Capítulo 28
La llegada de la Feria de Jerez pasó casi desapercibida dentro de Montealto.
En cualquier otro año aquello habría supuesto una revolución.
Irene habría empezado a preparar tortillas y filetes empanados para las vueltas de madrugada, Sonia habría aparecido con algún pendiente nuevo comprado a escondidas y Lucía llevaría semanas enseñándonos los trajes de flamenca que pensaba estrenar cada día, incapaz de decidir cuál le gustaba más.
Sin embargo, aquella primavera parecía haberse quedado sin colores.
La enfermedad de Ignacio cubrió la casa con un silencio tan pesado que hasta las golondrinas parecían cantar más bajo sobre los tejados.
Esa tarde estábamos sentadas en el jardín, bajo la sombra del gran magnolio, cuando escuchamos movimiento en la entrada principal.
Lucía tenía un libro abierto que llevaba media hora sin leer.
Yo bordaba el bajo de un delantal mientras intentaba arrancarle alguna sonrisa, aunque sin demasiado éxito.
Fue entonces cuando la puerta principal se abrió.
Las dos levantamos la vista al mismo tiempo.
Y nos quedamos completamente inmóviles.
Beatriz descendió la escalinata vestida para la feria con una elegancia casi insultante, dadas las circunstancias.
Llevaba un traje de flamenca color marfil, entallado hasta las rodillas y rematado por una cascada de volantes que caían con una perfección milimétrica.
El mantoncillo bordado en tonos dorados descansaba sobre sus hombros como si hubiera sido diseñado exclusivamente para ella, el moño bajo lucía una peina antigua de carey y unos pendientes de brillantes destellaban con cada movimiento de su cabeza.
Caminaba despacio, con esa seguridad fría que parecía convertir cualquier lugar en una pasarela.
Detrás apareció Jaime.
Traje azul marino impecable, camisa blanca perfectamente planchada y corbata burdeos. Parecía recién salido de una revista de moda, con esa sonrisa educada que dedicaba al chófer mientras ajustaba el reloj en su muñeca.
Y, por último, Patricia.
Su estilo era completamente distinto al de Beatriz.
Llevaba un vestido verde esmeralda de corte moderno, con grandes volantes asimétricos, escote elegante y mangas transparentes bordadas.
El pelo caía en una coleta alta adornada con flores naturales y unos pendientes largos acompañaban un maquillaje ideal que resaltaba todavía más su belleza.
Parecían dirigirse a una noche de celebración.
Como si dentro de aquella casa nadie estuviera muriéndose.
Sentí cómo Lucía se incorporaba de golpe.
Su expresión pasó de la incredulidad al dolor en apenas un segundo.
—No me lo puedo creer.
Su voz apenas era un susurro.
Se puso en pie.
Yo intenté detenerla.
—Lucía...
Pero ya caminaba hacia ellos.
Llegó hasta el porche justo cuando Beatriz se disponía a subir al coche.
—¿De verdad vais a la feria?
Los tres se giraron.
Beatriz la miró con absoluta calma.
—Sí.
Lucía abrió los brazos.
—¿Papá se está muriendo y os vais a bailar sevillanas?
Durante unos segundos nadie respondió.
Fue Patricia quien rompió el silencio.
—Quedándonos aquí tampoco hacemos nada por él.
Beatriz asintió con serenidad.
—Exactamente.
La respuesta de su madrastra cayó sobre Lucía como una bofetada.
La vi tambalearse un instante.
—No tenéis corazón.
Patricia dio un paso hacia delante.
—Basta ya, Lucía.
El tono con el que habló consiguió que también me levantara de inmediato.
—No le hables así —le exigí.
Las dos giraron la cabeza hacia mí.
Patricia sonrió con una superioridad insoportable.
—Claro. Ya salió la defensora oficial. Ni que tuvieras derecho a opinar, no eres más que una doncella descarada y entrometida.
Me acerqué despacio.
—Lo seré, pero alguien tiene que recordarte que Lucía es la única Alcázar que hay por aquí.
