Si vuelves a mirarme así Capítulo 21
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Capítulo 21

Para mi desgracia, Ignacio y Beatriz regresaron a Montealto dos días después y, aunque nadie me avisó de forma oficial, lo supe en cuanto la casa cambió de temperatura. Esa mujer era insufrible.

No era una forma de hablar. Había personas capaces de alterar un lugar solo con entrar en él, y ella tenía ese don desagradable.

El personal caminaba con más cuidado, Irene apretaba los labios cada vez que alguien mencionaba su nombre y Sonia se movía por la cocina con la expresión resignada de quien ya ha visto venir la tormenta antes de que caiga la primera gota.

Yo intenté convencerme de que no pasaría nada, de que quizás el viaje al otro lado del charco la habría dejado agotada y preferiría dedicar la tarde a descansar, pero la esperanza, en Montealto, últimamente duraba lo mismo que un bombón en manos de Lucía: nada.

La vi a media tarde junto a Patricia, en el salón de té que daba al jardín de los naranjos.

Las dos estaban sentadas muy cerca, inclinadas la una hacia la otra, cuchicheando con esa complicidad venenosa que no necesitaba escucharse para resultar evidente.

Patricia llevaba un vestido color crema, las piernas cruzadas con una elegancia estudiada y una sonrisa pequeña que me hizo desear volverme invisible.

Beatriz, en cambio, ni siquiera sonreía demasiado.

Parecía concentrada, afilada, exacta. Cuando sus ojos se encontraron con los míos al otro lado del salón, supe que ya había decidido algo.

Irene me pidió que preparara el servicio de té para ellas y para dos invitadas más que acababan de llegar.

Lo dijo con cautela, como si también hubiera percibido el peligro, y me preguntó si prefería que lo hiciera Sonia.

Estuve a punto de aceptar. De verdad. Pero había algo dentro de mí, quizás orgullo o quizás cansancio, que se negó a darle a Beatriz la satisfacción de verme escondida.

—Puedo hacerlo —le respondí, ajustándome el delantal—. Solo es té, Irene. Tampoco voy a operar a corazón abierto.

Ella no se rio. Eso ya me preocupó más que cualquier advertencia.

Preparé la bandeja con cuidado. Tetera, tazas de porcelana, platos pequeños, pastas, servilletas bordadas y una jarrita de leche que coloqué a la derecha porque Beatriz siempre la quería a la derecha, salvo cuando decidía que aquello también estaba mal.

Caminé hasta el salón con los hombros rectos y el pulso más firme de lo que esperaba, aunque al entrar noté de inmediato la mirada de Patricia resbalando por mi uniforme con una satisfacción que no intentó ocultar.

—Por fin —comentó Beatriz, sin levantar demasiado la voz—. Empezaba a pensar que habíamos pedido el té a Londres.

Patricia soltó una risa suave, de esas que pretendían parecer espontáneas y solo conseguían sonar entrenadas.

Dejé la bandeja sobre la mesa auxiliar y empecé a servir.

Primero las invitadas, después Patricia y al final Beatriz.

Todo iba bien hasta que Patricia movió su taza apenas unos centímetros cuando yo estaba inclinando la tetera.

Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para que un hilo de té cayera sobre el platillo y salpicara la servilleta.

Me detuve al instante.

—Disculpa, ha sido...

—No hables —me cortó Beatriz con una frialdad que paralizó incluso a las otras invitadas—. Cuando una persona hace algo mal, lo mínimo es no empeorarlo con excusas.

Sentí cómo me ardían las mejillas. Patricia bajó la vista hacia la servilleta manchada y fingió una expresión de lástima tan falsa que me dio vergüenza ajena incluso en mitad del bochorno.

—No tiene importancia, Beatriz —dijo con dulzura—. De verdad. Supongo que no todo el mundo tiene la misma soltura sirviendo.

Que me dijera eso fue peor que un insulto directo.

Beatriz se reclinó en el sofá y me observó como si yo fuera una prueba viviente de la decadencia del servicio doméstico.

