando que parecía un cantante de los setenta, algo que consiguió que terminara riéndose hasta quedarse sin respiración.
—No os burléis demasiado de vuestro padre, que aún puedo desheredaros.
Lucía y yo nos mirábamos entonces.
Y después volvíamos a reír.
Aquella palabra seguía resultando milagrosa.
Padre.
Cada vez que la pronunciaba parecía recuperar un pedacito de todo el tiempo que nos habían robado.
Hugo también permanecía casi siempre en Montealto.
Había dejado a un lado reuniones, viajes y compromisos para ocuparse personalmente de las bodegas desde la finca y pasar el mayor tiempo posible junto a Ignacio, a quien consideraba su verdadero padre, porque el suyo no ejercía como tal.
Entre él e Ignacio existía una complicidad tranquila, construida sobre años de respeto mutuo, que ahora se había transformado en un cariño todavía más profundo.
Más de una noche me los encontré hablando en voz baja mientras repasaban cuentas o recordaban anécdotas antiguas y, aunque el cansancio se dibujaba ya en el rostro del enfermo, bastaba escuchar a Hugo para que una sonrisa volviera a aparecer en sus labios.
—Has resultado mejor hijo de lo que merecía.
Aquella tarde Ignacio lo dijo casi en un susurro.
Hugo permaneció unos segundos en silencio.
Después se acercó hasta la cama.
Le tomó la mano.
Y respondió con una sencillez que consiguió emocionarnos a todos.
—He tenido el mejor ejemplo posible.
—No, yo no siempre hice las cosas bien. Aitana es la prueba viviente de ello.
—No te tortures —le respondió al ver sus ojos húmedos.
Ignacio cerró los ojos un instante. No me había visto, por lo que di unos pasos hacia atrás y salí con sigilo de la habitación. Ya hablaría con él en otro momento sobre la cuestión.
Mientras tanto, Jaime apenas aparecía por la casa.
Después del enfrentamiento con Beatriz decidió marcharse con su madre y Patricia a una finca cercana perteneciente a la familia, aunque seguía ocupándose de parte del trabajo en las bodegas porque Ignacio no lo apartó de sus responsabilidades.
No había participado directamente en el complot y, pese a la enorme decepción que sentía hacia él, consideraba que todavía merecía una oportunidad para encontrar su propio camino lejos de la influencia de Beatriz.
Su presencia en Montealto era cada vez más escasa.
Entraba temprano, revisaba algunos asuntos con Hugo y desaparecía antes de la hora del almuerzo sin apenas cruzarse con nadie.
Aquello, lejos de provocar tristeza, trajo una paz inesperada a la casa.
Lucía ya no tenía que soportar discusiones continuas, yo había dejado de sentir aquel dolor punzante que durante meses me acompañó al verlo aparecer y hasta Irene aseguraba que el ambiente en la cocina resultaba mucho más ligero desde que la tensión había desaparecido.
Las tardes eran las horas favoritas de Ignacio.
Pedía que abrieran por completo los balcones del dormitorio para escuchar el viento moviendo las hojas de los olivos y el rumor lejano de los tractores entre los viñedos.
Algunas veces, Hugo subía una guitarra antigua que llevaba años colgada en un salón y tocaba muy despacio viejas sevillanas que el enfermo conocía de memoria.
Lucía cantaba fatal, yo todavía peor, pero la escena terminaba convirtiéndose en una especie de concierto improvisado donde las risas se mezclaban con alguna lágrima inevitable.
Una tarde incluso conseguimos convencerlo para que eligiera cuál de las dos cocinaba mejor.
Probó una cucharada del arroz que preparó Lucía.
Después otra del mío.
Permaneció varios segundos pensativo.
Y terminó sentenciando con absoluta solemnidad:
—Creo que lo mejor será seguir comiendo lo que haga Irene.
La carcajada que soltamos los cuatro se escuchó por toda la planta.
