Si vuelves a mirarme así Capítulo 20
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Capítulo 20

La tarde terminó apagándose poco a poco sobre Montealto mientras el cielo adquiría ese tono violeta que siempre aparecía unos minutos antes de que las primeras estrellas comenzaran a asomar sobre los viñedos.

La biblioteca había vuelto a quedarse en silencio después de las risas provocadas por la discusión con Patricia y, durante un rato, Lucía siguió obligándome a repetir frases imposibles en inglés mientras Hugo fingía corregir mi pronunciación con una seriedad tan exagerada que acababa provocando justo el efecto contrario.

Fue entonces cuando apareció Jacobo.

Entró sin llamar, con una sonrisa tranquila y un ramo de flores silvestres que había recogido por el camino porque, según dijo, las flores caras se morían demasiado deprisa y aquellas, al menos, parecían felices de vivir donde les daba la gana.

Lucía dejó escapar un suspiro al verlo.

—Ya está aquí mi príncipe azul.

Jacobo levantó una ceja.

—Azul me quedé el otro día del susto que me diste, guapísima.

Los cuatro terminamos riéndonos y el ambiente volvió a relajarse. Apenas habían pasado unos minutos cuando Jacobo propuso salir a dar un paseo corto por el jardín aprovechando que el calor había bajado. Lucía aceptó encantada y, antes de salir, me guiñó un ojo con una sonrisa llena de picardía.

—Tú sigue practicando inglés. A este paso en Londres vas a pedir un café y te van a traer un tractor.

Le lancé un cojín que esquivó por los pelos antes de desaparecer del brazo de Jacobo entre carcajadas.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, la biblioteca recuperó aquella calma agradable que siempre tenía al final del día. Hugo recogió algunas hojas desperdigadas por la mesa y volvió a sentarse frente a mí.

—Bueno... ¿Seguimos? Me encantaría ayudarte, ahora que han raptado a tu profesora.

Asentí mientras intentaba contener una sonrisa.

Él abrió la libreta y empezó a hacerme preguntas sencillas.

Cómo me llamaba.

Dónde vivía.

Qué edad tenía.

Qué me gustaba hacer.

Al principio respondía mezclando español e inglés, provocando que termináramos los dos partidos de la risa, pero poco a poco fui soltándome y conseguí mantener una conversación sencilla durante varios minutos.

Cuando terminé una frase especialmente larga, Hugo aplaudió despacio.

—Vas mejorando.

—No te emociones.

—Es verdad. No lo digo para alabarte.

Cerró la libreta con suavidad.

—Dentro de seis meses ya podrás discutir con un taxista londinense sin ayuda.

Su broma me hizo sonreír, aunque la sonrisa desapareció casi tan rápido como había llegado cuando él volvió a ponerse serio.

Apoyó los antebrazos sobre la mesa y me observó durante unos segundos antes de hablar.

—Lucía me ha contado que lo de Londres va en serio.

Bajé la vista.

Ya imaginaba que terminaríamos hablando de aquello.

—Sí.

La respuesta apenas fue un susurro.

—Estoy pensándolo.

Hubo un pequeño silencio.

No resultaba pesado.

Más bien parecía el tiempo necesario para ordenar las palabras.

—¿Tan mal estás aquí?

La pregunta era sencilla.

La respuesta, no.

Me levanté despacio y caminé hasta el ventanal.

Las últimas luces del día caían sobre las viñas mientras el viento movía ligeramente las hojas.

Aquella imagen había formado parte de toda mi vida.

Y, sin embargo, ya no conseguía hacerme feliz.

—Cada vez peor.

No necesité girarme para saber que seguía escuchándome.

—Me paso el día intentando no cruzarme con Jaime. Cuando lo consigo, aparece Patricia. Y cuando no es una cosa, es la otra. Luego volverá tu madre y el calvario será peor.

Respiré despacio.

—Creo que necesito marcharme para poder respirar.

Hugo permaneció callado unos segundos antes de levantarse también.

Se colocó a mi lado, mirando el mismo paisaje.

—Por experiencia te digo una cosa.

Su voz sonaba tranquila.

—Los problemas no desaparecen porque uno se marche a miles de kilómetros.

Sonreí con tristeza.

—Aun así, es más fácil quedarse cuando eres heredero de Ignacio Alcázar.

Él giró ligeramente la cabeza.

—¿Tú crees?

Asentí.

—Claro que sí.

Volví a mirar los viñedos.

—Tú tienes una familia, una posición, estudios, dinero... Si algo sale mal, siempre tendrás un sitio donde volver.

Me encogí ligeramente de hombros.

—Yo no tengo nada.

Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.

Y entonces Hugo negó despacio.

—Te equivocas.

Me giré para mirarlo.

Él sostenía mi mirada con una serenidad que resultaba casi desconcertante.

—Sí tienes algo.

—¿El qué?

Sonrió apenas.

—Raíces.

Aquella respuesta me hizo bajar la cabeza.

Una risa pequeña, cargada de tristeza, escapó de mis labios.

—Pues en Montealto se me están pudriendo.

Noté cómo el nudo regresaba a mi garganta.

—Entre Jaime y Beatriz siento que cada día pierdo un poco más de mí.

El silencio volvió a instalarse.

Pero esta vez no pesaba.

Simplemente nos acompañaba.

—Además...

Las palabras salieron despacio.

—Quiero hacer algo más con mi vida.

Levanté la vista.

—No quiero ser doncella siempre. Quiero estudiar. Aprender. Sentir que puedo llegar a ser algo por mí misma y no porque alguien me permita seguir aquí.

Mi idea hizo que Hugo sonriera.

Una sonrisa sincera.

Sin lástima.

Sin superioridad.

—Eso sí lo entiendo perfectamente.

Se apoyó sobre el alféizar de la ventana.

—Entonces estudia.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—Lo que quieras.

Idiomas. Turismo. Administración. Derecho. Lo que te haga ilusión.

Negué con suavidad.

—No puedo permitírmelo.

Él permaneció unos segundos callado.

Después habló con una naturalidad que me dejó completamente desarmada.

—Si el problema es el dinero, yo podría ayudarte.

Creí haber oído mal.

Lo miré sin entender.

Él continuó hablando con absoluta calma.

—Podría pagarte los estudios. O prestártelo. O buscar la forma que te haga sentir cómoda. No tendrías que irte tan lejos si lo único que buscas es empezar una vida distinta.

Noté cómo los ojos comenzaban a llenárseme de lágrimas.

No por tristeza.

Por sorpresa.

Por gratitud.

Porque nadie me había ofrecido jamás algo así.

Negué varias veces.

—No puedo aceptar eso.

—¿Por qué?

—Porque sería aprovecharme de ti.

Hugo sonrió con una ternura que me hizo todavía más daño.

—No.

Sacudió la cabeza.

—Sería ayudar a alguien que merece una oportunidad.

Las lágrimas terminaron cayendo.

Intenté ocultarlas.

Fue imposible.

Él no hizo ademán de abrazarme ni de acercarse más de la cuenta.

Simplemente permaneció allí, respetando mi emoción.

Y quizás precisamente por eso terminé rompiéndome.

—Nunca nadie me ha tratado así.

La frase salió entrecortada.

Él bajó la mirada unos segundos antes de responder.

—Pues ya era hora de que alguien empezara.

Aquellas palabras se quedaron conmigo mucho después de abandonar la biblioteca.

Porque mi sorpresa fue mayúscula al escucharlas. Siempre escuché hablar bien de Hugo, pero “bien” era quedarse muy corto.