Si vuelves a mirarme así Capítulo 26
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Capítulo 26

El médico recomendó administrar a Lucía un calmante suave antes de que terminara la mañana.

Había llorado durante horas, sin apenas respirar entre sollozo y sollozo, con una angustia tan intensa que Irene terminó llamando de nuevo al especialista por miedo a que aquella sensibilidad extrema volviera a desencadenar un episodio parecido al que semanas atrás la llevó al hospital.

Nadie quería correr riesgos. Bastante duro era aceptar que Ignacio apenas disponía de unos meses de vida como para añadir un nuevo motivo de preocupación.

Cuando el medicamento empezó a hacer efecto, Lucía terminó quedándose dormida sobre la cama, abrazada a un cojín como si fuera una niña pequeña.

Permanecí sentada junto a ella largo rato, acariciándole el pelo mientras las lágrimas seguían escapándose de mis ojos sin hacer ruido.

Costaba reconocer en aquel cuerpo inmóvil a la mujer divertida, escandalosa y luminosa que llenaba Montealto de carcajadas cada mañana.

Al verla así comprendí que jamás habría podido marcharme.

Le aparté un mechón rubio de la frente y me levanté despacio para no despertarla. Cerré la puerta con cuidado y apoyé unos segundos la espalda en la pared del pasillo, intentando recomponerme antes de bajar.

Fue entonces cuando vi a Hugo.

Estaba al otro lado del corredor, junto a una ventana abierta desde la que entraba una corriente de aire tibio. Tenía las manos en los bolsillos y la mirada perdida en los jardines, pero al escuchar el ruido de la puerta, giró lentamente la cabeza hacia mí.

Nunca le había visto aquella expresión.

Parecía haber envejecido diez años en una sola mañana.

Me acerqué sin decir nada.

Él tampoco habló al principio.

Solo preguntó en voz baja:

—¿Cómo está?

Miré hacia la habitación.

—Dormida.

Asintió despacio.

—Mejor.

El silencio volvió a instalarse entre los dos. Era ese tipo de silencio que nace cuando el dolor ocupa tanto espacio que las palabras terminan sobrando.

Respiré hondo.

—Me quedo. No puedo marcharme en estas circunstancias. Aparte de Jacobo, Ignacio es todo lo que Lucía tiene en el mundo. Y ahora que está a punto de perderlo, es como si ese mundo suyo se dinamitara.

Hugo levantó la vista.

Sus ojos se clavaron en los míos durante unos segundos.

Después sonrió apenas, con una tristeza infinita.

—Es un gesto muy grande. Te honra, Aitana. Eres una persona leal, y la lealtad es un bien escaso, muy escaso, hoy en día.

Negué.

—No podía irme. No soy una heroína. Simplemente la quiero con toda mi alma.

Él comprendía perfectamente por qué.

—Lucía te necesita más que nunca.

Hizo una pequeña pausa.

—Y no solo ella.

Bajó la mirada hacia el suelo antes de terminar la frase.

—Creo que todos vamos a necesitarte.

Suspiré.

—Bueno... Beatriz no creo.

Mi certeza consiguió arrancarle una sonrisa exhausta.

—Olvídate de mi madre. No merece la pena ni hablar de ella en un momento tan doloroso para todos.

Me apoyé en la pared.

—Más fácil decirlo que hacerlo. Cuando sepa que me quedo, su fastidio no tendrá límite.

Hugo se cruzó de brazos.

—Me ocuparé de ella. Le hablaré.

Lo miré sorprendida.

—¿Para qué?

—Para comunicarle que te quedas.

Negué inmediatamente.

—No hace falta. Yo misma se lo diré. Si intercedes por mí, igual…

—Sí hace falta.

Su tono era convincente.

—Y, además, ahora mismo tiene otras preocupaciones mucho más importantes que enfrentarse contigo. Su marido se muere.

Guardó silencio un instante.

—Déjamelo a mí.

Ojalá.

Solo pude responder aquello.

Ojalá.

A media mañana, Ignacio pidió reunir a todo el servicio en el salón principal de la casa.

Nunca olvidaré aquella imagen.

