Si vuelves a mirarme así Capítulo 30
82%

Capítulo 30

La comisaría olía a café frío, a papel viejo y a miedo.

Nunca había estado en un lugar parecido y, mientras permanecía sentada en una silla metálica frente a un mostrador donde varias personas entraban y salían sin apenas mirarme, sentía que las manos me temblaban tanto que tuve que entrelazarlas para intentar disimularlo.

El corazón seguía golpeándome el pecho con una fuerza descontrolada y, por momentos, me costaba respirar con normalidad.

Todo había sucedido demasiado deprisa. Apenas unas horas antes estaba ayudando a Lucía a sobrellevar la enfermedad de Ignacio y ahora me encontraba allí, acusada de un robo que jamás habría imaginado ni en la peor de mis pesadillas.

Un agente se acercó con una carpeta en la mano y se sentó frente a mí.

Su tono fue correcto desde el principio.

No parecía juzgarme.

Simplemente cumplía con su trabajo.

—Antes de tomarle declaración debo informarle de sus derechos.

Asentí sin apartar la vista del suelo.

Escuché casi sin procesar cada una de sus palabras hasta que mencionó la asistencia letrada.

—Tiene derecho a designar abogado de su elección o solicitar uno de oficio.

Levanté la cabeza.

La garganta se me cerró.

—No conozco a ningún abogado.

Mi voz apenas era un hilo.

—Necesito uno de oficio.

El agente tomó nota.

—De acuerdo. Tendremos que esperar a que llegue.

Asentí.

No tenía otra opción.

Los minutos siguientes se hicieron eternos.

Miraba el reloj de la pared una y otra vez y las agujas parecían haberse detenido.

Intenté recordar la cara de Lucía antes de que me subieran al coche oficial y solo conseguí que los ojos volvieran a llenárseme de lágrimas.

Pensaba en Irene, en Sonia, en Rodolfo y hasta en Ignacio, que seguramente ni siquiera sabría lo que estaba ocurriendo para evitarle un disgusto todavía mayor.

¿Y si no conseguía demostrar mi inocencia?

La pregunta empezó a repetirse dentro de mi cabeza hasta convertirse en un martillo insoportable.

Fue entonces cuando escuché una voz conocida al otro lado del pasillo.

Muy lejana al principio.

Después más cerca.

Y de pronto absolutamente inconfundible.

—¿Dónde está?

Levanté la cabeza de golpe.

Mi respiración se aceleró.

Segundos después apareció Hugo atravesando la puerta, acompañado por un hombre de unos treinta y tantos años, alto, moreno, impecablemente vestido con un traje de corte perfecto y una cartera de cuero bajo el brazo.

Los ojos se me llenaron de lágrimas.

No esperaba encontrar allí a nadie.

Mucho menos a él.

Hugo caminó directamente hacia mí.

Sin importarle los agentes ni las personas que observaban la escena.

Se agachó delante de la silla y tomó mis manos entre las suyas.

Estaban heladas.

Las apretó con fuerza.

—Tranquila.

Aquella sola palabra consiguió romper la presa que llevaba conteniendo desde que salí de Montealto.

Empecé a llorar.

—Yo no he hecho nada.

Él sostuvo mi mirada.

—Lo sé.

No dudó ni un segundo.

—Jamás he dudado de ti.

Aquella certeza me atravesó el alma.

El hombre que lo acompañaba dio un paso adelante.

Hugo se volvió hacia él.

—Aitana, este es Javier de Medina.

El desconocido me dedicó una sonrisa tranquila.

—Encantado de conocerte, aunque me habría gustado que fuera en otras circunstancias.

Hugo continuó.

—Es uno de mis mejores amigos.

Miré al abogado.

Mostraba una profesionalidad intachable.

—Y también es uno de los mejores penalistas del país.

Javier restó importancia al comentario con un gesto de la mano.

—No hagas caso, pero te garantizo que estás en buenas manos.

Hugo volvió a mirarme.

—Lucía me llamó llorando.

Se le quebró la voz apenas un instante.

—Javier estaba disponible y ha venido conmigo.

Sentí que las lágrimas seguían cayendo sin control.

No sabía qué decir.

Solo repetía una y otra vez:

—Gracias.

Hugo volvió a apretar mis manos.

—Todo va a salir bien.

Se levantó despacio.

—Tengo que marcharme un rato.

