Si vuelves a mirarme así Capítulo 27
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Capítulo 27

Los días siguientes tiñeron Montealto de un gris que parecía haberse instalado no sobre el cielo, sino dentro de la casa.

No llovía, pues la primavera jerezana era más que luminosa, pero el ambiente tenía esa humedad triste que se pega a las paredes, a la ropa y al ánimo.

Los pasillos, que antes solían llenarse con la voz de Lucía, con las órdenes de Irene o con el ir y venir constante del personal, empezaron a sonar distintos.

Más bajos. Más prudentes. Incluso las risas, cuando aparecían por accidente, se apagaban deprisa, como si todos recordáramos de pronto que Ignacio se consumía un poco más cada día en su dormitorio, en el despacho o en aquel sillón junto a la ventana donde se empeñaba en sentarse para mirar los viñedos.

El deterioro fue demasiado rápido.

A veces, por la mañana, Ignacio bajaba con una camisa impecable y esa dignidad suya que parecía resistirse incluso a la enfermedad, pero bastaba observarle unos minutos para notar que el cuerpo ya no obedecía igual.

Caminaba más despacio, comía muy poco y su piel había adquirido un tono amarillento que Irene intentaba no mirar demasiado.

Yo sabía muy bien el porqué; le recordaba demasiado al proceso por el que pasó mi madre, su querida amiga, que se nos fue en pocos meses.

Hugo estaba pendiente de cada visita médica, de cada medicación y de cada cambio de horario; hablaba con los especialistas, organizaba la casa y aun así encontraba tiempo para aparecer en la cocina, preguntarme si había desayunado o si Lucía había conseguido dormir más de tres horas seguidas.

Lucía no dormía casi nada.

Se quedaba sentada en mi cama, en la suya o en cualquier rincón de la biblioteca con una manta sobre las piernas y los ojos perdidos, repitiendo una y otra vez que no podía imaginar Montealto sin su padre.

Había momentos en los que se derrumbaba de golpe, sin aviso, mientras charlábamos o tomábamos café, y entonces me buscaba la mano con una angustia que me rompía por dentro.

—No te vayas —me pedía cada dos por tres, incluso sabiendo que ya había roto el billete y que mi maleta volvía a estar deshecha—. Prométeme que no te vas a ir, Aitana. No ahora.

Y yo se lo prometía cada vez.

Se lo prometía mientras le apartaba el pelo de la cara, mientras la abrazaba en mitad del pasillo, mientras la acompañaba a ver a Ignacio y después recogía los pedazos de ella cuando salíamos de aquella habitación.

Se lo prometía porque era verdad, ya que no podía dejarla sola, pero también porque, aunque Londres siguiera existiendo en algún lugar lejano de mi cabeza, Montealto me había atado de nuevo con un lazo que ya no tenía nada que ver con Jaime ni con Beatriz.

Jacobo estuvo a la altura desde el primer día.

Aparecía en cuanto podía, reorganizaba reuniones, conducía desde donde estuviera sin quejarse y se sentaba con Lucía durante horas, sin intentar obligarla a hablar cuando ella no podía y sin hacer de su dolor un espectáculo.

A veces la hacía reír con alguna tontería inesperada, y otras simplemente se quedaba a su lado, sosteniéndole la mano mientras ella apoyaba la cabeza en su hombro.

Verlos juntos me emocionaba, porque había algo limpio y firme en la manera en que él la quería; nada de promesas imposibles, nada de frases perfectas, solo presencia, paciencia y una ternura que no necesitaba presumir de sí misma.

Hugo también estaba en todas partes.

No de una forma invasiva, sino constante.

Si Lucía necesitaba algo, él ya lo había previsto.

Si Ignacio quería hablar con los abogados, Hugo estaba allí.

Si Irene se bloqueaba en la cocina con los ojos llenos de lágrimas, él aparecía para preguntarle por el menú como si aquella normalidad fingida pudiera ayudarla a respirar.

