Si vuelves a mirarme así Capítulo 31
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Capítulo 31

Cuando abandonamos la comisaría, seguía caminando como si todavía llevara el peso de aquellas paredes sobre los hombros.

No recordaba haber sentido tanto miedo en toda mi vida y, aunque el aire fresco de la calle golpeaba mi cara una y otra vez, no conseguía desprenderme de la sensación de que, en cualquier momento, alguien volvería a llamarme para decirme que todo había sido un error y que tenía que regresar.

Hugo debió darse cuenta de ello porque no tomó el camino de Montealto.

Condujo en silencio durante varios minutos, atravesando el centro de Jerez hasta detenerse frente a una cafetería pequeña y elegante donde apenas había clientes, un lugar tranquilo en el que el murmullo de las conversaciones apenas superaba el sonido de la cafetera.

Entramos sin decir gran cosa y nos sentamos junto a un ventanal.

Yo seguía sujetando el bolso con tanta fuerza que terminé dándome cuenta de que tenía los nudillos completamente blancos.

Hugo pidió dos cafés y esperó a que el camarero se alejara antes de mirarme con una mezcla de tristeza y ternura que consiguió que volviera a sentir un nudo en la garganta.

—Necesitas saber qué ha pasado.

Asentí muy despacio.

No estaba segura de querer escucharlo, pero necesitaba entender cómo mi vida había podido saltar por los aires en apenas unas horas.

Hugo permaneció unos segundos observando el café que acababan de servirnos y después comenzó a hablar con una calma que contrastaba con la dureza de lo que estaba contando.

Me explicó que, en cuanto le dijeron que habían desaparecido los pendientes y que su madre insistía una y otra vez en señalarme como única sospechosa, una imagen olvidada durante años había regresado de golpe a su memoria.

Era apenas un niño cuando todavía vivían con su padre biológico y, aunque entonces no comprendía demasiadas cosas, recordaba perfectamente el escándalo que se produjo en aquella casa por la desaparición de unas joyas y el llanto desesperado de una doncella que juraba una y otra vez que era inocente mientras la policía registraba sus pertenencias.

Con el paso del tiempo, siendo ya adolescente, escuchó por casualidad una conversación entre dos antiguas empleadas que hablaban de aquello convencidas de que nadie las oía.

Contaban que Beatriz utilizó a una persona de absoluta confianza para esconder las joyas entre la ropa de aquella mujer y provocar su despido inmediato, una maniobra cruel que jamás pudo demostrarse porque las piezas aparecieron donde ella quería que aparecieran y la pobre muchacha terminó marchándose humillada sin que nadie defendiera su inocencia.

Mientras lo escuchaba, sentía que el café se enfriaba delante de mí sin que fuera capaz siquiera de tocar la taza.

—Cuando me lo contaron esta mañana recordé esa historia de inmediato —continuó Hugo sin apartar los ojos de los míos— y comprendí que podía estar ocurriendo exactamente lo mismo. Mi madre no tenía ni idea de que estuviera al tanto de lo que sucedió hace años.

Respiró despacio antes de seguir hablando y me contó que, cuando la policía abandonó Montealto tras recoger la denuncia, pensó que no tardarían demasiado en regresar para continuar las diligencias y que, si realmente alguien había escondido la caja en mi habitación, había que adelantarse antes de que aquello se complicara todavía más.

Aprovechando el desconcierto general, subió él mismo hasta la planta donde estaban los dormitorios del servicio, abrió mi habitación y empezó a buscar con la esperanza de estar equivocado, aunque apenas necesitó un par de minutos para encontrar la pequeña caja azul escondida entre mi ropa.

Prefería pensar que se trataba de un error antes que de una trampa, pero no.

Sentí que el estómago volvía a encogerse.

Me imaginé entrando allí horas después acompañada por los agentes y encontrando aquellos dentro de mi armario, y tuve que cerrar los ojos un instante para no romper a llorar otra vez.

Hugo siguió hablando sin dramatismos, como quien intenta ordenar unos hechos que todavía le avergüenzan profundamente.

En lugar de entregar inmediatamente la caja, decidió averiguar quién la había colocado allí y comenzó a preguntar con discreción a todo el personal.

Irene no sabía nada. Rodolfo tampoco. Germán llevaba toda la mañana fuera de la finca.

