Capítulo 19
La vuelta de Lucía a Montealto devolvió a la casa una alegría que llevaba días desaparecida.
Los médicos insistieron en que debía guardar reposo, dormir más horas de las habituales y olvidarse del estrés hasta completar todas las revisiones pendientes, pero bastó verla bajar la escalera la mañana siguiente, envuelta en una rebeca enorme y protestando porque Irene solo le había dejado tomar una taza de café, para que todos respiráramos un poco más tranquilos.
La normalidad, pensé mientras la observaba discutir con Rodolfo sobre si podía o no salir al jardín, era un regalo que solo aprendíamos a valorar cuando estaba a punto de desaparecer.
Aquella tarde la encontré refugiada en la biblioteca, tumbada sobre el sofá que más le gustaba desde pequeña.
Tenía un libro abierto sobre el pecho, aunque llevaba varios minutos mirando por la ventana sin pasar una sola página.
Los viñedos se extendían frente a nosotras iluminados por la luz dorada del atardecer y el paisaje parecía tan bonito que costaba creer que allí mismo hubiera aprendido también lo que era el dolor.
Entré sin hacer ruido, con dos tazas de té entre las manos, y me senté a su lado.
—No pienso beberme eso.
Ni siquiera volvió la cabeza.
Sonreí.
—Lo sabía.
—Huele a hierba mojada.
—Es manzanilla.
—Eso he dicho. Quiero una copa de vino, ¿o para qué diantres vivimos en Jerez y somos los dueños de una bodega?
—Habla por ti, cariño.
—Lo mío es tuyo —bromeó.
—No creo que tu padre estuviera de acuerdo, mi niña.
Aquella tontería consiguió que las dos nos riéramos un momento. Después, el silencio regresó de forma natural, sin resultar incómodo. Nos conocíamos desde pequeñas y existían pausas que no necesitaban rellenarse con palabras.
Permanecimos así un buen rato, viendo cómo el sol iba escondiéndose poco a poco detrás de las cepas. Desde la biblioteca llegaba el rumor lejano de los trabajadores terminando la jornada y el canto de algunos pájaros que buscaban refugio entre los árboles del camino principal.
No sé exactamente cuánto tiempo pasó hasta que reuní valor.
Llevaba días dándole vueltas.
Demasiados.
Y, sin embargo, cuando abrí la boca, las palabras salieron mucho más deprisa de lo que esperaba.
—¿Me ayudarías a mejorar con mi inglés?
Lucía giró lentamente la cabeza hacia mí.
Primero frunció el ceño.
Después arqueó una ceja.
Y terminó dejando el libro sobre la mesa con una expresión que mezclaba curiosidad y sospecha.
—Empieza otra vez porque creo que he oído mal. Siempre has dicho que lo odias.
Me mordí el labio.
—Pues ahora quiero aprender inglés, lo más decentemente posible.
—¿Ahora?
—Mujer, no esta tarde, que no creo que tengas un método tan infalible. Pero ya sabes, podríamos ir practicando. Yo te escucho, trato de imitarte, tú te ríes.
—Ya, a modo de diversión para matar el tiempo.
—Más o menos….
Asentí.
Ella siguió observándome unos segundos más antes de cruzarse de brazos.
—Aitana Suárez, llevas esa cara que pones cuando escondes algo.
Bajé la vista hacia la taza.
El vapor seguía subiendo lentamente.
—He estado pensando...
No fui capaz de continuar.
Lucía se incorporó un poco sobre el sofá.
—¿En qué?
Respiré despacio.
—En marcharme.
La sonrisa desapareció de su cara.
No poco a poco.
De golpe.
Sus ojos buscaron los míos mientras el silencio volvía a instalarse entre las dos.
—¿Marcharte de Montealto?
Asentí muy despacio.
Noté un nudo en la garganta incluso antes de empezar a explicarme.
—He estado mirando familias en Londres que buscan au pair.
Durante unos segundos pareció no saber si echarse a llorar o reírse.
Al final hizo lo segundo.
Se llevó una mano a la frente y soltó una carcajada que resonó por toda la biblioteca.
—No me fastidies.
Yo también terminé sonriendo.
—Es verdad.
—¿Tú? ¿En Londres?
Asentí.
—¿Cuidando niños ingleses?
Volví a asentir.
Lucía soltó otra carcajada.
—Madre mía. Al final vas a convertirte en la protagonista de una de esas novelas románticas en las que la chica llega a una mansión inglesa para cuidar a dos niños repelentes y termina enamorándose del padre, que siempre es un señor altísimo, estirado, con traje caro y problemas emocionales desde la infancia.
Un tarado de serie al que le dan la vuelta como a un calcetín.
La imagen fue tan absurda que terminé riéndome con ella.
—Pues mira, para tíos estirados ya he tenido suficiente con Jaime. No hace falta ir tan lejos.
La frase escapó antes de que pudiera detenerla.
Y bastó para que el ambiente cambiara por completo.
Las dos dejamos de sonreír al mismo tiempo.
La biblioteca volvió a quedarse en silencio mientras yo contemplaba distraídamente las hojas del jardín moviéndose al otro lado del cristal.
Lucía fue la primera en romperlo.
—Lo dices de verdad. Te lo estás planteando en serio, cariño.
No era una pregunta.
