Si vuelves a mirarme así Capítulo 24
67%

Capítulo 24

La última noche en Montealto llegó pronto.

Había pasado el día entero guardando cosas, doblando ropa, revisando papeles y fingiendo que la maleta abierta sobre mi cama no significaba exactamente lo que significaba.

Irene había subido dos veces con excusas distintas, Sonia tres, y Lucía directamente se había instalado en mi habitación durante media tarde para supervisar que no me dejara nada importante, aunque en realidad las dos sabíamos que solo buscaba alargar un poco más la despedida.

Cuando dieron las nueve, yo ya estaba convencida de que la noche terminaría en pijama, tras una cena ligera y con la mirada perdida en la ventana de mi habitación, intentando memorizar el sonido de Montealto antes de marcharme.

Por eso me sorprendió escuchar unos golpes suaves en la puerta.

Pensé que sería Lucía, o quizás Sonia con alguna broma de última hora, pero al abrir encontré a Hugo al otro lado del pasillo.

Llevaba una camisa blanca, chaqueta oscura y esa expresión enigmática que siempre parecía esconder algo más de lo que decía.

Durante unos segundos no supe cómo reaccionar.

No esperaba verle allí, mucho menos a esas horas, y de pronto fui demasiado consciente de mi aspecto: unos vaqueros sencillos, una blusa clara y el pelo recogido deprisa con una pinza.

—¿Ocurre algo? —le pregunté, intentando no sonar tan nerviosa como me sentía.

Hugo sonrió apenas, con las manos en los bolsillos y los ojos detenidos en mí de una forma que consiguió dejarme sin palabras antes incluso de saber qué quería.

—Sí. Te invito a cenar.

Parpadeé.

—¿Ahora?

—Ahora.

Miré hacia el reloj del pasillo, como si aquello pudiera demostrarle que la idea era absurda.

—Hugo, son las nueve. No estoy arreglada. Tendría que cambiarme, peinarme, maquillarme un poco, buscar unos zapatos decentes y probablemente aceptar que mi maleta se ha tragado la mitad de mi ropa.

Él escuchó toda la lista sin perder la sonrisa.

—Estás perfecta.

Sentí que el calor me subía al cuello.

—No lo estoy.

Hubo una pausa breve, de esas que se llenan de cosas que nadie termina de decir.

—Además, es una cena informal.

Aquello me hizo desconfiar.

—Cuando alguien como tú dice "informal", suele significar que los cubiertos valen más que mi sueldo.

La risa baja que soltó me tranquilizó un poco.

—Prometo que no habrá cubiertos intimidantes.

—¿Y tengo opción de negarme?

—No demasiada.

Me miró con una suavidad que desarmaba.

—Es tu última noche en Montealto. Déjame despedirte como mereces.

No supe qué responder.

Quizás porque nadie me había dicho nunca algo así.

Quizás porque llevaba días intentando ser fuerte y aquella frase consiguió tocar justo el lugar donde más frágil me sentía.

Asentí despacio, cogí una chaqueta fina y salí al pasillo con él.

Caminamos por la casa en silencio, bajando por la escalera secundaria para evitar la zona principal, donde todavía podían escucharse algunas voces lejanas.

Beatriz no apareció. Jaime tampoco. Por una vez, Montealto parecía concederme unos minutos sin fantasmas.

Hugo me condujo hacia la zona de las bodegas.

El aire de la noche olía a madera y a esa humedad antigua que siempre rodeaba los edificios donde dormía el vino.

Las luces exteriores dibujaban sombras suaves sobre las paredes encaladas y, a medida que nos acercábamos, empecé a escuchar una música muy baja.

Una guitarra. Palmas lejanas. Una voz cálida que reconocí al instante cuando entramos.

Sonaba Es el sur , de Costa Sur.

Me detuve en la entrada.

No porque no quisiera seguir.

Sino porque lo que vi dentro me dejó sin respiración.

En una de las salas más antiguas de la bodega, entre barricas alineadas y paredes de piedra, Hugo había preparado una mesa para dos.

No una mesa ostentosa ni recargada, sino preciosa.

Un mantel claro, copas finas, velas repartidas sobre pequeñas bases de cristal y varios puntos de luz cálida que hacían brillar la madera oscura de las barricas.

En el centro había flores sencillas, de campo, nada excesivo, y una selección de platos pequeños colocados con tanto esmero que parecía imposible que aquello fuera para mí.

Había quesos curados, uvas, pan recién tostado, jamón cortado finísimo, pequeñas porciones de atún rojo, salmorejo servido en cuencos diminutos, aceitunas aliñadas, croquetas doradas, milhojas de berenjena con miel y varios platos más que olían de maravilla.

Al lado de cada uno, una copa distinta esperaba el vino correspondiente.

Me giré hacia él sin saber qué decir.

—Hugo...

Él se acercó a una de las sillas y la apartó para mí.

—Siéntate.

Obedecí casi sin pensar.

Seguía observándolo todo con una mezcla de asombro y emoción que me tenía la garganta cerrada.

—Esto es fantástico.

La frase se quedó cortísima.

Demasiado.

Él ocupó la silla frente a mí y, durante unos segundos, solo me miró. No de una forma invasiva, sino con una atención serena que parecía decir que aquella noche estaba pensada únicamente para que yo pudiera respirar.

—Te mereces que Montealto te agasaje una vez.

Sus palabras me golpearon con una ternura inesperada.

—Yo no...

—Sí.

No me dejó terminar.

