Capítulo 22
Hacía muchísimo tiempo que no salía de compras por el simple placer de hacerlo.
En Montealto siempre había algo pendiente, una habitación que preparar, una mesa que montar o una orden de Beatriz que cumplir antes de que terminara el día, así que cuando Lucía apareció aquella tarde en la cocina con un outfit primaveral divino en rosa palo y unas llaves en la mano anunciando que me secuestraba durante unas horas, Irene sonrió sin levantar la vista de los fogones y aseguró que el mundo seguiría girando aunque dos chicas como nosotras desaparecieran un rato.
No se equivocaba.
Apenas llegamos al centro comercial, Lucía recuperó la energía de una niña pequeña entrando en un parque de atracciones.
Me arrastró de escaparate en escaparate sin dejarme respirar, probándose chaquetas imposibles, sombreros ridículos y unas botas plateadas que parecían diseñadas para aterrizar en Marte.
Yo no paraba de reír mientras intentaba convencerla de que aquello era un atentado contra la sencillez y ella respondía girando sobre sí misma delante del espejo como si acabara de descubrir la alta costura.
Terminamos entrando en una tienda donde ella, muy seria, comenzó a sacar vestidos y pantalones pensando en mi próximo futuro londinense. Los iba colocando sobre mis brazos mientras hablaba sin tomar aire.
—Esto para ir a recoger a los niños al colegio. Esto para pasear por Hyde Park. Esto para cuando el padre de los niños se enamore perdidamente de ti.
La miré horrorizada.
—¿Puedes dejar de casarme con desconocidos durante cinco minutos?
Lucía soltó una carcajada.
—Yo solo pienso en tu bienestar sentimental.
—Pues deja de pensar tanto, que le das tela al coco.
Cogió entonces un conjunto de lencería rojo pasión y lo agitó delante de mí con una naturalidad que rayaba lo esperpéntico.
—Y esto.
Casi me atraganto.
—¿Para qué quiero yo eso?
—Para tus noches de pasión con el lord inglés, porque supongo que aterrizarás en casa de un lord.
—Ya, como tu novio tiene título nobiliario, ahora lo tiene todo el que se menee también en Londres.
—Todos no, pero ese tipo lo tendrá —murmuró convencida.
Miré alrededor esperando que nadie estuviera escuchando.
—Lucía...
Ella seguía completamente seria.
—Imagínate. Una noche lluviosa en Londres. Los niños durmiendo. El lord millonario entra en la cocina...
La interrumpí tapándole la boca con una mano mientras las dos terminábamos dobladas de la risa.
—Estás fatal.
—Estoy genial…
Seguimos caminando entre tiendas mientras las bromas iban creciendo.
Cada escaparate servía para inventar una historia nueva sobre mi futura existencia inglesa.
Si veía una bicicleta, aseguraba que el tipo me llevaría por los parques.
Si aparecía una tienda de muebles, decía que acabaría redecorando la mansión.
Si pasábamos junto a una joyería, ya estaba organizando la pedida de mano.
Llegó un momento en que tuve que detenerme porque me dolía el estómago de tanto reír.
Fue entonces cuando, entre una tienda y otra, decidí contarle la verdad.
—He hablado con una agencia.
Lucía dejó de caminar.
—¿En serio? ¿Tan pronto?
Asentí.
—Ayer.
La sonrisa desapareció de su cara.
—¿Y? No me digas que me dejas en breve…
Me encogí ligeramente de hombros.
—Parece que hay posibilidades. Me temo que sí.
Durante unos segundos permaneció callada.
Después volvió a aparecer esa chispa traviesa en sus ojos.
—Cuéntamelo todo. Ya imagino. Te han convencido porque el tipo no solo tiene título, sino que es una especie de Grey, ¿a que sí?
Ya me lo temía yo. En fin, que igual tú tienes algo de Anastasia, porque aunque malgastaras tu tiempo con Jaime, que te enamoró a traición, tampoco es que hayas estado con muchos y…
—Calla un minuto, loca. Y así podré contarte sin que elucubres más.
—¿Y qué gracia tendría la vida sin un poco de elucubración? ¿Eh, dime?
Nos sentamos en un banco del pasillo central mientras la gente iba y venía cargada de bolsas.
—La familia vive cerca de Londres.
—Bueno, tendría más morbo si estuviera a las afueras, pero me conformo.
—Tienen dos niños.
—Bien. Así no tendrás que lidiar con una camada de diablillos.
—¿Has dicho una camada? Mujer, que no son gatitos ni perritos.
—No, los animalillos no son peligrosos, pero los mocosos malcriados londinenses, eso ya es otra cosa. No sabes dónde te estás metiendo al irte tan lejos de mí. Tú, por si acaso, ponte antes la vacuna de la rabia.
—Estarás majara…
—Sí, sí, ya te acordarás de Lucía.
—Así que es eso… De Lucía me voy a acordar a todas horas. Y no se te ocurra hacerme llorar, que te has empeñado en que me maquille y no quiero terminar aquí como un choco en tinta, para un día que salgo…
Lucía abrió muchísimo los ojos.
Ya estaba montando la película.
—Bueno, pues sigue.
Me eché a reír.
—Sí, que todavía no he terminado.
Ella juntó las manos
—La madre de los niños murió hace unos años. Al poco de nacer el pequeño.
Lucía suspiró con dramatismo.
