Si vuelves a mirarme así Capítulo 23
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Capítulo 23

Por la mañana me desperté antes incluso de que sonara el despertador. Apenas había dormido cuatro horas, pero no por tristeza, sino por esa extraña mezcla de miedo e ilusión que llevaba días acompañándome desde que tomé la decisión de marcharme a Londres. A lo que sumé la dichosa pesadilla.

Permanecí unos minutos remoloneando mientras escuchaba cómo Montealto comenzaba a desperezarse poco a poco: el ruido lejano de algún tractor, las voces apagadas del personal entrando por la cocina y el aroma del café recién hecho que siempre terminaba colándose por el pasillo.

Aquella casa había sido mi hogar toda la vida y, sin embargo, sentía que estaba preparada para despedirme de ella.

Me vestí despacio y me dirigí directamente al despacho de Ignacio.

Sabía que a esas horas revisaba la correspondencia de las bodegas antes de comenzar las reuniones del día y, cuando llamé suavemente a la puerta, escuché su voz grave invitándome a pasar.

Levantó la cabeza del montón de papeles que tenía sobre la mesa y sonrió al verme.

—Buenos días, Aitana. ¿Ha ocurrido algo?

Negué mientras cerraba la puerta a mi espalda. De pronto, todas las palabras que había ensayado desaparecieron.

—Quería hablar con usted.

Ignacio dejó la pluma sobre la mesa y me indicó la silla que tenía delante.

—Pues siéntate.

Obedecí, aunque apenas permanecí unos segundos sentada antes de volver a levantarme. Los nervios me estaban jugando una mala pasada.

—No hace falta.

Él me observó con atención.

—Te noto inquieta.

Tragué saliva.

—Porque dentro de unos días me marcho.

Durante un instante no dijo absolutamente nada.

La sonrisa fue desapareciendo poco a poco de su rostro mientras asimilaba la noticia.

—¿Te marchas?

Asentí.

—A Londres.

Sus ojos permanecieron fijos en mí.

—¿Ha pasado algo en concreto? ¿Algo que yo deba saber?

Bajé la vista hacia la alfombra mientras intentaba encontrar una respuesta sencilla.

—No, no es eso.

Mentí.

Ignacio guardó silencio.

Después bajó también la mirada y suspiró muy despacio.

Tuve la sensación de que había entendido mucho más de lo que yo acababa de contarle.

—Lo lamento muchísimo.

Su voz sonó sincera.

—De verdad.

Se levantó de la silla y rodeó la mesa.

Jamás olvidaré lo que hizo después.

Me abrazó.

Sin ceremonias.

Sin distancia.

Como si hubiera vuelto a ser aquella niña que correteaba por los jardines de Montealto con las rodillas llenas de arañazos al lado de su hija Lucía.

Sentí que las mejillas comenzaban a arder.

No estaba acostumbrada a recibir aquel cariño.

Mucho menos de él.

—Te vamos a echar de menos, Aitana.

La emoción me cerró la garganta.

Solo pude darle las gracias en voz baja antes de salir del despacho, intentando que no se notara que estaba a punto de llorar.

No había recorrido ni veinte metros del pasillo cuando me crucé con Beatriz.

Venía caminando hacia mí con esa elegancia impecable que parecía utilizar como armadura, vestida de blanco y con un bolso diminuto colgado del brazo. Bastó verla para que todo el calor del abrazo de Ignacio desapareciera de golpe.

Ella también me vio.

Y comprendí que iba a detenerse.

Antes de que pudiera abrir la boca, respiré hondo.

—Acabo de comunicarle a su marido que me marcho dentro de unos días, así que ya no debe temer nada.

Beatriz arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

Asentí.

—Así es. Me marcho a Londres.

Sus labios dibujaron una sonrisa apenas perceptible.

—¿Te marchas sola?

La forma de preguntar hizo que entendiera inmediatamente lo que estaba pensando.

Temía que huyera con Jaime.

Sentí una mezcla de rabia y lástima.

—Sola.

Nos sostuvimos la mirada unos segundos.

Después ella hizo una leve inclinación de cabeza y continuó caminando sin decir una sola palabra más.

Por extraño que pareciera, aquella pequeña victoria me hizo sentir más ligera.

Busqué a Lucía por toda la casa hasta encontrarla en las cuadras, dando zanahorias a uno de los caballos mientras discutía risueña con el mozo porque aseguraba que el animal la quería más a ella que a él.

Nada más verme levantó la cabeza.

—Tengo un plan.

Sonreí.

—Ven conmigo, Aitana.

Se acercó hasta mí y me tomó de la mano.

—Vamos a dar un paseo.

Miré alrededor.

—¿Ahora?

—Ahora, ¿o lo dejamos para cuando me abandones?

—No seas dramática. Además, espero que vengas muy pronto a verme a Londres. A diferencia de mí, tú coges aviones a cada momento.

Señaló los caballos.

—Cierto, pero mientras vamos a pasear como cuando éramos pequeñas.

No pude evitar sonreír.

Hacía años que no montábamos juntas por los caminos de Montealto.

—La bruja se va a enfadar si nos ve.

Lucía soltó una carcajada.

—Pues límpiate el culo con su enfado, ¿qué va a hacer ya? ¿Echarte?

Unos minutos después cabalgábamos entre los viñedos bajo un cielo completamente azul. El aire olía a tierra húmeda y a hojas nuevas, y el sonido de los cascos golpeando el camino despertó recuerdos que llevaba demasiado tiempo guardados.

Hablábamos de todo.

De Londres.

De Jacobo.

De las botas plateadas que Lucía seguía empeñada en comprarse.

Y durante un rato tuve la sensación de haber recuperado a la niña que había sido antes de que todo se complicara.

Al pasar junto a una de las parcelas vi a Hugo hablando con varios trabajadores.

Se volvió hacia nosotras al escuchar el ruido de los caballos.

Sonrió.

Yo levanté una mano.

Y, sin pensar demasiado lo que hacía, le grité desde lejos:

—¡Hugo! ¡Que me marcho! ¡Voy a ser libre!

Varios vendimiadores se giraron riéndose.

Lucía empezó a aplaudir desde el caballo.

Hugo negó despacio con la cabeza, aunque seguía sonriendo.

No respondió.

Solo levantó también la mano y la mantuvo en alto mientras nos alejábamos entre las cepas.

Y por un instante, mientras el viento me despeinaba y el caballo avanzaba al trote entre los caminos de Montealto, tuve la sensación de que el futuro podía dar mucho menos miedo del que había imaginado.