—La soltura se aprende con años de disciplina, Patricia. El problema es que algunas personas confunden la confianza que se les permite en esta casa con una posición que no tienen.

Las otras dos mujeres permanecieron en silencio. Una de ellas apartó la mirada, asombrada. La otra fingió interesarse por una pasta de almendra, como si aquella humillación no estuviera ocurriendo delante de sus narices.

—Puedo traer otra servilleta —murmuré, intentando mantener la voz estable.

Beatriz ni siquiera me dejó terminar de incorporarme.

—Puedes retirar la bandeja y pedirle a alguien competente que termine de servir.

Eso sí me golpeó.

No por la orden. Había recibido órdenes toda mi vida. Me golpeó la forma. La satisfacción de Patricia. La certeza de que lo habían preparado. La manera en que ambas habían construido una pequeña trampa para hacer ver que yo no servía para nada.

Apreté los dedos alrededor del asa de la bandeja, hice una leve inclinación de cabeza y salí del salón sin decir nada más.

Solo cuando crucé el pasillo y llegué a la cocina comprendí que estaba llorando.

No de forma escandalosa. Peor. Lloraba en silencio, con una rabia tan grande que apenas podía respirar.

Sonia quiso acercarse, pero negué con la cabeza. Irene, en cambio, no preguntó. Me quitó la bandeja de las manos, la dejó sobre la mesa y me llevó hasta una silla con una delicadeza que terminó de romperme.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que Hugo apareció en la puerta de la cocina. Solo sé que al levantar la vista y verlo allí, con el rostro serio y los ojos clavados en mí, sentí una mezcla de vergüenza y alivio.

—¿Qué ha pasado? —me preguntó.

Intenté negarlo. Intenté decir que no era nada, que se me había caído un poco de té, que estaba cansada. Pero Hugo no era Jaime. Hugo miraba de verdad. Y cuando Sonia, incapaz de contenerse, le contó lo ocurrido con dos frases rápidas y furiosas, vi cómo su expresión cambiaba por completo.

No dijo nada al principio. Solo apretó la mandíbula, se dio la vuelta y salió de la cocina.

Irene me miró con preocupación.

—Madre mía.

Me levanté sin pensarlo y me acerqué a la puerta entreabierta. Desde allí podía oír el salón con claridad.

—¿Te divierte? —La voz de Hugo sonó baja, pero tan firme que se me erizó la piel—. ¿De verdad te divierte humillar a una chica que lleva toda su vida en esta casa, mamá?

Beatriz respondió con una risa seca.

—No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes. Y Patricia también.

Hubo un silencio breve, espeso.

—Ten cuidado con el tono, Hugo —le advirtió ella.

—No. Ten cuidado tú. Porque algún día vas a arrepentirte de esta alianza con Patricia. De utilizarla para controlar a Jaime, de convertirla en tu cómplice y de pensar que puedes pisar a quien quieras sin consecuencias. Lo pagarás caro.

La risa de Beatriz llegó cristalina, limpia, casi hermosa de lo cruel que sonó.

—Querido, si se trata de pagar, creo que sabes de sobra que me sobra dinero para hacerlo.

—No todo se paga con dinero, mamá.

Su advertencia dejó el salón en silencio.

Yo seguía en la puerta de la cocina, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón golpeándome fuerte. No vi la cara de Beatriz, pero pude imaginarla. Su sonrisa rígida, su orgullo intacto, esa seguridad suya de mujer que cree que el mundo entero puede comprarse si se conoce el precio.

Hugo volvió unos minutos después. No traía una solución mágica ni promesas grandilocuentes ni frases pensadas para quedar bien. Solo se detuvo frente a mí y me miró con una ternura que me encogió el alma.

—No has hecho nada mal, Aitana.

Eso fue suficiente para que volviera a llorar.

Pero esta vez no fue solo por tristeza.

También fue porque él sabía ver exactamente lo que me hacían.

Y no miraba hacia otro lado.