Y conmigo hacía algo parecido. No me preguntaba cada diez minutos cómo estaba, quizás porque sabía que habría mentido, pero dejaba un café cerca de mí, me rozaba el brazo al pasar o me miraba desde el otro lado de una estancia con esa forma suya de decir sin palabras que me veía, que sabía cuánto me estaba costando sostener a Lucía mientras por dentro también me dolía todo.

Jaime, en cambio, parecía vivir en una casa distinta.

No digo que no estuviera afectado por lo de Ignacio.

Quería creer que sí, que algo en él se removía al ver al hombre que lo trató como un hijo perder fuerza tan deprisa.

Pero cada día me resultaba más difícil defender esa idea.

Pasaba mucho tiempo con Patricia, entrando y saliendo, hablando de compromisos, de llamadas pendientes, de reuniones que, según él, no podían esperar.

A veces aparecía en el dormitorio de Ignacio con gesto serio, permanecía allí dos minutos y después se marchaba como quien ha cumplido una obligación y punto.

Y cuanto más lo observaba, menos entendía cómo había estado tan ciega.

Había confundido su encanto con bondad, su deseo con amor y su cobardía con conflicto.

Ahora empezaba a verlo de verdad. Veía su forma de apartarse cuando las cosas se ponían feas, su manera de protegerse siempre a sí mismo antes que a nadie y esa tendencia a medirlo todo según lo que podía perder.

Cada día se parecía un poco más a Beatriz.

No en la frialdad evidente de ella, no en sus gestos calculados ni en esa crueldad refinada que convertía cualquier frase en una bofetada, pero sí en algo más profundo y quizás más triste: en la incapacidad de querer sin colocarse primero en el centro.

Una tarde, mientras Lucía dormía por fin después de llorar hasta quedarse agotada, bajé a la cocina y encontré a Hugo junto a la mesa, hablando en voz baja con Irene. Al verme, interrumpió la conversación y me ofreció una taza de café que ya estaba preparada.

—Sabía que bajarías —me comentó.

La acepté con las dos manos, demasiado cansada incluso para bromear.

—¿Tengo cara de necesitar cafeína o de necesitar un exorcismo?

—Un poco de ambas.

Su respuesta me arrancó una sonrisa mínima.

Hugo me observó con una tristeza suave.

—Lo estás haciendo muy bien con ella.

Bajé la mirada hacia la taza.

—No sé qué estoy haciendo.

—Estás quedándote.

La sencillez con la que lo dijo me hizo tragar saliva.

—A veces basta con eso.

No respondí, porque si lo hacía iba a llorar, y últimamente lloraba tanto que empezaba a parecer parte de mi uniforme.

Entonces, desde el piso de arriba, escuchamos la voz de Lucía llamándome.

No gritó. Solo pronunció mi nombre, pero había tanto miedo en aquella palabra que dejé la taza sobre la mesa y salí casi corriendo.

Cuando llegué, estaba sentada en la cama, con la cara descompuesta.

—Pensé que te habías ido. Creo que lo he soñado.

Me acerqué enseguida y me senté a su lado.

—Estoy aquí.

—No me dejes.

Le cogí la mano y la apreté con fuerza.

—No me voy a ninguna parte.

Lucía cerró los ojos y apoyó la frente contra mi hombro, respirando con dificultad mientras yo le acariciaba la espalda y miraba por la ventana el paisaje gris de Montealto.

A lo lejos, entre los viñedos, vi a Hugo caminando junto al médico hacia la casa.

Más allá, en el patio, Jaime ayudaba a Patricia a subir al coche con una atención elegante, casi perfecta, y aquella imagen, que semanas atrás me habría destrozado, apenas consiguió remover algo cansado dentro de mí.

Ya no era amor.

Ni siquiera rabia.

Era la claridad amarga de quien despierta tarde, pero despierta.

Apreté un poco más la mano de Lucía y comprendí que mi lugar, en aquel momento, estaba allí. No por Ignacio. Ni siquiera por Montealto.

Por ella.

Y quizás también por esa versión de mí que empezaba a aprender, despacio y con dolor, que quedarse no siempre significaba rendirse.