Si vuelves a mirarme así Capítulo 33
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Capítulo 33

Salí del dormitorio de Ignacio sin saber muy bien cómo había conseguido mover las piernas. Sentía el pecho tan lleno que apenas podía respirar y las lágrimas seguían cayendo sin descanso, aunque ya no eran únicamente lágrimas de tristeza.

Había dolor, sí, porque acababa de descubrir que perdí durante toda una vida al padre que siempre había tenido delante sin saberlo, pero también existía una felicidad imposible de explicar con palabras, una sensación extraña que mezclaba el vacío de los años perdidos con la certeza maravillosa de haber encontrado, cuando menos lo esperaba, el lugar al que siempre había pertenecido.

Recorrí el pasillo casi a la carrera, bajé las escaleras sin apenas tocar los peldaños y atravesé el salón buscando desesperadamente a Lucía.

La encontré en la biblioteca, sentada junto a la ventana.

Al verme entrar levantó la cabeza y bastó una sola mirada para que comprendiera que algo enorme acababa de ocurrir.

Se puso en pie inmediatamente.

—¿Qué pasa?

Intenté hablar.

No pude.

Las palabras se quedaron atrapadas entre los sollozos y únicamente conseguí negar una y otra vez mientras las lágrimas volvían a desbordarse.

Lucía cruzó la habitación en apenas dos pasos y me sujetó por los hombros.

—Aitana, por Dios, dime qué pasa.

Tomé aire como pude.

Sentía el corazón golpeándome el pecho con tanta fuerza que apenas era capaz de ordenar las ideas.

Entonces la miré directamente a los ojos.

—Somos hermanas.

El silencio fue absoluto.

Lucía tardó varios segundos en reaccionar.

Parpadeó.

Frunció ligeramente el ceño.

Y después soltó una pequeña risa nerviosa, convencida de que el disgusto me había hecho perder el juicio.

—¿Qué dices?

Negué mientras seguía llorando.

—Es verdad.

Me llevé una mano al pecho intentando tranquilizarme.

—Tu padre...

La voz volvió a romperse.

—Nuestro padre.

Lucía abrió lentamente la boca.

Todo el color desapareció de su rostro.

Durante unos instantes permaneció completamente sin reacción, sin pestañear siquiera, hasta que comprendió que aquello no era una broma ni un delirio provocado por el cansancio.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—No...

Asentí.

—Sí.

Le conté, entre lágrimas y respiraciones entrecortadas, todo lo que Ignacio acababa de confesarme.

Le hablé de mi madre, de la suya, de aquella historia de amor imposible, del miedo al escándalo, de la promesa incumplida y del testamento que pensaba dejar preparado para reconocerme por fin como hija suya.

Lucía empezó a llorar incluso antes de que terminara.

Se llevó las manos a la cara.

Negaba una y otra vez mientras las lágrimas resbalaban entre sus dedos.

Y, de pronto, se lanzó sobre mí.

Nos abrazamos con tanta fuerza que las dos terminamos cayendo sobre el sofá entre sollozos, incapaces de separarnos.

Lloramos durante largos minutos, lloramos por nuestra infancia, por nuestras madres, por Ignacio, por los años perdidos y por los abrazos que nunca supimos que debíamos habernos dado siendo hermanas de sangre.

Pero ocurrió algo maravilloso.

Las lágrimas comenzaron poco a poco a mezclarse con pequeñas risas.

Primero una.

Después otra.

Hasta que terminamos mirándonos con los ojos completamente hinchados y una expresión tan absurda que ninguna consiguió contener la carcajada.

Lucía fue la primera en levantarse.

Me tomó de las manos.

Y empezó a dar vueltas por la habitación.

—¡Eres mi hermana!

Yo también reía.

Y lloraba.

Todo al mismo tiempo.

Las dos empezamos a saltar como niñas pequeñas, abrazándonos una y otra vez, riéndonos sin motivo y repitiendo aquella palabra que ahora sonaba distinta.

Hermana.

Hermana.

Hermana.

Era como si el universo hubiera decidido regalarnos la mejor noticia posible justo cuando todo parecía derrumbarse, justo cuando Ignacio estaba a punto de irse y comenzaba un nuevo ciclo en Montealto. Un ciclo de lo más inesperado.

Después de un buen rato conseguimos tranquilizarnos lo suficiente para bajar juntas a la cocina.

Irene estaba amasando pan cuando nos vio entrar.