Fruncí el ceño.

—¿Adónde?

Sus ojos permanecieron fijos en los míos.

—Confía en mí.

Después se volvió hacia Javier.

—Te la dejo. Cuídamela.

El abogado asintió.

—No te preocupes.

Hugo desapareció por el pasillo tan deprisa como había llegado.

Lo seguí con la mirada hasta que dejé de verlo.

Entonces Javier tomó asiento a mi lado.

Abrió su cartera.

Sacó una libreta.

Y comenzó a hablar con una calma admirable.

—Lo primero que tienes que hacer es respirar.

Obedecí.

A duras penas.

Él continuó.

—No intentes adornar nada.

Ni completar lagunas.

Ni suponer.

Ni imaginar.

Solo cuenta exactamente lo que hiciste desde que entraste en ese dormitorio hasta que saliste.

Asentí.

—No toqué ninguna joya.

—Perfecto.

Tomó una nota.

—Pues eso mismo dirás.

Me explicó cómo se desarrollaría la declaración, qué preguntas podían formularme y la importancia de responder únicamente a aquello que realmente recordaba.

Poco después, un agente vino a buscarnos.

Entramos juntos en una sala sencilla donde comenzó la toma de declaración.

Conté absolutamente todo.

Que Beatriz me había ordenado limpiar el dormitorio.

Que limpié el tocador.

Que moví varias cajas sin abrirlas.

Que no vi los pendientes.

Que no cogí nada.

Que jamás había robado nada en mi vida.

Javier apenas intervenía.

Solo asentía de vez en cuando o me animaba con una mirada tranquila cuando notaba que la emoción me bloqueaba.

La declaración terminó aproximadamente una hora después. Fue larga y exhaustiva.

Salimos de la sala.

Volvimos a la zona de espera.

Y el silencio volvió a hacerse interminable.

Yo tenía la cabeza apoyada contra la pared cuando escuché pasos apresurados por el pasillo.

Levanté la vista.

Era Hugo.

Caminaba deprisa hacia nosotros.

Llevaba algo en la mano.

No tardé en reconocerlo.

Una pequeña caja azul oscuro con bordes dorados.

La misma.

La misma que había visto sobre el tocador.

Detrás de él caminaba un inspector.

Los dos desaparecieron dentro del despacho del comisario.

No podía escuchar lo que decían.

Solo veía gestos.

Papeles.

La caja abierta.

Y, durante un instante, el brillo inconfundible de unos diamantes.

Miré a Javier, quien me sonrió.

Pasaron diez minutos.

Quizás quince.

A mí me parecieron siglos.

Finalmente la puerta volvió a abrirse.

El comisario salió acompañado por Hugo.

Se acercó directamente hasta nosotros.

Su expresión había cambiado por completo.

Se dirigió a mí con un tono mucho más cercano.

—Señorita Suárez, puede marcharse.

Parpadeé.

No entendía nada.

—¿Cómo?

El comisario sostuvo la caja entre las manos.

—La joya ha aparecido.

Miré a Hugo completamente desconcertada.

Él permanecía en silencio.

El comisario continuó.

—Todo indica que se ha tratado de un lamentable error.

Sentí que el suelo volvía a moverse bajo mis pies.

Miré una vez más la caja.

Después a Hugo.

Y otra vez la caja.

No era capaz de comprender lo que estaba pasando.

—¿Estoy libre?

El inspector asintió.

—Sí.

Las piernas dejaron de sostenerme.

Me habría caído al suelo si Hugo no hubiera llegado a tiempo para sujetarme.

Me rodeó con los brazos mientras yo rompía a llorar de puro alivio.

Lloraba sin control.

Sin dignidad.

Sin fuerzas.

Como si el miedo acumulado durante aquellas horas estuviera abandonando mi cuerpo de golpe.

Hugo no dijo nada.

Solo me sostuvo contra él mientras Javier sonreía discretamente a unos metros y el comisario se alejaba dando instrucciones a varios agentes.

Cuando conseguí recuperar un poco el aliento, levanté la cabeza y lo miré.

—¿Qué ha pasado?

Él me apartó un mechón de pelo de la cara.

Sus ojos transmitían una mezcla extraña de calma y rabia contenida.

—Eso...

Guardó silencio un instante.

—Ya te lo contaré.

Y sentí que no estaba sola frente a la pesadilla que acababa de vivir.