Si vuelves a mirarme así Capítulo 29
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Capítulo 29

Aquella mañana comenzó con una normalidad tan engañosa que, si alguien me hubiera dicho cómo iba a terminar el día, me habría echado a reír convencida de que estaba gastándome una broma de muy mal gusto.

Lucía seguía encerrada con su padre, que apenas había probado el desayuno.

Hugo había salido temprano para reunirse con varios directivos de las bodegas y Jacobo estaba ese día en Jaén para atender unos asuntos que no admitían demora.

Montealto permanecía envuelto en aquel silencio gris que llevaba días acompañándonos y yo aprovechaba cualquier rato libre para ordenar habitaciones, cambiar flores o ayudar a Irene en la cocina, buscando mantener la cabeza ocupada para no pensar demasiado en la enfermedad de Ignacio.

En cuanto a Jaime, no tenía ni idea de dónde estaba, ni tampoco me importaba en lo más mínimo. Notaba que su vida y la mía se habían separado de un modo que quien un día ocupó mi corazón al completo no era ya más que un desconocido a mis ojos.

Poco antes del mediodía apareció Beatriz.

Entró en la cocina con un conjunto en coral precioso, un pañuelo de seda anudado al cuello y una expresión tan distante que parecía no pertenecer a la misma casa donde su marido agonizaba poco a poco.

Me observó apenas un instante antes de dirigirse a mí con esa educación helada que siempre sonaba mucho peor que un grito.

—Aitana, quiero que limpies mi dormitorio a fondo. Armarios, cómoda, tocador y cuarto de baño.

Me sorprendió.

Jamás permitía que nadie tocara determinadas zonas de su habitación.

Aun así, asentí.

—Sí, señora.

Subí unos minutos después con el cubo, los paños y los productos de limpieza.

El dormitorio estaba perfecto, como siempre, pero seguí las instrucciones al pie de la letra.

Quité el polvo de las molduras, ordené los perfumes, limpié el espejo del tocador y coloqué cuidadosamente varias cajas de terciopelo donde Beatriz guardaba parte de sus joyas.

No abrí ninguna. Ni siquiera las moví más de lo imprescindible para pasar el paño por debajo.

Recuerdo perfectamente una en concreto.

Era una caja azul oscuro con el borde dorado.

La dejé exactamente donde estaba.

Cuando terminé, bajé de nuevo y seguí con mis tareas sin imaginar que acababa de caer en una trampa perfectamente preparada.

Transcurrieron un par de horas.

Lucía permanecía junto a Ignacio leyendo en voz alta uno de sus libros favoritos cuando un grito atravesó toda la casa.

Un grito seco.

Autoritario.

Inconfundible.

Todos levantamos la cabeza.

Segundos después apareció Beatriz casi sin respirar.

Tenía el rostro desencajado.

—¡Mis pendientes!

Nadie entendía nada.

Ella miró alrededor.

—¡Han desaparecido!

Rodolfo dio un paso adelante.

—¿Qué pendientes, señora?

Beatriz se llevó una mano al pecho.

—Los pendientes de diamantes que Ignacio me regaló cuando nos comprometimos.

Hasta yo conocía aquella historia.

Se trataba de una joya familiar, una pieza única compuesta por dos grandes diamantes talla pera rodeados por pequeños brillantes engastados en platino, elaborados décadas atrás por un prestigioso joyero madrileño y valorados en una cantidad que, según se comentaba en Montealto, habría bastado para comprar un casoplón.

El salón quedó en silencio.

Beatriz comenzó a mirar a todos los presentes.

Pero sus ojos terminaron clavándose en mí.

—¿Quién ha entrado hoy en mi dormitorio?

Nadie respondió.

Entonces Rodolfo contestó con sinceridad.

—Solo Aitana, señora. Pero ella no….

Sentí un escalofrío.

Ella avanzó despacio, interrumpiéndolo.

—Qué casualidad.

Negué inmediatamente.

—Yo no he cogido nada.

Beatriz sonrió de una forma que me heló la sangre.

—Eso ya lo veremos.

Durante casi una hora Montealto se convirtió en un auténtico caos.

Se registraron cajones, armarios, baños, salones y hasta los despachos.

Irene lloraba mientras repetía que aquello tenía que ser un error.

Sonia no dejaba de decir que era imposible.

Lucía había bajado al escuchar el revuelo y observaba la escena completamente descompuesta.