Asentí despacio.
—Sí.
Las lágrimas empezaron a acumularse sin que pudiera evitarlo.
—Creo que ya no puedo seguir aquí.
Ella no habló.
Simplemente esperó.
Y quizás por eso terminé contándole todo lo que llevaba semanas guardando dentro.
Le hablé del miedo que sentía cada vez que cruzaba un pasillo pensando que podía encontrarme con Jaime.
Del esfuerzo que suponía fingir que no existía cuando lo veía atravesar el patio principal.
Del dolor que me provocaba imaginar su boda con Patricia y del terror que me daba pensar en el regreso de Beatriz.
—No sé cuánto tiempo más voy a aguantar.
Las palabras salían cada vez más deprisa.
—Esto siempre ha sido mi casa. Aquí está mi infancia. Aquí vivió mi madre. Aquí están todos mis recuerdos. Pero ahora cada rincón me recuerda algo que he perdido.
Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano.
—Y cuando vuelva Beatriz...
Ni siquiera terminé la frase.
No hacía falta.
Lucía se acercó hasta sentarse completamente a mi lado.
Me tomó una mano entre las suyas y la apretó con fuerza.
—No quiero que te vayas.
Aquellas palabras hicieron que se me rompiera la voz.
—Yo tampoco quiero irme.
La miré.
—Pero Montealto empieza a tener fecha de caducidad para mí.
Ella negó lentamente.
—No.
—Sí.
Sonreí con tristeza.
—Empiezo a sentirme una intrusa en el sitio donde nací.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
El sol terminaba de esconderse detrás de los viñedos y la biblioteca comenzaba a llenarse de sombras alargadas.
Lucía terminó apoyando la cabeza sobre mi hombro igual que hacía cuando éramos pequeñas.
—Si de verdad decides irte a Londres, te enseñaré inglés. Aunque sea lo último que desee. Ojalá pudieras quedarte.
Sentí que el pecho se me encogía.
—¿Me enseñarás?
—Claro.
Se encogió ligeramente de hombros.
—Te corregiré la pronunciación, veremos películas sin doblar y hasta te obligaré a aprender esos verbos irregulares horribles.
Sonreí entre lágrimas.
—Qué ilusión.
Ella soltó una risa.
—Pero no te emociones demasiado.
Levantó la cabeza para mirarme.
—Porque antes pienso hacer todo lo posible para convencerte de que te quedes.
Aquello terminó de romperme.
La abracé con fuerza y permanecimos así largo rato, contemplando el paisaje mientras el cielo se oscurecía sobre Montealto.
Estaba decidida a marcharme.
Incluso antes de lo que Lucía se imaginaba.
Lo que tenía claro era que, el día en que abandonase aquella casa, no echaría de menos el lujo, las bodegas o los jardines infinitos.
Echaría de menos a la amiga que había crecido conmigo entre aquellas paredes y que, incluso cuando todo parecía derrumbarse, seguía empeñada en sostenerme para que no cayera.
Pocos días después, convertimos la biblioteca en una academia improvisada de inglés con vistas a los viñedos, aunque ella insistía en llamarla "Cambridge de andar por casa".
Había colocado varios cojines en el sofá, una libreta sobre la mesa y el móvil preparado con una lista de canciones recientes porque, según su teoría, no había forma más digna de aprender pronunciación que cantando como si una tuviera dieciséis años y cero sentido del ridículo.
La elegida fue Sports Car , de Tate McRae, y Lucía llevaba diez minutos intentando que yo pronunciara el título sin que sonara a "espor car" de autoescuela municipal.
—Aitana, cariño, no es "espós car", es más suave, más pegado, con cara de chica cosmopolita —me corrigió desde el sofá, moviendo la mano como si dirigiera una orquesta—. Tú piensa que eres una cantante canadiense, no una tipa de Jerez pidiendo cita en la ITV.
—Perdona, pero mi acento tiene personalidad —protesté, señalándola con el bolígrafo—. Lo que pasa es que el inglés no está preparado para mí. Es un idioma limitado.
Lucía se llevó una mano al pecho con fingida emoción.
—Eso es. Culpa al idioma. Muy bien. Nivel avanzado de autoestima.
Estábamos tan concentradas en nuestra charla que no escuchamos los pasos hasta que Patricia apareció junto a la puerta de la biblioteca.
Llevaba un vestido claro, el pelo perfecto y esa expresión de superioridad que parecía venirle de serie, como los accesorios caros que nunca repetía.
Se detuvo al vernos, recorrió con la mirada la libreta, el móvil y mi intento de pronunciación internacional, y sonrió de una forma tan fina que ya prometía veneno antes de abrir la boca.
—Qué... enternecedor —comentó, apoyando una mano en el marco de la puerta—. No sabía que en Montealto también se impartían clases de inglés básico para el personal.
La frase dejó de sonar en el aire y, durante un segundo, sentí que me ardía la cara.
No porque me avergonzara aprender, sino por la manera en que lo dijo.
Como si mi sitio no solo estuviera en la cocina, sino varios escalones por debajo de cualquier cosa que ella considerara aceptable.
Lucía, en cambio, no necesitó ni medio segundo para reaccionar.
Cerró la libreta con una calma peligrosísima, se levantó del sofá y la miró con una sonrisa tan dulce que me dio miedo.