—Has trabajado aquí toda tu vida. Tu madre también. Has cuidado esta casa, a esta familia y a muchas personas que no siempre han sabido devolverte ni la centésima parte de lo que dabas.

Bajé la mirada hacia la servilleta porque los ojos empezaban a escocerme.

—No hacía falta.

—Claro que hacía falta.

Su voz sonó serena, pero firme.

—No quería que tu última noche aquí fuera solo una maleta abierta y una despedida triste.

La música siguió sonando de fondo mientras comenzábamos a cenar.

Hugo me explicó cada plato con una mezcla de orgullo y humor que consiguió arrancarme varias sonrisas.

Me contó qué vino había elegido para acompañar los quesos, cuál para el atún, cuál para el jamón y cuál para el postre, aunque él apenas probó un par de sorbos de cada copa porque insistía en que debía conservar la cabeza fría para "entregarme de vuelta a mi habitación sin incidentes diplomáticos".

—¿Siempre eres tan responsable? —le pregunté, pinchando una croqueta.

—No.

—Menos mal.

—Solo cuando la persona a la que acompaño tiene tendencia a tropezarse al bajar de los coches.

Le lancé una mirada indignada.

—Eso fue culpa tuya.

—¿Mía?

—Abriste la puerta con demasiada elegancia. Una se desestabiliza.

Hugo soltó una carcajada y aquella risa llenó la bodega de una calidez que me hizo sonreír sin poder evitarlo.

Durante la cena hablamos de Londres. De los niños que tendría que cuidar.

Del inglés. De mi miedo a no entender nada los primeros días y acabar respondiendo "yes" a todo aunque me estuvieran preguntando si quería vender un riñón.

Él se rio con ganas, pero después me recordó que nadie empezaba sabiendo, que ser valiente no significaba no tener miedo, sino avanzar incluso con las piernas temblando.

Brindamos con una copa de vino blanco.

—Por Londres —dijo él, levantando la suya.

Yo choqué mi copa con la suya, aunque la palabra me produjo un vértigo extraño.

—Por Londres.

—Por una vida distinta.

—Por una vida mía —corregí en voz baja.

Hugo me miró con una intensidad suave.

—Eso suena mucho mejor.

El silencio que siguió no se hizo pesado.

Fue de esos que parecen guardar algo bonito entre dos personas que todavía no saben muy bien qué hacer con lo que notan que fluye.

Miré alrededor, las barricas, las luces, las flores, la mesa preparada con tanto cuidado, y sentí una gratitud inmensa.

No solo por la cena. Por el gesto. Por la forma en que Hugo me estaba despidiendo de Montealto, sin intentar retenerme, sin juzgarme y sin hacerme sentir culpable.

—Gracias —murmuré.

Él negó despacio.

—No me las des todavía. Falta el postre.

Aquello me hizo reír.

El postre resultó ser una tarta pequeña de queso con mermelada de Pedro Ximénez y dos cucharillas, porque, según Hugo, era una ración "perfectamente calculada para dos personas civilizadas, no como la agonías de Lucía".

Acabamos discutiendo por la última cucharada como si tuviéramos cinco años y, cuando me la cedió con una reverencia exagerada, sentí que algo dentro de mí se aflojaba por fin.

La noche avanzó despacio, entre música baja, risas suaves y miradas que a veces se quedaban un segundo más de lo prudente.

Ninguno de los dos habló del resto de su familia.

Aquella cena parecía existir en un territorio aparte, un pequeño refugio dentro de la bodega donde todo lo que me había dolido durante los últimos meses podía quedarse fuera, aunque solo fuera durante unas horas.

Cuando llegó el momento de marcharnos, me costó levantarme.

No quería romper aquello.

Hugo lo notó, pero no dijo nada. Se limitó a acompañarme hasta la salida, apagando algunas luces a nuestro paso mientras la última canción seguía sonando muy baja detrás de nosotros.

Fuera, la noche estaba templada.

Caminamos de regreso a la casa en silencio, muy cerca el uno del otro. Al llegar al pie de la escalera secundaria, me detuve y me volví hacia él. La luz del pasillo le dibujaba sombras suaves en el rostro y, por alguna razón, sentí que esa despedida no era solo de Montealto.

También era de una versión de mí que se quedaba allí.

—Ha sido la cena más bonita que nadie ha preparado para mí —le confesé.

Hugo no sonrió enseguida.

Su mirada se quedó en la mía con una calidez que me hizo contener el aire.

—Entonces ha merecido la pena.

No sé quién se movió primero.

Quizás él.

Quizás yo.

Solo sé que, un segundo después, me rodeó con los brazos y me atrajo hacia sí en el abrazo más cálido que recordaba.

No hubo prisa. No hubo torpeza. No hubo nada que sonara a despedida precipitada.

Solo sus manos firmes en mi espalda, mi mejilla apoyada contra su pecho y esa sensación inesperada de estar a salvo justo la noche antes de marcharme.

Cerré los ojos.

Y durante unos instantes me permití quedarme allí.

Sin pensar en Londres.

Sin pensar en Montealto.

Sin pensar en nada más que en aquel abrazo.

Cuando nos separamos, ninguno dijo demasiado.

Subí las escaleras con el corazón lleno de una emoción difícil de nombrar y, al llegar a mi habitación, me detuve un segundo antes de abrir la puerta. La maleta seguía allí, esperando sobre la cama, pero por primera vez no me pareció solo una huida.

También parecía una promesa.