Si vuelves a mirarme así Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Patricia, qué alegría. Justo estábamos buscando un ejemplo de pronunciación afectada y clasismo rancio. Has llegado en el momento perfecto.

Patricia perdió parte de la sonrisa, aunque intentó mantener el tipo con esa rigidez elegante que debía de haber ensayado en colegios exclusivos.

—No pretendía molestar. Solo me ha parecido curioso.

—Curioso es que alguien con tantas posibilidades en la vida tenga tan poca educación —replicó Lucía, acercándose un paso—. Pero aquí estamos, aprendiendo todos.

Me levanté también, más por si tenía que sujetarla que por otra cosa, porque mi niña recién salida del hospital seguía teniendo más peligro que una caja de petardos en agosto.

—Lucía, déjalo —murmuré, aunque sabía que era inútil.

—No, no lo dejo —respondió ella sin apartar los ojos de Patricia—. Porque ya está bien de que algunas personas se crean con derecho a humillar a otras solo por el hecho de haber nacido en una familia que ni se merecen, por las comodidades que ello les ha supuesto.

Patricia dio un paso hacia dentro, con los hombros muy rectos y la barbilla elevada.

—No creo que tú seas la persona más indicada para hablar de educación, Lucía. Al fin y al cabo, sigues confundiendo confianza con falta de límites.

—Y tú sigues confundiendo elegancia con mala leche, niñata.

Su frase casi me sacó una carcajada, pero la contuve como pude porque el ambiente estaba empezando a ponerse bastante serio.

Entonces apareció Jaime por el pasillo. Se detuvo al vernos a las tres y su expresión cambió al instante.

Miró a Patricia, después a Lucía y por último a mí, aunque en mi caso apenas sostuvo la mirada un segundo.

Esperé que dijera algo. Cualquier cosa. Que frenara a Patricia, que preguntara qué estaba pasando o que, por una vez, se pusiera en el lado correcto.

No lo hizo.

Se quedó allí, quieto, con esa expresión de hombre atrapado entre dos versiones de sí mismo, y aquella cobardía silenciosa me dolió casi más que la burla de Patricia.

Lucía también lo vio, claro. Lucía lo veía todo.

—Qué bonito —comentó, cruzándose de brazos—. El prometido decorativo. Ideal para eventos, fotos y momentos en los que hay que callarse como una maceta.

Jaime apretó la mandíbula, pero siguió sin intervenir. Patricia, en cambio, pareció sentirse respaldada por aquella ausencia de respuesta y volvió a mirar hacia mí con un desprecio más evidente.

—No merece la pena discutir por esto. Hay personas que olvidan muy rápido cuál es su lugar.

Fue entonces cuando apareció Hugo.

No sé desde cuándo llevaba cerca ni cuánto había escuchado, pero entró en la biblioteca con una serenidad que contrastaba con la tensión que nos tenía a todos clavados al suelo.

Llevaba una carpeta en la mano, una camisa azul remangada y esa forma suya de mirar que no necesitaba levantar la voz para imponer silencio.

—Patricia —dijo, deteniéndose junto a la puerta—, te voy a dar un consejo gratis, que sé que en tu mundo lo gratis provoca desconfianza: deja de hablar.

Ella se volvió hacia él, indignada.

—Perdona, pero esto no va contigo.

—Ahora sí.

Hugo dejó la carpeta sobre una mesa cercana y miró a Jaime con una frialdad que hizo que hasta yo me quedara quieta.

—Y tú, ya que estás aquí haciendo de estatua, podrías ponerle una correa a tu novia o, como mínimo, enseñarle a no morder al resto.

La frase fue tan brutal, tan inesperada y tan bien lanzada que durante un segundo nadie supo qué hacer con ella.

Lucía abrió la boca, la cerró, me miró y casi se atragantó intentando no reírse.

Yo bajé la vista porque, pese al nudo que tenía en el pecho, la imagen de Patricia con correa mental me pareció de una justicia poética tremenda.

Patricia se puso roja.

Jaime también.

—Hugo, no hace falta llegar a eso —murmuró él, por fin, aunque tan tarde que la intervención nació muerta.

—No, Jaime. Hacía falta hace unos minutos —respondió Hugo, sin apartar los ojos de su hermano—. Lo que pasa es que algunos solo encontráis la voz cuando ya no sirve para nada.

Eso sí le dolió. Lo vi en su cara. Pero no dijo nada más.

Patricia, humillada, se giró con un gesto rígido y salió de la biblioteca sin despedirse, dejando tras de sí una estela de perfume exclusivo y dignidad pisoteada.

Jaime dudó apenas un instante antes de seguirla, aunque al llegar a la puerta volvió la cabeza hacia mí. Esta vez fui yo quien apartó la mirada.

Cuando nos quedamos solos, Lucía se dejó caer otra vez sobre el sofá con una mano en el pecho.

—Creo que acabo de curarme del todo. Ha sido mejor que la medicación.

Hugo soltó una risa baja y se acercó a la mesa para mirar la libreta.

—¿Clase de inglés?

—Sí —respondí, todavía con la cara caliente—. Aunque creo que mi acento acaba de sufrir un ataque diplomático.

—Tu acento está perfectamente —dijo él, mirándome con una seriedad que me pilló desprevenida—. Y aprender algo nuevo nunca debería ser motivo de burla.

Lucía ladeó la cabeza, observándolo con una sonrisa cargada de mala intención.

—Hugo, cariño, baja un poco el nivel de caballero andante, que me vas a dejar a Jacobo en mal lugar.

—Jacobo tiene título nobiliario. Sobrevivirá.

El comentario consiguió que las tres termináramos riéndonos, incluso yo.

Y mientras Lucía volvía a darle al play a la canción de Tate McRae y me obligaba a repetir Sports Car con "actitud de estrella del pop y no de jerezana en una rotonda", Hugo se quedó con nosotras un rato más, sentado en el brazo del sofá, fingiendo revisar su carpeta mientras sonreía cada vez que yo destrozaba una palabra.

Por primera vez en días, la risa volvió a salir sin hacerme daño.

Y eso, después de todo, ya era muchísimo.