—Ay, Dios mío. Esto ya parece una novela. Palabrita del Niño Jesús.
Negué divertida.
—Y el padre, y dueño y señor de la casa, tiene sesenta tacos. La diferencia de edad con ella era tremenda.
El silencio duró apenas dos segundos.
Después Lucía soltó semejante carcajada que varias personas se giraron para mirarnos.
Se dobló sobre sí misma intentando respirar.
—¡No sabes escoger!
Yo también terminé riendo.
—La agencia de trabajo no te da a elegir como si fuera una app de ligue, Lucía.
—Pues menos mal.
Se secó una lágrima.
—Porque tienes una puntería que asusta.
Seguimos paseando un rato más mientras hablábamos de Londres, de los niños, de cómo sería vivir lejos de Montealto y de lo raro que resultaría despertarme sin escuchar las campanas de la bodega.
A ratos me ilusionaba la idea y a ratos sentía un vacío enorme en el pecho, pero Lucía conseguía transformar cualquier pensamiento triste en una broma antes de que pudiera instalarse demasiado tiempo.
Al caer la noche pasamos frente al cine del centro comercial y un enorme cartel llamó nuestra atención.
La Asistenta .
Lucía se quedó mirándolo unos segundos antes de girarse hacia mí con una sonrisa maliciosa.
—De verdad, Aitana... ¿Tú nunca desconectas de los mismos temas?
Le di un empujoncito.
—Calla.
—Te vas a Londres de au pair y ahora quieres ver La Asistenta . Lo tuyo empieza a preocuparme.
Nos acercamos a la cartelera entre bromas cuando alguien pronunció nuestros nombres a pocos metros.
Nos volvimos al mismo tiempo.
Hugo avanzaba hacia nosotras con varias bolsas en la mano, vestido con unos vaqueros oscuros y una camisa azul remangada que le daba un aspecto mucho más cercano que el del ejecutivo impecable que solía verse por las oficinas de Montealto.
Sonrió al encontrarnos.
—Vaya casualidad.
Lucía fue la primera en saludarlo.
Comenzaron a hablar mientras yo seguía mirando la cartelera. En ese momento sonó mi teléfono.
Era Jacobo.
Lucía levantó el móvil al verlo aparecer en la pantalla y puso los ojos en blanco.
—Mi marqués particular.
Se apartó unos pasos para responder la llamada entre sonrisas, dejándome sola junto a Hugo.
Apenas habían pasado un par de minutos cuando regresó.
—Cambio de planes.
Guardó el teléfono en el bolso.
—Jacobo ha salido antes de trabajar y me está esperando para cenar.
Me miró con una sonrisa cargada de intención.
Después miró a Hugo.
—Pero Aitana no puede quedarse sin película.
Hubo un instante de silencio.
Lucía levantó una ceja.
—¿Por qué no la acompañas tú?
Giré la cabeza hacia Hugo con el corazón acelerado, completamente convencida de que inventaría cualquier excusa. No creía que ese tipo de pelis fuese de su gusto.
Él me miró unos segundos.
Y, para mi sorpresa, sonrió.
—Claro.
No tengo ningún problema.
Nunca imaginé que terminaría yendo al cine con el hermano mayor de Jaime, ese hombre que se convirtió en una especie de fantasma familiar durante años.
De hecho, mientras caminábamos para comprar las entradas, seguía convencida de que, en cualquier momento, sonaría su teléfono, aparecería un compromiso de última hora o encontraría una excusa elegante para librarse de aquella misión que Lucía le había colocado encima casi por sorpresa.
Sin embargo, allí seguía, a mi lado, con las manos en los bolsillos, sonriente y comentando cualquier chorrada que encontraba a su paso como si aquella sesión de cine improvisada fuera el plan más normal del mundo.
Yo, en cambio, todavía no terminaba de acostumbrarme a su forma de ser.
Quizás porque en Montealto siempre había visto a los hijos de Beatriz desde muy lejos.
Jaime era inaccesible por otros motivos y Hugo llevaba tantos años viviendo fuera que apenas conservaba recuerdos de él.
Ahora, sin embargo, caminaba junto a un hombre que desprendía una cercanía que asombraba y que parecía incapaz de tratar a nadie con superioridad.
Al llegar a la taquilla, se apresuró a comprar las entradas, y después me preguntó qué quería tomar.
Le respondí que unas palomitas pequeñas y una botella de agua.
Cinco minutos después regresó cargado como si estuviera abasteciendo un refugio para una guerra.
Traía un cubo gigantesco de palomitas, dos refrescos enormes, una bolsa de gominolas, otra de chocolates, nachos con queso, un paquete de regalices y una caja de caramelos.
Lo miré completamente horrorizada.
—¿Has comprado el menú para una excursión escolar?
Él dejó todo sobre una mesa con absoluta tranquilidad.
—Nunca sabes cuándo puede darte hambre durante una película.
—Hugo, aquí hay comida para una familia de ocho personas.
Se quedó pensando unos segundos.
—Tienes razón.
Miró la montaña de bolsas.
—Quizás he sido un poco optimista.
No pude contener la risa.
Cogí una de las bolsas de gominolas y él la retiró inmediatamente.
—Esas no.
—¿Perdón?
—Son la reserva estratégica.
Me quedé mirándolo unos segundos antes de estallar en carcajadas.
—Estás fatal.