Capítulo 22 #2
—No estoy tan mal, ¿no? —me preguntó con una sonrisa explosiva.
Entramos todavía riéndonos y la acomodadora nos indicó nuestros asientos, justo en el centro de la sala.
Apenas me senté, Hugo comenzó a colocar la comida alrededor como si estuviera organizando un pequeño campamento.
Las palomitas quedaron entre los dos, los nachos a su derecha, las chucherías sobre sus piernas y los chocolates repartidos en los reposabrazos.
Un niño que pasaba por delante se quedó mirándolo con admiración.
Su madre tuvo que tirar de él para que siguiera caminando.
Yo me tapé la cara con las manos.
—Me está dando vergüenza ajena.
—En unos minutos me lo agradecerás.
—Ni loca.
La película comenzó poco después y, durante los primeros minutos, intenté prestar atención a la pantalla, aunque me costaba bastante más de lo esperado.
Hugo hacía comentarios bajísimos cada vez que aparecía un personaje nuevo, imaginando finales o inventando parentescos imposibles entre ellos.
Conseguía que me entrara la risa justo en las escenas más serias, obligándome a taparme la boca para no molestar al resto del público.
En un momento especialmente dramático, cuando toda la sala permanecía en absoluto silencio, me ofreció un regaliz.
Negué.
Me ofreció una nube.
Volví a negar.
Entonces sacó un bombón de chocolate.
Acepté.
Él sonrió satisfecho.
—Lo sabía.
—Has ganado por insistente.
—No. He ganado porque conozco el poder del chocolate.
La historia fue avanzando y, poco a poco, ambos dejamos de hablar.
La película terminó atrapándonos mucho más de lo que esperábamos y descubrí que Hugo era bastante más sensible de lo que aparentaba.
En una escena especialmente emotiva, lo vi llevarse la mano a la cara y frotarse discretamente un ojo.
No dije nada.
Seguí mirando la pantalla.
Pero un par de minutos después volví a girarme.
Allí seguía.
Muy serio.
Con la vista fija en la película.
Y con los ojos ligeramente brillantes.
No pude evitar sonreír.
Cuando terminaron los créditos permanecimos unos segundos sentados mientras la gente abandonaba la sala.
Hugo seguía mirando la pantalla apagada.
—Me ha gustado.
Su voz sonó extrañamente baja.
—A mí también.
Se volvió hacia mí.
—Aunque no pienso reconocer delante de nadie que casi lloro.
Levanté una ceja.
—¿Casi?
Se aclaró la garganta.
—Bueno...
Bajó la vista.
—Una mota de polvo, ya sabes.
—Ya sé, listillo, sí.
Salimos del cine todavía comentando algunas escenas y discutiendo sobre el final.
No recuerdo cuánto tiempo llevábamos hablando cuando él miró el reloj.
—Tengo hambre.
Lo miré con incredulidad.
—¿Después de todo lo que has comido?
Se encogió de hombros.
—Ha sido un aperitivo.
Negué riéndome.
—Ni en mil vidas vuelvo a comer comida basura hoy.
Él pareció decepcionado.
—Entonces descartamos la hamburguesa doble.
—Y la triple.
—¿La simple?
—También.
Se llevó una mano al pecho.
—Qué difícil eres.
—No. Es que quiero llegar viva a Montealto.
Seguimos caminando despacio entre las tiendas, todavía bromeando sobre el tamaño imposible de las palomitas y sobre la cantidad de azúcar que debía de correr ya por sus venas. Hacía tiempo que no me reía tanto y empezaba a dolerme el estómago de tanto hacerlo.
Fue entonces cuando, al doblar una esquina del centro comercial, el sonido de una guitarra flamenca llegó desde el tono del móvil de una señora.
Me detuve sin querer.
Solo un instante.
Pero Hugo lo notó.
Y, al observar la forma en que mis ojos buscaban aquel sonido entre la gente, sonrió con una serenidad de lo más agradable.
—¿Te apetece dar una vuelta antes de volver? Venga, no seas pava.
—¿Me has llamado pava?
—Pero solo para activarte, no te lo lleves a lo personal.
—¿Qué dices? Pero si soy de lo más activa.
—Las cosas se demuestran, no solo se dicen.
—¿Qué quieres tú de mí, chalado? Calla, calla, perdona, que se me ha escapado.
—Tranquila, que no se lo pienso contar a mi madre —murmuró entre risas de lo más llamativas.
—Sí, sí, por lo que más quieras.
Sin saberlo, acababa de cambiar por completo el rumbo de aquella noche.
Acepté sin pensarlo demasiado.
Ni siquiera pregunté adónde íbamos. Me limité a caminar junto a Hugo, una vez que aparcó el coche, por las calles del centro de Jerez mientras la noche comenzaba a llenarse de terrazas abarrotadas, parejas paseando despacio y grupos de amigos que hablaban a voces entre el olor a jazmín y a vino fino que parecía flotar siempre en el aire cuando llegaba el buen tiempo.
