Si vuelves a mirarme así Capítulo 32
87%

Capítulo 32

Llegué a Montealto cuando el sol alumbraba los viñedos con más fuerza y la casa parecía mucho más grande que de costumbre, quizás por lo pequeñita que me sentí aquel día.

El silencio volvía a adueñarse de cada rincón después del terremoto vivido durante aquellas horas y ni siquiera los pasos del servicio rompían aquella calma extraña que solo existe cuando una familia acaba de resquebrajarse para siempre.

Apenas crucé la puerta principal, Rodolfo apareció desde el pasillo con los ojos todavía enrojecidos y se acercó hasta mí con una delicadeza que hizo que el corazón volviera a encogérseme.

—Don Ignacio quiere verte, Aitana.

No pregunté para qué.

Algo dentro de mí supo inmediatamente que aquella llamada no era una más.

Subí la escalera despacio, sintiendo que cada peldaño pesaba el doble que el anterior, y recorrí el largo pasillo que conducía al dormitorio principal mientras las manos volvían a temblarme sin remedio.

La puerta permanecía entreabierta y bastó un leve golpe con los nudillos para escuchar aquella voz cansada que tantas veces había llenado Montealto de autoridad y que ahora apenas era un susurro.

—Pasa, Aitana.

Entré despacio.

La habitación estaba casi a oscuras. Solo una lámpara junto a la cama iluminaba el rostro de Ignacio, que permanecía incorporado entre almohadas con una palidez que dolía mirar.

Había envejecido años en apenas unas semanas.

Los ojos seguían siendo los mismos, cálidos y profundos, pero el cuerpo parecía haber renunciado ya a seguir luchando.

Me acerqué hasta la cama.

Él me hizo un gesto para que me sentara junto a él.

Obedecí en silencio.

Durante unos instantes ninguno habló. Solo se escuchaba el tic tac del viejo reloj de pared y la respiración fatigosa que salía de su pecho.

Fue él quien rompió aquel silencio.

—Me queda menos vida de la que dicen los médicos.

Negué inmediatamente.

—No diga eso, por favor.

Sonrió con una dulzura infinita.

—Un hombre sabe cuándo se está apagando, Aitana. El cuerpo avisa de maneras que los informes no pueden explicar.

Sentí cómo los ojos comenzaban a llenárseme de lágrimas.

—No piense así. Usted todavía...

Levantó despacio una mano para interrumpirme.

—No le tengo miedo a la muerte.

Su mirada se perdió unos segundos en la ventana antes de continuar.

—Lo que me aterra es marcharme dejando una vida entera construida sobre mentiras.

Bajé la cabeza.

Pensé inmediatamente en Beatriz.

En Patricia.

En Jaime.

En todo lo ocurrido aquella mañana.

Pero Ignacio volvió a hablar.

—No solo Beatriz ha mentido durante todos estos años.

Respiró profundamente.

Cada palabra parecía costarle un esfuerzo enorme.

—Yo también lo he hecho.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Lo miré sin comprender.

Él cerró los ojos apenas un instante y, cuando volvió a abrirlos, vi en ellos una tristeza tan profunda que me rompió el alma.

—Necesito contarte algo antes de morir.

Me quedé completamente desconcertada.

No fui capaz de articular una sola palabra.

Ignacio tomó aire con dificultad.

Después buscó mi mano y la sujetó entre las suyas.

Seguían siendo unas manos grandes, fuertes, acostumbradas a dirigir una empresa y una familia entera, pero ahora temblaban ligeramente.

—Tu madre, María, fue el gran amor de mi vida.

Sentí que el corazón dejaba de latir durante un segundo.

Todo desapareció.

La habitación.

La lámpara.

Solo existían aquellas palabras.

Ignacio continuó hablando despacio, sin apartar la mirada de la mía.

Me contó que había conocido a mi madre cuando ella llegó a Montealto siendo muy joven, que al principio apenas intercambiaban unas palabras, pero que la dulzura, la sencillez y la alegría con las que afrontaba la vida terminaron derribando todas las barreras que él había levantado alrededor de sí mismo.

Me confesó que luchó durante mucho tiempo contra aquellos sentimientos porque estaba casado con Blanca, una mujer buena, elegante y leal que jamás le había dado un motivo para dejar de quererla, pero que el corazón pocas veces entiende de normas ni de conveniencias y una noche, una única noche, cometió el error que cambiaría para siempre la vida de todos.