Rodolfo permanecía de pie junto a la puerta con los ojos completamente enrojecidos. Irene apretaba un pañuelo entre las manos mientras Sonia intentaba contener el llanto mordiéndose el labio inferior. Germán, los jardineros y el resto del personal ocupaban la estancia en un silencio absoluto.

Ignacio apareció acompañado por Hugo y por Jaime, a quien ni siquiera le dediqué una mirada.

Caminaba despacio.

Mucho más despacio de lo habitual.

Parecía cansado.

Terriblemente cansado.

Aun así, mantuvo la espalda recta y esa elegancia que siempre había caracterizado cada uno de sus movimientos.

Nos miró uno por uno antes de comenzar a hablar.

—Supongo que todos conocéis ya la noticia.

Nadie respondió.

Él sonrió con una serenidad que me rompió por dentro.

—Los médicos han sido bastante claros conmigo.

Respiró despacio.

—Mi final está más cerca de lo que ninguno habría deseado.

Varias personas comenzaron a llorar.

Él levantó una mano pidiendo calma.

—Por favor.

Esperó unos segundos.

—Solo quiero pediros una cosa.

Su mirada recorrió la estancia.

—No permitáis que Montealto deje de ser Montealto.

El silencio volvió a hacerse enorme.

—Quiero que esta casa siga respirando alegría. Quiero escuchar las risas de Lucía. Quiero seguir oliendo el pan recién hecho de Irene y escuchar a Sonia protestar porque Rodolfo vuelve a colocar las sillas donde no debe.

Varias sonrisas se mezclaron con las lágrimas.

Ignacio continuó.

—No quiero una casa de luto antes de tiempo.

Su voz se quebró apenas un instante.

—Quiero despedirme de Montealto como se merece.

Rodolfo dio un paso adelante.

La emoción apenas le permitía hablar.

—Don Ignacio...

Se aclaró la garganta.

—¿Podemos hacer algo por usted?

Ignacio lo miró condescendiente.

—Sí.

Sonrió.

—Seguid actuando con normalidad.

Nada más.

Aquellas palabras terminaron de destrozarnos.

La reunión concluyó poco después, aunque nadie parecía capaz de moverse del sitio.

Yo salí al jardín intentando respirar un poco cuando escuché mi nombre.

Era Ignacio.

Venía caminando despacio, acompañado únicamente por Hugo.

Se acercó hasta mí y me tomó una mano entre las suyas.

—Gracias.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Por quedarte.

Me sorprendió que lo supiera tan pronto.

Él sonrió.

—Hugo me lo ha contado.

Noté un nudo en la garganta.

—Es lo menos que podía hacer por su hija.

Ignacio negó muy despacio.

—No.

Su mirada se volvió extraordinariamente cálida.

—Has renunciado a una oportunidad importante por acompañar a Lucía en el peor momento de su vida.

Apretó mi mano con suavidad.

—No olvidaré nunca ese gesto.

Sentí que las lágrimas amenazaban con volver.

No fui capaz de responder.

Solo bajé la cabeza.

En ese mismo instante apareció Beatriz al final del sendero.

Caminaba despacio, impecable como siempre, pero con el rostro endurecido y una expresión tan desagradable que parecía estar oliendo algo insoportable.

Se detuvo a pocos metros.

Miró la mano de Ignacio sujetando la mía.

Después me miró a mí.

Y, por último, dirigió una larga mirada a Hugo.

No dijo una sola palabra.

Su gesto bastaba para dejar claro que seguía viendo en mí un problema incluso cuando el hombre con el que compartía su vida acababa de recibir la peor noticia imaginable.

Ignacio soltó mi mano con tranquilidad.

Yo respiré hondo.

Y comprendí que, aunque la enfermedad hubiera cambiado muchas cosas en Montealto, había corazones que jamás cambiarían.

Después me refugié en mi dormitorio. Demasiadas emociones juntas para un solo día.

Miré esa maleta, cuyas ruedas ya no harían su función en el aeropuerto.

Partí el billete de avión que ya no me trasladaría a Londres.

Y pensé cuán irónico era ese destino que juega con nosotros en el momento menos pensado.

Y luego pensé en Lucía, en cuánto me iba a necesitar.