Hacía meses que no disfrutaba de una tarde tan ligera y, por primera vez en muchísimo tiempo, descubrí que llevaba horas sin pensar en Jaime.
Me pareció un milagro.
—¿Por qué sonríes? —me preguntó Hugo mientras cruzábamos la plaza del Arenal.
Negué con la cabeza.
—Porque sí.
—Mientes fatal. Sonríes por algo.
—Y tú preguntas demasiado.
Él levantó las manos en señal de rendición.
—Vale, vale. No volveré a interesarme por tu bienestar emocional hasta dentro de, más o menos, cinco minutos —afirmó mientras consultaba su reloj.
Solté una carcajada.
—Qué considerado.
Seguimos caminando hasta una calle estrecha llena de pequeños locales donde sonaban guitarras, cajones y palmas. La música parecía escaparse por las ventanas abiertas y mezclarse con el bullicio de la ciudad, creando una atmósfera tan auténtica que me obligó a bajar el paso.
Entonces lo vi.
Un pequeño tablao, decorado con faroles antiguos y macetas repletas de geranios, del que escapaban unos acordes de guitarra que me hicieron detenerme sin querer. Otra vez, una guitarra. Y entonces supe que lo había hecho a propósito.
Hugo siguió mi mirada.
—¿Entramos?
Lo miré sorprendida.
—¿Te gusta el flamenco?
Se encogió de hombros.
—Pues claro, ¿o es que crees que mi estancia en Estados Unidos me ha hecho olvidarme de dónde vengo?
Hizo una pausa.
—Eso nunca.
—Pues yo pensé que ahora te gustaría más el béisbol, mira tú por dónde.
—Pues no pienses tanto, anda.
Entramos.
El local era pequeño, acogedor, con mesas de madera muy juntas y un escenario apenas elevado unos centímetros del suelo. Un guitarrista afinaba las cuerdas mientras una cantaora hablaba con el camarero y varias parejas terminaban sus copas entre aplausos.
Nos sentamos al fondo.
Un camarero se acercó enseguida.
—¿Qué os pongo?
Hugo me miró.
—¿Qué quieres?
—Una cola.
Él volvió la cabeza.
—Para ella una copa de fino bien frío.
Abrí mucho los ojos.
—¿Perdón?
—Y para mí una cerveza sin alcohol.
El camarero tomó nota y se marchó.
Me giré hacia él.
—¿Por qué a mí con alcohol y tú sin?
Hugo sonrió con absoluta tranquilidad.
—Porque alguien tiene que devolverte a Montealto de una pieza.
Fruncí el ceño.
—Muy considerado otra vez.
Se quedó pensativo.
—Y porque creo que un poquito de vino te vendrá bien.
—¿Y a ti no?
—Ya te he dicho que tengo que conducir.
Hizo una pausa.
—Y tú necesitas relajarte.
Me crucé de brazos.
—No me conoces tanto.
Él apoyó los codos sobre la mesa.
—Hoy has reído más que en las últimas semanas.
No supe qué responder.
El camarero dejó las bebidas sobre la mesa y el espectáculo comenzó apenas unos minutos después.
La guitarra llenó el local con los primeros acordes mientras el silencio se apoderaba de todos los presentes.
Una bailaora apareció sobre el escenario y el taconeo empezó a mezclarse con las palmas en una combinación que siempre conseguía ponerme un nudo en la garganta.
Sin darme cuenta sonreí.
Hugo lo notó.
—Te emociona.
Asentí muy despacio.
—Mi madre bailaba.
La voz casi no me salió.
Miré el escenario sin apartar los ojos de la bailaora.
—Lo hacía increíble. Hubiera podido dedicarse profesionalmente a ello. Tenía el nivel, te lo aseguro.
Recuerdo que, cuando era pequeña, llenaba el salón de Montealto de música y me obligaba a seguirle el compás aunque yo protestara porque quería jugar.
Sonreí al recordar aquello.
—Decía que el flamenco no se aprendía con los pies, sino con el corazón.
Permanecimos un rato en silencio.
La cantaora comenzó entonces A Tu Vera y sentí que algo se removía dentro de mí.
Era una de las canciones favoritas de mi madre.
No me di cuenta de que estaba tarareándola hasta que Hugo me miró.
—¿Tú también bailas?
Negué.
—Me gusta.
—Eso no responde.
Sonreí.
—Ella me enseñó.
Miré el escenario.
—Pero nunca he estado a su altura.
Hugo permaneció unos segundos completamente callado.
Después se levantó.
—¿Dónde vas?
No respondió.
Se acercó directamente al escenario y habló unos instantes con la cantaora.
Vi cómo ella sonreía mientras giraba la cabeza hacia mí.
Y entonces comprendí lo que acababa de hacer.
—No.
Me levanté de golpe.
—¡Hugo!