Hasta Rodolfo asomó la cabeza creyendo que ocurría algo.
Y durante unos minutos Montealto volvió a parecer la casa feliz que siempre fue antes de que las mentiras empezaran a levantar muros entre quienes más se querían.
Al caer la noche, cuando Lucía se quedaba dormida apoyada sobre el colchón y Hugo salía un momento para atender alguna llamada relacionada con las bodegas, yo solía acercarme hasta la ventana del dormitorio.
Desde allí contemplaba la inmensidad de la finca iluminada por la luna y comprendía que la vida tenía una forma extraña de ordenar las piezas cuando uno menos lo esperaba.
Había llegado a creer que no pertenecía a ninguna parte.
Y ahora descubría que tenía una hermana, un padre que me quiso en silencio durante toda una vida y una familia que, pese a las heridas y los errores, intentaba reconstruirse cuando el tiempo ya casi se había agotado.
Por eso, cada vez que Ignacio abría los ojos y nos encontraba allí, Lucía a un lado de la cama, yo al otro y Hugo sentado junto a la ventana con la guitarra entre las manos, sonreía satisfecho y repetía siempre la misma frase, convencido de que esa imagen era el mejor regalo que podía llevarse consigo.
—Ahora sí... ahora Montealto vuelve a parecer un hogar.
Una de esas noches, antes de que nos marcháramos a dormir, mi padre me pidió que me quedase. Me comentó que debía preguntarme una cosa y yo sabía cuál era esa pregunta mucho antes de que la formulara, por lo que adelanté.
—Aitana, sé que te estás comportando como una verdadera hija conmigo, pero en ciertos momentos no puedo evitar pensar que quizás, en el fondo de tu generoso corazón, una parte de ti me odie. Una parte que no dejes salir porque eres buena, muy buena, y porque no quieres que Lucía sufra.
Le tomé la mano y la apreté con toda la fuerza que fui capaz de reunir mientras las lágrimas brotaban de mis ojos.
Ya no lloraba solo por el tiempo perdido ni por los años en los que ignoré quién era realmente, sino porque comprendía el peso que él había cargado sobre los hombros durante toda una vida.
—No te guardo rencor, papá.
Pronuncié aquella palabra despacio, saboreándola, consciente de que llevaba demasiados años esperándome.
—De verdad que no. Ojalá todo hubiera sido distinto, ojalá hubiéramos podido vivir como una familia normal, pero también sé que naciste y creciste en una época diferente, en un mundo donde el apellido Alcázar era casi una institución y donde las apariencias pesaban más que los propios sentimientos.
Defendiste lo que creías que debías defender y, aunque te equivocaste, nunca dejaste de quererme. Eso ya lo sé, y con eso me basta.
Sonreí entre lágrimas mientras acariciaba lentamente su mano.
—Además, ya no queda ninguna mentira entre nosotros.
Me has reconocido como hija y dentro de muy poco también llevaré oficialmente tu apellido.
Pensar que un día miraré mi DNI y leeré "Aitana Suárez Alcázar" me parece un sueño precioso, uno que mi madre habría celebrado contigo y conmigo hasta quedarse sin voz.
Y si conservaré su apellido como el primero es por razones obvias, porque ella se lo merece, pero no porque ser una Alcázar no me haga una tremenda ilusión.
Tomé aire y apoyé la frente contra sus dedos.
—No quiero que te marches con culpa, sino con paz.
Porque no has perdido una hija; al contrario, acabas de encontrarla.
Y yo también te he encontrado a ti. Aunque haya sido tarde, aunque nos hayan robado demasiados años, pienso aprovechar cada minuto que nos quede para quererte con toda la fuerza que no pude darte cuando era una niña.
Volví a mirarlo sonriendo.
—Así que deja de pedir perdón. Ya eres mi padre. Y eso nadie podrá arrebatárnoslo jamás.
