Si vuelves a mirarme así Capítulo 18
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Capítulo 18

La tarde fue transcurriendo con la tranquilidad creciente de comprobar que Lucía volvía a ser la de siempre.

Incluso discutió con una auxiliar porque le habían traído una infusión en lugar de un café, asegurando que aquella bebida tenía el mismo sabor que el agua de un jarrón, y consiguió que toda la habitación terminara riéndose.

Cuando empezaba a anochecer, la puerta volvió a abrirse y apareció Jacobo cargado con su portátil y una bolsa de viaje. Traía el pelo revuelto, la corbata aflojada y cara de haber conducido durante horas desde Málaga sin detenerse apenas más que para repostar.

Nada más verlo, Lucía sonrió.

Una sonrisa enorme.

De esas que iluminaban una habitación.

—¡Has vuelto! Creí que no te vería hasta mañana.

Jacobo dejó la bolsa en el suelo y se acercó a besarle la frente.

—He terminado el trabajo antes de tiempo y he salido disparado.

Después miró a Hugo y a mí.

—Y ahora os vais los dos a casa.

Fruncí el ceño.

—Podemos quedarnos.

—No.

Negó con rotundidad.

—Lleváis aquí dos días casi sin dormir. Me quedo yo esta noche.

Lucía levantó una mano desde la cama.

—Sí, sí. Marchaos.

Nos miró alternativamente y añadió con absoluta solemnidad:

—Además, Jacobo y yo vamos a consumar aquí el matrimonio por si al final fallezco.

Durante un segundo nadie reaccionó.

Después me levanté de la silla con una rapidez sorprendente.

—Vas a fallecer del guantazo que te daré si vuelves a decir una barbaridad así. Aquí no se muere nadie. Y menos tú, niñata.

Ella soltó una carcajada.

—Ay, qué carácter.

—No bromees con eso.

—Vale, vale. Me ha quedado claro.

Seguía riéndose.

—Pero reconoce que la cara que has puesto ha sido de traca.

Incluso Hugo terminó sonriendo mientras negaba con la cabeza.

—Definitivamente estás mucho mejor.

Jacobo acarició el pelo de Lucía con una ternura que enternecía.

Verlos juntos transmitía tanta verdad que decidimos dejarlos solos.

Nos despedimos de ambos y salimos del hospital cuando la noche ya había caído sobre la ciudad. El aire resultaba agradable y, después de tantas horas respirando ambiente hospitalario, caminar hasta el aparcamiento me pareció un lujo.

Subimos al coche de Hugo sin hablar demasiado.

Yo seguía mirando por la ventanilla cuando él puso el motor en marcha.

Condujo apenas unos minutos.

Después me miró de reojo.

—¿Tienes hambre?

Negué.

—La verdad es que no mucha.

—Pues yo ahora sí.

Hubo un pequeño silencio.

Y entonces añadió:

—Podríamos cenar algo.

Lo miré divertida.

—No sé si es el mejor momento.

Él sonrió.

—¿Por qué?

—Porque no soy Patricia.

Frunció el ceño.

—Por suerte. Explícate.

Bajé la vista hacia mi ropa.

Llevaba unos vaqueros sencillos, zapatillas deportivas y una sudadera que había cogido de cualquier manera aquella mañana, en una visita rápida que hicimos a Montealto para ducharnos.

—No voy vestida para cenas de esas que salen en las revistas.

Hugo soltó una carcajada.

—Menos mal.

—¿Menos mal?

—Las cenas elegantes son un tostón inaguantable.

Giró el volante en la siguiente rotonda.

—Ahora bien...

Me miró fugazmente.

—¿Te gusta la comida basura?

—Muchísimo.

—Entonces tenemos plan.

Cinco minutos después entrábamos en el aparcamiento de un McAuto.

Mientras esperaba el turno, fue pidiéndome la cena entre bromas.

—¿Patatas grandes o gigantescas?

—Gigantescas.

—Bien contestado.

—¿Helado?

—Siempre.

Cuando salimos con las bolsas llenas de hamburguesas, refrescos y patatas, pensé que volveríamos directamente a Montealto.

Me equivocaba.

Hugo condujo unos kilómetros más hasta un camino elevado desde el que se veía buena parte del campo jerezano iluminado por la luna.

Detuvo el coche.

Y, sin decir una palabra, pulsó un botón.

La capota comenzó a recogerse lentamente.

Miré hacia arriba.

El cielo aparecía despejado y miles de estrellas parecían cubrir toda la noche.

Nos quedamos allí, apoyados sobre los asientos, cenando hamburguesas mientras las patatas desaparecían a una velocidad preocupante.

La conversación fue surgiendo sola.

Hablamos de todo y de nada, y hasta terminamos discutiendo cuál era el peor regalo que podían hacerle a Beatriz por Navidad.

—Una cesta de embutidos —opinó él.

—Estoy de acuerdo, la consideraría una ordinariez como otra cualquiera.

—Pues recuérdamelo para que haga las delicias de mi señora madre con una este año.

Las bromas fueron enlazándose unas con otras y, por primera vez en días, me sorprendí riendo sin pensar en Jaime durante varios minutos seguidos.

Y eso me hizo sentir viva.

Cuando terminamos de cenar, Hugo arrancó de nuevo el coche y puso rumbo a Montealto.

El camino transcurrió en silencio, pero era un silencio agradable.

Nada pesado.

Al llegar a la finca permanecimos unos segundos dentro del coche antes de bajar.

Yo miraba los jardines oscuros cuando me volví hacia él.

—Gracias.

Hugo sonrió.

—¿Por la hamburguesa?

—Por todo.

Guardó silencio unos instantes antes de responder.

—Te mereces dejar de pensar en tanta mierda como has tenido alrededor, Aitana.

Sus palabras llegaron con una sencillez desarmante.

—Y también te mereces volver a vivir momentos bonitos.

Noté cómo el calor volvía a subir hasta mis mejillas.

Él pareció darse cuenta y soltó una pequeña risa.

—Además, eres una gran chica.

Bajé la cabeza intentando esconder el rubor.

—Eso habrá que preguntárselo a tu madre.

Hugo levantó la vista hacia la casa principal.

Después volvió a mirarme.

—No.

Sonrió con resignación.

—Si se lo preguntamos a mi madre, probablemente dirá que eres la responsable del cambio climático, de la subida del precio del vino y de la extinción de los dinosaurios. Pero tranquila, que no eres la única. Hace años también me culpaba de todos sus males presentes y futuros.

Solté una carcajada.

Él también empezó a reír.

Y durante unos segundos, bajo aquel cielo lleno de estrellas y con el olor de las patatas fritas todavía dentro del coche, Montealto dejó de parecer un lugar triste.