Demasiado tarde.
La cantaora tomó el micrófono.
—Esta noche tenemos entre nosotros a una jerezana que, según me cuentan, baila con el alma.
Sentí que toda la sangre desaparecía de mi cara.
Varias personas comenzaron a aplaudir.
Yo quería desaparecer.
Hugo regresó junto a la mesa con una tranquilidad desesperante.
—Estás loco.
Sonrió.
—Un poco.
—No pienso subir.
La cantaora volvió a insistir.
El público también.
Alguien gritó:
—¡Que salga!
No sé cómo ocurrió.
Solo sé que unos segundos después estaba sobre aquel pequeño escenario, con las piernas temblando y el corazón golpeándome con tanta fuerza que apenas podía respirar.
La guitarra volvió a sonar.
Las primeras palmas comenzaron a marcar el compás.
Cerré los ojos.
Y entonces dejé de estar allí.
Volví a tener ocho años.
Volví a ver a mi madre bailando en el salón de Montealto.
Volví a escuchar sus risas.
Sus consejos.
Su voz corrigiendo la posición de mis brazos.
Cuando abrí los ojos, el cuerpo empezó a moverse casi solo.
Las manos dibujaban el aire.
Los pies encontraban el compás sin esfuerzo.
La falda giraba alrededor de mis piernas mientras el tablao entero desaparecía para dejar paso únicamente a la música.
No sé cuánto duró.
Quizás tres minutos.
Quizás toda una vida.
Cuando terminó la última nota, el silencio apenas existió un instante antes de romperse bajo una ovación inmensa.
Todo el local estaba en pie.
Aplaudiendo.
Sentí que las mejillas me ardían.
Bajé del escenario casi corriendo.
Hugo seguía sonriendo.
—Estás completamente loco, loco del todo.
Él negó despacio.
—Lo estaría si dejara escapar momentos como ese.
Me quedé mirándolo.
Todavía sin respiración.
—Tienes muchísimo talento, Aitana.
Su voz sonó serena.
—Y llevas demasiado tiempo escondiéndolo.
No fui capaz de responder.
Solo bajé la vista hacia la copa mientras una emoción extraña me apretaba la garganta.
Permanecimos allí un rato más, hablando de mi supuesto talento mientras terminábamos las bebidas, y cuando abandonamos el local la noche de Jerez seguía llena de música.
Volvimos a Montealto entre bromas y comentarios sobre la actuación. Yo seguía avergonzada y él seguía convencido de que había hecho lo correcto.
Al llegar a la finca, las luces estaban casi todas apagadas.
Solo una permanecía encendida.
La del dormitorio de Beatriz.
Hacía mucho tiempo que ella, que era más fría que un témpano, no compartía dormitorio con Ignacio.
Según me contó Hugo, lo consideraba poco elegante.
Lo de compartir lecho quiero decir. Por lo visto, el amor también estaba reñido con la elegancia.
Cuánta pamplina podía caber en el cuerpo de un solo ser humano.
Me quedé inmóvil.
—No quiero bajar. Te juro que me da pavor.
Hugo apagó el motor.
—No tengas miedo.
Rodeó el coche y abrió mi puerta con una naturalidad que me hizo sonreír.
Intenté bajar deprisa.
Lo suficiente para que, si miraba en ese momento por la ventana, atraída por el ruido del coche, no me viera.
Pero claro, basta que desees hacerte imposible para que la jugada te salga regular.
Tropecé con el bordillo.
Y terminé chocando de lleno contra su pecho.
Él me sujetó por la cintura para que no cayera mientras yo intentaba recuperar el equilibrio.
Nos miramos apenas un segundo.
Después sonrió.
—Bueno... tampoco hacía falta tanta efusión.
La carcajada que solté resonó en mitad del silencio de Montealto.
¡Bravo! Justo lo contrario de lo que pretendía. Una de mis especialidades, aparte de bailar en un tablao flamenco sin preparación previa, era la de meter la pata hasta el fondo.
Miré hacia la ventana y entonces la vi. El caso es que su comentario me hizo reír tanto que no pude contener la risa. Y eso que, pese a la distancia que me separaba de la ventana, vi hielo en los ojos de Beatriz.
Me quité de en medio tan pronto como pude. Y juro que esa madrugada tuve pesadillas con que la bruja venía a buscarme y me sacaba de la cama a rastras, poniéndome de patitas en la calle.
Me desperté con la boca seca y el corazón latiéndome a mil.
No paraba de meterme en problemas. Suerte que ya me iba de Montealto porque lo que los ojos de esa arpía acababan de ver no sería algo que estuviera dispuesta a pasar por alto.
No cuando me había separado de Jaime y ya estaría en su cama elucubrando sobre que yo quería algo con Hugo.
Lo mejor sería hablar con Ignacio a primera hora de la mañana y acelerar mi salida de Montealto. Eso haría antes de que su mujer me cayera encima como una fiera.