En aquellos días grises, en los que la enfermedad de Ignacio parecía ir apagando poco a poco la luz de Montealto, Hugo terminó convirtiéndose en el eje silencioso que sostenía la casa sin que apenas nadie se diera cuenta.
Con Lucía actuaba como el hermano mayor que siempre había necesitado.
La abrazaba cuando rompía a llorar, le preparaba un café cuando llevaba horas sin comer y conseguía distraerla recordando anécdotas de su adolescencia o burlándose de sí mismo hasta verla sonreír entre lágrimas.
Había recuperado el tiempo perdido con una naturalidad tan hermosa que daba la impresión de que jamás se hubieran separado.
Por supuesto que Jacobo también estaba muy presente en la vida de su novia, a quien visitaba a diario y le ofrecía todo su amor, pero al joven también le sobraba sensatez para saber que se trataba de una desgracia muy íntima familiar y que ella también necesitaba tiempo que pasar con nosotros; conmigo, que era su hermana, y con Hugo.
Y volviendo a Hugo, conmigo, sin embargo, todo era diferente.
No existía incomodidad ni palabras pendientes, pero tampoco la confianza inocente de dos hermanos.
Entre nosotros seguía flotando aquella corriente silenciosa que comenzó incluso antes de que mi vida se pusiera patas arriba, una emoción contenida que ninguno parecía dispuesto a nombrar porque el momento no pertenecía al amor, sino a la despedida de un hombre al que ambos queríamos profundamente.
Él nunca intentó retenerme cuando decidí marcharme a Londres.
Al contrario, fue el primero en animarme a buscar mi camino, y quizás por eso cada gesto suyo resultaba todavía más sincero.
En ese momento, supo que entender que mi lugar estaba fuera de Montealto, igual que ahora entendía que no podrían sacarme de allí ni a cañonazos.
Sus abrazos se prolongaban un segundo más de lo necesario, sus miradas encontraban las mías incluso en las habitaciones llenas de gente y, cuando nuestras manos se rozaban al alcanzar el mismo vaso o al acomodar una manta sobre Ignacio, los dos apartábamos la vista con una sonrisa tímida que decía mucho más de lo que cualquiera de nosotros se habría atrevido a pronunciar.
Una noche salimos a respirar al jardín mientras Lucía dormía agotada junto a su padre.
Montealto permanecía completamente en silencio, envuelto por el olor de los jazmines y el rumor lejano del viento entre los viñedos.
Me senté en un banco de piedra sin fuerzas para seguir fingiendo que todo iba bien y, sin darme cuenta, terminé apoyando la cabeza sobre el hombro de Hugo.
Él no dijo nada.
Simplemente pasó un brazo alrededor de mi espalda y me dejó llorar.
Cuando conseguí tranquilizarme un poco, levanté la vista hacia el cielo oscuro y confesé en voz baja el miedo que llevaba días intentando esconder.
—Tengo pánico de que llegue ese momento.
Noté cómo él apretaba ligeramente el abrazo.
—Lo sé.
—Y también tengo miedo de quedarme sola. De sentir la soledad de su marcha, porque tendremos que sostener a Lucía, pero…
Aquellas palabras salieron casi sin pensar, pero ya era demasiado tarde para retirarlas.
Hugo giró despacio la cabeza hacia mí y sostuvo mi mirada con una serenidad que consiguió aliviar parte del dolor que llevaba dentro. Y entonces no dejó que terminara la frase.
—Escúchame bien, Aitana. Cuando llegue ese día lloraremos todo lo que haga falta, nos caeremos si es necesario y echaremos de menos a Ignacio durante el resto de nuestras vidas, pero tú no volverás a sentirte sola nunca más.
Me tomó la mano con suavidad.
—Te lo juro.
No añadió nada más.
Tampoco fue necesario.
Porque, mientras permanecíamos allí sentados bajo la luz tenue de la luna, comprendí que algunas personas llegan sin hacer ruido y terminan convirtiéndose en el refugio que uno llevaba toda la vida buscando sin saberlo.