Nadie había visto nada extraño hasta que llegó el turno de Sonia, que permaneció varios minutos pensativa antes de recordar una escena aparentemente insignificante: había visto a Patricia salir del pasillo donde estaban los dormitorios del servicio después de que yo terminara de limpiar la habitación de Beatriz.

Aquello ya era extraño porque jamás entraba en esa parte de la casa, pero además, al cruzarse con Sonia, se mostró esquiva e hizo ver que se había equivocado de pasillo.

Aquella revelación llevó a Hugo directamente al jardín, donde Jaime y Patricia permanecían sentados bajo una pérgola ajenos al terremoto que habían provocado.

Él colocó la caja sobre la mesa sin pronunciar una sola palabra y se limitó a mirar fijamente a Patricia.

Según me contó, el color desapareció de su rostro al instante, mientras Jaime observaba la escena completamente desconcertado, incapaz de comprender por qué los pendientes de su madre estaban allí delante.

—Le dije que confesara —murmuró Hugo mientras jugueteaba con la cucharilla del café— y también le dije que, si no lo hacía, me ocuparía personalmente de que respondiera por todo aquello.

Patricia intentó negarlo durante unos segundos, pero la seguridad empezó a resquebrajarse muy deprisa.

Primero balbuceó explicaciones absurdas, luego comenzó a llorar y finalmente terminó derrumbándose cuando Jaime, por primera vez desde que lo conocía, dejó de esconderse detrás del silencio y le pidió que dijera la verdad. No fue una conversación amable.

Hugo me explicó que su hermano alzó la voz como nunca antes lo había hecho y que aquella autoridad inesperada terminó por desarmarla por completo.

Patricia confesó que Beatriz le pidió ayuda para colocar los pendientes en mi habitación aprovechando que yo acababa de limpiar el dormitorio y que ella, creyendo que solo serviría para asustarme y obligarme a abandonar Montealto, aceptó participar sin medir las consecuencias reales de lo que estaba haciendo.

Entonces apareció Beatriz.

Lejos de mostrar arrepentimiento alguno, se enfrentó a Patricia llamándola traidora y reprochándole que hubiera cedido tan deprisa.

La discusión fue subiendo de tono mientras Jaime permanecía asombrado y Hugo intentaba contener una rabia que llevaba demasiados años acumulando, hasta que él mismo pretendió hacerle jurar a Beatriz que abandonaría Montealto definitivamente en cuanto Ignacio falleciera para evitarle un disgusto mayor al hombre que estaba luchando por sus últimos días de vida.

Si se marchaba, no presentaríamos denuncia contra ella, pues habríamos conseguido algo mucho mejor.

Me comentó que creía que yo estaría de acuerdo en ello, y así era.

Pero el destino tenía preparada otra escena.

Sin que ninguno lo advirtiera, Ignacio había salido al jardín apoyado en su bastón. Acababa de escuchar prácticamente toda la conversación desde la terraza y, cuando por fin habló, el silencio fue tan absoluto que hasta los pájaros parecieron dejar de cantar. No gritó. No perdió las formas.

Simplemente miró a Beatriz con una tristeza infinita y le dijo que llevaba demasiados años sospechando que muchas desgracias ocurridas en Montealto escondían una mano invisible que siempre terminaba siendo la suya, que había preferido callar por proteger una familia que ahora comprendía que solo existía de puertas hacia fuera y que aquella vez había cruzado un límite imposible de perdonar.

Beatriz se quedó sin reacción.

Jaime dio un paso adelante intentando intervenir, pero Ignacio levantó una mano para detenerlo y, con una serenidad que debió de doler mucho más que cualquier grito, le confesó que empezaba a parecerse demasiado a su madre y que, si seguía justificando la maldad en lugar de combatirla, terminaría convirtiéndose exactamente en aquello que más debía temer.

Después volvió la vista hacia Beatriz y pronunció unas palabras que, según Hugo, dejaron helado a todo Montealto.

—Vete de mi casa.

Yo permanecía completamente muda mientras él terminaba de contarme la historia.

Afuera la vida seguía igual que siempre, la gente paseaba por la plaza, los camareros recogían las mesas y el sol comenzaba a caer sobre los tejados de Jerez, pero dentro de mí todo había cambiado.

Comprendí que aquella mañana no solo había estado a punto de perder mi libertad; también fue el principio del derrumbe definitivo de una familia que llevaba demasiados años sosteniéndose sobre silencios, miedo y mentiras.