Las lágrimas ya caían libremente por mis mejillas.

Él también lloraba.

—No fue una aventura cualquiera. Me enamoré de tu madre perdidamente.

Su voz se quebró.

—Pero tampoco Blanca merecía aquello.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Ninguna de las dos lo merecía.

Sentí que el aire empezaba a faltarme.

No entendía nada.

O quizás empezaba a entenderlo todo.

Ignacio apretó mi mano.

—Cuando María me contó que estaba embarazada, pensé en abandonar absolutamente todo. Pensé en marcharme con ella, empezar una vida nueva y reconocer al bebé desde el primer instante.

Las lágrimas seguían cayendo por su rostro.

—Pero fui un cobarde.

Cerró los ojos.

—Tuve miedo del escándalo. Miedo del qué dirán. Miedo de destruir una familia y un apellido que llevaban generaciones levantando este patrimonio. Mi propio padre jamás me lo habría perdonado.

Su voz apenas era audible.

—Y Blanca descubrió la verdad.

Aquella confesión me dejó sin respiración.

Él asintió muy despacio.

—Nunca me gritó. Nunca me insultó. Nunca me reprochó nada. Solo me pidió una promesa.

Tragó saliva.

—Que jamás nadie supiera que existías.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Yo seguía completamente en shock.

Ignacio acarició mi mano con infinita ternura.

—No era mala. Solo había sido educada en un mundo donde las apariencias estaban por encima de todo y pensaba que revelar aquello destrozaría para siempre nuestro matrimonio. Ella aún no había podido darme hijos y debió escocerle especialmente que otra mujer se quedara embarazada de mí.

Respiró con dificultad.

Cada frase parecía arrancarle un pedazo de vida.

—Tu madre aceptó quedarse en Montealto por una única condición.

Sentí que el corazón volvía a acelerarse.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Me hizo prometer que en mi testamento te convertiría en heredera junto a los hijos que pudiera tener en el futuro.

Las lágrimas dejaron de salir.

Simplemente me quedé sin capacidad para reaccionar.

Él sonrió con una ternura inusitada.

—Lucía y tú sois hermanas. Y aunque Blanca murió años después, cuando ya Lucía estaba en el mundo, la promesa que le hice de no desvelar tu existencia no pude romperla. O quizás no me atreví porque fui un cobarde, y me amparé en ella.

La habitación empezó a girar a mi alrededor.

Mi respiración se volvió irregular.

Recordé mi infancia junto a Lucía.

Las tardes jugando entre los jardines.

Las risas.

Las peleas.

Las confidencias.

Todo.

Y comprendí que el cariño inexplicable que siempre había sentido por ella tenía ahora un sentido que jamás habría imaginado.

Ignacio acercó mi mano hasta sus labios y la besó con una delicadeza que terminó de romperme por dentro.

—Perdóname.

Aquella palabra salió acompañada de un sollozo.

—He pasado toda una vida intentando cumplir la promesa que hice a Blanca, pero mientras la protegía a ella, te estaba traicionando a ti cada día de mi existencia.

Su voz temblaba.

—Te vi crecer desde lejos. Te vi llamar mamá a una mujer maravillosa que tuvo que soportar el peso de un secreto que no le correspondía. Te vi llorar cuando murió sin poder abrazarte como un padre abraza a su hija. Te vi trabajar para esta casa mientras yo fingía que solo eras una empleada más.

Ya no podía contener el llanto.

Me incliné sobre él y apoyé la frente contra su pecho.

Los dos llorábamos abrazados.

Sin palabras.

Sin orgullo.

Sin máscaras.

Él acariciaba mi cabello igual que un padre que intenta recuperar en unos minutos todos los abrazos que no dio durante una vida entera.

Y, mientras las lágrimas seguían cayendo sobre las sábanas blancas y el reloj del dormitorio continuaba marcando un tiempo que ya se agotaba para él, comprendí que aquel hombre al que siempre había admirado desde la distancia no solo era el dueño de Montealto.

Era mi padre.

Y acababa de regalarme la verdad más hermosa y más dolorosa de toda mi existencia.