Si vuelves a mirarme así Capítulo 25
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Capítulo 25

La mañana de mi marcha comenzó con un nudo en la garganta y una maleta ya cerrada sobre la cama.

Había pensado que sería más fácil. Que después de tomar la decisión, hablar con Ignacio, despedirme de Montealto en la cena más bonita que nadie me había preparado nunca y pasar la noche entera intentando convencerme de que Londres era el principio de algo nuevo, levantarme y marcharme sería solo el último paso.

Sin embargo, cuando bajé a la cocina y encontré a Irene, Sonia y Rodolfo esperándome con unas caras que intentaban ser normales y no lo conseguían ni de lejos, comprendí que ninguna despedida de verdad era sencilla.

Irene fue la primera en abrazarme. No dijo nada al principio, solo me estrechó contra ella con tanta fuerza que durante unos segundos volví a mi infancia y a buscar en sus brazos el consuelo que tantas veces me faltó desde que murió mi madre.

Sonia, que llevaba un pañuelo en la mano y la nariz roja, intentó disimular haciendo una broma sobre mi futuro inglés, aunque la voz le tembló en la última palabra.

—Prométeme una cosa —me pidió, señalándome con el pañuelo—. No te conviertas en una repelente de esas que vuelven diciendo "oh, darling" y bebiendo té a las cinco con cara de Mary Poppins.

Me eché a reír pese a las lágrimas.

—¿Qué tienes tú contra Mary Poppins?

—Tirria desde niña. Muchísima. Esa mujer saca muebles de un bolso y todo el mundo lo ve normal. A mí me dio miedo siempre. Oculta algo, te lo digo yo.

Rodolfo carraspeó, muy digno, aunque tenía los ojos brillantes.

—Sonia, por favor, Aitana se va a Londres, no la espantes con historias locas de niñeras diabólicas.

Nos hizo reír a todos, y quizás por eso dolió todavía más.

Porque entre aquellas paredes había habido momentos horribles, sí, pero también estaba mi gente.

Irene, que había sido casi una segunda madre.

Sonia, mi amiga de confidencias y tonterías.

Rodolfo, que fingía ser serio mientras se preocupaba por todos como si fuéramos su familia.

Me extrañó no ver a Lucía, a quien adoraba y necesitaba a la vez.

Miré hacia la puerta varias veces mientras apuraba el café que Irene insistió en prepararme, pero no apareció.

Pensé que quizás no podía soportar la despedida.

O que vendría en el último segundo, fiel a su estilo, con algún comentario divertido para rompernos a todas y hacernos reír justo cuando más ganas teníamos de llorar.

Cuando subí a por la maleta y bajé de nuevo, Rodolfo ya estaba en el pasillo dando instrucciones a Germán, el chófer.

—Prepare el coche, por favor. La señorita Aitana sale en unos minutos.

Me detuve en seco.

—No, no. Llamaré a un taxi.

Rodolfo me miró como si acabara de proponer cruzar el Atlántico en patinete.

—De ninguna manera. En esta ocasión irás con chófer.

—Rodolfo...

—No se discute.

La firmeza con la que lo dijo me emocionó más de lo que quería admitir. Estaba a punto de responder cuando la puerta lateral se abrió y Lucía apareció en el pasillo.

Al verla, todo dentro de mí se detuvo.

No venía como esperaba. No venía corriendo ni protestando ni fingiendo que la nuestra era una escena dramática de aeropuerto.

Venía pálida, con el rostro desencajado y los ojos llenos de lágrimas.

Tenía esa cara fantasmagórica de quien acaba de escuchar una noticia tan terrible que todavía no sabe dónde colocarla dentro del cuerpo.

Solté la maleta.

—Lucía...

Ella intentó hablar, pero no pudo. Se llevó una mano a la boca y entonces comprendí que algo espantoso había ocurrido.

Crucé el pasillo hacia ella.

—¿Qué pasa?

Sus ojos buscaron los míos, rotos, perdidos, y cuando por fin consiguió pronunciar las palabras, todo Montealto pareció derrumbarse a nuestro alrededor.

—Mi padre se muere.

No entendí la frase.

O no quise entenderla.

—¿Qué?

Lucía empezó a llorar con una desesperación que jamás le había visto.

—Se muere, Aitana. Se muere.

La abracé incluso antes de saber qué estaba haciendo. Ella se agarró a mí con tanta fuerza que casi me hizo daño, pero no me moví. Irene se llevó una mano al pecho, incrédula. Sonia empezó a llorar también. Rodolfo permaneció inmóvil, blanco como la pared.

Entre sollozos, Lucía consiguió explicarme que Ignacio llevaba días encontrándose mal.

Cansancio extremo, cierta pérdida de peso, dolor abdominal que al principio había confundido con estrés, náuseas, falta de apetito y una coloración amarillenta en la piel que esa misma mañana por fin le había asustado lo suficiente para acudir al médico.

Las pruebas urgentes habían sido demoledoras.

Un cáncer de páncreas muy avanzado, con afectación hepática.

Le quedaban apenas un par de meses, quizás algo más si respondía a cuidados paliativos, pero sin margen real para luchar contra aquello como se lucha contra una enfermedad que aún permite esperanza.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Ignacio.

El hombre que había permitido que mi madre siguiera en Montealto cuando se quedó sola y embarazada. El hombre que me había dado trabajo cuando ella murió. El hombre que me había abrazado el día anterior y afirmó que me echaría de menos.

No podía ser.

Lucía se separó apenas lo justo para mirarme, con la cara llena de lágrimas y una súplica tan desnuda que me partió por dentro.

—No te vayas, Aitana, no me dejes ahora.

Mi garganta se cerró.

—Lucía...

—Por favor.

Negó una y otra vez mientras me sujetaba las manos.

—No puedo hacerlo sin ti. No puedo. Beatriz va a convertir esto en una pesadilla, Jaime no sirve para nada, Hugo está intentando sostenerlo todo, pero yo... yo necesito que te quedes conmigo.

Miré la maleta caída en mitad del pasillo.

Miré a Irene, a Sonia, a Rodolfo.

Miré a mi amiga.

Y supe que no iba a subir a ningún coche.

No aquel día.

No así.

La abracé de nuevo y cerré los ojos mientras ella lloraba contra mi hombro.

—Me quedo.

Lucía soltó un sollozo más fuerte, casi de alivio.

—¿De verdad?

Le acaricié el pelo, intentando no romperme del todo.

—De verdad.

La maleta siguió allí, abandonada junto a la puerta, como si perteneciera a otra vida. Londres, que unas horas antes parecía el futuro, se convirtió de pronto en un lugar lejano, suspendido en algún punto al que ya no podía llegar.

Porque Montealto volvía a necesitarme.

Pero, sobre todo, porque Lucía me necesitaba.

Y yo no era capaz de dejarla sola en el peor día de su vida.