Yo estaba destrozada.

No sabía ni qué decir.

Jamás había robado absolutamente nada.

Jamás.

Sin embargo, la mirada de Beatriz parecía haber dictado sentencia mucho antes de que nadie encontrara ninguna prueba.

Finalmente desapareció unos minutos.

Cuando regresó, llevaba el teléfono móvil en la mano.

—Ya está hecho.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué ha hecho?

Me sostuvo la mirada.

—He llamado al comisario de policía. Alguien como yo tiene contactos, desgraciada.

—No habrás sido capaz —añadió Lucía.

—Esto no va contigo, niña. Por mucho que esta y tú seáis amiguitas, no pienso consentir que se asegure su futuro a costa de mis joyas.

—¡Eso no es verdad! —chillamos ella y yo al unísono.

—Eso está por ver…

No pasó demasiado tiempo hasta que un vehículo policial se detuvo frente a la entrada principal de Montealto.

Dos agentes uniformados descendieron del coche y fueron recibidos por Beatriz en el porche. Hablaron durante varios minutos mientras ella señalaba hacia la casa y, en varias ocasiones, hacia mí.

Noté cómo me temblaban las piernas.

Lucía salió inmediatamente.

—Esto es una locura. Sé perfectamente que jamás harías una cosa así. Es una bruja de verdad, de verdad —repetía mientras comenzaba a hiperventilar.

—Tranquila, cariño, no quiero que te vengas abajo ahora. Por supuesto que no es verdad y voy a demostrarlo —murmuré con más miedo que certeza.

Uno de los agentes se acercó con educación.

—¿Es usted Aitana Suárez?

Asentí.

La voz apenas me salía.

—Sí.

El agente me explicó con serenidad que existía una denuncia por la desaparición de una joya de elevado valor económico y que, dado que figuraba como la última persona que accedió al dormitorio donde supuestamente se encontraba, debían trasladarme a dependencias oficiales para prestar declaración y practicar las diligencias oportunas.

Todo empezó a dar vueltas.

—Pero yo no he hecho nada.

El agente mantuvo un tono correcto.

—Podrá explicarlo allí.

Lucía rompió a llorar.

Corrió hacia mí y me abrazó con una fuerza desesperada.

—¡No podéis llevárosla!

Su respiración comenzó a acelerarse aún más.

Por un instante pensé que volvería a sufrir otro episodio como el que la llevó al hospital.

Se llevó una mano al pecho.

Perdió el color.

Sonia corrió hacia ella.

Irene también.

Pero Lucía cerró los ojos unos segundos, respiró profundamente y consiguió sostenerse en pie con un esfuerzo inmenso.

Después volvió a abrazarme.

—Te prometo que voy a sacarte de allí.

Las lágrimas le caían sin descanso.

—Buscaré al mejor abogado de España si hace falta.

Le acaricié el pelo intentando mantener la calma que yo misma no tenía.

—No llores.

Mi voz sonó rota.

—Yo no he robado nada.

Ella negó con desesperación.

—Lo sé.

Se separó apenas unos centímetros.

—Lo sé mejor que nadie.

Beatriz contemplaba la escena desde la escalinata.

Impasible.

Con los brazos cruzados.

Como si aquello no fuera más que un trámite desagradable.

Los agentes me acompañaron hasta el vehículo sin necesidad de esposas, pues en ningún momento ofrecí resistencia, pero aquel paseo desde la puerta principal hasta el coche me pareció el camino más largo de mi vida.

Sentía las miradas del servicio clavadas en mi espalda, escuchaba a Irene llorando desconsoladamente y distinguía la voz de Lucía repitiendo mi nombre una y otra vez mientras Rodolfo intentaba sujetarla para que no corriera detrás del coche.

Cuando las puertas se cerraron y Montealto comenzó a alejarse por el retrovisor, comprendí por primera vez lo que era el miedo de verdad.

No el miedo a perder un trabajo.

Ni el miedo a un desengaño amoroso.

Ni siquiera el miedo a marcharme a un país desconocido.

Era algo mucho peor.

Era el terror absoluto de saberte inocente y descubrir que, aun así, el mundo puede derrumbarse bajo tus pies mientras una carretera interminable te conduce hacia una comisaría donde no conoces a nadie y donde, por primera vez en tu vida, empiezas a preguntarte si la verdad será suficiente para salvarte.