Ella soltó una risa seca.
—Lo que te pasa es que me tienes envidia.
Digamos que Beatriz podría haber intervenido y era raro que no lo hubiera hecho aún, pero lo cierto es que parecía disfrutar de lo lindo con nuestro enfrentamiento, como si Patricia fuera una cachorra a quien hubiera estado entrenando y ahora estuviese disfrutando de lo mucho que aprendió.
Fruncí el ceño.
—¿Perdón?
—Porque Jaime está conmigo.
Durante un instante pensé que había oído mal.
La sonrisa afilada de Beatriz mostraba total complicidad con su futura nuera.
En cuanto a mí, terminé soltando una carcajada.
Una carcajada auténtica.
Patricia abrió mucho los ojos.
—¿De qué te ríes?
La miré de arriba abajo.
—¿Envidia?
Negué despacio.
—Ni muerta.
Hice una pausa.
—Carga tú con él.
El silencio que siguió fue absoluto.
Hasta el chófer dejó de mover las manos.
Patricia perdió por completo la compostura.
—¡Serás...!
Empezó a gritar mientras avanzaba hacia mí.
Fue en ese momento cuando apareció Hugo.
Salía de la casa acompañado por Rodolfo y bajó los escalones casi de dos en dos.
—¡Ya basta!
Su voz resonó por todo el jardín.
Patricia se detuvo.
Jaime permanecía quieto.
Ni una palabra.
Ni un gesto.
Nada.
Hugo miró primero a Patricia, luego a su hermano y finalmente a Beatriz.
—Si vais a la feria, marchaos ya. Y eso te incluye a ti, mamá.
El ambiente era tan tenso que se podía cortar con un cuchillo.
Beatriz giró lentamente la cabeza hacia él.
Su voz sonó tan fría que parecía capaz de congelar el aire.
—Ten cuidado con el tono que empleas conmigo.
Hugo no apartó la mirada.
—Empleo el tono que os merecéis.
Ella sonrió apenas.
—Habrás vuelto a Montealto, Hugo, pero no confundas las cosas.
Se acercó un paso.
—Ignacio está demasiado débil para hacerse cargo de nada.
La pausa fue breve.
—Ahora mando yo, que soy su legítima esposa.
Lucía explotó.
—¡Una mierda!
Todos nos volvimos hacia ella.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Pero también de rabia.
—¡Soy su hija! ¡Y soy su heredera!
Beatriz apenas pestañeó.
—Tú no estás en condiciones de mandar nada, niña.
Su frase terminó de romper algo dentro de Lucía.
Se quedó paralizada.
Muy recta.
Muy digna.
Las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas, pero no bajó la cabeza.
Jamás la había visto tan vulnerable y tan fuerte al mismo tiempo.
Beatriz hizo un gesto al chófer.
Patricia entró en el coche todavía resoplando.
Jaime tardó unos segundos más.
Durante un instante pareció mirar a Lucía.
Pero terminó agachando la cabeza y subiendo también.
El coche desapareció por el camino principal dejando tras de sí una nube de polvo que tardó varios segundos en disiparse.
Nadie habló.
Lucía seguía inmóvil.
Hugo se acercó despacio y le pasó un brazo por los hombros.
Después me miró a mí.
—Vamos.
Nos condujo hasta el porche trasero de la casa, donde Irene, que había presenciado toda la escena desde la cocina, apareció con una botella de fino muy frío y tres copas.
Nos sentamos los tres sin decir gran cosa.
Lucía apoyó la cabeza sobre mi hombro mientras sostenía la copa entre las manos.
Hugo levantó la suya.
No brindó.
Solo la sostuvo unos segundos mirando el horizonte.
Y, mientras el sol comenzaba a esconderse sobre los viñedos de Montealto y en el Real debían sonar las primeras sevillanas de la feria, comprendimos que había personas capaces de convertir cualquier fiesta en un duelo.
.. y otras capaces de acompañarte en el duelo hasta conseguir que la tristeza pesara un poco menos.