Le bastó observar nuestras caras para comprender que había sucedido algo importante.

Se limpió las manos en el delantal.

—¿Qué os pasa ahora?

Lucía me miró.

Yo asentí.

Y fui incapaz de contener una nueva sonrisa.

—Ignacio me ha contado que soy su hija, Irene. Lucía y yo somos hermanas.

Ella no mostró sorpresa, solo cerró despacio los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, estaban completamente empañados.

Me acerqué hasta esa mujer a la que adoraba.

—¿Lo sabías?

La cocinera negó lentamente.

—Tu madre jamás me lo confesó.

Guardó unos segundos de silencio.

—Era demasiado leal a Ignacio para hacerlo.

Suspiró profundamente.

—Pero yo siempre lo sospeché.

Sentí un vuelco en el corazón.

Ella sonrió con infinita ternura.

—Por eso sabía que Ignacio nunca permitiría que Beatriz te echara de Montealto. Siempre había algo en la forma en que te miraba... algo que ningún hombre consigue esconder cuando contempla a una hija.

Las lágrimas volvieron a asomar.

Irene me acarició la mejilla.

—Y mira ahora.

Se rio suavemente.

—Resulta que eres la dueña de media finca.

Lucía soltó una carcajada.

—Exactamente media.

Irene abrió mucho los brazos señalando toda la cocina.

—Todo cuanto alcanza vuestra vista os pertenece.

Me quedé mirándola.

Ella guiñó un ojo.

—Como a Simba.

Lucía empezó a reír a carcajadas.

—¡Mira, Aitana! Todo lo que ven tus ojos.

Señaló las ollas.

Después los armarios.

Después las escobas.

—¡Todo es nuestro!

No pude contenerme.

Terminamos las tres riéndonos hasta dolernos el estómago mientras Irene fingía hacer una reverencia exagerada.

—Mis señoras.

En ese preciso instante apareció Hugo por la puerta.

Se quedó quieto al encontrarnos abrazadas y riendo como auténticas locas.

Frunció el ceño.

—Creo que me he perdido algo. Si tuvierais la bondad de contármelo…

Lucía me empujó ligeramente.

—Cuéntaselo tú.

Respiré profundamente.

Todavía costaba creerlo.

No era un sueño, pero lo parecía.

Miré a Hugo.

Y sonreí.

—Ignacio es mi padre. Acaba de confesármelo —suspiré hondo.

El silencio volvió a instalarse durante unos segundos.

Hugo no se movió del sitio, como si los pies se le hubieran quedado, de repente, anclados al suelo.

Después abrió mucho los ojos.

Y sonrió.

No una sonrisa cualquiera.

Una de esas que nacen desde muy dentro.

Una de esas que muestran total alegría por el bien ajeno.

Se acercó despacio.

Me abrazó con fuerza.

Y permaneció así varios instantes antes de separarse.

Tenía los ojos brillantes.

—Jamás Montealto podría haber caído en mejores manos.

Miró a Lucía.

Después a mí.

—Las dos juntas vais a cuidar esta casa y las bodegas mejor que nadie. Os felicito, chicas. Os felicito de corazón.

Lucía levantó una ceja.

—Técnicamente ahora somos tus jefas.

Hugo fingió ponerse serio.

—Eso cambia mucho las cosas.

Se llevó una mano al pecho.

—¿Creéis que me despediréis?

Me crucé de brazos intentando aparentar autoridad.

—Dependerá de tu rendimiento.

Él abrió mucho los ojos.

—¿Hay periodo de prueba?

Lucía intervino inmediatamente.

—Seis meses, como mínimo.

Yo asentí muy seria.

—Y nada de llegar tarde.

Hugo levantó las manos.

—Prometo fichar todos los días.

Las tres carcajadas resonaron por toda la cocina.

Y durante unos minutos, mientras el olor del pan recién hecho llenaba Montealto y el sol del mediodía comenzaba a colarse por las ventanas, el dolor desapareció por completo para dejar sitio a una felicidad inesperada.

Porque, aunque el tiempo perdido jamás pudiera recuperarse, la vida acababa de regalarnos una familia que siempre había estado allí sin que ninguna de las dos lo supiera, y aquella verdad era tan poderosa que ni siquiera la enfermedad, las mentiras o los años robados podían empañar el milagro de haber encontrado, por fin, el lugar exacto al que pertenecía. Y eso valía mucho más que el dinero.